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Leí por primera vez literatura erótica y lo prefiero antes que el porno

Después de experimentar la literatura erótica no verás el porno del mismo modo.

por Jordi Llorca
16 Febrero 2018, 5:00am

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Vivimos en tiempos de porno. Año tras año, el consumo crece sin parar, como se observa en el informe anual de PornHub, mientras que, a la inversa, la lectura sucumbe ante los embates mortíferos del vídeo. Pero ¿qué ocurre si mezclamos la lectura y el porno dentro de la supremacía de la cultura audiovisual en nuestra sociedad? ¿Qué se experimenta con la literatura erótica frente al porno?

Las preguntas surgieron hará unas tres semanas tras hablar con dos sexólogos sobre por qué cada vez más españoles consumían vídeos X de productos culturales como videojuegos o personajes de dibujos animados. La respuesta dejaba en entredicho al porno clásico, el de guion fácil que busca planos donde el tío penetra a la tía o la tía lame a otra tía con los roles estereotipados.


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Si bien cada vez hay más pornografía que huye del heteropatriarcado y los guiones de poca monta —con Erika Lust a la cabeza—, el consumo exacerbado de porno mainstream —el de mete-saca— es la principal fuente de información para nuestra educación sexual desde la adolescencia y ha hecho que cada vez más chicos y chicas —aunque sobre todo chicos— se saturen y pierdan las habilidades sociales y eróticas que envuelven el sexo. El porno genera unas expectativas que en la vida real se ven frustradas provocando abulia o disfunciones, y dan lugar a la falta de deseo aturdiendo la mente, que se conforma con los orgasmitos del porno junto a la soledad. Aunque parezca mentira, estamos en el momento de la historia del ser humano que menos sexo se tiene.

La médica-sexóloga Francisca Molero, presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología, me contó que muchas parejas jóvenes acuden a terapia por falta de apetito sexual o disfunciones sexuales, y como primer paso a revertirlo se les suele prescribir literatura erótica. Gran parte de esos problemas suelen tener el origen por la alienación de fantasías por un consumo descontrolado de porno, por palabras de la especialista.

Si vas a la biblioteca, puedes saber que se trata de literatura erótica por el pictograma de los labios sonrientes

Como jamás he leído literatura erótica y solo he escuchado opiniones sobre la maltrecha saga de Cincuenta sombras, me he propuesto dejar de consumir PornHub y otras webs durante 15 días para volcar mi atención en los párrafos concupiscentes a ver si el ardor de las palabras sugestiona mis habilidades sexuales.

Tengo que reconocer que me descolocó hasta incomodarme, porque ese inicio dejaba entrever la trama con pensamientos sexuales enfermizos que se repetían una y otra vez

Después de informarme un poco e ir a la biblioteca, donde hay una amplísima oferta de literatura erótica sin coste alguno, escogí Espera, ponte así, de Andreu Martín, uno de los últimos ganadores de los premios de la Sonrisa Vertical, y Fanny Hill: memorias de una mujer galante, de John Cleland, considerada como “la primera prosa pornográfica inglesa y la primera que usa la forma de novela”. Me llevé los que más me llamaron la atención, así que va en función de los gustos de cada uno.

El título esconde una situación que llegará a perturbar al protagonista

Una vez en casa, agarré Espera, ponte así y enseguida me invadieron sensaciones contrariadas. El libro comienza fuerte, fortísimo. Siendo una lectura de 200 páginas, esperaba que hubiera una presentación al uso de personajes y trama, pero lo que me encontré de buenas a primeras fue sexo duro.

“La recuerdo hace un rato, en la cama, a horcajadas sobre mí, abriéndose la vulva con los dedos después de un par de infructuosas embestidas, la recuerdo haciendo una 'o' admirativa con los labios, ojialegre, dando a entender que el asta que debía empalarla era excesivamente grande, y que le hacía ilusión verse ensartada por ella”.

Tengo que reconocer que me descolocó hasta incomodarme porque ese inicio dejaba entrever la trama con pensamientos sexuales enfermizos que se repetían una y otra vez a partir de la infidelidad del director de teatro —el protagonista— con una de las actrices principales de una obra de Henrik Ibsen en los ensayos previos a su estreno. Estaba muy lejos de excitarme. Quién me iba a decir que a las pocas páginas iba a cambiar de opinión.


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El argumento se forja a partir de la obsesión casi patológica del desdichado director que ve como ese encuentro clandestino del principio con la actriz le trastoca toda su vida, así que después de mi aversión pueril del comienzo, los pensamientos delirantes y oscuros del libro azotaron mi sistema endocrino, que segregó hormonas de forma involuntaria.

