Y rugió la tigra…

Y rugió la tigra…

Un recorrido por el festival que hizo temblar a Piedecuesta.
29.1.17

Fotos por Mariana Reyes Serrano.

Entre el 19 y el 22 de enero se celebró en Piedecuesta, Santander, el Festival de la Tigra. Se lo inventó Edson Velandia con la complicidad de una gallada inverosímil de entusiastas que aún creen que la beligerancia no es el camino de la resistencia. Convencidos de su quimera vencieron a los burócratas, a los apáticos y a los recelosos. Miraron para dentro y se dieron cuenta que allí lo tenían todo. 

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El Centro Cultural Daniel Mantilla Orbegozo es un edificio de mármol ubicado en pleno centro de Piedecuesta a unas pocas cuadras de la Plaza de La Libertad. A pesar de su anormal arquitectura y de encontrarse en frente de la carrera octava –paso obligado del servicio público de transportes- los piedecuestanos no tienen certeza de su nombre. Si por casualidad usted quiere llegar allí, tendrá que hacerse el paisano y preguntar con decisión: "Por favor me lleva al Elefante Blanco".

Ya sabrá usted, querido lector, para dónde va la cuestión. Por si acaso no se lo imagina, acá va una breve explicación de tan infame remoquete: Durante años, nadie sabe cuántos, la edificación permaneció en obra negra por cuenta de la corrupción. Con un gesto cínico – en el que se confunden humor y desencanto- los habitantes de la ciudad bautizaron su inmueble haciéndole honor al paquidermo más célebre que tristemente ha nacido en las geografías colombianas. Y no es una guasa de la que se sientan orgullosos: es motivo de vergüenza que les recuerda aquella enfermedad endémica conocida como desidia gubernamental.

A principios de 2015, finalmente el Centro Cultural de Piedecuesta abrió sus puertas al público. La apertura estuvo a cargo de Edson Velandia, quien presentó Sahuma, una obra monumental en cuatro movimientos que contó con la participación de un coro polifónico (la coral de la UIS) y una banda sinfónica (la Banda de Músicos de Piedecuesta), dirigida por el legendario Mario Gamboa. Titulada con un neologismo que remite al sahumerio –o la acción de purificar algo mediante fuego y humos aromáticos-, Velandia fraguó un conjuro de magia blanca con la única intención de sacudir, proteger y liberar el lugar de tan desdichada mácula.

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Dos años después, la celebración del Festival de la Tigra vino a confirmar que el rezo había sido efectivo.

Día 1/ 19 de enero

Luego de combatir el criminal aire acondicionado del moderno bus de Copetrán, arribamos a Piedecuesta la madrugada del jueves 19 de enero. El día se asomaba gris y ventoso. Nos salvó de la angustia hipotérmica Sandi Morales, productora del festival, quien con sobrecogedora sonrisa nos dio la bienvenida. Mariana, fotógrafa del festejo, se alojó en el hotel Sol y Luna. Benjamín y el cronista contamos con mejor suerte. Nos llevaron al hostal El Orquideal, una hermosa casona campestre custodiada por Tim y Tom, un par de pastores alemanes marrulleros que durante tres noches cuidaron nuestro sueño. Allí conocimos a Sonia, la guardiana de un esplendoroso cultivo de orquídeas.

A eso de las nueve, el sol apareció radiante, dispuesto para la primera actividad del festejo. La Fábrica guió un taller de gestión cultural. Entre escépticos y optimistas, cuatro palabras nos quedaron dando vueltas en la cabeza: terquedad, riesgo, complicidad y frustración. A eso del mediodía, después de vehementes alegatos, concluimos algo apenas obvio: en esos enmarañados asuntos de la "gestión" hay que hacerle caso al señor con máscara de burro, que bien dijo alguna vez: "… no le meta mente, López ¡accione!".

Tres horas nos separaban del primer rugido que tendría lugar en el Auditorio Gonzalo Prada Mantilla del Centro Cultural Daniel Mantilla Orbegozo. Como buenos seguidores nostálgicos del pasado musical de Velandia, quisimos peregrinar la piscina municipal inmortalizada en el video de "El sietemanes". La estructura decadente y el dudoso color de las aguas nos espantaron. Algo desanimados dejamos al albur la búsqueda de otra pileta. Un taxista truculento nos llevó hasta la sede recreacional de Coomultrasalud. Allí, acompasados por el canto constante del "chupahuevos",  nos topamos un paisaje inesperado: en medio de adustos caracolís y palmas formidables una enorme piscina nos convidó al ocio. En este punto vale la pena una sugerencia: si el próximo año usted se aventura al festival, no lo dude, ponga una carpa en su equipaje y acampe en ese lugar donde, además, contará con la presencia de Doña Edith y Don Jesús, felices anfitriones del balneario.

