Feminisme

Hijos que sobreviven a la violencia de género contra sus mamás

¿Imaginás lo que es ver a tu madre golpeada por su pareja y que invente pretextos para protegerlo? Estas son dos historias de madres argentinas que salieron adelante después de haber vivido en carne propia la violencia de género.

Artículo publicado por VICE Argentina

Imagínate ver a tu mamá cada vez más enferma, más retraída, postrada en una cama, en una casa donde vive con un padre acumulador y violento. Tu vieja pierde la vista y la fuerza en su cuerpo. El mismo que la enferma, hace de enfermero. Le compra las pastillas y la castiga con su presencia.

O Imagínate abrir la puerta del PH donde vivís. Caminás ese largo pasillo y te encontrás en el piso mechones de que son de tu mamá. Tenés 15 años y acabás de salir de la escuela. Le preguntaste a tu mamá cómo llegaron esos mechones de pelo ahí y te inventó que se le caía. Pero un día, después de una marcha del Ni Una Menos, te confiesa que esa pareja que la violentó tanto, dejó retazos de su cabellera por el pasillo. Y no fue lo único que le dejó marcado.

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Alejandra

Él manejaba los hilos de la vida de mi mamá”

“En 2016 mi madre, Ana María, tiene un desprendimiento de retina del ojo derecho”, comienza el relato de Alejandra sobre la culminación de más de 30 años de relación con su progenitor, Manuel. Ante esa situación cayó internada en el hospital y según relata su hija, los médicos detectaron que sufría violencia de género luego de descomponerse y comenzar a convulsionar, por lo que se le dispararon todos los valores renales “y casi se me muere”, dice.

“Cuando entramos al hospital, vuelve en sí y comienza con ataques de pánico, ahí es donde detectan que mi vieja sufría violencia de género. Por una cuestión divina una médica se acercó y le preguntó si sufría violencia a lo que mi mamá le contestó que sí, psicológica. Después me entero que también era física”, relata Alejandra quien con 27 años lleva una carga importante sobre sus espaldas, pero gracias al feminismo ese dolor de cintura aminora día a día .

“Yo tenía que lidiar con su salud, con los trámites y con mi trabajo. En 2014 había escapado de mi casa y no volví, y no pensaba volver tampoco”, explica. La violencia en esa casa de Ramos Mejía en La Matanza era un infierno para las mujeres.

“Mi casa estaba imposible de vivir, había una sola canilla de agua, no había gas porque él rompió todo. No dejaba que nadie entre, te llevabas puesta las cosas: cajas de cd, álbumes de fotos de otras personas; tenía un grado de acumulación que ya era de película, de esas series de Discovery. Es más, si te digo que tiramos tres volquetes. Su papá fue diagnosticado con “el síndrome de Diógenes”.

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“Mi madre vivió 38 años de violencia psicológica. No la dejaba ir a trabajar y si trabajaba era limpiando baños. No la dejaba tener amigos, hablaba mal para que la gente dejara de llamarla, le cuestionaba todas las cosas que hacía, ‘para qué mierda querés estudiar si no hacés un carajo de lo que estudiaste’, era moneda corriente en esa casa.

Finalmente, cuando ella le anunció que se iba a divorciar de él, éste le dijo que la iba a matar e iba “a matar a los dos pelotudos”, por Alejandra y su hermano, quien decidió desentenderse de la situación.

Gracias a la ayuda que consiguió Ale para su mamá en la Municipalidad de la Matanza donde le brindaron asistencia psicológica fue el impulso para que radique la denuncia. No fue un camino fácil ya que el Estado no les garantizó abogado “porque en el conurbano la violencia es insoportable y no dan abasto”.

“En ese momento mi mamá trabajaba a escondidas y después de hablar con una de las psicólogas se va a hacer la denuncia a la comisaría de la mujer. Va sola. Algo que no podía creer, me manda una foto por WhatsApp y me dice: ‘mira, lo denuncié’”. Un mes después de la denuncia le avisan a Ana María que tenía que hacer una pericia. Él la podría haber matado durante todo ese tiempo. “Vivió ese mes con mi progenitor sin que supiera que fue denunciado”. Finalmente lograron conseguir una abogada a quien le pagaron en cuotas. “Básicamente le pagaba yo, pero entré en un ciclo de endeudamiento hasta el día de hoy”.

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Producto del estrés y sometimiento, Ana María caía cada dos por tres al hospital y quien la llevaba era él: “La traía caminado porque para él ‘necesitaba aire’. Cuando se enfermaba la cuidaba y cuando se curaba, la menospreciaba”.

La denuncia de violencia y de restricción se hizo efectiva y a él lo sacaron con la fuerza policial. “Entró la policía y no se acuerda de más nada, mi mamá se desmayó. A él lo tuvieron que sacar a rastras”.

