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La muerte del hobo americano

La Convención Nacional de Hobos se acerca al final del trayecto.

Cuando camino por una ciudad, un suburbio o un bosque, siento un gran alivio cuando me encuentro con vías de tren. Es como si los miedos, dudas y ansiedades del día a día desaparecieran. Se afloja la presión que la civilización y este mundo ejercen sobre mi cabeza y por unos momentos puedo respirar con libertad. Las vías de tren persisten en las sombras de nuestro crudo, digitalizado futuro a lo 2001: una odisea del espacio, reliquias de aquella época en la que mastodontes de hierro y vagones Pullman atravesaban la noche, negra como la tinta, cruzando campos agrestes en viajes manchados por el diesel del motor.

En esta interminable matriz de calles, coches, torres de telefonía, negocios, casas, trabajos y familias, las vías del tren son una trampilla de salida, un hueco, una excepción donde aún reina el silencio y la anarquía.

Si caminos y autopistas son las venas de Norteamérica, los cientos de miles de kilómetros de vía férrea son como esos diagramas de chakras en las salas de acupuntura, los flujos de energía escondidos que afectan a todo el cuerpo. Es como si el vapor de cientos de años del rudo espíritu aventurero estadounidense estuviese impregnado del embriagador aroma del alquitrán caliente. Es el último lugar verdaderamente norteamericano, libre de los pesares del progreso moderno.

Mucha gente sabe que, a mediados del XIX, Henry David Thoreau se mudó a una cabaña junto a una laguna en las afueras de su pueblo natal, Concord, Massachusetts, donde vivió dos años mientras escribía Walden. Lo que no es tan conocido es que la cabaña estaba a menos de cien metros de las vías que llevaban a Concord, y que sólo tenía que seguirlas 30 minutos para llegar a casa de su madre.

En una reciente visita a la laguna Walden, maravillándome ante ese lugar prístino que Henry David había elegido para su experimento, entendí que sin las vías del tren —esa cuerda salvavidas, ese rastro de migas de pan que podía seguir para volver a la civilización— su retiro se habría convertido en un interminable infierno. Thoreau dio con lo mejor de dos mundos, con eso que todos queremos: naturaleza y civilización en un pulcro paquete.

Puedo imaginar cómo, durante algunas noches frías, cuando añoraba a sus amigos en Boston y se preguntaba por qué había regresado a su pueblo natal para cultivar judías verdes, el silbido del tren recorriendo el bosque le devolvía el coraje para continuar con su trabajo en su pequeña cabaña, recordándole que, aunque estaba solo, todavía era parte de la humanidad.

Crecí en los suburbios de Carolina del Norte, una zona tranquila y boscosa en el este del país, donde el tren de carga es una parte fundamental en la textura del paisaje. Durante mi etapa en el instituto, en las largas noches de otoño, mientras las hojas multicolor caían en mi vecindario, oía en la distancia el estruendo de la banda de música escolar y el silbido del tren mientras se abría paso entre los densos bosques de hoja caduca, y mi espíritu se llenaba de emoción por el futuro y todo lo que faltaba por hacer.

Pasé mis años de formación en las vías. Bajar por un barranco de arcilla o abrirse paso entre el follaje para encontrar un mundo escondido detrás del aparcamiento de una farmacia tenía algo mágico.

Justo después de cumplir 18, una fresca tarde de otoño salté a mi primer tren de mercancías en Raleigh, con mi amigo Doug MacPherson. Las horas que pasamos echados sobre su carga de madera alquitranada, intentando descifrar el misterioso trasiego de vagones y locomotoras en la estación, se me quedaron grabadas en la médula de mis huesos; como un puzzle que no entiendes pero comienza a tener sentido cuanto más lo miras. Mi amigo Cricket, un experimentado polizón, nos había dado un pequeño mapa hecho a mano para ubicarnos una vez llegáramos a la estación de Linwood, al oeste de Carolina del Norte. Su consejo fue la advertencia que se le da a todos los que viajan por primera vez: “Agachaos y no dejéis que nadie os vea”.

Mientras nuestro tren salía chirriando de Raleigh, ignoramos el consejo de Cricket y nos sentamos sobre la plataforma, a la vista de los automovilistas parados en los cruces de tren. Saludar a los conductores mientras pasábamos tenía su encanto: cuando nos veían, sus rostros se iluminaban, nos señalaban y decían: “¡Mira, hobos!” Era como si vernos sentados encima del tren les hiciera creer de nuevo en cosas misteriosas; la contemplación de lo desconocido.

El paisaje desde las vías es completamente distinto al que uno ve desde la ventana de un coche: no hay gasolineras, anuncios, bares, aceras ni peatones. Es un mundo de solares abandonados y sombras en patios traseros mal iluminados, perros callejeros que aúllan, vagabundos bebiendo bajo los puentes, monolitos de cemento y postes de teléfono cubiertos por enredaderas. Una vez te alejas de las carreteras y llegas al campo abierto, te encuentras con una naturaleza virgen, un lugar que no ha sido marchitado por la civilización.

Con nuestro ajado mapa, de camino a un lugar extraño, Doug y yo nos sentimos como los primeros norteamericanos; pioneros lejos de casa, embarcados en una gran aventura. Así comenzó mi complicado y mal correspondido amor por viajar en trenes de carga.

