Los soldados que cuentan hamburguesas para volver a casa

La formación militar de los zapadores, un ritual que repiten cada mañana.

Cuando están en su hábitat natural, es decir un cuartel, base o academia, lo primero que hace cualquier militar al cruzarse con un compañero es echar un rápido vistazo a la parte izquierda del pecho. Así sabrá, tras mirar la solapa, si se trata de un soldado de rango superior al que deberá ser el primero en saludar. Caminar junto a un teniente-coronel, que es un rango de oficial en el escalafón militar,en las calles de la base que el ejército español tiene en el sur del Líbano equivale a verle hacer el saludo militar una media de dos o tres veces por minuto. Si le da por pararse a las puertas del comedor a las dos del mediodía, hora punta en la que la mayoría de los más de 500 soldados españoles destinados a este país van a comer, intentar mantener una conversación con él sin ser interrumpido cada diez segundos con un “¡A sus órdenes!” es casi imposible.

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El ejército español invitó a finales de febrero a media docena de periodistas a pasar una semana con ellos en la base Miguel de Cervantes. Esta está situada en el corazón de una de las áreas más militarizadas del mundo, una franja que se extiende a lo largo de la frontera entre Israel y Líbano y en la que están esparcidos unos 12.000 cascos azules bajo mando de una fuerza multinacional de las Naciones Unidas. Para llegar hasta la base tenía que presentarme en el aeropuerto a la hora que aterrizaba el avión militar que trasladaba a los periodistas y a la cincuentena de oficiales que venían a reconocer el terreno. Una caravana de 29 vehículos militares nos estaba esperando en uno de los aparcamientos del aeropuerto. El convoy estaba compuesto por veintiséis Linces, una especie de jeep militar que fue adquirido por el ejército español para la guerra de Afganistán, y tres BMRs, similares a un pequeño tanque pero sin armas montadas ni cañón, con tres ruedas a cada lado y más de 30 años de servicio.

“¡A ver, los que vayáis en Lince tenéis que ir con el casco equipado y el chaleco a mano!” indica uno de los responsables antes de subir a los vehículos, “¡y los que vayáis en BMR, con todo puesto!”. Vaya. Los periodistas tendremos que estar las tres horas de trayecto con el casco en la cabeza y el chaleco de kevlar encima. Una vez dentro del BMR, al que se entra por una pequeña rampa trasera, te das cuenta de que lo último que te preocupa es la seguridad. No puedes ponerte de pie y apenas estirar las piernas, la cabeza siempre medio agachada porque si no el casco toca el techo y cada vez que te mueves dentro del vehículo, más vale iluminar con el móvil para no romper los cables de comunicación o trastabillarte con algún fusil. Tras soportar durante un buen rato el calor que emana una de las placas metálicas internas, decidimos que lo mejor será salir a través de la escotilla para que nos dé un poco el aire. “Si tenéis calor ahora, de noche y en invierno, ¡imagínate en Irak a 50 grados!” bromea un soldado apostado frente a nosotros que vigila desde la escotilla frontal poco antes de llegar a destino.

La base Miguel de Cervantes parece un pequeño pueblo de 54 hectáreas con sus barracones, calles asfaltadas flanqueadas por árboles, dos bares, tienda, depuradora de aguas residuales, depósito de comida para dieciocho meses, centro sanitario, taller mecánico, gimnasio o incluso una capilla entre otras muchas instalaciones. Está habilitada para acoger 1.300 personas, aunque ahora se encuentra al 60% de capacidad. A los casi 600 españoles se suma el contingente salvadoreño, serbio y algunos franceses, malayos o indonesios, además de los soldados de otras nacionalidades que vienen solo para comer. “Aquí se preparan los mejores platos de todas las bases”, explica Carlos, el cocinero ceutí. Los soldados españoles agradecen los salmorejos o cocidos que se sirven allí, a más de 3.000 kilómetros de distancia de sus casas.

Pero, ¿qué hacen medio millar de soldados españoles en el sur de este pequeño país del tamaño de Navarra? El rol de los diferentes contingentes de las Fuerzas Provisionales de las Naciones Unidas en el Líbano, o UNIFIL por sus siglas en inglés, tiene como objetivo diferentes misiones que se enmarcan en la Resolución 1701 de la ONU. Esta fue aprobada tras la guerra de 33 días del verano de 2006 que enfrentó a Israel con el Líbano o, más particularmente, con el partido-milicia Hezbolá. Vigilar el cese de hostilidades, trabajar junto al ejército libanés para que sean las únicas fuerzas armadas de la zona y asistir a la población civil son las prerrogativas que debe cumplir el Ejército español.

Un oficial libanés se despide de uno de los militares españoles tras finalizar la patrulla conjunta en la frontera con Israel.