El 17 de agosto Ale cumplió años y Ana María debía presentarse en el Juzgado para una nueva pericia y su progenitor lo sabía. Él se presentó y su mamá se tuvo que encerrar en el baño. “Fue el cumpleaños más amargo de mi vida, porque no fue solo eso, sino que desde el juzgado lo justificaron a él diciendo ‘que no lo hizo de malo’.

Antes de terminar la entrevista, Ale relata un apriete que cree, fue de parte de su papá. “Hace poco sonó el teléfono en mi oficina, yo todavía no había llegado a mi escritorio cuando sonó el teléfono y atendió un colega y le dijeron “cómo puede ser que no esté Alejandra si yo la dejé ahí” y cortó.

“La víctima de violencia de género vive el día a día por el resto de su vida. El miedo queda, la desesperación no se va nunca. El otro violento desaparece y si quiere vuelve, tira la puerta y los mata a todos. Para mí la perimetral es un desafío al violento, ‘mira cómo te entro igual, mira cómo te llamo por teléfono’, entonces es una cuestión del día a día, ahora esperamos que salga el divorcio.

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*Al momento de realizarse la entrevista, por el mes de abril, estaban a la espera de que salga el divorcio. A finales de mayo salió, una semana antes de cumplirse los tres años de las marchas por el Ni Una Menos*.

Pablo

#Cuéntalo

“La empezó celando. Persiguiéndola al trabajo. Aislándola de la familia. Diciéndole a sus hijos que era una puta. La cagó a trompadas, la tiró de un auto en movimiento. La amenazó con un arma. Le quebró un brazo. Le arrancó pelos (…) La amenazó con matar a sus hijos. Le saltó encima. La pateó. La arrastró por el pasillo mientras los vecinos ni salían. Fue a la comisaría con la cabeza abierta y el poli le dijo "cálmese, pídale perdón a su marido". Lo cuento yo porque mamá no tiene twitter. #Cuentalo”. Así resumió Pablo lo que vivió junto su mamá, Viviana, en manos de su expareja José Antonio del Mostro en los 90.

“Mi mamá por mucho tiempo tuvo esa cuestión de sentirse culpable: ‘perdón por haber permitido que esto pase’, nos decía a mi hermana y a mí”, relata Pablo. Mientras toma un sorbo de café, Pablo recuerda “eventos larguísimos donde al principio el tipo no fue violento, empezó muy de a poco, y escaló rapidísimo”.

“Yo dormía con un cuchillo Tramontina abajo de la almohada y una vez me le planté, sabiendo que me podía cagar a trompadas. Se me vino de frente, me levantó la mano y se frenó. Fue una situación tensa, yo sabía que si pasaba algo le clavaba un cuchillazo, pero pensaba que si no lo hacía la iba a matar. Hasta también pensó en ir a una villa y contratar a un sicario para que ‘lo ponga'. "Pensaba más cosas de las que podía llevar a cabo, pensar de hacerlo matar o de pegarle y después decir ‘no se hacer nada de todo esto’”.

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Según cuenta Pablo, Viviana siempre aparecía golpeada y seguido de ello con una historia para encubrir a José Antonio, quien además la alejó de toda su familia, incluso llegó a amenazarla con matar a sus hijos.


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Hubo cuatro situaciones específicas que tanto a Pablo como a su mamá, los marcaron para siempre: en el PH donde vivían, Pablo encontró mechones de pelo de Viviana en el pasillo. Su madre se justificó diciendo que se le caía, pero años después le confesó que José Antonio se los había arrancado y que “la cagó a palos”.

Otro caso fue cuando su mamá quiso comprarse unas medias y lo había escrito en un papelito para no olvidarlo. Específicamente puso: “Cafferana. Descanso. Levante”. “El tipo se pensó que ‘en el descanso’ mi mamá se quería levantar a un tal ‘Cafferana’ y a partir de ahí comenzaron las agresiones que mi mamá cubría”.

Uno de los momentos que le contó su mamá mucho tiempo después fue cuando Del Mostro la tiró de un auto en movimiento por la Autopista Ricchieri. “De pedo un auto no la atropelló. A mi vieja la empujó con el auto en movimiento. Tuvo fractura expuesta, la boca y la cabeza abierta”.

Si bien Pablo remarca que José Antonio nunca le pegó a él ni a su hermana menor, recuerda que una vez un auto los siguió hasta la escuela. O recuerda aquella vez que luego de despertarse una mañana por los golpes y de enfrentarlo, Del Mostro se le apareció en la escuela, un día que tenía que dar un parcial, a pedirle disculpas. ¿O acaso fue para perseguirlo y meterle más miedo?

