Me encanta Madrid. Casi siempre hace sol, incluso cuando el día está frío, y los restaurantes tienen decenas de miles de euros en jamón curado colgando del techo. Los jamones incluso tienen clavado esa especie de paraguas de plástico boca abajo que recoge las gotitas de grasa que van cayendo. España observa una rica herencia de tortura y asesinato de animales en nombre de la tradición, pero en este sofisticado y tecnológico siglo XXI en el que vivimos, casi todo el mundo prefiere jugar a la Xbox o cantar canciones soeces dedicadas al equipo de fútbol rival en vez de arrojar cabras desde lo alto del campanario o tirarle piedras a un gato en una jaula atada a una farola. Hurra por España y por los españoles por dejar atrás las costumbres bárbaras del pasado. Dos hurras por los cinco tipos de chorizo y por ese vino tinto que nunca deja de manar. Y tres hurras por la corrupción policial y el racismo institucionalizado.
Pues sí. Hace unos días me amenazaron con arrestarme por dar cobijo a inmigrantes ilegales. Lo que pasa es que no eran ilegales. Y yo no les estaba dando cobijo, me estaban limpiando el piso.
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Casi todo lo sucedido resulta bastante surrealista, incluyendo el hecho de que uno de los polis tenía una pinta de tío enrrollado bastante convincente (tejanos estrechos, barba poblada, mirada amable, etc.) Parece que estuvieron cuatro horas apostados vigilando el edificio a la espera de que salieran a la calle las dos chicas que antes habían visto entrar. No describieron su aspecto ni dijeron por qué las buscaban; se limitaron a preguntarme por el intercomunicador su vivo solo. Sí, vivo solo.
Cuando mis dos señoras de la limpieza rumanas y con los papeles en regla se marcharon, a los polis les faltó tiempo para emprenderla conmigo. Me dijeron que era un puto subnormal y amenazaron con llevarme a comisaría bajo la acusación del equivalente español a obstrucción de la justicia, o algo así. Una verdadera gilipollez. Ahora bien, lo mejor de todo es un artículo aparecido en El País en el que se publican extractos de un memorando interno de la policía referente a su política en cuanto a inmigración ilegal. La policía tiene unas cuotas de detención establecidas que dependen del nivel de delincuencia en un área determinada. Esto quiere decir que si hay una semana en la que el número de delitos callejeros ha sido elevado, entonces la policía está obligada a hacer un número de arrestos que esté en corcondancia. Lo más jodido es que si no logran el suficiente número de arrestos en su área, tienen permiso para ir a los barrios de al lado para maquillar cifras.
Que los polis sean unos capullos malencarados y violentos no me sorprende. Que en su mente haya una relación directa entre delincuencia y piel oscura me parece un poco más perturbador. Que no dependan de chivatazos y puedan pasarse toda una tarde a la intemperie porque han visto entrar en un edificio a dos mujeres con aspecto de gitanas, y después irrumpir, registrar y hacer arrestos en base a una simple corazonada convierte el largo brazo de la ley en un repugnante y viscoso tentáculo que, con sinceridad lo digo, me acojona que no veas.
PAUL GEDDIS



