Ilustración por @lenny_maya
Ficciones del Big Sur

La sospecha de Luquitas

"Abstraído de los juegos, el sol, las risas, los gritos de algún vendedor de churros que pasaba y de la música que llegaba de una carpa, Luquitas consagraba su mente a especular sobre las consecuencias de la ruptura diplomática entre Londres y Beijing"
29.1.19

Presentamos #BigSur, una serie de literatura argentina joven en VICE. Hoy puedes leer "La sospecha de Luquitas" escrito por Michel Nieva

Artículo publicado por VICE Argentina

Base Marambio, año 2127

En el balneario de la Base Marambio, la playa caribeña de la Antártida más concurrida por argentinos, el único que sabe que la mente de todos los veraneantes está siendo controlada por espías de la República Popular de China es Luquitas.

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Luquitas, bajo la reposera, mira cómo los otros niños ríen y chapotean en la orilla del mar cristalino, y mastica como una especie de consuelo la certeza de que morirán inminentemente, como cucarachas machucadas con asco y odio por la bota resentida de algún dios.

La madre, que viene de darse un baño, encuentra al niño pálido y ojeroso bajo la sombrilla, riendo enfermizamente, y lo arranca de sus hondas especulaciones con un grito:

—¡Lucas, dejate de joder, y andá como todos los otros pibes al agua!

Fue en el año 2107 cuando se disolvió el Tratado Antártico, el famoso acuerdo diplomático que prohibía por tiempo indefinido la explotación comercial del continente más austral de la Tierra, el cual, en los últimos 50 años, se había vuelto un bastión de importantes disputas geopolíticas. Las pruebas irrefutables de que atesoraba las reservas de petróleo más grandes del Mundo, sumado al calentamiento global, que favorecía el turismo en sus playas, aceleraron la presión de las grandes potencias para terminar con el arcaico acuerdo que ya no se ajustaba a las urgencias inmediatas de la vida en la Tierra. Así, a Argentina, que sufría una de las peores crisis económicas de su historia, se le perdonó una buena parte de su deuda externa a cambio de ceder la considerable tajada que tenía en disputa con Chile, Brasil y Reino Unido a un consorcio de empresas británicas. Fue a un solo balneario, al de la ciudad de Marambio, ubicado en la isla de nombre homónimo, al que los ingleses, para premiar la buena relación entre ambos países, permitieron entrar sin visas ni rigurosos controles a los turistas argentinos.

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Así, en pocos años, este exclusivo balneario se convirtió en uno de los destinos vacacionales preferidos por las familias más acaudaladas de nuestro país.

Luquitas, como era de esperarse por el destino turístico en el que se encontraba, era hijo de una importante CEO de una multinacional cuyo rubro, por ser irrelevante a la historia que nos compete, mantendremos en estricta discreción. Tenía 11 años recién cumplidos, y fue a partir de los 9 cuando empezó con los episodios. Se despertaba bruscamente durante la noche, con fiebre, sudor helado y temblores, mientras desvariaba y gritaba inconexas frases sobre supuestas conspiraciones gubernamentales y empresariales para controlar la mente de los ciudadanos. La madre lo llevó a cuanta terapia tradicional o alternativa encontró a fin de curar o cuanto menos atenuar estos desórdenes que consumían al niño en largas y penosas noches sin comer, beber ni dormir. Los médicos y diversos terapeutas siempre repetían la misma cantinela: que el lejano divorcio, que el padre ausente, que la necesidad de contención familiar. Pero más allá de este sistemático diagnóstico, ningún especialista lograba ayudar a Luquitas. Pese a la insistencia de médicos y psiquiatras, la madre siempre se había negado rotundamente a medicar a su hijo. Sin embargo, tras el fracaso de todas las otras instancias, se vio obligada aceptar la sugerencia de administrarle Clonubil, un sedante experimental que tranquilizaba a Luquitas cuando los episodios ocurrían, si bien lo confinaban a un ámbito de inaccesible autismo.