El autor, dormido en el porche de un vagón, en algún lugar de Utah o Wyoming.

“Ten cuidado con cualquier aventura que requiera ropa nueva”, advirtió Thoreau. El gran radical e inconformista de Nueva Inglaterra podría ser descrito como un proto-hobo, con su énfasis en la autosuficiencia, vivir al aire libre y viajar sin rumbo por los territorios aún vírgenes de EE.UU y Canadá. Los historiadores concuerdan en que el hobo estadounidense moderno surgió después de la Guerra Civil. Los hombres jóvenes de la nación regresaban para ver sus hogares devastados. Algunos, acostumbrados a dormir al aire libre y a cazar para comer, se convirtieron en viajeros errantes, desplazándose por el país en busca de trabajo. A mediados del XIX, los hobos, en numero creciente, se expandieron hacia el oeste siguiendo las vías del tren.

En sus inicios, los hobos eran obreros itinerantes que se subían a los vagones en vez de pagar por un billete de pasajero. Se estima que hubo un millón de hobos en las vías entre 1890 y 1930. Ben Reitman, un anarquista peripatético famoso en los años veinte por ser el amante de Emma Goldman, realizó una subdivisión de la taxonomía de los viajeros de la siguiente manera: “Los hobos eran hombres y mujeres que iban de un lado a otro en busca de trabajo; los tramps eran desarraigados sin dinero que viajaban en busca de emoción y aventura, como yo, y los bums, los vagabundos más problemáticos, son aquellos adictos a las drogas y el alcohol que han perdido todo sentido de respetabilidad”.

La llegada del nuevo siglo fue un momento peligroso para ser hobo. Entre 1898 y 1908, la Comisión Interestatal de Comercio registró la muerte de unos 48 mil tramps en los vagones de tren, y el mismo número de mutilados. Era normal que los emigrantes viajaran debajo de los vagones, sobre el armazón de barras de acero extendidos como Superman. También viajaban agachados sobre las plataformas de los rápidos trenes de pasajeros. Los vagones a veces iban tan llenos que era difícil encontrar espacio dentro. La vida era barata en las vías; algunos hobos caían del tren o bajo sus ruedas, otros eran asesinados, y los menos afortunados morían congelados en los vagones refrigerados, o asfixiados en túneles largos sin los modernos sistemas de ventilación. El experto en trenes Lee Wheelbarger me contó una historia que ilustra muy bien estos peligros: los trenes de vapor de aquel entonces escupían aceite hirviendo y residuos calientes sobre una pequeña plataforma detrás de la segunda locomotora, conocida como “monkey porch”. En las noches frías, los hobos sin experiencia avanzaban por el tren hacia el calor que irradiaban las locomotoras; cuando el personal los encontraba, estaban tan escaldados que parecían monos abrasados.

Hoy en día, si los jefes de convoy (más conocidos como bulls) te sorprenden de polizón, recibes una advertencia, una citación o, en el peor de los casos, una pena de cárcel de unos pocos días. A principios del siglo pasado, sin embargo, había una pequeña guerra de guerrillas entre las compañías de ferrocarril y los hobos. Los bulls mataban hobos sin piedad, y estos vengaban a los caídos disparando a los bulls. Esta saga llegó al cine en 1973 con la película Emperor of the North Pole [El emperador del norte]; en ella, un despiadado bull asesino de hobos llamado Shack es retado a duelo por Nº 1, un heroico hobo determinado a subirse al tren de Shack. Es probable que el personaje de Shack estuviera inspirado en Jeff Carr, un bull de principios de siglo con una escalofriante reputación entre los errantes.                 

En su autobiografía de 1926 sobre los bajos fondos, You Can’t Win, el prófugo Jack Black escribe: “[Jeff Carr] tiene ideas muy simples cuando se trata de matar vagabundos. Si corres, te dispara; si te quedas quieto, te meterá seis meses [en prisión]. Y él prefiere que corras”. También Jack London escribió sobre Carr en The Road, su libro de 1907 sobre polizones: “Por suerte nunca me encontré con Jeff Carr. Pasé por Cheyenne durante una ventisca. Había 84 hoboes [sic] conmigo en ese momento. Nuestro número nos hacía indiferentes a casi todo, pero no a Jeff Carr. La posibilidad de Jeff Carr aceleraba nuestra imaginación y mermaba nuestra hombría. Todo el grupo estaba muerto de miedo ante la idea de toparnos con él”.

Además de los asesinatos, la extorsión campaba a sus anchas. Los trabajadores del ferrocarril subían a los furgones y quitaban por la fuerza a los polizones el poco dinero que tenían, amenazando con arrojarlos del tren o hacer que los arrestaran. A finales del XIX, un grupo de hobos formó un sindicato de trabajadores desempleados y viajeros llamado Tourist Union #63 para protegerse de los bulls y los ferroviarios. Algunos de estos hobos fundaron la Unión Estadounidense para las Libertades Civiles (ACLU). Más de 50 años después, en 1972, vencieron en su lucha por la derogación de leyes anticuadas y represivas contra los vagabundos.