Hace un par de años hice un curso de literatura y neurociencia donde aprendí que los procesos cognitivos y las áreas cerebrales que estimula la literatura, no se experimenta con ningún otro arte. La imaginación construye literalmente un mundo interpretando únicamente letras y tu cerebro trabaja a destajo. El resto de disciplinas artísticas dan más pistas a nuestros sentidos para sentir y la mente, a priori, no se sumerge ni estimula tantas áreas, ya sea con un cuadro pictórico, una pieza musical, la forma de una escultura, etc.

Tras gimoteos y delirios provocados por esta rocambolesca forma de dar y recibir sexo oral, nos descuartizamos el uno al otro sobre una mesa tirando al suelo vajillas y vasos

Quizás por eso cuando estaba ejercitando esa maravillosa sensación de recrear un mundo nuevo lejos de mi actividad literaria corriente, me enganchó de sobremanera al ponerme en la piel de los pensamientos perturbadores del protagonista, que estaba continuamente excitado recordando a la señora Linde —papel que interpretaba en la obra teatral la amante que lo enloquece—.


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Engullí el libro hasta que mi imaginación se puso a trabajar. De repente, me encontré en el salón de casa del director. De hecho, yo era él. Estaba sentado frente a Laura —la mujer del director— mientras pelaba gambas y las sumergía en un bol de mayonesa verde. De nuevo, el recuerdo lascivo de la amante avivó el deseo y me puse de rodillas, caminé a gatas por debajo de la mesa y abrí sus piernas, para comenzar a jugar con su entrepierna introduciendo en su vagina los crustáceos que previamente había descascarillado. Luego ella utilizaría los músculos del suelo pélvico para expulsar las gambas directas a mi boca, justo antes de tragármelos y descuartizarnos el uno al otro en un delirio sexual. Una salvajada literaria.

Después de otro encuentro literario con otra actriz, tuve que saciarme porque el ardor que llevaba a cuestas después de todas esas descripciones

Y menudo viaje. Lo inquietante era que estaba tan excitado como el señor director. No voy a entrar en detalles, pero después de leer otro encuentro con otra actriz, tuve que saciarme porque el ardor que llevaba a cuestas después de todas esas descripciones, junto a la trama adictiva y alocada, me habían puesto más cachondo que cualquier vídeo porno que recuerde.

En serio, terminé el libro en dos veces y me hizo innovar en la cama con mi novia cuando la vi, proponiendo situaciones nuevas y prestando más atención donde la monotonía había causado algún que otro estrago en forma de sosiego. El libro estimuló, no solo a mí, sino también mi relación sentimental.

Es considera como la primera novela pornográfica en Inglaterra

Había pasado una semana y empecé el otro libro, el de Fanny Hill, publicado en 1748. La trama comienza con una adolescente que viaja a Londres después de que sus padres fallecieran. Bajo el amparo de la inocencia, termina acogida en un burdel donde descubrirá y aprenderá las artes más lascivas del sexo e irá convirtiéndose en mujer mientras comparte lecho y artimañas lujuriosas con clientes, amoríos, hombres y mujeres. Es la obra que más han censurado hasta hace escasas décadas.

Tras leerla, debo reconocer que los 270 años que la separan de la actualidad infirieron involuntariamente, sobre todo por ritmo y lenguaje, en mi excitación. Aunque sí que la experimenté, no hubo tanto fuego como con el anterior libro. Volví a recrear situaciones sexuales poniendo detalle donde el porno al uso —el de mete-saca, no el de gran calidad— pasa por encima, y tomé nota de todo el proceso erótico que supone el sexo, dando menos importancia a la penetración.

Mi próxima lectura será El amante de lady Chatterley, de D.H. Lawrence

Después de 15 días sin porno y tras haber leído dos libros de literatura erótica, puedo decir dos cosas: la primera es que seguiré abriéndome paso en este género literario porque, aunque al principio las sensaciones eran algo hostiles, he sido consciente de la falta de ejercitación de habilidades eróticas que se experimentan con el consumo de porno clásico cuando se utiliza como salvoconducto al orgasmo. La sexóloga lo vaticinó y yo lo ratifiqué.

La segunda es el aprendizaje que he experimentado fruto de la consciencia de que el sexo o el erotismo comienzan y terminan en el cerebro. Si bien es algo que ya sabía, al estar únicamente frente a palabras te percatas del potencial que tiene tu mente para imaginar y disfrutar distintas etapas sexuales más allá de la penetración. Se amplían los horizontes siendo tú el protagonista que vive una realidad paralela, en detrimento de contemplar una pantalla cuando observas a unas personas que fornican. Menos porno y más lectura para que tu cerebro funcione correctamente.

En fin, que voy a comenzar otros libros que cogí en la biblioteca: El amante de lady Chatterley, de D.H. Lawrence y Llámalo deseo, de José Luis Rodríguez del Corral. Bienvenida a mi vida, literatura erótica. Has llegado para quedarte.