Cuando Marti tenía 18 años fue violada por varios hombres en una fiesta universitaria. Era virgen. «Sucedió al inicio del primer semestre de mi primer año», recuerda. «Me sentí avergonzada, recurrí a las drogas y al alcohol porque no sabía cómo más lidiar con el trauma de lo que había sucedido». Actualmente, con 34 años de edad y casada, Marti disfruta cocinar, practicar bailes de salón y escuchar a Lady Gaga. Después de oír que Gaga se había hecho el mismo tatuaje que las víctimas de agresiones sexuales que se unieron a ella sobre el escenario en la ceremonia de los Oscar del año pasado, Marti decidió hacerse un tatuaje similar. «Quería recuperar mi cuerpo», afirma Marti. «Gaga fue increíblemente valiente, así que pensé para mí misma, Yo también puedo ser valiente«.
Gaga, por supuesto, no fue la primera sobreviviente en enfrentar su trauma con un tatuaje. Durante años, las víctimas de agresiones sexuales se han hecho tatuajes para sanar y reclamar sus cuerpos. Marlo Kaleo’okalani Lualemana, tatuadora hawaiana que trabaja en el Earthbound Tattoo Studio de Monterey, California, es especialista en tatuar a sobrevivientes de agresiones sexuales. «Me siento conmovida por cada sobreviviente que he tenido el placer de tatuar», explica. «De cierto modo siento que les he ayudado a dejar atrás el dolor y empezar de nuevo. Les digo que nunca las olvidaré y que no están solas. Hemos llorado juntas, compartido nuestras historias y llegado a una profunda comprensión de lo que su tatuaje significa para cada una de ellas».
Lualemana siente empatía por las sobrevivientes porque ella misma lo es. «Sufrí una agresión sexual cuando tenía cinco y nueve años a manos de dos mujeres diferentes», indica. «Me provocó un enorme trauma emocional». Ella canaliza su sanación en dibujar y pintar ―habilidades que utiliza como tatuadora― y sus propios tatuajes han desempeñado un papel importantísimo en su recuperación. «Hay elementos dentro de mis tatuajes que representan la fuerza y el empoderamiento, recordatorios de que soy una sobreviviente», dice. «Soy fuerte. Soy valiente».

Autorretrato por Sonya Vatomsky
Las víctimas se hacen tatuajes por diversas razones. Seis meses después de su agresión, Sonya Vatomsky, una escritora de 31 años de edad que vive en Seattle, Estados Unidos, se hizo un tatuaje de un pez exótico con las palabras «I just care» (Sí me importa), que forman parte de la letra de la canción de Manic Street Preachers, «Drug Drug Druggy«.
«La cuestión era de empatía pero también rabia», explica Vatomsky. «Las rapes enormes y aterradoras, con ese señuelo iluminado en su cabeza y esos dientes son todas hembras. Los machos son diminutos, se cuelgan de las hembras y después se atrofian. En esa época estaba muy metida en el cuento del esencialismo de género; eso empezó a volverse incómodo cuando me di cuenta que yo no era binaria».
Su agresión tuvo lugar en la fiesta de cumpleaños de una amiga suya. «Todo empezó de forma consensuada pero al segundo recibí un golpe en la cara y me empezaron a estrangular», recuerda. «La palabra ‘No’ no sirvió de nada, así que acabamos luchando físicamente. A la mañana siguiente tenía moretones en forma de mano sobre la piel. También le di mi número de teléfono. Te cuento esto porque después me sentí profundamente avergonzada. Todas las formas en que reaccioné fueron incorrectas según el guion o lo que sea que se supone que deben seguir las ‘víctimas correctas de agresión’. Toda esa vergüenza me hizo sentir muy mal».

Autorretrato por Amisha Treat
Otras víctimas recurren a los tatuajes para reforzar mensajes positivos. Amisha Treat, una bloguera feminista de 28 años de edad, se tatuó una cinta con flores en la que puede leerse: «I Deserve Good Things» (Merezco cosas buenas).
«Es un recordatorio permanente de que mis cicatrices, tanto físicas como emocionales, no siempre son feas y que incluso las que lo son, no me definen», afirma. «Le traje el tema a mi tatuador y juntos ideamos el diseño».
Lualemana cree que los tatuajes pueden ayudar a las sobrevivientes a reclamar sus cuerpos. «Sienten que su tatuaje representa un nuevo comienzo», explica. «No quieren que esa experiencia negativa y vergonzosa las atormente. Nunca olvidarán lo que les sucedió, pero no quieren que eso les siga consumiendo sus vidas. Mirar sus tatuajes siempre les recordará que no deben dejar que la culpa y la vergüenza definan lo que tuvieron que vivir, sino que deben sentirse orgullosas de sí mismas por recuperar sus vidas».
Los tatuajes, por supuesto, no son para todo el mundo. Recuperarse de una agresión sexual es algo tan personal y único como lo es cada víctima de violación o intento de violación. Muchas mujeres describen los tatuajes como parte de su proceso de recuperación, pero aclarando que esto no lo es todo. Para Vatomsky, su tatuaje de sobreviviente es tan solo un paso más en el camino hacia la recuperación, junto a dejar de beber, escribir poesía y dedicarse a la taxidermia.
«Me tatué un pez intencionalmente horripilante en la parte superior del glúteo derecho y aquel gesto simbolizó la profanación y la reclamación de mi propio cuerpo, como si dijera ‘intenta sexualizarme ahora’, o algo así», dijo. «Al final, se trata de un tatuaje increíble que me recuerda que, durante uno de los peores momentos de mi vida, los dos sentimientos principales fueron la rabia y el optimismo. Y eso no está tan mal».
Este artículo fue publicado originalmente en Broadly, nuestra plataforma dedicada a las mujeres.