A favor de Luquitas cabe destacar que era un niño brillante y, pese a su corta edad, fatigaba cuanto libro, diario y sitio de Internet encontrara sobre historia argentina y política internacional. Así, alimentaba sus fantasías paranoicas con la más documentada información acerca de los serios conflictos que azotaban a Argentina y que sembraban el miedo de una Nueva Gran Guerra Latinoamericana. Bajo la sombrilla, abstraído de los juegos, el sol, las risas, los gritos de algún vendedor de churros que pasaba y de la música que llegaba de una carpa, Luquitas consagraba su mente a especular sobre las consecuencias de la ruptura diplomática entre Londres y Beijing. China había sido la potencia más perjudicada en el reparto del territorio antártico, y culpaba de este menoscabo de su soberanía al lobby del Imperio Británico. Se decía que los chinos eran los principales financistas del FALA (Frente Argentino de Liberación Antártica), el ala armada del FTA (Frente Trotskista Antártico) y que había cobrado reciente notoriedad tras los atentados en la Isla D’Urville, hecho en el que habían muerto más de 30 ingleses. El FALA reclamaba la soberanía argentina del cuadrante de más de un millón de kilómetros cuadrados que tradicionalmente se había adjudicado la Argentina, y que actualmente se encontraba en manos inglesas. Luquitas estaba convencido de que esta guerrilla era financiada por los chinos, quienes, después, negociarían con los subversivos una buena parte del territorio recuperado. Y para sumar más ribetes al conflicto, se creía que los ingleses eran quienes brindaban inteligencia y armas al CLA (Comando de Libertação Antártico), un grupo nacionalista brasilero que combatía contra el FALA, y que había enviado células a la Antártida para contener el avance de los trotskistas argentinos.

El ataque era inminente, y Luquitas no podía creer la frivolidad de los veraneantes, que tomaban despreocupadamente sol y jugaban con sus paletas entre risas y gritos, ignorando la muerte que acechaba. En un arrebato de ira, se levantó de su reposera. Arrancó la sombrilla de la arena y la enarboló como una especie de lanza o de emblema. Irrigado su cuerpo de adrenalina por sentirse el inesperado centro de atención de todo el balneario (en realidad, hasta ese momento, nadie lo miraba) avanzó entre la muchedumbre y, señalando un punto ciego, gritó como un profeta babilónico a la indiferente multitud de veraneantes:

—¡Imbéciles! ¡Los aviones del FALA se aproximan! ¡El Frente Trotskista prepara la el ataque! ¿No se dan cuenta, mientras juegan distraídamente con sus tejos y construyen sus castillitos de arena, que los chinos vigilan nuestras mentes? ¡Van a morir! ¡Todos vamos a morir!

La gente miraba extrañada y hasta un poco preocupada a ese niño pálido y ojeroso que, temblando, gritaba como un poseso. La madre, cuando advirtió el bochornoso espectáculo que brindaba su hijo, lo agarró enfurecida de una oreja y lo arrastró hacia donde había quedado la reposera. ¿Estás loco, pendejo? ¡Mirá cómo me hacés quedar!, le gritó. Nerviosa, abrió la boca del niño y, como si fuera un pequeño animal enfermo, sostuvo su mandíbula mientras introducía una por una todas las píldoras del blíster de Clonubil. El niño se hizo un bollo en la arena y entró lentamente en el sopor de la droga. La madre trató de recuperar la calma y se acostó a tomar sol. De pronto anheló estar de regreso en Buenos Aires, trabajando, mientras la niñera cuidaba a Luquitas. Recordó que todavía quedaban cinco días más de playa, y cerró los ojos. No alcanzó a ver, pero sí a escuchar, el enjambre de aviones del FALA que ensombrecían el cielo y en un segundo descargaban la unánime lluvia de misiles sobre los inocentes civiles, que convidaron su sangre y su carne a las prístinas olas antárticas que iban y venían, que iban y venían. Acababa de empezar la Segunda Gran Guerra Latinoamericana por el dominio de la Antártida, y solamente Luquitas lo había previsto.