Tourist Union #63 organizó a comienzos del siglo XX la primera Convención de Hobos anual en Chicago, entonces el centro neurálgico de la vida hobo en Norteamérica. Chicago tenía las terminales de carga más grandes del país y era un lugar ideal para criminales, radicales y vagabundos. Después de que disturbios y violencia policial arruinaran un par de las convenciones, los organizadores corrieron la voz de que deseaban reubicarse. Los fundadores de Britt, un pequeña comunidad de granjeros en Iowa, ofrecieron sus humildes terrenos para el evento.

A diferencia de muchos pueblos con leyes contra la vagancia draconianas, Britt quería más hobos en el lugar; necesitaban granjeros temporales, e invitar a los hobos a su pueblo sería una forma de distinguirse de otras comunidades en desarrollo. Así fue cómo los fundadores compraron a los hobos billetes de primera en Pullman para que fueran desde Chicago a ver el lugar. A los hobos les gustó Britt, había suficiente espacio en el pueblo para albergar sus grandes encuentros. Cerraron el trato, y la Convención Nacional del Hobo se ha llevado a cabo en ese lugar durante los últimos 112 años.

Hoy en día, los hobos siguen bajando al pequeño pueblo un fin de semana al año, en agosto, para reconectar con viejos amigos, honrar a sus muertos, comer estofado y elegir al Rey y la Reina de los hobos. Britt tiene un Museo del Hobo, un Cementerio del Hobo una Selva del Hobo y hasta altar al Hobo Desconocido.

Siempre había querido ir a la convención, así que tracé un plan para viajar en tren desde Oakland hasta Britt, con tres personas que apenas conocía, en menos de cinco días. Se debe disponer de tiempo cuando se viaja de polizón, para equilibrar los contratiempos que traen consigo el destino y la suerte. Debido a otros quehaceres no teníamos más tiempo, pero emprendimos nuestro viaje de todos modos. Como dijo Tennessee Williams: “¡Haz viajes! ¡Inténtalo! No hay nada más”.

Backwoods Jack toca una canción suya para el público en la Selva del Hobo.

Nuestro viaje en tren no comenzó con buen pie. Los cuatro nos reunimos en el Heinold’s First and Last Chance Saloon, un abrevadero con cien años de historia y lugar que Jack London solía frecuentar, en el puerto de Oakland: ahí estaba Jackson, el fotógrafo; Ben, un amigo que tenía un par de semanas de vacaciones y quería una aventura; y Chris, un viajero con el que me había escrito pero no conocía en persona. Chris había rodado muchísimo, yo lo había hecho un poco, y para Jackson y Ben era su primer viaje. Acampamos en un conducto de agua de la terminal de carga en la estación de Oakland, cerca de una planta de tratamiento de aguas cuyas nocivas emanaciones nos causaron irritación en la garganta. Por la mañana un bull nos echó de allí. Amenazó con enviarnos a prisión, “y nadie quiere ir a prisión en Oakland”.

Siguiendo el consejo, nos fuimos a la estación de Amtrak con el rabo entre las piernas y compramos billetes para Roseville, la siguiente parada en la ruta terrestre de la Union Pacific. Una vez ahí nos subimos a un viejo tren de desechos y avanzamos unos ocho kilómetros antes de que el vehículo se detuviera. Tres policías amigables nos desalojaron del vagón; el conductor nos había visto saltar al tren y dado aviso. Esa noche, después de horas vagando por las afueras de Roseville buscando una mochila que sustituyera la mía rota, dormimos en las gradas de un campo de fútbol estudiantil, justo delante de unas cocheras de tren. Por la mañana Chris nos dejó y se fue solo, y Ben, Jackson y yo cruzamos el pueblo para coger el bus casino de 15 dólares hasta Reno, Nevada.

Sobre la terminal de Union Pacific en Reno cae la sombra del elevado Nugget Casino. En cuanto llegamos nos aventuramos en su interior. Tras vivir al aire libre dos días, la alfombra y los espejos que cubrían las paredes resultaron una experiencia alucinante, casi como estar en la casa de la risa.

Salimos del casino, pasamos juntos a los rociadores y el césped artificial verde neón, y nos metimos entre los arbustos ornamentales. Justo detrás, al lado de una valla de alambre, había una compacta selva de hobos (así se conoce a un campamento o terreno ocupado junto a las vías), tapizada con latas de cerveza y basura.

Durante gran parte del siglo XX, los polizones aprendieron el sistema ferroviario mediante el sistema de prueba y error e intercambiando información con otros viajeros. En los años 20, las selvas estaban repletas de gente lavando ropa y preparando grandes comidas. Podías acercarte y preguntar la salida del siguiente tren. Los más veteranos, tras años de repetición y experiencia, se sabían de memoria horarios, distribución de las terminales de carga y los mejores puntos para saltar.

En 1997, un anónimo amante de los trenes catalogó toda esta sabiduría popular en un solo códice, una guía para salir de cada ciudad, pueblo y suburbio en Norteamérica. Ese grueso panfleto fotocopiado se actualiza cada año con la información que contribuye gente de todo el país. Este sextante moderno para el explorador de los mares de hierro pasa de mano en mano entre los jinetes del vagón, y en él figuran los 50 estados del país y los territorios canadienses, todo impreso en Times New Roman número nueve, con un elaborado sistema de acrónimos. Este es un extracto sobre Reno:

Reno (UP): YD está a 3ME de Reno CH en Sparks

Para WBS, tendrás que llegar al paso a desnivel

McCarren en el extremo E, o quizá todavía un E

más allá. Este lugar está vallado por ahora, pero

hay puntos de acceso… Es mejor de noche, hay un

bull que esporádicamente sale en busca de cerdos y

trenes GM, principalmente de día.