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“Yo vivía con miedo, mi hermana era más chica y como iba a la tarde estaba más en el colegio que en casa. Yo recuerdo una etapa muy oscura, son épocas difusas. Para mí fue un lapso muy largo cuando en la realidad no lo fue, es más predominante lo traumático. Recuerdo de estar triste todo el tiempo, tenía muchos problemas para dormir e incluso me traje a mi perra a vivir con mis abuelos porque amenazó con matarla también”, recuerda.


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“Nos dormíamos con música. Ese año nos fue muy mal en el colegio a los dos. Pensábamos que íbamos a perder a mi vieja porque, o se iba con él o la iba a terminar matando”.

Pero el último hecho de violencia que fue la gota que rebalsó el vaso fue cuando él le abrió la cabeza con un crucifijo de madera. “No sabe cómo, pero se escapó y se fue a la comisaría toda ensangrentada a denunciarlo, llegó cagada a trompadas. El policía de turno que la atendió le dijo: ‘trate de calmarse, vaya a hablar con su marido, vea como arreglar las cosas’”, dice Pablo. Su madre vivió en un día dos situaciones de violencia de género de dos hombres distintos: de quien era su pareja y de un Policía, quien debía protegerla.

“Cuando mi mamá se estaba yendo toda derrotada ya a casa, aparece una mujer policía y le dice ‘es al pedo que vengas acá, no te van a dar bola. Andate ya a Comodoro Py y que te tomen la denuncia ahora’. Mi mamá tomó coraje, se subió al auto sola y se fue para allá. Si esa mujer no le hubiera dicho eso, no sé cómo hubiera terminado esta historia”, dice Pablo.

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Viviana , sin saber dónde quedaba Comodoro Py, llegó y consiguió una orden de restricción. Pero tuvo que irse a vivir a la casa de sus padres y cambiar el teléfono porque Del Mostro la llamaba y de vez en cuando se aparecía. Diez años más tarde la llamó a su trabajo. Le dijo que se iba a mudar cerca de su casa. En la esquina precisamente. “No sé cómo consiguió el teléfono”, le dijo su madre. Pero nunca apareció.

“Cuando volvimos a la casa no hablábamos de él, pero había mucha tristeza. Estaba la casa rota. Había mucha evidencia física de lo que había pasado ahí, era terrible. Incluso mi mamá sigue viviendo ahí”, dice Pablo que remarca que con su hermana le repiten constantemente que se vaya de esa casa.

“También me acuerdo que mi vieja se puso muy violenta con nosotros. Mi mamá resolvía todo con violencia, cosa que antes no pasaba. Esto lo hablamos mucho tiempo después también”, recuerda con pena.

¿Cómo se reconstruye un hijo de una madre víctima de violencia de género?

Silvina Seoane, es psicóloga y forma parte de la ‘Red de Psicólogos y psicólogas Feministas'. Cuenta qué es lo que sucede con aquellos hijos e hijas de mujeres víctimas de violencia de género.

“Cuando los chicos son testigos de la violencia que ejercen contra su mamá, los efectos de victimización que se producen son los mismos efectos que siente una víctima directa".

En relación a cómo se debería trabajar, lo mejor es que se conviertan en “sujetos y sujetas en espacios donde estén solos para que puedan explayarse y ser subjetivos”, porque en los lugares donde hay violencia “en general son ubicados como objetos de disputa. O algo muy común, cuando el violento no es el padre, sino la pareja de la madre, terminan siendo excluidos”.

“Los espacios terapéuticos deben ser, además de protectores, un lugar donde se permita que el menor fluya para poder ver qué le está pasando a esa niña, niño o adolescente y que hable sin miedo. Porque en los ambientes violentos lo que hacen es quedarse en silencio o tener miedo de hablar o expresar algo para no armar lío, tratan de no enojar o entristecer a la madre o enojar al padre para que no descargue en la madre”, explica Seoane que también trabaja con mujeres que fueron golpeadas.

Una de las cosas que también reconoció en los menores, “sobre todo en los más chiquitos”, es que se ponen como escudos cuando “se sienten fuertes” y “cumplen la función de protección” y ese lugar donde son puestos “es complicado para el pleno desarrollo del psiquismo”.

El manual del buen machista está bien aplicado en todas las sociedades. Las mujeres deben ser incubadoras, deben limpiar la casa, no deben estudiar. Deben ser sumisas. Su único fin es el placer y la diversión del hombre que se cree con más poder sobre la mujer. La violencia es física, psíquica y económica. Por ello, muchas veces los hijos invierten esa situación y pasan a ser escudos protectores, cuando no lo deberían ser nunca.