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Con los ojos rojos por el efecto del cloro, la cerveza y unas discretas dosis de humos sugestivos, a las cuatro de la tarde nos preparamos para el concierto inaugural con la Banda de Músicos de Piedecuesta y DJ Trucha. La impetuosa interpretación de porros, cumbias, polkas y rumba criolla tuvo efecto en el escaso público que apenas asomaba su cabeza en el auditorio. Tan solo hubo tiempo para un cigarrillo cuando la trompeta de El León Pardo tronó en la tarima dispuesta en la terraza del Mantilla Orbegozo. Lo suyo fue una andanada sicodélica de jazz, champeta y funk que precedió a Garrote, una emblemática agrupación que nos dejó con ganas de conocer a fondo la movida de hard core en la ciudad. Luego de su furibundo concierto –que incluyó una potente versión de "El paracaídas", composición original de Velandia-  vino el sosiego con Las Avispas Africanas, proyecto solista de Henry Rincón, el diestro baterista de Velandia y la Tigra. En seguida asistimos a uno de los momentos más vibrantes del festival: junto al coro de la UIS y dos percusionistas sinfónicos, Tres y Yo ofreció un arrollador recital de pop progresivo que nos dejó flotando en un éter de canciones hiladas con filigrana.

El remate de la primera jornada fue un jam en el café Kussi Huayra que, dicho sea de paso, durante tres lustros ha sido el fortín de piedecuestanos incendiarios. Muy correctos y formales los músicos apenas desenfundaron tímidamente su arsenal. Los trabucos estallarían la noche siguiente.

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Día 2/ 20 de enero

El club entusiasta de Coomultrasalud se tomó muy a pecho la inesperada invitación a la vagancia. A ellos se les sumó Alejandro Mancera, el desvergonzado bajista de los Sabroders, quien encarnó la figura del "turista musical" que todo gestor quisiera tener en sus proyecciones: se enteró del festival a través de la prensa, viajó un largo trecho para asistir, pagó por cada uno de los conciertos y descubrió catorce nuevas bandas de la escena musical local. Mientras los pillos consumían la jarra en el balneario, la juiciosa Mariana tomó fotos toda la mañana durante la segunda jornada académica.

La sopa de arroz cocinada en el Restaurante Doña Emilce curó el prematuro guayabo de los peregrinos. Los dejó bien preparados para afrontar una nueva correría maratónica que se extendería hasta la madrugada.

A estas alturas del partido el festival ya no era un murmullo. De eso dieron cuenta las más de seiscientas personas que atendieron al primer llamado de la cantautora Na Morales. Proveniente de Barrancabermeja cautivó al respetable con su repertorio amoroso de bambucos, pasillos y currulaos que contrastaron con el blues encabritado de Interior 4, agrupación veterana de Bucaramanga. Al caer la tarde, el quinteto Acid Yesit protagonizó otro momento inolvidable: rara avis del circuito musical pastuso, propinó un batazo categórico con su incandescente mezcla de hard core, free jazz, folclor andino del sur de Colombia, humor cáustico y métricas descabelladas. Nos bajó del cimbronazo Jaison Neutra, punta de lanza del pop barranqueño. Clausuró la velada Kuisitambó, una orquesta de gran formato que, pese a su lectura un tanto empalagosa de la cumbia y la música de gaita, recibió fervorosos aplausos y la compañía incondicional de un pájaro que se extravío al interior del teatro.

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El malogrado jam de la noche anterior ya era un asunto olvidado. A eso de las once sobrevino en Kussi Huayra un tornado que traía consigo oleadas improvisadas de salsa, funk, timba y cumbia. Los comensales se lanzaron al baile, los glotones devoraron sin clemencia las famosas empanadas del café y los músicos se aventaron momentos épicos como el duelo en las blancas y negras que sostuvieron el pianista de Kuisitambó y Juancho Valencia de Puerto Candelaria. También cayó un aguacero implacable que nos mandó a dormir.

