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Lágrimas de kokodrilo

No lo llaman "ser enviado a Siberia" por nada. Supimos esto el primer día de nuestro viaje a Novokuznetsk, en la parte occidental de esta región rusa de más de ocho millones kilómetros cuadrados. En verano, el frío deja paso a un clima templado, con...



No lo llaman “ser enviado a Siberia” por nada.

Supimos esto el primer día de nuestro viaje a Novokuznetsk, en la parte occidental de esta región rusa de más de ocho millones kilómetros cuadrados. En verano, el frío deja paso a un clima templado, con cielos encapotados y mosquitos del tamaño de tu dedo meñique.

Una sensación de pobreza de la era soviética impregna cada faceta de la vida en la ciudad: los ruinosos y grises edificios de protección oficial, los ladridos de los perros asilvestrados que te despiertan cada mañana, los desayunos a las 6 a base de jamón cocido y huevos fritos sazonados con vinagre.

Quejarse por las pequeñas incomodidades sería una fatuidad propia de alguien que visitara Siria y se quejara del ruido que hace el ejército al disparar a los manifestantes en las calles. No estábamos aquí para divertirnos. Aquí nadie se divierte mucho.

Estamos filmando un documental sobre cómo y por qué la juventud de Novokuznetsk está atrapada en una epidemia de heroína, una historia que se da de tortas con la recalificación que Vladimir Putin hace de los jóvenes rusos como prósperos superhumanos que viven en un brillante mundo de dinero, éxito y libertad. La realidad es que Rusia consume un 21 por ciento de la heroína de todo el mundo.

El jaco en Novokuznetsk es de color blanco cremoso; eso significa que es el más puro que se pueda comprar en parte alguna. Proviene de Afganistán y, según una leyenda local, la cruzan los talibán por la frontera de Kazajistán como venganza por la invasión rusa de 1979. Sin embargo, el más reciente problema de Rusia con las drogas se lo ha infligido ella misma.

Antes de que emprendiéramos viaje, habíamos oído rumores de una nueva droga llamada krokodil—una versión casera de la heroína a base de gasolina y codeína–, que debe su nombre al hecho de que produce escamas en la piel de sus consumidores; eso mientras les devora por dentro y pudre sus cerebros y extremidades hasta que, invariablemente, acontece la muerte.

Cuando llegamos allí descubrimos que los rumores sobre el krokodil se estaban haciendo más insistentes, y su volumen más elevado; ya sonaban como el grito ahogado que emites al incorporarte en tu cama al despertar de una pesadilla especialmente vívida.


El punto de entrada a Gorgovski. Es una hilera de edificios en ruinas, poblada por gente joven, muchos de ellos adictos a la heroína y el krokodil. En la foto, un hombre vomita tras haberse inyectado heroína en alguna pocilga llena de mosquitos. Hace que el episodio “Hamsterdam” de The Wire parezca una fiesta en un pintoresco jardín inglés.

VICE: Hola, Alison. Eres la presentadora y coproductora de este documental. ¿Qué has aprendido sobre el krokodil?
Alison Severs:
Las historias que había oído sobre el krokodil sonaban a mitos urbanos, pero cuando llegamos a Siberia eran más reales de lo que nunca hubiéramos esperado. Conocimos usuarios de krokodil que habían perdido la capacidad de hablar y caminar con normalidad. Y fuimos a una funeraria donde se pasaban todo el día grapando terciopelo y encolando cruces a ataúdes baratos de contrachapado para responder a la demanda. Los enterradores me contaron que mueren dos o tres adictos a la heroína por comunidad cada semana.

¿Por qué la droga se ha convertido en algo tan extendido?
En los años 80, después de la invasión de Afganistán, la gente empezó a usar opio. En los 90 se pasó a la heroína. Y ahora es la heroína y el krokodil. Existen varias teorías sobre cómo se ha llegado a esto, dependiendo de con quién hables. Una teoría es la del llamado narcoterrorismo, y dice que se trata de una venganza por la invasión soviética de Afganistán. Otra lo explica por la imposibilidad de controlar una frontera del tamaño de la de Rusia. Nuestro encargado de seguridad, Alec, me dijo: “Si quisieras, podrías pasar un elefante de contrabando por esa frontera”.

Fuimos al “mercado de abastos”, el núcleo del tráfico de drogas en la zona.
Yo esperaba ver a unas ancianas sentadas en el suelo vendiendo sandías y pepinillos y quizá un camión de aspecto sospechoso, pero cuando llegamos habían 35 camiones procedentes de Kazajistán, y los conductores estaban negociando abiertamente con los gitanos. Una o dos personas se percataron de nuestra cámara y empezaron a hacer sonar los cláxones para alertar a los gitanos y los conductores. Ahí supimos que mejor nos largábamos.