Un tren de doble carga con dirección a Chicago llegó al mediodía. Saltamos por encima de la reja y corrimos al lado del tren, buscando un vagón que pudiéramos ocupar. Al no encontrar ninguno nos conformamos con la unidad trasera (una locomotora desocupada al final del tren); abrimos la puerta de metal y nos escabullimos al interior.

 El interior de una locomotora es como una cabina de piloto: la temperatura está controlada, está lleno de botones y palancas, y tiene asientos reclinables, agua embotellada en un frigobar y un baño. Jackson y Ben miraron con desconfianza. Esperaban viajar al aire libre, en un vagón con la puerta abierta, o en uno de esos espacios intermedios de metro y medio de profundidad entre los contenedores de carga.

Cuando estás a bordo, un tren es como una criatura viviente, un dragón primigenio. Gruñe y ruge y exhala aire caliente; incluso suelta gases. Ben y Jackson saltaban a cada ruido, preocupados de que algo fuera mal. Una vez les expliqué que eran completamente normales, se relajaron. En cuanto nuestro tren salió de Reno dejamos nuestro escondite y nos sentamos en los asientos reclinables. Las vías se alejaban de la carretera, y poco después estábamos en campo abierto, matorrales por doquier y un desierto blanco que se extendía hasta el horizonte. Abrimos las ventanas y fumamos sentados en la plataforma, sólo por sentir el calor del aire del desierto en nuestras caras. Nos alejamos más y más de la civilización, lejos de las carreteras, el agua y las personas; un lugar donde los móviles no tienen cobertura y tienes que guiarte por el paisaje y los mapas ferroviarios para descifrar tu ubicación. La cabina se oscureció y la noche cayó sobre Nevada. Sacamos los sacos de dormir.

Desperté a mitad de la noche y estábamos en la zona de carga de Elko, Nevada. Podía ver luces fuera, a ambos lados de la locomotora. Eché un vistazo por una ventana y vi un camión de combustible a un lado y un carrito eléctrico al otro. Desperté a Ben y Jackson y les dije que teníamos que irnos. Las locomotoras traseras se inspeccionan cada 24 horas. Cuando viajas solo te puedes esconder en el baño y guardar silencio, pero al ser tres no había escondite posible. Presintiendo que algún trabajador estaría a punto de irrumpir, apoyé todo mi peso sobre la puerta de acero y sostuve la palanca. Oí pasos y alguien, desde fuera, trató de girar la palanca. Probó tres o cuatro veces, pero yo aguanté la puerta hasta que se dio por vencido y se marchó.

En cuanto se fue, salimos corriendo por el desierto hasta unos matorrales cerca de las oficinas de la estación. Acurrucados detrás de esos matorrales desérticos, con todo el peso de nuestras mochilas, esta forma de viajar empezó a parecernos una especie de versión DIY de un entrenamiento militar.

Los amenazantes faros de los camiones nos rodeaban, no teníamos a dónde ir. Vimos cómo nuestro tren arrancaba de nuevo. Justo cuando estábamos a punto de abandonar y encaminarnos hacia la autopista, un tren de grano llegó al lugar, con dirección hacia al este.

En poco tiempo los camiones desaparecieron y el camino quedó libre. Corrimos junto al tren mientras éste cogía velocidad, y nos montamos en un vagón de carga perfecto, bastante amplio como para caber los tres acostados. El tren aceleró y se perdió tras un cañón en el desierto, iluminado por el suave reflejo de la luna llena. El tren de carga, cual duro capataz, nos había hecho sufrir antes de recompensarnos. El vagón oscilaba y crujía por el desierto sin fin; el aire fresco de la noche era estimulante. Me arrastré dentro de mi sacoy dormí mejor de lo que había dormido en años.

Cuando desperté, el horizonte se veía rosado, y estábamos cruzando un espigón que se extendía sobre el Gran Lago Salado. Los cerros rojizos se reflejaban sobre el espejo de agua estancada. Olor a azufre subía desde el agua, y algunas gaviotas sobrevolaban el tren. En la distancia se veía un solitario bote anclado, que me recordó a una especie de antiguo navío fenicio. Ben, Jackson y yo quedamos estupefactos, sintiéndonos bendecidos por esta oportunidad de ver tal esplendor. Era casi como viajar en el tiempo. Dejamos atrás playas de pura sal blanca, ruinosas torres de alta tensión y remolcadores encallados, devorados por el óxido.

Nos estábamos quedando sin agua, pero decidimos quedarnos hasta llegar a Green River, Wyoming, atravesando Ogden, Utah. En Green River, una vez el tren se detuvo, cruzamos el puente que llevaba hasta el pueblo seguros de nosotros mismos, caminando como si estuviéramos en un spaghetti western.

