No te disculpes, Quincy Jones, eres una leyenda viviente

Dar dos de las mejores entrevistas en la historia reciente no es razón para avergonzarse.
28.2.18
Foto vía Flickr

En 2014, Esquire publicó una entrevista con Penélope Cruz que incluía cinco citas directas (una de ellas de Hamlet) y 1,968 de 3,301 palabras para discutir las corridas de toros en Madrid. Diría “entrevista”, pero fue más un ejercicio de escritura creativa sin ficción, con un entremés presentando a los “ojos marrones sin fondo” de Cruz por ahí. En el artículo —escrito para conmemorar que Esquire había decidido que Cruz era la mujer más sexy ese año— ella revela muy poco.

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Después de que el escritor, Chris Jones, menciona que él y Cruz están comiendo en un restaurante donde Cruz más tarde planea reunirse con su mentor y colaborador Pedro Almodóvar, Jones advierte que: “No hablará de la nueva película que está planeando con Almodóvar, o incluso si están planeando alguna cinta o qué más podrían discutir esa noche”. Entonces hace algunas suposiciones sobre lo que Cruz y Almodóvar podrían hablar.

Ese fue un ejemplo perfecto de cómo se suelen hacer las entrevistas a celebridades actualmente: si tienes suerte consigues acceso a la persona para comer con ella, y es posible que no tengas tiempo de construir una relación que pueda producir una comprensión mutua. A veces, un publicista querrá sentarse con ustedes durante la conversación (lo cual está bien, pero ¿fuiste a alguna cita con chaperones cuando eras adolescente? Pues se siente la misma vibra; y por supuesto que eso no funciona para conseguir la mejor historia). Hollywood está en una liga propia; nunca olvidaremos la vez que Robert Downey Jr abandonó una entrevista en Channel 4 News, esto porque le preguntaron su opinión sobre un tema del cual ya había opinado y no le hicieron preguntas suaves acerca de la película que quería promocionar. Pero cuando los músicos alcanzan un buen estatus, comienzan a preocuparse por la gestión y representación de relaciones públicas y los monitorean cuidadosamente también. Es por eso que las dos entrevistas de Quincy Jones sin filtros que publicaron a principios de mes en Vulture la revista neoyorquina y GQ, fueron como un regalo que ninguno de nosotros merecía.

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Seguro ya viste los titulares: dijo que los Beatles no eran una mierda, que podía hablar 26 idiomas, insinuó que Marlon Brando se había cogido a Richard Pryor y denunció el supuesto racismo de Truman Capote entre muchas otras cosas. Las entrevistas de GQ y Vulture tuvieron un impacto tan grande porque Jones es una leyenda viviente (es el primer productor que pude reconocer por rostro y nombre cuando era niño en los años noventa, seguido de cerca por Babyface) y habló muy claramente. La gente en el ojo público ya no hace eso. Y cuando lo hacen, no hablan de otras celebridades así, sin rodeos. Leer las entrevistas fue como echar un vistazo al inconsciente de un pariente retirado que no se ha censurado a sí mismo desde 1987 y que ha estado recopilando historias para contar durante décadas.

Pero… pero luego el jueves, Quincy se disculpó. Quincy, amigo, ¿que hiciste qué? En lo que me gusta llamar como comunicado de prensa directo del celular, Jones tuiteó una imagen de una nota que había escrito, abordando las dos entrevistas completamente impecables.

"Cuando eres afortunado como para haber tenido una vida tan larga y loca (¡y hace tres años que dejaste de beber!), ciertos detalles sobre eventos específicos (que NO describen la imagen exacta de mis intenciones o experiencias) vuelven a fluir todos a la vez ", escribió," e incluso a los 85 años, es evidente que "vomitar palabras" y criticar a los demás es imperdonable. Una de las cosas más complicadas de esta situación es que las críticas han contradicho los mensajes reales que traté de transmitir sobre el racismo, la desigualdad, la homofobia, la pobreza… lo que sea. Y por supuesto que no quiero eso". No, Quincy. No te disculpes. No te atrevas siquiera a pensar en disculparte, aunque, bueno, técnicamente ya te disculpaste.

Quiero que te imagines, por un momento, un futuro en el que cada entrevista es sólo unas cuantas líneas cuidadosamente ensayadas sobre "cuánto significa el proyecto para mí" y cómo "todos han sido buenos para trabajar" y "me encanta", ”¡Realmente amo esto!". Los perfiles se volverían redundantes. Una de las fortalezas de un perfil bien escrito se basa en la forma en que se abren tanto el periodista como el personaje entrevistado. Cuando un escritor usa su tiempo con un personaje para iluminar elementos de esa persona o su trabajo, tú —como lector— sientes que has aprendido algo nuevo. Y en el caso de alguien como Quincy Jones, quien ha sido figura pública durante tanto tiempo y comparte historias como éstas, incluso en sus momentos tontos, comunica cuán brillante, cálido, seguro y divertido parece ser (de nuevo, yo tuve esa impresión sólo por leer la conversación que tuvo con los dos periodistas, sin haberlos conocido nunca.

Esa es la belleza de una buena entrevista). Obviamente, los principales interesados en este tipo de detalles son personas como yo, que trabajamos en el periodismo. Quizá ahora todos quieran disfrutar del arte en sí y luego ver algunas historias de Instagram publicadas por los famosos y hasta ahí.

No estoy tratando de decir que cada entrevistador tiene derecho a preguntar detalles íntimos o morbosos de la vida de una celebridad, o que las personas en la vida pública deben sentir que tienen que contar secretos cada vez que se sientan frente a un periodista mientras los graban con algún dispositivo. Sería ridículo y por demás agotador. El aparato de entrevista es extraño, algo que a menudo puede parecer como ir a citas sin romance (o, más acertado, citas de 15 minutos sin romance en una mesa de prensa). Dos extraños se encontrarán, uno hará preguntas al otro y este compartirá cierta información sobre sí mismo, luego el primero tendrá la tarea de resumir esta breve interacción de manera verdadera, honesta e informativa. Es innegable que resulta extraño. Pero maldita sea, lo que Quincy Jones dijo no justifica una disculpa sino una advertencia de que estaba dispuesto a hablar francamente sobre sus propias opiniones, recuerdos y pensamientos. Eso es muy diferente —y mucho más atractivo— que recoger algunas citas durante un almuerzo en donde se preocupan más por cómo se ven que por lo que tienen que decir. Además, imagina tratar de ajustar todas las observaciones de Quincy en cinco citas. De ninguna manera.

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