madre e hija, chica joven con una pistola
Fotos

Fotos que capturan las grietas del capitalismo en Estados Unidos

Durante 14 años fotografié a chicas del norte del estado de Nueva York que estaban creciendo igual que lo hice yo, con medios limitados en una cultura norteamericana que promueve el escapismo a través del consumo de drogas.
09 Enero 2019, 4:30am

Este artículo aparece en "El número del agotamiento y el escapismo " de nuestra revista. Subscríbete aquí.

Tomé mi primer trago de licor un día cuando tenía 12 años e inmediatamente me desmayé. Dice la leyenda familiar que estaba siguiendo los pasos de mi padre y de su padre antes que él, quienes bebían y bebían hasta perder la conciencia ya muy al principio de sus carreras como alcohólicos. Aunque solo viví tras la estela de aquellos dos juerguistas, de algún modo me transmitieron la idea de que el vodka asqueroso que guardábamos en la despensa podría ser el antídoto perfecto para el dolor.

Era capaz de anestesiar la inmensa pérdida que sentí cuando mi primer novio de verdad, o el primer chico al que consideré como mi primer novio de verdad, empezó a verse con la camarera de la cafetería a la que solíamos ir. Estaba enamorada. Pensaba que podía gestionar los celos y la ruptura, pero no me imaginaba renunciando al sentimiento de estar enamorada. No le echaba de menos a él, echaba de menos aquella emoción. Incluso antes de empezar a beber, estaba segura de que las grandes cosas de la vida iban a pasarme de largo, a esquivarme, y me sentía aterrorizaba cuando observaba a todos cuantos me rodeaban llevar una existencia plana desde el nacimiento hasta la muerte, sin luchar siquiera por cambiar eso.


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Al principio de nuestra relación, yo estaba en lo cierto. El alcohol demostró ser más fiable que el amor. Tenía una sensación de futuro ilimitado, incluso después de abandonar el instituto o de tener alguno de mis frecuentes encontronazos con la policía. Dos años, dos matrimonios fracasados y demasiadas noches sin memoria después, mi padrino de AA me miró a los ojos y me dijo que un alcohólico es una persona con un agujero en el alma que utiliza muchas cosas vacías para llenarlo.

Me di cuenta de que nada meramente físico se queda con nosotros para siempre, por eso seguimos consumiendo más y más hasta que o bien conseguimos la sobriedad o nos morimos, o quizá todavía peor, no nos morimos. Lo que no cesaba de regresar era la esperanza de que una vez consiguiera estar sobria y empezar a ayudar a los demás, mi existencia resultaría útil. Cuando fui capaz de mantener y compartir mi sobriedad, mi padrino me aseguró que era necesaria para el mundo. Durante años había observado la vida como algo apenas tolerable para prácticamente todas las personas que conocía. Me sentí conmovida y honrada de que alguien me encargara la tarea de ser humana.

Desde entonces he publicado dos libros, ambos dedicados a mi padrino. El más reciente, Upstate Girls, contiene las imágenes que se incluyen en estas páginas. Ahora mismo me encuentro donde se supone que debo estar. Llevaba 16 años sobria cuando me encontré con estas jóvenes que estaban creciendo de un modo muy similar a como lo hice yo. Me volvieron a sumergir en lo que durante tanto tiempo me había estado esquivando. Observar cómo se desarrollaban sus vidas ha sido una especie de droga para mí.

Sin embargo, en lugar de ahogarme en una botella, me siento impulsada a ser testigo de la realidad. La claridad que había perseguido a través de la dependencia a las sustancias se ha situado literalmente frente al objetivo de mi cámara mientras observo qué es lo que nos separa a los unos de los otros: esos agujeros en nuestras almas que tratamos de llenar con lo que tenemos a mano. Y la sensación de euforia cuando una fotografía consigue reflejar lo único que es suficientemente real para llenar el agujero: el amor.

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Big Jessie, unas semanas después de salir de la cárcel, 2005

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Big Jessie durante su arresto domiciliario, 2004

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Big Jessie y su madre, Terri. Troy, Nueva York, 2007

“Big” Jessie Schubart nunca había sido detenida hasta que accidentalmente incendió un edificio abandonado en su vecindario. La condenaron a arresto domiciliario, pero cuando la pillaron pasando el rato en una antigua escuela en ruinas con su hermana y sus amigos, la enviaron a la cárcel durante diez meses. Fue allí donde le diagnosticaron ansiedad por separación, TEPT y depresión.

El padre de Jessie era alcohólico, pero con el apoyo de su iglesia recobró la sobriedad y la custodia de Jessie y su hermana, Dana. Los efectos de la separación de su padre dan derecho a Jessie a cobrar una prestación por incapacidad y a que le receten Zoloft. Cuando salió de la cárcel, la iglesia y las estrictas creencias cristianas de su padre se convirtieron en un pilar de su vida.

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Andi-Lynne a los 12 años

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Andi-Lynne a los 15 años, la semana que salió del hogar grupal. Troy, Nueva York, 2007

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Andi-Lynne, embarazada de su hijo pequeño. Troy, New York, 2014

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Andi-Lynne sostiene una imagen de FaceTime de su hija pequeña. Perdió su custodia debido a su adicción al éxtasis

Durante su primera temporada en un hogar grupal, a Andi-Lynne Cavanaugh le diagnosticaron TEPT, trastorno generalizado de ansiedad y depresión, y le recetaron Seroquel y Prozac. Fue puesta en libertad a los tres meses y se fue a vivir a casa de su hermanastra Kayla Stocklas, porque su madre y su padrastro peleaban mucho cuando ella estaba con ellos y su madre pensó que era mejor que no viviera en su casa. Andi-Lynne tiene ahora 28 años y tres hijos. En 2017, cuando vivía en una situación de violencia doméstica, empezó a tomar éxtasis. Se volvió dependiente de la sustancia y perdió la custodia de su hija pequeña, que pasó a vivir con su padre. Actualmente lucha contra la depresión y está en tratamiento. Su novio actual tiene la custodia de sus dos hijos y ella vive con ellos en el apartamento de él.