Green River es una parada importante para los trenes de carga en el oeste. Los logotipos de Union Pacific están por todas partes, y la estación de carga ocupa todo el espacio donde debería estar el centro del pueblo. Un hermoso edificio estilo revival griego que cualquiera pensaría que es el ayuntamiento es, en realidad, la base de operaciones de la compañía local de trenes. Los trabajadores ferroviarios circulan po el lugar constantemente en sus camionetas blancas.

Hobos y vagabundos parecían formar parte de la vida diaria en Green River. La gente nos sonreía por la calle y nos preguntaba si íbamos de salida. Los policías pasaban lentamente junto a nosotros, inspeccionándonos con las ventanillas bajadas. Un polis conocimos nos dijo que el pueblo recibía a unos mil vagabundos al año. Hambrientos y peligrosamente deshidratados, nos recuperamos en un restaurante de paneles de madera llamado Crazy Moose; después nos abastecimos de cigarrillos, agua y cerveza y fuimos al punto cerca del donde poder saltar al siguiente tren.

Esperamos bajo el puente como trolls, bebiendo cerveza y tirando piedras para pasar el rato. Esperar trenes de carga tiene un ritmo similar a estar en guerra o de cacería: largos periodos de monotonía puntuados por breves instantes de alta adrenalina.

Las vías estaban extrañamente tranquilas, así que decidimos dejarlo correr por esa noche y buscar un hotel barato. Esto resultó muy difícil. En tres nos rechazaron de inmediato con el pretexto de que no tenían habitaciones libres. Al ver los aparcamientos vacíos supimos que nos habían denegado el servicio porque éramos itinerantes. Después de esconder nuestras mochilas en unos arbustos y asearnos un poco, no tuvimos problema en que nos admitieran en un motel Super 8. Por la mañana decidimos buscar otro punto para abordar y nos aventuramos en la estación de carga principal. Un obrero llamó a la policía y pasamos una hora escondidos detrás de las ruedas de un tren, intentando que no nos vieran desde su coche. Logramos saltar entre medias de unos vagones y salir del patio de carga, pero cuando íbamos merodeando por un barrio cercano, dos patrullas salieron de la nada. Un agente calvo y aspecto cabreado se nos acercó pavoneándose. “El gato y el ratón, ¿eh? Parece que ganamos nosotros”, se burló. El otro, el poli bueno con su tono amable, nos hizo un montón de preguntas hasta que pudimos convencerles de que éramos gente de bien. El calvo frunció el ceño y atravesó a Jackson con la mirada: “Llevas anillo de casado y una cámara de fotos cara. ¿Qué estás haciendo aquí?

Nos dejaron ir con una advertencia: nos meterían en chirona si nos veían de nuevo. Tentando al destino, regresamos al río a esperar de nuevo bajo el puente. Poco después pasó un tren de desperdicios y nos subimos a la última unidad. Se detuvo en medio de Green River y pasamos una hora escondidos, nerviosos, imaginando cómo sería el interior de una prisión en ese pueblo. Por fin nuestro tren reanudó su camino, pero iba tan lento que decidimos bajarnos en Rawlins, Wyoming.

Cerca de las vías, en Rawlins conocimos a un rapero de 17 años llamado Whytesmoke, que hizo freestyling para nosotros rodeado de su séquito de fans con bicicletas BMX. Comimos una comida tailandesa muy buena y los dueños de la única cafetería en Rawlins nos dejaron rellenar nuestras botellas de agua. Un joven padre con su familia nos paró en la calle y nos contó que él había viajado en trenes en los años 80. “Recuerdo que era una experiencia físicamente muy exigente”, recordó. Fue un momento extraño, darnos cuenta de que viajar en trenes se convierte, inevitablemente, en una historia más de aquellas cosas emocionantes que hacías cuando eras joven.

Al atardecer caminamos por las vías hasta llegar a una vieja selva entre las irregulares colinas. Parecía un poblado medieval; encendimos una fogata en un viejo barril oxidado. Al cabo de un rato, un tren con dirección este y vagones de refrigeración irrumpió en la noche, y nos subimos a la última unidad.

Cada tren es un lanzamiento de dados, una experiencia única e impredecible. Quizá por eso lo hacemos: la apuesta, la pérdida absoluta de control, ese acto de quedar a merced de la suerte y el destino. El tren que tomamos en Rawlins tenía toda la apariencia de ser de los que recorren Wyoming a toda velocidad. Pero resultó ser penosamente lento, y se detenía cada hora para ceder el paso a otros trenes mas importantes. Frustrados, nos bajamos en Laramie, Wyoming.

El autor y Ben esperan el tren nocturno en una selva en Wyoming.

Ahora estábamos en una carrera contra el tiempo. Teníamos 12 horas para llegar a la Convención Nacional de Hobos; íbamos tarde. Alquilamos el vehículo más barato que pudimos encontrar (una camioneta de mudanzas) y tomamos la carretera, decididos a recoger a todo autoestopista que encontráramos en el camino.