Nuestra primera actividad en el primer día completo en la base es la recepción del general. En el auditorio nos juntamos los periodistas y militares que han venido de reconocimiento a escuchar el discurso de bienvenida. Al acomodarse en una de las butacas minutos antes del inicio de la charla, uno de los soldados ha movido la tela que recubre la parte superior del respaldo, similar a la que tienen los asientos de los aviones. No se da cuenta que se ha salido de su sitio y no pasa un minuto antes que se acerque uno de los oficiales. “¡Ves a alguien más que lo tenga así! ¡Hombre!” le espeta al soldado, que se ha girado para escuchar la reprimenda y mira a su mando con cara de desconcierto y vergüenza.

Si hay un concepto que ayuda a definir el estamento militar, ese puede ser orden. Una noción que incluye las palabras disciplina, puntualidad, jerarquía, organización… En el ejército son una máxima a respetar cuya más ínfima violación equivale, como mínimo, a una reprimenda. “Es lo primero que se enseña en las academias” dice uno de los soldados en el comedor mientras se zampa las hamburguesas que sirven cada jueves. Unas hamburguesas famosas no porque tengan nada de especial, sino porque “¡aquí calculamos cuantas hamburguesas nos faltan para irnos y no cuantas semanas!”, puntualizará el cabo David Mota. Esta educación casi espartana va de par con la organización del ejército, una institución cuyo funcionamiento es autónomo casi en su totalidad y que tiene unidades para todo tipo de necesidades.

“Trata de arrancarlo” le dice en el garaje un miembro de la Unidad de Logística a su compañero. Esta sección se encarga de las reparaciones mecánicas de todo tipo, desde camiones a los citados Linces y BMRs. Pero, entre gigantescos motores desmontados compuestos de centenares de pequeñas piezas, los miembros de la ULOG están intentando poner en marcha una cortacésped. Hamdan, el jardinero local que a sus 50 años solo cuenta con un par de incisivos y algunos molares para masticar, dejará crecer la hierba de la base si no puede contar con el aparato. “Debe de ser la bujía, aunque tenemos que ir descartando”, explica el soldado Lechón mientras estira de la cuerda para ver si enciende. Seguro que Carlos Sainz hubiese agradecido tener a alguno de ellos cerca durante la última carrera de rallies de la temporada 98, cuando perdió el Mundial a falta de 500 metros para la meta por un fallo mecánico.

Los soldados se reúnen cada viernes para echar unas partidas de bingo.

El Líbano no es el primer destino en el exterior para muchos de ellos. “Nosotros estamos para lo que nos manden” explica el capitán Jacinto Guisado, de 42 años, “no nos planteamos si vamos a una misión porque hay que ir, porque te gusta ir o porque quieres ir […]. La orden se cumple”. En el sur del Líbano la situación ahora es bastante tranquila aunque un ejército destinado a territorio extranjero “siempre tiene que estar en tensión”, dice Francisco José Dacoba, general y máximo responsable de la brigada de infantería mecanizada Extremadura XI. A excepción del atentado sufrido durante los primeros meses de la misión en el que murieron seis militares, la estancia en el país levantino ha sido de relativa calma. Nada que ver con Bosnia en el 94 y aún menos con Irak en la década pasada.

A los Balcanes el ejército español fue en plena guerra también como cascos azules —luego actuó bajo mando de la OTAN— y su misión principal era la de actuar como fuerza de interposición y establecer corredores humanitarios para la población civil. “Los serbios nos bombardeaban desde las montañas pero no podíamos responder” dice Guisado en la terraza del bar de la base antes de girar la cabeza en dirección a la mesa de atrás. “Mira, justo los tenemos aquí con nosotros” suelta entre risas al ver a media docena de soldados de ese país tomando un café. En Bosnia sufrieron cuatro bajas pero la violencia sufrida por los militares destinados era reducida, no como en Irak, en donde eran una fuerza de ocupación que recibía la hostilidad de casi todos los locales. “Tú ves aquí cómo salimos fuera de la base, con un par de coches y sin demasiadas preocupaciones”, continúa este capitán condecorado que estuvo en Irak hasta pocas semanas antes de la retirada de las tropas tras la victoria de Zapatero en el 2004, “pero allí nadie salía si no era junto a un batallón de 28 personas armados hasta los dientes”.

Emboscadas, artefactos explosivos improvisados o ataques a la base con mortero era la rutina diaria por parte de una incipiente insurgencia que se estaba organizando y contaba con la connivencia de la población en muchas zonas del país. “Daba igual si éramos españoles, norteamericanos o británicos”, continúa Guisado sobre los primeros meses de una ocupación que nació con mentiras y mala planificación y con el tiempo se ha convertido en una de las principales causas de la falta de estabilidad en la región. A ello se sumaba que la base española Al-Andalus estaba en una de las zonas más sensibles, en la provincia de Nayaf. La tensión fue in crescendo hasta que el 4 de abril de 2004 fue atacada con morteros, fusiles de asalto y toda la artillería de la que disponían los insurgentes de la ciudad. “Fue la peor situación en la que me he visto, de repente teníamos a mil tíos atacándonos”, explica Guisado sentado en la base. Atrincherados dentro de los muros de la base, pasaron seis horas seguidas repeliendo el ataque mientras el mismo Guisado dirigía una columna que tenía que ir a un kilómetro de distancia, “una eternidad”, para rescatar a un grupo de salvadoreños atrincherados en un edificio de la ciudad.

