Todas las imágenes por la autora 

Pasé una mañana hablando con desconocidos en el cercanías de Madrid

Para mi sorpresa, nadie reaccionó como si estuviera loca.

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16 enero 2018, 5:30am

Todas las imágenes por la autora 

Entre los 18 y los 24 años cogí el tren cada día, como miles de chavales de la periferia de Madrid. He comido, he bebido y he fumado en el tren. A los 20 inicié un proyecto que consistía en llevar la cuenta de las veces que los seguratas me decían que bajara los pies del asiento, pero se me olvidó pronto. He leído mucho y he dormido más aún en la RENFE, he presenciado un par de robos y alguna discusión. Y una vez, una sola vez que recordaré para siempre, un desconocido me habló.

Venía de visitar a mi entonces novio, que estaba ingresado en el hospital. Tenía 20 años y creía que aquello era el fin del mundo. Entonces un señor que me vio llorando se acercó, me agarró de los hombros y me dijo "sea lo que sea lo que te preocupa, pasará". Yo solo le dije "gracias", pero me acordaré de su cara para siempre.


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Seis años después del gesto de aquel hombre, decidí replicarlo. Me pasé una mañana entera de tren en tren, hablando con desconocidos -no era necesario que fueran llorando- sin decirles que era periodista hasta avanzaba la conversación. Y, al contrario de lo que esperaba, nadie me tomó por loca. O al menos eso creo.

9:20 a. m., C4 dirección Alcobendas: Juan, 22 años

Juan es la primera persona con la que, tras más de una hora intentándolo, entablo una conversación. Una de verdad, no un intercambio de palabras en el que mi desconocido interlocutor mira el vagón de reojo y con vergüenza, no vaya a ser que alguien se de cuenta de que estamos hablando sin conocernos.

Está leyendo un libro de Zweig en la estación de Chamartín cuando le interrumpo preguntándole si el próximo tren pasa por Cantoblanco. Me responde que sí y le digo que si va para allá. Me dice que acaba de empezar a estudiar en la Autónoma y le hablo de San Canuto.

Juan estudia un máster de biotecnología molecular, es de Salamanca y ha llegado a Madrid hace tres meses. Del libro que sostiene entre las manos solo puede decir que está protagonizado por una chica que se llama Clarissa y que es hija de un militar, porque se lo regalaron sus padres por Reyes y todavía no lo lleva muy avanzado.

Vive en Manoteras porque "es donde encontró casa", pero hasta que encontró casa dio con pesadillas inmobiliarias como un local comercial cuyo dueño ofrecía como vivienda, con su escaparate y todo. Lo que menos le gusta de Madrid es, precisamente, el tiempo que se pierde en el transporte público. "Los que sois de aquí no os dáis cuenta, pero los que venimos de fuera no estamos acostumbrados a pasarnos, como mínimo, 20 minutos en el metro para llegar a cualquier lado", me dice antes de despedirnos.

10:00 a. m., C4 dirección Parla: Paula, 18 años

Paula también va leyendo, así que me siento frente a ella y le pregunto de qué se trata. Sonríe y, sin mediar palabra, me enseña la portada. Es El sabueso de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle. Paula va a la Complutense, donde acaba de empezar a estudiar Sociología, Relaciones Internacionales y Experto en Desarrollo. Me explica que lo de experto en Desarrollo es algo con lo que ella y sus compañeros tienen mucha mofa, porque nadie sabe bien de qué se trata, salvo de una herramienta de marketing universitario.

Paula vive en Alcobendas, y cuando le confieso que no he ido nunca me responde que es un pueblo normal, solo que con una de las urbanizaciones más pudientes de España en su seno. Me cuenta que hubo incluso un movimiento independentista, que los de La Moraleja se querían separar pero que los de Alcobendas no querían porque con los impuestos que pagan Sergio Ramos y el resto de millonarios que viven allí les arreglan las calles a todos.

Me pregunta qué he estudiado y, cuando le respondo, me habla de su madre y de su padre, que curran como periodista y realizador respectivamente. Su madre quería que estudiara ADE. "Le dije que, como ella no tenía una empresa, no iba a encontrar ninguna empresa que dirigir cuando acabara la carrera. Y creo que lo entendió". Durante un tiempo, Paula pensó que dedicarse a la política era buena idea, pero luego reparó en que para eso tenía que afiliarse a un partido político. Cuando le digo que a cuál se afiliaría se encoge de hombros. "A Ciudadanos y al PP no, eso seguro".

11:10 a. m., C3 dirección Aranjuez: Jorge Luis, 21 años

A Jorge Luis le entro preguntándole si puedo sentarme a su lado y no me mira con cara de "claro, joder, esto lo pagamos todos", que es lo que pensaba que haría. Me dice que sí, que claro, y le pregunto que si está desayunando Doritos. Se ríe y me responde que no, que ya ha desayunado hace rato. Curra de noche y está volviendo del trabajo a casa, a Villaverde Bajo. Es de Dominicana —no dice República Dominicana, dice Dominicana— y lleva en España desde marzo del año pasado.

Antes vivió en Alemania con su madre, donde trabajó como reponedor por dos euros la hora hasta que se hartó. Dice que "de España no le mueve nadie" y que prefiere Madrid a Munich, aunque esté solo aquí. Lo que más le sorprendió de España fueron las mujeres, porque hay muchas rubias de ojos claros. O eso le parece a él.