Grupos de hombres empezaron a correr hacia el coche.
Puede que sólo quisieran decirnos “¡hola!”, pero lo dudo.

Lo del mercado fue estresante. ¿Y qué hay del resto de la ciudad?
Muy deprimente. Las zonas marginales se componen de enormes de edificios de protección oficial, diseñados para estar cerca uno de otros, y pisos para los trabajadores de las fábricas. No hay un verdadero centro de la ciudad. Todas las imágenes que rodean las fábricas son propaganda: hombres fuertes trabajando duro, la supervivencia del más apto, extraer metal por el bien de la Madre Rusia, etc. Pero los hombres jóvenes ya no quieren trabajar en las fábricas.

¿No quieren trabajar o ya no hay empleos?
Antes de ir yo tenía asumido que la mala economía y la falta de trabajo eran las culpables del aumento del uso de drogas, pero no era el caso. Había trabajo, y muchos de los adictos a la heroína estaban lo bastante enteros como para trabajar. Pero parece que no todo el mundo quería hacerlo. No tengo ni idea de lo que haría yo de haber crecido allí.

Y ahora se ha desarrollado una subcultura de la droga para la que la sociedad rusa no está preparada.
No creo que se trate de una subcultura. Eso implicaría que sólo una pequeña fracción de la sociedad está tomando heroína, cuando en realidad son muchos más. No es algo confinado a una zona determinada o un segmento de la población, como sucede con las subculturas. Hay áreas mejores y peores, pero no hay vecindario en el que no haya heroinómanos.

Pero hay gente intentando ayudar.
Conocimos a un tipo llamado Sasha cuya organización de rehabilitación, Pererozhdenie Rossii (“Regeneración de Rusia”), es de las pocas que no son devotamente religiosas, aunque algo de iconografía sí pude ver en sus centros. Muchas de las iglesias son Protestantes, y la gente que dirige los centros de rehabilitación a menudo son pastores de la iglesia. Hay personas de la Iglesia ortodoxa rusa que dice que los de estas clínicas son “sirvientes del anticristo”, porque trabajan activamente con usuarios de heroína. No soy experta en la Biblia, pero a mí eso no me parece muy cristiano.


Los ubicuos edificios turquesa de Gorgovski reflejados en un charco.

A mí me pareció buena gente.
Lo era. Sasha nos llevó a varias de sus clínicas, incluyendo una en la que los pacientes llevaban tanto tiempo limpios que podían hablar abierta y honestamente sobre sus pasados. En Rusia, la mayoría de clínicas de rehabilitación son independientes del gobierno y no suministran metadona u otros opiáceos a los adictos con síndrome de abstinencia. Parecía una locura, pero dijeron que pasar el mono era el mejor método para dejar la heroína.

Allí fue donde conociste a tu nueva amiga.
Sí, una chica de 21 años llamada Alicia. Me llevé muy bien con ella, puede que fuéramos telépatas. Hablábamos sobre su jardín sin necesidad de un traductor.

¿Cuál era su historia?
Su novio la enganchó a las drogas duras cuando ella tenía 13 años. Me explicó que tomó varias drogas, y también que hizo cosas “indeseables” para conseguir dinero. Su droga favorita era la heroína. Ella fue la primera persona que me habló del krokodil. Me dijo que pudría el interior de las personas, pero que en términos de colocón no había mucha diferencia entre el krokodil y la heroína. Tenía parientes que murieron por culpa de la heroína y el krokodil. Las dos lloramos.

Y después salimos a dar una vuelta por la zona de los gitanos.
Sasha nos llevó a un lugar llamado Forshtadt para ver lo habitual que era el uso de heroína entre la gente joven. Los niños iban a lo suyo, totalmente pasados. Las casas eran de hierro ondulado y maderas. Por todas partes había perros enormes, ladrando; estaban atados, pero aún así intentaban saltar por encima de las verjas para matarte. Los suelos estaban cubiertos de agujas. Las prostitutas iban calle arriba y calle abajo, llevándose hombres detrás de los matorrales y después corriendo a toda prisa para hacerse con una bolsa de heroína o krokodil.

No era un buen lugar, pero después fuimos a otro peor.
Gorgovski. Un barrio abandonado del que se han llevado todo lo que se pudiera vender, incluyendo prácticamente todo el metal. Entramos en uno de los edificios y vimos agujas por todas partes. En una pared alguien había pintado con espray calaveras y huesos cruzados, con la palabra “SIDA” encima de ellas. No habríamos podido ir allí sin nuestro amigo Alexey, un pastor cristiano ex-adicto que hace trabajo evangélico y de rehabilitación con la gente joven.