Al poco de salir de Laramie vimos a una persona solitaria junto a la carretera. Tenía una enmarañada barba a lo Walt Whitman, y cual Sísifo empujaba una pesada bicicleta colina arriba. Dimos una vuelta y nos detuvimos, dándole al viejo un susto. En ese momento estaba sentado en la tierra, fumando un cigarrillo liado a mano y contemplando los árboles. Tenía un rostro surcado de arrugas y la ropa sucia. Tenía unos ojos azules muy expresivos y parecía Tom Hanks en Náufrago. Se presentó como Joe. La boca desdentada y rostro curtido le daban una apariencia ancestral; nos dijo que sólo tenía 55 años.

Después de charlar durante cinco minutos, me di cuenta de que era uno de los últimos de una raza en extinción. Joe nos dijo que había estado acampando en Oregón durante los últimos dos años y ahora estaba tratando de llegar en bicicleta a Arkansas, donde planeaba instalarse unos “tres o cuatro años” para cribar buscando oro. En Montana se vio obligado a desviarse 1.600 km. por los incendios forestales. Después de Arkansas, planeaba conseguir un par de caballos y montar hacia el oeste por los campos de Norteamérica. “He visto este país en coche y lo terminaré de ver en bicicleta y a pie; decidí que también quería conocerlo a caballo, como en los viejos tiempos”.

En su retiro Joe había hecho amistad con la fauna. “No os creeríais la clase de animales que he visto de cerca”. Nos dijo que hablaba con los tejones. La bici de Joe era más una especie de carrito de supermercado sobre dos ruedas que un medio de transporte. Pesaba unos 90 kilos cargado de picos, palas, tiendas, carpas y utensilios. Subimos a Joe y sus pertenencias a la parte trasera de la camioneta y le dijimos que podíamos acercarlo hasta Des Moines. Se mostró muy agradecido y dijo que probablemente le ahorraríamos “uno o dos meses” de bicicleta.

Más adelante paramos por otro viajero, un hombre joven y apuesto con pelo largo y crespo, gafas de sol y un perro. Se presentó como Alex y nos dijo que era escritor de viajes. Su perro era un pitbull de nariz roja llamado Batman. Alex nos contó que en 2010 había dejado su trabajo en Google para recorrer el país en autoestop, usando couchsurfing.org para buscar lugares donde quedarse. En los dos años que llevaba de viaje peripatético sólo había tenido que dormir en la calle dos o tres veces.

Un par de horas más tarde nos detuvimos a poner gasolina y al abrir la puerta de atrás encontramos a nuestro cargamento humano con los ojos entrecerrados y bañados en sudor. En adelante decidimos sujetar la puerta con un pedazo de cuerda para que entrara la brisa mientras conducíamos.

Dos horas después, en Nebraska, una patrulla nos detuvo. Un policía se acercó la ventana y dijo que alguien nos había denunciado: “Dijeron que parecía que traían inmigrantes ilegales mexicanos”. Revisó a Alex y Joe en la parte de atrás y nos dejó ir con la advertencia de que la interestatal 80 era una de las principales arterias para el tráfico humano y probablemente nos pararían de nuevo.

Nuestro siguiente alto fue en Omaha, donde nos embebimos de la reconfortante vibración del viernes por la noche en la ciudad; todos llevaba sus mejores ropas y las chicas eran realmente hermosas (lo que reafirma la observación de Jack Kerouac de hace 50 años: “las chicas más bellas del mundo viven en Des Moines”). Alex se mantuvo sobrio y le pedimos que condujera esa noche. Nos detuvimos para recuperar unas horas de sueño en el aparcamiento de un Embassy Suites, despertándonos al amanecer para conducir las últimas dos horas, atravesando los campos de maíz de Iowa, hasta Britt, justo a tiempo de ver a la escuela local desfilando por una apacible calle residencial. Ancianos y mujeres de mediana edad arrojaban dulces desde coches sin capota y plataformas a motor. Un chico montado en un gigantesco tractor John Deere saludaba y posaba para el público.

Britt estaba plagado de turistas, pero había una sospechosa falta de hobos que parecieran haber pasado una buena cantidad de tiempo en las vías. Familias rurales paseaban por la calle mayor, junto a tenderetes y puestos de comida con canciones de éxito retumbando a fuerte volumen. Chicas adolescentes compraban cursis camisetas hobo en el Museo del Hobo y después se iban a desayunar al otro lado de la calle en la Casa del Hobo de Mary Jo.

            Caminamos hasta la Selva del Hobo, improvisada sobre un jardín bien podado junto a las vías. Ahí, junto a un vagón abandonado, había arracimadas unas 20 personas, gente canosa con chalecos de piel o gorros de mapache. Había unas diez o quince tiendas distribuidas sobre el terreno y un pequeño pueblo de autocaravanas y camionetas. No habría en total más de 60 personas en el sitio. Era más una especie de feria de artesanías hippies que una Hooverville de la Gran Depresión. Para poner las cosas en perspectiva: a la convención de 1949 en Britt asistieron 1.800 hobos.

Al otro lado del pueblo, en el parque de la ciudad, los habitantes de Britt servían estofado, la improvisada pitanza tradicional entre los hobos, a una mezcla de transeúntes y turistas. La ceremonia para elegir al rey y la reina hobo del año comenzó con una mujer mayor cantando las tres estrofas del himno nacional. Mientras cantaba, los invitados miraban inexpresivos a ninguna parte. No se sabían la letra.

