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sexo

Lo que aprendí reseñando juguetes sexuales

‘Los juguetes los recibirás en tu casa cada quince días y tendrás que hacer reseñas con lo positivo del producto que recomiendas’. Esto me pareció una fantasía.

por Baranda Pons
27 Noviembre 2018, 4:45am

Ilustración: Soofiya Andry | Broadly

Una mañana en Facebook leí que un sex shop en Barcelona estaba buscando a una periodista que pudiera hacer reseñas de juguetes sexuales cada quince días. ¿Estaba leyendo bien? ¿Alguien me iba a pagar por masturbarme? ¿Acaso me iban a regalar juguetes cada dos semanas? Pensé que era demasiado bueno para ser verdad y mis ojos saltaron con el signo de clítoris.

Escribí de inmediato que estaba dispuesta a llegar tropecientas veces al orgasmo por ese empleo. El barbudo dueño del sex shop, en una época en la que no se veían barbas tan pobladas con tanta frecuencia, me entrevistó por el chat rápidamente. Quería a una mujer que pudiera escribir sin cortapisas, periodista, que supiera hablar de anatomía femenina del placer, y que, como resultado, le ayudara a vender más productos que hicieran gemir a las clientas con orgasmos a base de pilas y silicona.

“Los juguetes los recibirás en tu casa cada quince días y tendrás que hacer reseñas con lo positivo del producto que recomiendas”. Esto me pareció una fantasía.


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Masturbarme es una de mis aficiones, la practico desde antes de aprender a patinar, y mi masturbación ha ido variando a medida que he ido creciendo. Básica, media, alta. Y vuelta a empezar en un ciclo hasta la muerte (que el cielo me pille masturbándome). Los juguetes los empecé a introducir —debo confesarlo— cuando el sex shop empezó a mandármelos a mi casa.

El primer juguete que recibí me lo dio en mano, pues tuve que ir a Barcelona para cerrar el trato.

En mi hotel descubrí un conejito rosa de silicona que llegó con un cargador de cable blanco. Como nunca había sido de leerme todas las instrucciones, empecé a ver por dónde podía introducir la clavija dentro del conejo, pero fui incapaz de resolverlo en los primeros tres minutos, el tiempo que tenía antes de masturbarme esa noche. Le quité la silicona al conejo y encontré un nido de cables que me hicieron ver la importancia de un envoltorio. Nadie sueña con ponerse un motor en el coño sin que resulte extraño. La forma y el diseño en esta industria es capital.

"Me cargué mi primer juguete y tuve que llamar al dueño del sex shop para pedir disculpas por mi falta de maestría"

Me cargué mi primer juguete y tuve que llamar al dueño del sex shop para pedir disculpas por mi falta de maestría. Sorprendido por mi ineptitud, me envió el conejo número dos al hotel. “Métele el cable por detrás”, me contestó el hombre. Después de sodomizar a mi conejo por un sitio donde no se veía ningún agujero (pero por el que sí entraba el cable), vi que se le encendían unos ojos azules y el hermoso conejo rosa pasó a parecer un personaje de cómic endemoniado.

Las velocidades se le marcaban en los ojos, cogiendo más intensidad, e incluso le salían cejas si aumentaba la vibración. Si ponía el clítoris entre sus orejas blancas, el roedor a velocidad satánica podía hacerme eyacular sin escándalos.

¡Me encantó mi primer juguete! La primera reseña resultó más literaria que comercial y terminamos haciendo algo de literatura erótica hardcore a. G. (antes de Grey). Algunos conejos se vendieron y llegaron a sus excitables dueñas en su caja japonesa.

Siete años después, este conejo es la penúltima de mis opciones para masturbarme; el tema del cargador me resulta incómodo y hoy su potencia me parece de risa.

En segundo lugar llegó un masturbador negro que funcionaba con pilas, una maravilla que lo hacía mucho más portátil y que, por llevar componentes de plástico, no me gustaba nada. Pero en este trabajo la idea es que todo tenía que parecerme genial, los contras no valían.

Una mañana abrí mi paquete número tres y vi la crema vigorizante para potenciar la erección. Como en ese momento yo no practicaba mucho sexo con mi pareja ­—esto pasa cuando se lleva mucho tiempo juntos— le di la crema Dragón a un escritor que terminó haciendo un microrrelato erótico que le habría valido para cualquier antología del género, casi siempre denostado por la poca calidad en sus libros publicados d. G.

El dueño del local decía que algunos objetos se vendían y que el blog se leía mucho, aunque tenía que recordarme que mi misión consistía en que la gente comprara juguetes y no que se masturbara con las manos frente al portátil.

Esto lo conseguí con la llegada de mi juguete favorito, el Rolls Royce de la juguetería genital, un vibrador que en cuanto lo vio mi pareja por poco se echa a llorar.
—¿Te vas a meter eso?
—Solo mientras estás en la oficina —le contesté.

"Después de aceptar ser testadora de juguetes, me divorcié"

La verdad es que me encantó y me lo metí todas y cada una de las horas del día. La primera reseña tuve que editarla tanto, que terminé haciendo una especie de tratado de la masturbación para mujeres. El nuevo vibrador no se cargaba con cable, sino con pilas, y eso me pareció una maravilla en ese momento. Compraba paquetes de pilas como quien compra cigarrillos. Adiós cables, hola placer. Tenía función de máxima potencia por grados y giraba. También tenía una forma más excitante que la de un conejo: esto era un gran pene de silicona con el motor más increíble que he visto.

Los orgasmos con ese aparato empezaron a ser tan fuertes que donde quiera que lo usara dejaba un charco en el suelo, así que desde su llegada empecé a masturbarme en el baño, sentada en la taza, para no tener que limpiar nada al terminar. ¿Terminar? Con ese nuevo aparato nunca se terminaba, no se rendía, no tenía disfunción eréctil, no tosía, no tenía que ducharse, nunca roncaba, no hablaba de facturas, no se cansaba, no eyaculaba, ni se preocupaba porque había bebido mucho y no era capaz de dar la talla, siempre tenía ganas, me hacía gemir una y otra vez.

Después de aceptar ser testadora de juguetes, me divorcié. Hoy soy consciente de lo que pasó. El Rolls Royce me quitó por completo las ganas de practicar sexo y esto fue lo único malo de tenerlo en el cajón. Él no hablaba conmigo, ni me acariciaba la espalda, mucho menos me escuchaba cuando tenía que contarle sobre mis publicaciones o mis preocupaciones. Después de ese juguete, dejé de ser testadora porque encontré que mi cuerpo se estaba convirtiendo en vibrador-dependiente cuando al tener un pene cerca de mí no sentía la velocidad 1 ni la 2, tampoco giraba ni se podía activar con un botón.

A las personas que asesoro les digo hoy: "Juguetes sí, y amantes con juguetes sí, pero si estás deseando sustituir a tu amante por un juguete, recuerda que a los juguetes no los puedes besar, ni mucho menos excitar con una conversación sexy".

P.D.: Ponerle nombre a un vibrador es el primer síntoma de humanización. ¿Ya lo has hecho?

Este artículo se publicó originalmente en VICE LATAM.

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