El enfant terrible del pop ochentero, el señor de morado, el amo de Minnesota, el artista antes conocido y después vuelto a ser conocido como Prince, dejó la existencia física hace unas horas.
En el contexto mexicano, como sucede con manifestaciones de la cultura afroamericana, Prince también nos llegó por la comedia. En México siempre vamos a preferir a Janis Joplin que a Aretha Franklin. El jazz sigue siendo visto como una afección burguesa aunque el estereotipo se haya graduado de la boina francesa de lado. Y el rap, si no fuera por René de Calle 13, seguiría siendo el escalafón más bajo en la cadena alimenticia de las tribus urbanas. Esto se ha traducido muchas veces en un reduccionismo ramplón y un miedo y un prejuicio patológicos. Tal vez sólo hasta los millennials, la actitud hacia los artistas afroamericanos comenzó realmente a cambiar.
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Una de las más fehacientes muestras de esta actitud, es el Flanagan de Héctor Suárez.
¿Qué nos pasa? fue un programa de televisión humorístico y satírico, producido entre 1985 y 1987, transmitido también en países como Colombia y Perú. Su director y actor principal fue Héctor Suárez y entre los personajes inventados, que se volvieron referentes de la cultura popular, estaban: «El no hay», «El Picudo», «Doña Zoila», «El Lic. Buitrón», «El ‘tá difícil», «El Destroyer», y por supuesto, «El Flanagan».
El Flanagan se vestía como punk, tenía suásticas en su chamarra de cuero y a veces lucía una cresta y a veces unos pelos como de trapo, en franca tropicalización de Dee Snider. También bailaba el Moonwalk de Michael Jackson e imitaba pasos de poppin’ y lockin’ con insólita gracia. El b-boying fue el primer «elemento» del hip hop en globalizarse, y Suárez lo utilizó como parte de su discurso sin empacho alguno. Y bueno, esta mezcolanza (que podría o no tener una postura moralina detrás), utilizaba el himno imperecedero de Prince & The Revolution, «Kiss», del disco Parade (1986) como su tema principal.
Héctor Suárez utilizaba al Flanagan para ironizar sobre la contracultura o la manera de acercarse a ella por parte de los jóvenes. Y como existía un prejuicio ante la juventud y la contracultura, la comedia en su caso consistía en mezclar todos estos referentes porque ante los ojos de la sociedad son lo mismo y merecerían el mismo trato. El ejercicio de Suárez camina por los barrancos del clasismo y el elitismo, pero no se va de boca. Simplemente es un producto de su época.
Tal vez para el millenial promedio resulte absurdo gritar «queremos rock» al ritmo del clásico imperecedero de Prince, pero así era el mundo cuando hacían ese show.
El legado de Prince es inmortal, prueba de ello es que se coló hasta en estos sketches. Por pequeño que sea, es un fenómeno que da para discutir largamente.