Los candidatos a Rey Hobo, una colección de viejos desaliñados con nombres como Adman y Minnesota Jim, subieron al escenario para pronunciar sus discursos. Desde 1900 se ha coronado a un Rey Hobo cada año, y para evitar impostores, el rey debe haber pasado una parte importante de su vida en trenes de carga. Los discursos de dos minutos de Adman y Minnesota Jim fueron conmovedores. Ambos hablaron de sus problemas de salud, y Adman anunció que se retiraba de las vías. Veteranos que habían “tomado el tren al oeste” (la expresión hobo para referirse al fallecimiento) fueron canonizados y homenajeados.

El público enloqueció cuando un hobo bonachón con una sola pierna se acercó en su silla de ruedas al micrófono. “Hola, soy Frog”, dijo con un croar agudo. Bromeó diciendo que había pisado mal al bajarse esa mañana del vagón pero que ya se encontraba bien. Mientras que el discurso de Adman había sido taciturno y autocompasivo, Frog parecía estar lleno de gratitud hacia su familia de hobos.

Las nominadas a Reina Hobo eran todas mujeres mayores: Angel, Minnesota Jewel y una mujer llamada Empress Vagabond Lump, la única hobo negra del evento. Los vencedores se decidían por aplausos. Ganaron Minnesota Jim, que parecía una versión cadavérica de Woody Guthrie, y Angel, una mujer de Britt. Los coronaron con sombreros hechos con latas Folgers vacías.

Después de la ceremonia me encontré a Frog sentado solo, fumando. Frog vivía solo en Helena, Montana. Recibió su apodo en una en California, “porque mi compañero les dijo que saltaba a los trenes como una rana”. Yo había asumido que habría perdido su pierna en los vagones, pero me dijo que una pandilla de adolescentes lo atacó a principios de la década pasada. “Unos chicos que regresaban de un partido de beisbol. Pasa mucho hoy en día”, me dijo, optimista y sonriente. Viajó en trenes durante 31 años antes de su accidente. “Mi pasión por conocer mundo comenzó a los ocho años, y aún la tengo. Aunque ya no subo a trenes, quisiera poder hacerlo. Me queda un último viaje, y ese es mi viaje al oeste”.

Le pregunté a Frog por qué había tan pocos jóvenes en la convención. “Nuestros hermanos y hermanas anarquistas están por ahí, viajando en trenes, pero ya no se identifican como hobos. Yo creo que, en 25 años, la Convención de Hobos será cosa del pasado”.

Me explicó que, durante las últimas dos décadas, la convención en Britt se había transformado por completo. Se había vuelto una feria del pueblo, algo familiar; los niños corrían por la Selva del Hobo pidiendo autógrafos y observando, como si se tratara de un circo. La ciudad empezó a instaurar normas represivas y a prohibir peleas, uso de drogas y alcohol. El insulto definitivo fue la contratación de un bull para evitar que los hobos se subieran o bajaran de los trenes en Britt durante la convención. Mientras caminaba por las vías esa tarde, el bull, pulcro y de aire avieso,me detuvo y exigió con una sonrisa saber mi número de identificación.

En su libro You Can’t Win, Jack Black describe un evento que se repetía en la Convención Nacional de Hobos a principios del siglo XX: “Había una enorme selva junto a un río de agua transparente, donde hervían sus ropas con chinches, o “trapos” como siempre los llamaban, cocinaban estofado o, si suficientes vagos se reunían, organizaban “convenciones”. Estas convenciones, como muchas otras, eran la excusa para una borrachera. A veces terminaba con un homicidio, o un vago caía en la hoguera y moría abrasado, tras lo cual todos se escabullían en silencio”.

En 1998, un grupo de hobos se hartó de las reglas cada vez más restrictivas de la convención y organizó un evento ambulante llamado Trampfest, el cual tendría un espíritu más rebelde y próximo al de las primeras convenciones en Britt. “Decidieron que, si traían a todos esos policías y cabrones ferroviarios, y a los medios, no era lo que ellos buscaban”, me explicó Frog. Las historias que he oído sobre el Trampfest dan impresión de tratarse de una versión más joven, alcoholizada y cuchillera de la convención de Britt.

Cayó la noche, se encendió una fogata, y se sirvieron alubias y perritos calientes en platos de papel; el evento adquirió un tono de película de Wes Anderson. Un aterrador vagabundo barbudo con aspecto de menonita bailaba y tocaba con flauta una versión de “Call Me Maybe”. Un crust-punk que llegó al evento, uno con aspecto medio humano y medio porcino, escupía fuego desde el interior de un vagón. Hubo discursos patrióticos al estilo Kiwanis, y la noche estuvo moderada por un hombre de 66 años llamado Medicine Man, que ni siquiera era un hobo sino un apasionado por los hobos que había recorrido el país con su esposa en una autocaravana.

Estos “hobos de corazón” (un eufemismo que usan los hobos postizos para describirse) parecían dirigir la convención; los hobos de verdad, enfermos y agotados, estaban sentados en segundo plano, tratando de disfrutar del rato con su familia. Empress Vagabond Lump me dijo: “Cuando vine aquí por primera vez, en el ’81, era distinto. No estaba tan regulado como hoy. Ahora es una especie de recreación histórica, para que la gente aprenda la historia del hobo. Esto es para domingueros”.