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Tony Stocklas a lo largo de los años — en 2007, 2014, y 2018

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Tony Stocklas a lo largo de los años — en 2007, 2014, y 2018

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Tony Stocklas a lo largo de los años — en 2007, 2014, y 2018

Tanto Kayla Stocklas como su madre tuvieron su primer hijo a los 17 años. Tony, el hijo de Kayla, empezó a ser expulsado temporalmente del colegio en el segundo mes de guardería. Hacia el final de ese año escolar, había recibido varios diagnósticos: TEPT, trastorno bipolar, TDAH y trastorno negativista desafiante. Empezó a tomar medicamentos para poder asistir a la escuela y le ubicaron en clases especiales. Call of Duty Black Ops se convirtió en su más fiel compañía y, con cada expulsión, su madre le quitaba el juego como castigo. Una de aquellas veces, en la primavera de 2010, él la amenazó con saltar desde la ventana del segundo piso donde estaba su apartamento, de modo que le ingresaron en un centro para crisis y le modificaron la medicación. Este año, Tony sigue pasando la mayor parte del tiempo que no está en el colegio jugando al videojuego y a veces se niega a ir a clase para poder quedarse en casa jugando. La mayoría de sus jóvenes tíos y tías son gamers, así que a menudo hay dos o tres videojuegos en marcha a la vez en la casa, y para Tony es una tortura verles jugar cuando su madre le ha castigado.

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Kayla Stocklas (izquierda) y Chantelle llevan nueve años juntas y han roto al menos 20 veces. Cada vez que sucede empiezan a salir y enamorarse de otras personas, pero no pueden permanecer separadas. Kayla ha sufrido consecuencias graves de salud a raíz del patrón que siguen: a veces deja de comer durante días y se queda en la cama. Ha ido a terapia y le han recetado antidepresivos para gestionar sus sentimientos. Kayla y Chantelle dicen que son adictas la una a la otra. Troy, Nueva York, 2011

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Chantelle sentada en un coche con las cenizas de su tía, Corrina Lee Cota. Había criado a Chantelle y era como una madre para ella.

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Terri Lyn Secore y su novio

A Terri Lyn le diagnosticaron trastorno bipolar y depresión y luchó contra su adicción al crack y la cocaína durante mucho tiempo. Consiguió estar limpia durante más de un año. Vivía más al norte del estado, en Plattsburgh, donde reside el médico que la ayuda a gestionar su dolor, pero regresó a Troy para estar cerca de su hija Chantelle. Terri Lyn a menudo era incapaz de conseguir un transporte allí para visitar a su médico, así que volvió a comprar droga en la calle para mitigar el dolor. El 16 de mayo de 2018, Terri Lyn falleció en “Pigeon Park” (el lugar de reunión en Troy para todos los viejos colegas de la calle) tras esnifar heroína cortada con fentanilo. Chantelle, que se crio en numerosas residencias de colocación de niños, estaba destrozada. Su madre era el último miembro de su familia más cercana que seguía con vida.

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Kandice en su habitación en casa de su madre. Troy, Nueva York, 2011

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Un póster apoyado en la pared.

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Un póster apoyado en la pared

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Kandice trae a su primer bebé, Brayden, desde el hospital hasta su dormitorio en casa de su madre en 2012.

La mayoría de hermanos y hermanas de Kandice son de padres diferentes y afirma que eso la hace sentir como una marginada. Cuando tenía 12 años su padre obtuvo su custodia completa y se fue a vivir con él hasta que cumplió 18 años. Lo pasó muy mal separada de su madre y acabó en un centro de crisis para riesgos de autolesión. Viviendo con su padre, Kandice recibió educación en una escuela católica y él la crió con muchas normas, lo cual suponía un enorme contraste con el caos de vida que llevaba con su madre y otros miembros de su familia. Desde el momento en que Kandice abandonó la casa de su padre, disfrutó de toda la libertad de que disfrutaban sus hermanos. Durante aquel primer año consiguió su primer trabajo y su primer novio, se enamoró y tuvo un bebé. Kandice es la primera persona de su familia en haber subido a un avión. Ahorró el dinero que ganó trabajando en un restaurante de comida rápida y compró un billete de avión para visitar a una amiga del colegio en Tennessee.

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Lawrence duerme en su cama. Troy, Nueva York, 2007

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Madison sentada en su cama con su uniforme de Burger King. Troy, Nueva York, 2018

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Madison de pie con el torso desnudo en su habitación. Troy, Nueva York, 2018

Conocí a Lawrence cuando tenía 12 años y vivía en un albergue para personas sin hogar con su madre y sus dos hermanas. Habían vivido en el mismo edificio que la mayoría de familias que aparecen en mi libro Upstate Girls, hasta que el techo de su apartamento se hundió bajo el peso de una fuerte lluvia. Lawrence tenía 15 años cuando empezó a salir con su primer novio y, ocho años más tarde, comenzó su transición a Madison. Lawrence y su familia estuvieron sin hogar 75 veces antes de instalarse en un apartamento definitivo y ahí es donde Madison comenzó a emerger. Según ella, Lawrence era una "mala puta" y una persona muy infeliz. Madison afirma que su drástica pérdida de peso se debe a que se está "convirtiendo en la persona que se supone que debería ser".

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