Historias de DJs: toqué solo para la señora que trapeaba el club

"DJ que no haya tocado en una pista vacía, no es DJ".
03 Agosto 2016, 4:00pm
El DJ que nos contó esta historia prefirió mantener su identidad oculta.

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Este texto originalmente se publicó en THUMP Colombia.

Me preparo. Me preparo más de la cuenta: reviso dos veces si llevo la USB, los discos, los audífonos, cabes extra por si los del club fallan. Pienso todo dos veces, checo de nuevo si todo va en mi maleta. Salgo con buen tiempo de antelación para llegar temprano al club y así poder hacer una lectura de la pista. Algo de nervios tengo, lo siento mientras impaciente viajo en el taxi. Llego al sitio, hay movimiento esporádico en la puerta.

– ¿En qué le ayudo?

– Eh, hola sí, buenas... es que vengo a tocar.

– Ah bueno, siga.

Creo que cualquiera se puede colar a un club en Bogotá diciendo que es el DJ. No me registran. Ingreso al recinto que retumba fuerte mientras me quedo mirando a dos mujeres que están rebosadas de carne. Tengo pensamientos. Se me ocurre que, en unas horas, después de terminar una sesión azarosa, esas dos mujeres se me van a acercar, por ser el DJ, y me voy a ir con ellas a casa, como dos trofeitos.

En fin... Este club que está ubicado en frente de la Plaza de Toros La Santamaría, tiene dos pistas. La principal es sólida: buen espacio, sonido robusto y luces justas. Pasa que a mí me tocaba en la sala secundaría, que es más tranquila, con más luz y justo recibe a la gente que entra a la discoteca. Entonces me quedo en dicha pista. Hay unas 10 personas bailando como por inercia. No hay nada que analizar. Voy a la barra para reclamar el consumo que tengo por ser DJ. Sin entender cómo, termino comprándole un Gin Tonic a una mujer que, prácticamente, me obligó a que se lo diera. Yo me pido otro como por tomar cualquier cosa.

Van a ser las 3.00 a.m. Me toca cerrar esta sala mientras que en la principal una de esas nenas que son más modelos que DJs, también comienza a tocar. Ahí estoy entonces, muy diligente, empezando tranqui. Las siete o diez personas que estaban bailando se van, porque eran amigos del DJ que terminaba su set. Quedo yo ahí, ínfimo, escoltado por la mirada del bar tender. Trato de no forzar las cosas, si no hay nadie en el danceflloor, no hay necesidad de tirar cosas muy arriba. Intento poner cosas más llevaderas que atrapen a cualquiera que pase por ahí. De repente, pongo un clásico de Detroit, dos chinos que iban entrando se emocionan, me bailan a todo el frente, pero justo cuando meto el siguiente track me dicen:

– Uy man qué buena– mientras me estiran su puño para que se los choque con el mío.

Acto seguido, siguen su rumbo, al main, a ver a la DJ que es más modelo que DJ. Me sigo esforzando, pero llego a un punto en que comprendo que nada más va suceder. La señora que trapea el club se queda haciéndome aguante. Mientras me muevo como que se le quiere salir una risa. Trapea dos baldosas y de nuevo me mira. Creo que estoy agradecido con ella. En definitiva, terminó siendo mi más fiel raver aquella noche.

Aunque no lo crean, estas noches son más frecuentes de lo que uno cree, y les pasan a todos, desde el más fino DJ, hasta el que apenas comienza. Precisamente, en medio de mi toque solitario, me encontré con un amigo que también iba a ver a la DJ que es más modelo que DJ. El caso fue que me dijo algo terriblemente cierto, y que se me quedó grabado. Fue como una especie de consuelo:

– Pero tranquilo, loco, que DJ que no haya tocado en una pista vacía, no es DJ.