Soldados españoles trasladan el ataúd de su compañero fallecido en un accidente de tráfico en la frontera con Israel.

Una salida que en esas condiciones era casi suicida. “No dejamos a nadie atrás”, explica Guisado sobre una operación en la que hubo “250 muertos y luego capuchas para muchos iraquíes”, continúa refiriéndose a los interrogatorios posteriores al ataque. La solidaridad entre soldados, el compañerismo, es otra de las máximas. La estancia en la base coincidió con un accidente de tráfico en el que fallecieron dos militares, salvadoreño y español. Muchos de los soldados no podían contener las lágrimas durante los honores celebrados en el helipuerto de la base, con la presencia de las máximas autoridades de la UNIFIL. Los más afectados eran los compañeros de la unidad, pero otros con los que el fallecido, Abel García Zambrano, de 25 años, no tenía tanta relación, no pudieron reprimir la emoción cuando se llevaban los cuerpos y retumbaba en el amplio hangar del helipuerto las voces que cantaban La muerte no es el final. “Es una ceremonia militar y no se suelen expresar los sentimientos”, explica la psicóloga de la base, pero explica que el hecho de ser un grupo muy cerrado provoca un impacto “para todos”. La ceremonia es la primera que celebran en dos años, ya que el ejército español no se ve afectado por la violencia intermitente en otras partes del Líbano.

Pero la calma aparente no significa que los soldados no vivan en tensión cuando salen de la base. Los convoyes son apedreados de vez en cuando y con regularidad se reportan incidentes menores. Uno de estos episodios tuvo lugar mientras el ejército español y libanés patrullaban de forma conjunta la Blue Line, la frontera entre Israel y el Líbano acordada en el año 2000.

Los periodistas nos habíamos apostado en Kfar Kela, pueblo fronterizo, para poder grabar la llegada a pie de la patrulla. Esperamos quince minutos y aprovechamos para sacar fotos y algunas tomas de vídeo. Kfar Kela es un pueblo fronterizo en el que ondean las banderas amarillas de Hezbolá y los objetivos de las cámaras es algo a lo que el partido-milicia tiene especial alergia. “Muchos piensan que todas las imágenes que tomamos”, explicará más tarde el responsable de prensa Milans del Bosch, “se las enviamos a Israel, su archienemigo”.

Un viejo Mercedes de color verde y cristales tintados se ha parado a pocos metros de nosotros. A los ocupantes no les importa que les reconozcan y han bajado las ventanillas sin dar ninguna explicación. Agitado, uno de los responsables del ejército español llama repetidamente a la base para pedir información sobre la matrícula y notificar a los mandos la situación. El coche se quedará hasta que la patrulla llegue junto a nosotros, momento en que los dos pasajeros encienden el motor y dan media vuelta tras ni siquiera dar una explicación ni a los mismos militares libaneses. Una anécdota que pone de manifiesto que la misión de la UNIFIL, pese a tener extensos poderes, también está limitada por la realidad del país. Un coche civil se ha parado a vigilar a los militares de la FINUL, sus ocupantes no han dado ninguna explicación y han arrancado sin que nadie pudiese hacer nada por retenerlos. ¿Quiénes eran? Lo más probable es que fuesen enviados por Hezbolá. La situación no parecía entrañar riesgo a pesar de la tensión con la que la han vivido algunos.

Más allá de estos pequeños incidentes, el día a día en la base suele ser anodino. El mayor entretenimiento para muchos llega el viernes por la noche. No salen de fiesta ni a bailar, pero se juntan cien, doscientos soldados en la cantina a jugar al bingo. “¡Bingoooooo!”, grita de pie con los brazos en alto uno de ellos, camisa militar arremangada, de pie con los brazos en alto y gafas de sol rosas puestas mientras sus compañeros de mesa corean su nombre. Suerte, dicen, que existen estos pasatiempos, además del gimnasio, las pistas de pádel, buena comida y conexión a Internet. En la cantina, unos hacen fila para comprar otro boleto para la próxima tanda de números y ver si les toca algo. A otros les toca pagar la ronda de cervezas. Brindarán, aunque a veces parezca que celebren las pocas hamburguesas que se van a zampar antes de volver a casa.

Podéis seguir a Nicolás Lupo en Twitter: @niluso

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