Conocí al enfant terrible de la convención en la Selva del Hobo al caer el sol. Bajo las ruedas de un vagón estacionado, estaba sentado sobre un trozo de manta vieja dando cuenta de un pack de cervezas baratas. Llevaba una sucia camiseta sicodélica su piel era del color de una salchicha hervida. Salió de su escondite haciendo el moonwalk, gritando “¡Soy el Tan Man (Hombre del bronceado), nena!” y cantando Lady Gaga: “Lemme take a ride on your disco stick!”

El Tan Man, un cuarentón costroso y pirado, era como una caricatura de un vago enajenado. Me dijo que había pasado toda su vida en las calles y que estaba orgulloso de ser el “rey de hacer dedo”. Me dijo que se sentía más seguro en una alcantarilla que en una cama caliente. Se quejó encabronado de lo que se había convertido la convención. “Muchos de estos son hobos con tarjeta de crédito, hobos millonarios”. El Tan Man se había dejado caer, a pesar de ser el certamen una parodia de sí mismo, por respeto a los hobos ancianos. “Algo que los veteranos me enseñaron: respeta siempre, ofrece siempre un cigarrillo, ofrece algo de comer, siempre, y una cerveza si la tienes. Esas son las viejas reglas del hobo. Tienes que dar respeto para recibir respeto”.

Tan Man me dijo que después de la convención iría a Clinton, Iowa, para desintoxicarse y convertirse en pastor en un programa evangélico para jóvenes sin hogar. “En lugar de correr con el culo al aire por la playa con la policía detrás de mí gritando ‘¿Quién es ese?’ ‘No sé, le llaman el Tan Man’. Me gustaría hacer algo bien. Si pudiera ayudar aunque sea a una persona, a un solo chico tirado, todo mi viaje, toda mi vida, habrá valido la pena”.

Después de hablar con Tan Man, Medicine Man, el “hobo de corazón”, se acercó con cara de preocupación. “Te he visto hablando con el Tan Man. Hemos tenido muchos problemas con él en los últimos años, así que no sé lo que te habrá contado. Pero quiero que sepas que si imprimes algo de lo que te ha dicho, ninguno volverá a ser bienvenido aquí”. Después de un un rato de tira y afloja con él y de más discursos y canciones, decidí que era hora de ir a dormir.

Al día siguiente descubrí que Tan Man había sido arrestado por orinar contra una valla. Esa necesidad tan básica, apenas una falta leve en una sociedad reglada, había sido castigada con arresto en el pueblo que fuera el santuario del hobo. Ya era suficiente. Asqueado por el mezquino paternalismo de Britt y la convención, era momento de partir. Tomamos un vuelo de regreso a Nueva York.

De vuelta a casa llamé a Frog para seguir nuestra conversación. Me había dicho que fue uno de los miembros fundadores de una célebre pandilla de vagabundos llamada FTRA, el equivalente ferroviario de los Crips. Frog se rió mientras desvelaba el acrónimo de tan temida sociedad. “Quiere decir Fuck the Reagan Administration (A la mierda el gobierno de Reagan). Lo empezamos cuando Reagan eliminó los vales de comida, pero de alguna forma se convirtió en Freight Train Riders of America (Polizones de tren en América). Todavía hoy hay personas que me piden que los registre”. Vuelve a reírse.           

Frog, un hombre cálido y bondadoso, me dijo que muchos polizones y hobos se detenían a visitarlo en Helena. Me lo imaginé viviendo en una destartalada cabaña con la pintura desconchada y una estufa de madera, rodeado de girasoles y una colección de oxidados clavos sacados de las vías apilados en el porche. En mi mente vivía sus años de retiro en una alegre santuario con vagabundos, vagos y forajidos llamados Minneapolis Minnie, Pasco Slim y Salt Chunk Mary, preparando grandes comidas con ellos y emborrachándose para después desaparecer en la noche. Me cogió desprevenido cuando me dijo que vivía en un asilo para ancianos. Mi fantasía sobre su vida se vino abajo, reemplazada por la gris realidad: paredes de aglomerado, jardines podados, salas para visitas y zona de estacionamiento.

La idea de Frog en su silla de ruedas, solo en un asilo en Montana, me sobrepasó. Notando mi malestar, comenzó a describirme sus alrededores. “Desde aquí se ven unas montañas gigantes. Veo los trenes pasar junto a mi casa, frente a mi ventana”, me dijo con nostalgia. “Hay dos vías; una va al este, la otra al oeste. Y justo detrás de las vías hay un aeropuerto, así que me siento a ver los aviones que despegan y aterrizan”. Me imaginé el retumbar de los trenes y una solitaria bocina que lo despertaría en mitad de la noche mientras soñaba con viajar de nuevo. Antes de despedirme, prometí enviarle una carta e ir a visitarle algún día.

Sentado en mi escritorio, después de colgar el teléfono, me encuentro llorando por todas esas personas y estilos de vida que se han ido, y por el gran hobo norteamericano, desapareciendo sobre las vías de camino el oeste para no regresar jamás.

Para ver el amanecer sobre el Gran Lago Salado y el mundo escondido de las vías del tren, no te pierdas nuestro documental La muerte del hobo americano, pronto en VICE.com.