También le chocó que había menos trabajo del que pensaba cuando aterrizó. "Me recomendó para trabajar en la Feria de Madrid un amigo de mi madre. Ahora a él lo han despedido y yo me he quedado", me dice. Ha vivido en Getafe y en Entrevías, y le parece que Villaverde está lleno de dominicanos. "A veces salgo a la calle y me pregunto dónde están los españoles, tengo la sensación de estar en mi país", me cuenta. Cuando le pregunto si no lo echa de menos me responde que al principio sí, pero que ya no. Y se acaba su bolsa de Doritos.

12:00 p. m., C1 dirección T4: Ana María y Gonzalo 31 y 37 años

Cuando llevamos ya unos 20 minutos de conversación y nuestro tren se ha parado dos veces, con las consiguientes caras de preocupación de Ana María y Gonzalo, Gonzalo me confiesa que ha sido extraño cuando les he preguntado que si iban al aeropuerto y, después, que cuál era su destino. Nos ponemos a hablar entonces de lo raro que resulta que un desconocido te hable sin motivo aparente, y de por qué es así.

Pero antes me han contado que tienen un mes por delante en Tailandia. A ella le hace mucha ilusión porque no ha ido nunca y él habla de la masificación del país porque sí que ha estado. Curran como masajista y cocinero en Chiclana, así que tienen vacaciones durante toda la temporada baja —aproximadamente, entre noviembre y marzo— y las aprovechan para viajar.

Gonzalo es argentino, llegó a España con 21 años y una visa de 4 meses y aquí se quedó. Ana María me habla de la prisa con la que vivimos en Madrid y suscribo cada una de sus palabras. Y a ninguno de los dos se les quita de la cara en ningún momento la sonrisa de quien sabe que le espera un viaje por delante. Me bajo en Fuente de la Mora y ellos continúan hasta la T4.

13:10 p. m., C1 dirección Príncipe Pío: Samira, 24 años

Cuando me despido de Ana María y Gonzalo, en Fuente de la Mora, me cambio de andén para volver a Madrid y veo a Samira, aunque todavía no sé que se llama Samira. Está sentada al borde del último banco del andén, con las piernas cruzadas y mirando al infinito. Le pregunto que cuánto queda para que llegue el próximo tren y empezamos a echar pestes sobre la RENFE. Samira curra en un 100 Montaditos y viene de una reunión de trabajo, aunque hoy es su día libre. Vive en Carabanchel, en la otra punta de la Madrid, así que cuando le toca el turno de noche tiene que volverse en búho —así es como llamamos a los autobuses nocturnos en la capital— a casa. Los días que sale a la 1 no llega a casa hasta las 3. Hace unas semanas un hombre la persiguió mientras esperaba al bus.

Diez minutos después nos montamos en el tren y me explica que va a la embajada de su país porque tiene que renovar el pasaporte y se queja porque le costará 70 euros. Es de Cabo Verde y me pregunta si sé dónde está su país. Le digo que no, se ríe mucho y me responde que en África, cerca de Canarias. Saca su pasaporte y enumera las islas que lo componen, dibujadas en las páginas. "Cuando vivía allí salía de casa y ya tenía un pie en la playa", me dice. Después me habla de cómo es tener la piel muy oscura en España, y me invita a pensar por qué no hay negros trabajando como dependientes en los supermercados pero sí en empresas de limpieza. "Si para los latinos es difícil, imagínate para los africanos".

Samira tiene un hijo que se llama Aaron y tiene un año. Me enseña su foto en el móvil, suelto un "ohhhh" y le pregunto que dónde le han comprado el traje chaqueta y la corbata minúscula que lleva puestos. Me responde que en Amazon y, de repente, nuestro tren se para y empieza a avanzar en dirección contraria, a desandar sus pasos. Samira me dice que le ha pasado más veces, que nos bajemos en la siguiente parada y cojamos el primer tren que salga hasta el centro. Eso hacemos.

Me habla de algo que le ocurrió hace unos meses, yendo con Aaron en el bus. Una mujer mayor que iba sentada frente a ella empezó a insultarla y a decirle que cómo se atrevía a tener un hijo si seguro que apenas sabía leer. Al irse le intentó escupir. "Me dio mucha vergüenza por si alguien estaba oyendo aquello, y me dolió más por mi hijo que por mí", me dice, y le respondo que a la que debería haberle dado vergüenza es a esa mujer, no a ella. Por cada pregunta que le hago sobre su vida, sobre Aaron o sobre sus viajes en tren, Samira me hace dos sobre mí.

Nos despedimos en Nuevos Ministerios una hora después de habernos encontrado en Fuente de la Mora, Samira con las piernas cruzadas y mirando al infinito en el último banco del andén y yo preguntándole si sabía cuándo vendría el próximo tren. Nos damos dos besos y me invita a ir cuando quiera al 100 Montaditos en el que trabaja.

Cuando ya no la veo entre la gente se me cae una lágrima porque hoy también llegará tarde a ver a Aaron. Y otra por las mierdas que le dijo la señora del autobús y otra porque nunca me había dado cuenta que no hay negros de dependientes en los supermercados.

Ninguno de los desconocidos que me miran en el vagón me pregunta por qué lloro, como hizo aquel señor hace seis años. Me bajo del tren pensando en que sé más de Samira que de la mayoría de mis amigos en Facebook.

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