J Balvin en CDMX: 20,000 almas perreando para mayor gloria de Dios

J Balvin en CDMX: 20,000 almas perreando para mayor gloria de Dios

J Balvin, sacerdote millennial, exorcizó todos nuestros prejuicios.
María Villasmil
fotografías de María Villasmil

Recuerdo mi primer concierto de reggaetón: tenía 15 años, era el 2005, iba a la escuela y "Rakata" de Wisin y Yandel sonaba en todos los mp3s, Discmans y Ares de mis compañeros de clase. Un amigo millonario invitó a todos sus amigos al concierto, nos llevó en el avión privado de su papá (era en Caracas y yo vivía en Maracaibo), y en el trayecto del vuelo estaba sonando un disco pirata de reggaetón para conceptualizar el vuelo. Eran los comienzos de la masificación del género, el show de Wisin y Yandel no fue para nada memorable, y su actuación en tarima se basaba más bien en gritar y ya. No había mucho más que ver. Y algo muy importante: la gente no bailaba tanto, solo miraban, como si no entendieran muy bien lo que estaba sucediendo en el escenario.

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Adelantemos esta triste historia al 2018: Nick Drake sigue sin sonar en las fiestas y el planeta tierra se convirtió en el planeta reggaetón. J Balvin acaba de soltar Vibras, su nuevo LP, y para celebrar, se dio cita en la Arena Ciudad de México e inaugurar su nuevo disquito naranja, lleno de dinosaurios. Entré a la Arena, vi caras felices, asientos cuasillenos (diría que estaba a un 90% de su capacidad máxima), y una dificultad absurda para conseguir cervezas. O sea, ¡lo más importante de un concierto son las cositas que vas a consumir!

No sabía bien qué esperar, ya que estaba a punto de ver a la tercera persona más escuchada a nivel global en Spotify, y uno de los cantantes latinos con más aceptación y éxito de este siglo. Apenas pude comprarme una cerveza (gracias a una chava que me dio las claves y pistas exactas para hacerlo), entró Jesse Báez a abrir el show. No hubo lucecitas bonitas; solo él en el escenario con sus gafas hipsters, tenis caros, y un DJ atrás soltando pistas para que el guatemalteco nos acariciara nuestra tierna piel con sus canciones. Jesse está en el camino correcto para poder ir ganando más y más popularidad. Va bien, como Michael Jordan regateando a Larry Bird en una final. Seguro a la meta. J Balvin sube fotos a Instagram con él y lo invita a abrir sus conciertos. O sea: subir una foto con alguien a Instagram y taggearlo es sinónimo de apoyo total en 2018. Es un gesto incluso más importante que ponerlo a abrir sus shows.

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Jesse cerró su pequeño show de cinco rolas con "Apaga la luz", quizás su canción insignia hasta ahora. La gente no entendía muy bien quién era la persona cantando, pero Jesse logró que bailaran tímidamente. Acto seguido los roadies de Balvin dieron los toques finales al escenario, para que el Luis Miguel de la noche saliera a dar su show. Se apagaron todas las luces de la Arena, el color naranja tierno de Vibras iluminó el lugar, y la gente empezó a gritar. Demasiado. Sonó "Vibras", la canción en colaboración con Carla Morrison que abre Vibras, y entre miles de gritos desafinados del público, Balvin estaba a punto de salir. Terminó la canción y, justo como en el disco, empezaron a sonar los horns o cornetitas de "Mi gente", con Balvin en el escenario ataviado con una chamarra que probablemente no pueda comprar con mi salario, y acompañado de bailarines y gente brincando como si estuviésemos en un concierto del género antes conocido como rock. La energía era absurda, quizás nunca había estado en un tipo de evento así. Asistir a tantos conciertos de Fito Páez ha sido una decisión equivocadísima en mi vida, tengo que ir a más cosas de este estilo. Perdón, querido Rodolfito, todo bien contigo.

Aleks Syntek calentó la venida de Balvin a CDMX con sus comentarios moralmente superiores (sí, de nuevo), acerca del reggaetón. En una parte del concierto, Balvin habló sobre este tema, pero sin mencionar a Syntek: "No sé por qué atacan tanto al reggaetón, si hace tan feliz a la gente. Lo único que sé, es que por medio del reggaetón estamos dando vibras y felicidad. No es solo para los latinos, esto se fue mundial, así que gracias a todos ustedes por lo que estamos viviendo".

