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Las vacaciones de los demás nos importan una mierda

Lo extranjero y lo exótico lo hemos visto ya tantas veces en las redes que incluso nos molesta.

por Pol Rodellar
02 Septiembre 2019, 4:00am

Viajar se ha convertido en la peor experiencia humana. No lo digo por todas esas mierdas de sentirse mal por utilizar aviones y la huella de CO 2 y la muerte del planeta Tierra. Es más por el simple hecho de la mutación semántica de la idea de viaje hacia ese ente horrendo llamado turismo.

Viajar está bien. El viaje, estrictamente, supone un movimiento constante, es el tránsito, la idea de moverse hacia algún sitio. En los viajes la importancia reside en el gerundio (viajando), destacando la distancia por encima de lo demás, marcando el amor hacia el tránsito hacia un destino, considerando el tiempo y los recursos. En fin, parte de la gracia de ir a sitios es viajar hacia ellos. Pero la creación del concepto de turismo destruyó por completo el “viaje” en sí, plantando al turista en un solo emplazamiento e intentando reducir al máximo esa idea de tránsito. El viaje ahora únicamente son esos pocos minutos en los que estamos sentados en los asientos de un avión bebiendo un zumo de tomate.

Este hecho tiene sin duda una parte buena: la popularización de los viajes y la reducción de los costes por la competencia en el mercado, haciendo que todas las clases sociales pudieran permitirse viajar durante el año.Y este también fue el inicio de su fin. A ver, está bien que todos podamos viajar, que no sea solo un privilegio reservado a las clases más pudientes, pero la popularización de esta experiencia ha alterado y está alterando los mismos espacios que se visitan, convirtiéndolos en un teatrillo caricaturesco de sí mismos y, por lo tanto, ocultando la realidad en pro de eso que el turista espera ver, esa gran mentira preparada especialmente para él (folklore hipertrofiado, monumentos y edificios para ser retratados igual que en las guías turísticas y franquicias de tiendas de ropa).

Así, el turista se convierte en un personaje sin suerte que viaja por el mundo conociendo falsamente un lugar mientras la realidad de ese país se le escabulle por el rabillo del ojo. El turista cree vivir una experiencia de descubrimiento cultural cuando en realidad lo único que hace es apartar la vista una y otra vez para que lo visceralmente auténtico de ese emplazamiento (los barrios donde realmente reside la gente, los supermercados, las salas de conciertos o los centros de atención primaria) permanezca en un constante fuera de campo.

Y esto es lo que han incentivado las agencias de viajes, los blogs de trotamundos y los algoritmos de Google.


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Es más, como ahora todo el mundo viaja (de hecho, como ahora todo el mundo está obligado a viajar a la que tiene unos días libres —no hacerlo genera un rechazo social pues da la sensación que está tirando a la basura estos días libres—), todo el mundo documenta su experiencia turística (o sea, esa experiencia basada en la falsedad de un lugar) y la comparte a tiempo real en las redes sociales.

Estamos inundados de esta información que antaño se revelaba como algo especial, inaudito, poco habitual. Antes las familias y los amigos se reunían en una casa para ver las diapositivas del único viaje que alguien había hecho ese año a Turquía, Checoslovaquia o el Nepal y tragarse una especie de charla TED sobre la historia del lugar aliñado con alguna anécdota divertida generada por la inexistencia de Google Maps.

Ahora, las imágenes de estos viajes son algo tan normal que ya nos importan una mierda, tanto la gente que va a visitarlos como los propios lugares. Las hordas de turistas hacen una y otra vez la misma foto y la cuelgan con los mimos hashtags y la experiencia increíble se convierte en una costumbre masiva que banaliza la foto en sí y los representado en esa foto (el turista y el espacio). Lo extranjero y lo exótico lo hemos visto ya tantas veces que incluso nos molesta; esas playas en Costa Rica, esos onsen japoneses o esos camellos de yo qué sé dónde pasan sin pena ni gloria a medida que deslizo el dedo a través de las publicaciones de Instagram.

Ese viaje “especial” que la gente busca hacer cada año ya no lo es, tiene el mismo valor que cuando alguien baja al colmado a comprarse una Dr. Oetker y un par de latas de cerveza. Incluso menos, porque entraña una intención de superioridad existencial y éxito personal que la desluce por completo. Son incluso repugnantes. Ahora más que nunca podemos decir, sin tener miedo a equivocarnos, que vuestros viajes no importan una mierda. Lo repito, vuestros viajes no importan una mierda.

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