Día 3/ 21 de enero

El último día en el balneario incluyó chapuzón mañanero y de almuerzo pollo a la brasa, carne oreada, patacones, aguacate, arroz y yuca. A Mariana y a Ben los ojitos les brillaban socarronamente. Muy en punto a las cuatro de la tarde el dueto conformado por Carlos Andrés Quintero (requinto) y Juan Pablo Cediel (piano) nos revelaron las sutiles conexiones que existen entre los aires del choro brasileño y el bambuco colombiano. A continuación, el turno le correspondió a Navegante, un trío de rock lento y sombrío que no logró empatía con el público. Por su parte, el cantautor argentino Ezequiel Borra dio una lección de sobriedad y fino sentido del humor con canciones suyas y una hermosa versión de "Lo dedo negros", composición del uruguayo Eduardo Mateo. El punto más alto de su presentación lo tuvo con "Lo peor", una despiadada cantinela entonada a dúo con un Burro despechado. El Colectivo Social La Panela calentó la terraza con una buena dosis de cumbia. Para ese momento los cientos de transeúntes incautos que se apostaron para presenciar el rugido de La Tigra estaban alebrestados.

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Una escueta introducción fue suficiente para que Edson Velandia y su combo arremetieran procazmente con "La morgue", desenfundaran "La nevera", "El maestro", "El profesor Miguernica", "Grave" –junto a Ezequiel Borra- y otras tantas que la cabeza de este cronista despistado no alcanza a recordar. Lo que si permanecerá intacto en mi memoria es la quilométrica versión de "El sietemanes que Edson Agustín Velandia -junto a Juancho Valencia y los sobrevivientes de Acid Yesit-  dilató durante más de veinticinco minutos, tiempo que se tomó para declamar un catálogo minucioso de agradecimientos que incluyó la enumeración cariñosa de cada una de las personas involucradas en los pormenores del festival. Al término hubo amor y pogo.

Dicen las malas lenguas que el cura advirtió a la policía de una muchedumbre peligrosa apostada en las puertas de Kussi Huayra. Verdad o ficción, el caso es que le salió el tiro por la culata. El colofón del tercer día no pudo ser mejor: al costado izquierdo de la iglesia una rueda de cumbia comandada por el incansable León Pardo rompió la calma de la noche. No hubo poder humano ni divino que la pudiese detener.

Día 4/ 22 de enero

Piedecuesta es bulliciosa y disparatada. En sus estrechas calles que parecen no dar abasto pitan y forcejean una cantidad insólita de motos, buses, carros particulares y taxis. El comercio es apabullante y hostil. En un lapso de no más de treinta años ha sufrido una metamorfosis feroz: de ser un pueblo mediano mutó a una ciudad pequeña con todos sus vicios y beneficios. Postal de esta barahúnda es la Plaza de la Libertad.

Allí hay sempiternos jugadores de cartas. Vendedores de toda clase de inútiles baratijas. Carritos de raspao, helados, perros calientes, empanadas y pinchos. Hay, también, emboladores, loteros y promotores de juegos de azar que nunca tienen ganador. Hay embaucadores de verbo lenguaraz, malabaristas, cigarreros somnolientos y atrevidas vendedoras de manjares inéditos. Hay un trencito que pasea a los niños y bancas que tienen dueño. A espaldas del festivo paisaje, justo en frente del atrio de la iglesia, se encuentra una concha acústica que ha recibido a los alcaldes de turno y, por lo menos un día a la semana,  a la centenaria Banda de Músicos de Piedecuesta, encargada de darle puntada final al Festival de la Tigra.

La del domingo 22 de enero de 2017 fue una retreta inusual. Ante los ojos de los feligreses que recién se desperezaban de la misa de cinco aparecieron Manrique, La Bacinilla, el Doctor Cabeza de Burro, Enfermera, Muñeca y Simón Bolívar, quienes representaron atropelladamente un fragmento de La bacinilla de peltre, aquella ópera rasqa que narra las desventuras de un poeta con estreñimiento radical. Yo vi a varios parroquianos santiguarse y a muchos otros doblarse de la risa. El epílogo de la fiesta fue candoroso y disparatado; insolente y provocador.

La banda se apagó lentamente mientras las últimas carcajadas se disiparon. Se dispersó el gentío y todo retornó a la calma cotidiana. Tan solo el trencito, dando círculos eternos, logró engañar la tristeza serena que se apoderó del parque.