¿Qué recuerdas de nuestro camino escaleras arriba hasta el edificio?
Que creo que fue la segunda vez en toda mi vida que pisaba heces humanas. No había barandilla, y las escalones apenas se aguantaban. Me pareció que podían venirse abajo en cualquier momento.

Yo recuerdo estar caminando sobre lo que parecían dos meses de basura. Y eso fue en el piso de alguien.
También había mosquitos por todas partes, unos bichos enormes con rayas como las de los tigres. En el piso encontramos a unos chavales: Pasha, Seryoga, Dima y Sergey. No había agua corriente.


Ir cada día a trabajar a la acerería por un sueldo de mierda está bien, porque lo haces por estos chicos.

Parecían tener entre 15 y 17 años, pero al parecer rondaban los veintipocos años. Y la cara y las manos de Dima eran unas llagas abiertas y supurantes.
Le preguntaste por qué no iba a un médico, y él dijo, “¿Por qué tendría que ver a un médico? A mí no me pasa nada”. Yo creo que, en Novokuznetsk, tomar heroína se ve como una elección moral, y los médicos no van necesariamente a ayudar a nadie que haya decidido joderse a sí mismo. Los servicios sociales son prácticamente inexistentes. Recuerdo que Dima dijo, “No me importa si me filmáis, moriré la semana que viene”. Le debía dinero a unos traficantes.

Y después de eso vivimos la parte más chunga del viaje.
A través de la iglesia de Alexey llegamos a un acuerdo para encontrarnos con una gente que había sido adicta al krokodil y vivía en el piso de la madre de uno de ellos. Estaban totalmente incapacitados por haber estado tomando eso durante un año, y la madre se había convertido en su cuidadora. Durante un tiempo fueron adictos a la heroína, después empezaron a dejarla—tenemos filmaciones de ellos de cuando estaban limpios, y parecían felices. Luego, por algún motivo, decidieron que querían aprender a cocinar krokodil y se pasaron un mes y medio buscando recetas en internet.

Y cuando cocinaban krokodil en la cocina, le gritaban a la mujer e intentaban echarla de su propia casa.
Supongo que al final dieron con la fórmula. Cuando los conocimos, post krokodil, ninguno podía comunicarse demasiado bien. Eran zombies del krokodil. No había nada detrás de sus ojos.

Y esa noche en que acabamos en casa de Alexey para un encuentro de plegarias con varios ex adictos a la heroína y el krokodil.
Hay gente que culpa a los años “sin Dios” de la Unión Soviética, cuando se consideraba la religión como “opio para las masas”, del declive de la sociedad y de que la gente cayera en comportamientos inmorales y hedonistas. Ahora, muchos ex-adictos se han convertido en estudiantes de Dios, reemplazando sus adicciones por la religión. Alexey dijo que la Rusia soviética le dio a Satán carta blanca para matar entre finales de los 80 e inicios de los 90, y de ahí que la gente se hiciera adicta a la heroína. Me dijo que la heroína es una guerra por las almas. Por eso, cada mañana, se levanta y se prepara para entrar en guerra con el diablo.


La presentadora y coproductora Alison Severs posa tras un día entero relacionándose con jóvenes adictos al krokodil.


Pastores alemanes enormes abundan en las zonas gitanas de la ciudad, intentando saltar las vallas y provocándote ataques al corazón.


Un residente del centro de rehabilitación en Forshtadt nos enseña sus tatuajes carcelarios.


Alicia posa en su dormitorio en Forshtadt.


Una paciente adolescente en un centro de rehabilitación de mujeres. Su madre la forzó a la prostitución y el consumo de heroína a la edad de 15 años.


Alexey en un encuentro de plegarias en su apartamento.


Un chatarrero se acaba de inyectar tres bolsas de heroína afgana en una herida abierta justo encima del tatuaje del dragón.


Uno de los lugares a los que acuden los usuarios de heroína y krokodil cuando quieren darse un homenaje.


Dios llora por el mundo: un cuadro en un centro de rehabilitación para chicas adolescentes.


Dima y Pasha tras inyectarse una mezcla de heroína, colirio y pastillas.


Ataúdes de contrachapado, sujetos con grapas, apilados unos sobre otros en una de las muchas funerarias de Novokuznetsk.


Dos ex adictos al krokodil es casa de su madre. Nunca, jamás habíamos visto miradas tan perdidas.