Ilustración por Vivian Shih 

Marido y mujer y mujer: el turbio mundo de las bodas polígamas

Molly Oswaks

Molly Oswaks

En la Orden, una secta mormona fundamentalista y polígama, las novias visten de blanco, pronuncian sus votos y dan la mano a las exesposas del novio.

Ilustración por Vivian Shih 

En algunos aspectos, las bodas que se celebran en la Orden, una secta de mormones polígamos de Salt Lake City, son similares a cualquier otra ceremonia secular. “No hacen nada raro: la chica lleva un vestido de boda blanco y da el clásico paseo por el pasillo. Es todo muy típico”, nos cuenta Julianna Johnson, una mujer de 34 años que dejó la Orden a los 21.

Sin embargo, hay una serie de diferencias esenciales: como ocurre en las bodas tradicionales mormonas, los votos no son “hasta que la muerte os separe”, sino “para toda la eternidad”. “Y justo antes de pronunciar los votos, la antigua esposa toma tu mano y la de tu esposo y las une”, añade Julianna, “como símbolo de aprobación y de que cede su marido a la nueva esposa”.

Desde hace unos años, no obstante, las bodas de la Orden se han vuelto incluso más atípicas: después de que David y Daniel, dos de los miembros de mayor rango y más veteranos de la secta, ingresaran en prisión acusados de incesto y violación —están casados con varias de sus sobrinas, hermanastras y primas, algunas de las cuales eran menores de edad en el momento de formalizar las bodas—, se cambió el protocolo.


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“Empezaron a llevar a la novia, el novio y quienquiera que fuera a casarlos a una sala separada, después de recorrer el pasillo, de forma que nadie pudiera presenciar la ceremonia”, explica Julianna. “Así nadie puede decir que ha sido testigo de la boda, puesto que generalmente se trata de bodas entre mujeres menores de edad y hombres mayores que, además, suelen estar emparentados”.

Lo de que las novias sean menores de edad no es nada nuevo. Cuando Julianna tenía 15 años, soñó que se casaba con su sobrino Jacob Kingston, que entonces tenía 19 y era hijo de su hermanastro y cabecilla de la Orden, John Daniel Kingston. Los miembros de la Orden dan un especial significado a la interpretación literal de los sueños ya que, según su religión, existe la creencia de que las profecías de Dios le llegan a uno en sueños, como le ocurrió al primer profeta mormón Joseph Smith.

"Si una chica está casada, no puede bailar con nadie excepto con su marido y quizá su padre o su hermano. Pero los hombres casados pueden bailar con cualesquiera de las chicas solteras”

“Llevan la interpretación de los sueños al extremo”, explica Julianna. “En cierto modo, basan sus vidas en ello”. Después de contarle el sueño a su familia, rápidamente se concertó un matrimonio poco después. En ese momento, Jacob ya estaba casado con una mujer.

Como es natural, lo que soñamos es producto de nuestras experiencias durante la vigilia; si ves a alguien durante el día es muy posible que acabes soñando con esa persona esa misma noche, cuando el subconsciente procesa los acontecimientos del día. Desde un punto de vista laico, el hecho de soñar con una persona no implica que tengas que casarte con ella.

“Cuando lo pienso ahora”, señala Julianna, “lo cierto es que crecí con él, por lo que lo veía muy a menudo”. Eso explicaría que apareciera en sus sueños, sobre todo si se tiene en cuenta que en la Orden, chicos y chicas raras veces interactúan con personas del sexo opuesto que no sean de la familia.

Una de los pocos momentos de interacción entre hombres y mujeres en la secta ocurre en los días mixtos semanales. “En el caso de las parejas casadas, puede ser una noche de citas… Los hombres salen y pueden bailar con todas sus esposas; para quien no está casado aún, es una oportunidad para cortejarse y conocerse mejor”, me cuenta Julianna desde detrás de un enorme vaso de helado de pistacho en una heladería de Salt Lake City. Como si hubiera estado planeado, desde algún lugar empieza a sonar “Take Me to Church”, de Hozier.

“Los hombres pueden bailar con quienes quieran, excepto con mujeres casadas que no lo estén con ellos”, señala. “Y si una chica está casada, no puede bailar con nadie excepto con su marido y quizá su padre o su hermano. Pero los hombres casados pueden bailar con cualesquiera de las chicas solteras”.

Si un hombre —casado o soltero— quiere cortejar a una mujer soltera, debe presentarse oficialmente como una posible opción. “Las chicas solo pueden casarse con chicos que se les presenten como posible opción”, y para ello, los chicos deben primero tener la aprobación de la pareja y de los líderes de la Orden, según explica Val Snow, exmiembro de la secta al que expulsaron por ser gay. Durante el tiempo que pasó en la orden, Val trabajó como cocinero en una de las escuelas de la secta e hizo varios pasteles de boda para matrimonios polígamos.

“Todos los invitados sabían que no me quería casar… Sabían la edad que tenía y cómo estaban las cosas, y pese a todo, se sentaron y se limitaron a observar”

Aunque el matrimonio de Julianna y Jacob Kingston fue fruto de un sueño y ella se tomaba ese aspecto de su religión muy en serio, no era algo que ella deseara realmente. “Semanas antes, le dije a mi madre que no quería hacerlo… Me hizo ir con ella a ver a John Daniel y a su hijo, con quien me iba a casar, y dijo: ‘Si no quieres hacerlo, tienes que decírselo a ellos’”.

Pero Julianna solo tenía 15 años y no se sentía cómoda plantando cara a sus líderes espirituales. “A medida que se acercaba la fecha, se lo iba diciendo a otras personas, como a mis hermanas, pero todos se quitaban el muerto de encima y me decían: ‘Aprenderás a amarlo’, o ‘Ya lo irás conociendo mejor’ o cosas así”.

El día de su boda, Julianna estuvo dos horas encerrada en el baño, llorando y negándose a salir. Sus hermanas intentaron en vano convencerla para que abriera la puerta y saliera. Solo Paul Kingston, el líder de la iglesia, logró convencerla para hablar. “Si no quieres hacer esto, sal aquí y díselo a todas estas personas que han trabajado tanto el día de tu boda”, recuerda que le dijo Paul.


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“Podría haberlo hecho, pero a esas alturas… No, seguramente me habría repudiado media familia”, me explica. “No quería defraudar a nadie”.

Julianna siguió adelante con la boda, para la que llevó un vestido blanco que había cosido ella misma a mano con ayuda de su hermana. “Todos los invitados sabían que no me quería casar… Sabían la edad que tenía y cómo estaban las cosas, y pese a todo, se sentaron y se limitaron a observar”, señala. Nunca llegué a ver las fotos de la boda. Las tenía Jacob. No sé siquiera si llegó a revelar el carrete. No lo sé”.

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