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La voluntad de los niños

Joan Ripollès Iranzo se nos folla a todos.

Retrato de Coke Bartrina

Luna y Salva son dos adolescentes en fuga que irrumpen en un hotel del norte de la península cerrado por temporada baja. El viejo gerente, sin embargo, no puede evitar rendirse a estos huéspedes frescos, que además de joder como animales traen tormento mucho y fino. Quemar el cielo es una novela de encierro, la primera de un escritor arcaico pero con el niño pronto; arcaico por superior, por su prosa robusta y convencida, y niño por lúcido, claro, por verdadero. Estamos ante un hombre moderno pero moderno de verdad. Uno entre un millón.

Vice: Al grano. Si la ficción sirve para revelar verdades que la realidad no puede o no se atreve a enunciar, ¿qué certezas propone Quemar el cielo?
Joan Ripollés:
Dímelo tú, yo no sé si habrá siquiera una sola tratando de abrirse camino. Me limito a enumerar aquello que se suele omitir, como por ejemplo que los menores y los viejos follan, y que a ambos les puede apetecer follar entre ellos. Que ante la absoluta falta de justicia social y solidez moral en que vivimos el hombre debería ser libre para organizarse por su cuenta y riesgo. Que esta sociedad está montada para fabricar siervos cada vez más idiotas y que toda autoridad que permanece en silencio frente al aberrante estado de las cosas pierde cualquier legitimidad. Pero me callo, que parezco del partido humanista y esto no es una novela social ni política, es una novela gamberra, de amor y fornicación.

Apelas mucho a la picha del lector, ciertamente. Eso es algo que se está perdiendo.
Lo que se está perdiendo es la picha misma. Cada vez hay más hombres flojos de arquetipo y predispuestos a la mediocridad de la buena conciencia. Nuestra picha nos salva de la tontería, nos dice lo que somos, es a la vez cable de tierra y pararrayos, nos conecta con lo mineral y con la Vía Láctea, que es la gran corrida de Dios en la que andamos todos metidos. No me planteo escribir marranadas, para mí ni siquiera es pornografía, pero mis letras buscan, aun a mi pesar, una respuesta física, mental y genital. Y espero que no llamen a alzarse sólo a la picha: me haría muy feliz que convulsionaran coños y anos de todo tipo, que les obligasen a pronunciarse y a gritar que, en el fondo, seguimos siendo bestezuelas retozonas y temperamentales como Luna, la dulce protagonista.

Habrá quien condene el erotismo jubiloso que presentas, tan sin límites por lo alto y por lo bajo.
Ya. Hemos llegado a un punto en que se persigue y castiga el mero hecho de mencionar el delito o de tratar de entender a quien lo ha cometido. Se puede comerciar con la muerte y el escarnio, incluso hacer fortuna o carrera política a partir de ello, está bien visto, pero llevar una ficción hasta el límite resulta que es inmoral. Confundir al autor o al lector de una ficción con sus personajes es un acto de extrema imbecilidad que los tertulianos, políticos y líderes asociativos de este país no paran de cometer. Como sea, yo siento un gran amor por los tres protagonistas de mi novela. Ellos también me quieren mucho.

La historia nos la cuenta el viejo subyugado, pero son los chavales, ebrios de vida, quienes parten y reparten.
Es que yo nací viejo verde y así me voy a quedar, pero dentro de cada viejo verde lo que hay es un adolescente que no llegó a madurar. Antes de escribir tiro una moneda al aire y a menudo cae del lado juvenil. Siempre he sentido una enorme atracción por las historias de gente en ese punto en que aún pueden elegir el rumbo de su vida, rebelarse contra el mundo de mierda que trata de domarlos y convertirlos en una pieza más del engranaje, en tiranos o esbirros. Cada lector es libre de escoger sus afinidades, pero yo estoy con los adolescentes, que confían en escapar de las leyes de una sociedad que quisieran ver arder hasta los cimientos.

Esa libertad está en tu misma escritura, sin reglar, sin resabios, y se agradece mucho.
Es que me irrita mucho la posmodernidad, la reconstrucción, el post humor y todas esas mierdas. Yo empecé leyendo tebeos de terror y de Bruguera, y me gusta lo mismo una zarzuela como La verbena de la Paloma que una peli como Mentiras y gordas, porque soy un don Hilarión remetido, pero no se puede crear nada vivo desde postulados teóricos porque toda teoría implica, de algún modo, dar por muerto lo teorizado. Abomino del negocio de la nostalgia del supermercado cultural, ver que están comerciando con la adolescencia retardada de treintañeros y cuarentones me da pena. Cuando entro en una librería de las de ahora me convierto en energúmeno, no sé evitarlo.

Entonces no lees novela contemporánea…
Si por contemporánea entendemos actual, de ahora, poquita cosa. Soy muy mala persona, ni siquiera acostumbro a seguir a mis propios amigos y allegados. La novelita lumpen de Bolaño, eso sí, pero tampoco sus grandes novelas. Esta primavera me dio por Concha Alós, que se acaba de morir de alzheimer olvidada por todos, una escritora con dos cojones. Pero igual me da por Galdós o Verdaguer, que por Eraclio Cepeda, Pierre Louÿs u Osvaldo Soriano. Casi siempre en dosis cortas.

Pienso que eres un escritor bueno, valiente y autónomo, por lo tanto no vas a vender ni tres libros.
Pues los repartiré entre mis compañeros de celda, para que lo lean mientras se chupan un caldito.

‘Quemar el cielo’ ha sido editado por Club Leteo Ediciones. www.clubleteo.com