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Hay una cosa clave que sucedió en este concierto: las 20/25 canciones que cantó, todas son hits. Reconozco que hubo un par que yo nunca me había sentado en mi laptop a escuchar, pero de igual forma me las sabía de pies a cabeza. Esto pasa cuando los artistas son un fenómeno, y suenan en las aceras, en la casa de tu tío, en el super mientras compras condones (yo compro condones en el supermercado), y mientras tu ex novia se maquilla para ver a su nuevo amor. No se puede escapar a estas canciones y eso es gran parte de por qué Mr. Syntek está tan enojado. Una de las canciones más coreadas fue "Bonita"; misma que hace días fue criticada por Syntek por haber estado sonando en un aeropuerto a las 10 AM. Apenas se escuchó el "se pone caliente cuando escucha este perreo" que abre la canción, sentí como si estuviese temblando el piso de toda la gente que estaba brincando y gritando la canción.

Balvin tenía una banda haciéndole backup: batería, guitarra, bajo, tecladista y DJ. El efecto fue que todos los asistentes nos sentimos como en un rave, en una gran fiesta, con la diferencia de que las canciones sonaban ridículamente mejor. Todo el mundo estaba bailando con cualquier persona que se le cruzara enfrente. Era como una comunión de humanos sin ningún tipo de prejuicios. Todos estábamos ahí para soltar los males, bailar, y tratar de olvidar cualquier cosa molesta que estuviese afuera de la Arena de Ciudad de México.

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Nunca había visto a tantas personas bailar y brincar: movía mi cabeza a los lados y veía a todas las personas con tragos de cerveza, porros de marihuana, y bailando con los ojos cerrados y gritando. Era la iglesia pentecostés, y todos vomitaban sus desesperos y ansiedades. Una terapia basada en una música propia, latina, que arrancó en Jamaica para terminar en los estadios más grandes de las capitales del mundo. Mientras sonaba "Sensualidad", recordé los consomés de pollo que me preparaba mi abuela los domingos, las idas a casa de mis tías y primos, y sentí una pertenencia extraña con mis antepasados. El asesinato de los indígenas, la diáspora africana, mi propia migración a México, todo en ese momento tuvo más sentido y entendí que era el preciso lugar donde tenía que estar. Y aunque no creo en el nacionalismo, me sentí feliz de ser latino y poder sentir una pertenencia hermosa con los ritmos que sonaban: R&B, dancehall, dembow, sambuca. Incluso mi fotógrafa me dijo mientras bailaba: "¡Qué feliz estoy de ser latina!"

El punto más alto del concierto llegó en un momento en el que Balvin se cambió de lugar en la Arena: del escenario principal a detrás de donde estaban las cámaras de video, de manera que quedó dentro de la pista, muy cerca del público. Puso a 20,000 almas a mover sus teléfonos, como todo cantante de pop hace en el planeta tierra. Confieso que esos momentos re ensayados me encantan, me fascina vernos ser tan pendejos y mover nuestros telefonitos para que salgan fotos muy bonitas para el community manager del artista. Me emociona ser parte de estas cosas, hace que mi mundo de IG stories, scrollear timelines, stalkear, compartir memes y escuchar playlists de spotify, adquiera su sentido más pleno.

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Balvin es un performer con todas las de la ley; domina el público, hace lo que tiene que hacer, y nada se siente fingido o forzado. Todo nada por su propia causa. Ver cómo el colombiano puso a 20,000 personas a perrear como si no hubiese mañana, cantando cada letra que salía de su boca llena de dientes de oro, fue una experiencia hermosa, como si el padre Damien Karras y José Álvaro Osorio Balvin fueran uno solo. Pues para exorcizar los prejuicios sociales, J Balvin es el indicado. Reto a cualquier ser humano a que asista a un concierto de esta magnitud y no baile un montón de canciones, mientras gasta toda su quincena en cervezas con sobreprecio absurdo.

Hubiese sido hermoso que Syntek pudiese haber estado presente en la Arena de Ciudad de México, viendo a 20,000 almas felices, entregadas, viviendo lo que les corresponde en su época de juventud, cantando la música que no lo deja dormir ni ir al baño con tranquilidad en un concierto que seguirán recordando mucho tiempo después de que el mundo haya olvidado las canciones de Syntek. Y aunque estoy seguro que no sabe bailar, acá todos lo hubiéramos abrazado sin juzgarlo.

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