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Pasé un día en el mejor aeropuerto del mundo

El Aeropuerto Internacional Changi de Singapur tiene más servicios de lo que uno podría usar en una sola visita, así que me propuse utilizarlos todos en menos de cinco horas.

por Justin Caffier; traducido por Mario Abad
18 Enero 2019, 4:30am

Foto por Kris Mok 

Con un tamaño más o menos de la mitad de Los Ángeles, Singapur es uno de los países más pequeños del mundo. Sin embargo, esa falta de extensión queda más que compensada por la opulencia de sus gigantescos edificios, un reflejo de la riqueza de este país y un gran atractivo turístico. Singapur ya ha batido récords mundiales con puente helicoidal doble y su piscina más elevada, pero la joya de la corona es, sin lugar a dudas, su enorme aeropuerto, Changi.

Nominado mejor aeropuerto del mundo por sexto año consecutivo por Skytrax, Changi dispone de servicios, restaurantes y tiendas más propios de un centro comercial de lujo que de un aeropuerto de tránsito.

Dependiendo de tu perspectiva y tu cuenta bancaria, este aeropuerto puede ser la cumbre del esplendor o una trampa del consumismo plagada de deslumbrantes distracciones diseñadas para hacer que te quedes y te dejes una fortuna en las arcas del aeropuerto. En un viaje reciente a Singapur, intenté probar todo lo que este lugar ofrece en un periodo de cinco horas.

Children drive karts around an inflatable track with Mr. Bean cartoons on the wall
Fotografía por el autor

Para ayudarme a cumplir con mi misión y superar las fastidiosas barreras de seguridad, el equipo de prensa del aeropuerto puso a mi disposición una guía. Llegué una hora antes de nuestro encuentro para poder disfrutar pausadamente de una comida en una réplica de hawker center que había en la terminal, antes de ponerme a tope con mi proyecto. También aproveché este momento a solas para echar un vistazo a la (inexplicable) zona recreativa con temática de Mr. Bean y la instalación temporal de Harry Potter y así evitarle a mi guía la incómoda situación de ver cómo observo a un grupo de niños jugando.

Ya con el estómago lleno, fui al encuentro de Kris Mok, la Virgilio que guiaría mis pasos en mi versión particular de Dante durante las próximas horas. Nuestra primera parada fue un cine gratuito en el que estaban proyectando Misión Imposible: Fallout. Como ya la había visto y no podía perder mucho tiempo, me limité a asomar la cabeza, lo justo para ver a Cruise colgando de una roca, como ya viene siendo habitual. A continuación dimos un paseo por el jardín de mariposas. Yo fui el único visitante del lugar que no consiguió que se le posara encima ninguno de esos bichos.

Tras una breve parada en el estanque koi y en un puesto en el que ofrecían muestras de whisky en microchupitos, subimos una planta para visitar el Long Bar, un bar alargado (sorpresa) en el que me sirvieron un Singapore sling que me ayudaría a superar la siguiente visita de nuestro programa.

a wall of traditional Singaporean duplex home facades
Fachadas mostrando unos balcones románticos con proyecciones. Fotografía por el autor

Changi es conocido por ser un destino en sí mismo, y el aeropuerto sigue creciendo. Además de tener una quinta terminal en construcción, se ha empezado la obra de un colosal complejo llamado Jewel, que unirá las tres terminales y estará abierto al público general en algún punto de 2019. Kris insistió en que viera una presentación de media hora sobre el complejo, llena de maquetas arquitectónicas en movimiento y estadísticas sobre la capacidad de su aparcamiento. Estoy seguro de que es el mismo vídeo que ponen a los posibles inversores. Intenté emitir los suficientes “¡oh!” y “¡ah!” como para sonar convincente mientras el presentador seguía explicando la cantidad de dinero que el proyecto esperaba recaudar de los turistas. No pude evitar pensar en los horrores del capitalismo y en el papel que Jewel desempeñaría en ese contexto, a la vez que me moría de la rabia por no poder probar los paseos de camas elásticas tan chulos que tenían intención de instalar.

Terminado el vídeo, nos dirigimos a la segunda terminal. Todavía me quedaba bastante batería en el móvil, pero aun así lo conecté a uno de los cargadores activados con bicicletas que vimos. Di unas cuantas pedaleadas, con lo que conseguí suficiente energía como para hacer un par de fotos en nuestra siguiente parada: el jardín de cactus de la azotea.


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Kris me llevó a un “árbol social”, creado a modo de photocall, en el que los viajeros pueden hacerse fotos, que aparecen en una pantalla gigantesca ubicada encima y que pueden “recuperarse” en futuras visitas al aeropuerto. No tengo ni idea de por qué iba alguien querer hacer eso, pero aun así me saqué una foto con Kris para la posteridad.

Si lo hubiera planeado mejor, me habría ataviado mejor para la siguiente visita: la piscina del aeropuerto. Las reglas que me había autoimpuesto exigían que me diera un chapuzón, así que, después de que Kris me asegurara que quedarme en gayumbos no sobrepasaba los límites de lo indecoroso, me quité la ropa y me bañé un rato. Me sequé lo mejor que pude y rápidamente pasé a la siguiente terminal, con los calzoncillos algo húmedos y la esperanza de que mi acto impulsivo y la irritación que sufriría en las piernas valieran la pena.

a man stands on a playground jungle gym that is inside an airport
Foto por Kris Mok

Tras un paseo por un jardín de flores hechas con iluminación de fibra óptica, le pedí a Kris que me sacara una foto en un gimnasio selvático. Ella intentó convencerme de que los paneles de cristal que se extendían del suelo al techo eran una “galería de vistas”, pero yo repliqué a su sofisticado intento diciendo que eran “ventanas”.

a man gives a thumbs up to the camera while running on a treadmill
Foto por Kris Mok

El resto del tour fue un torbellino de actividades, entre las que se incluían una breve carrera sobre una cinta de correr, jugar una ronda a Ms. Pac Man, una sesión de dibujar y colorear, más bebidas alcohólicas, un museo sobre la cultura de los Peranakan, una película al estilo Romeo y Julieta proyectada sobre las fachadas de las casas y una siestecita reparadora de un minuto en una de las zonas específicas del aeropuerto. Kris me siguió alegremente a lo largo de todo el periplo, haciéndome fotos y aguantando estoicamente mis impulsos de lanzarme a todo lo que llamaba mi atención. Terminamos la jornada comiendo galletas, caramelos y muestras raras de las entradas de las tiendas de productos tradicionales distribuidas en el perímetro de la terminal.

a man sleeps in a large red chair
Foto por Kris Mok

Se acercaba el momento de despedirnos, pero antes obligué a Kris a verme cantar en un karaoke. No me sabía la canción, pero hice lo que pude por seguir la letra en la pantalla y al terminar le dediqué un “gracias” de todo corazón a mi compañera. Mientras cantaba, me di cuenta de que, pese a mis miedos iniciales, me lo había pasado muy bien.

An lcd screen displays photo booth pictures of travelers
Foto por el autor

Igual que Winston Smith al final de 1984, me resistencia se había resquebrajado y el aeropuerto finalmente se había ganado un rinconcito en mi corazón. Por muy siniestros que me puedan parecer este y otros monumentos al consumismo, no me cabe duda de que la próxima vez que esté esperando sentado en el suelo del aeropuerto de LAX, comiéndome una hamburguesa a precio de oro mientras intento cargar mi móvil en un enchufe estropeado, me acordaré mucho del aeropuerto de Changi.

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This article originally appeared on VICE US.

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