Cultura

El culto a la destrucción: cuando tu trabajo es hacer desaparecer cosas

Dedicarse profesionalmente a la destrucción es algo realmente destacable en la biografía de un ser humano.

Pol Rodellar

Pol Rodellar

El juicio final, de John Martin. Imagen vía Wikipedia

La idea de destruir normalmente acarrea un sentimiento negativo: destruir una relación, destruir un bebé, destruir el futuro. Todas estas situaciones parecen momentos no demasiado agradables, ¿verdad? Nuestra propia mortalidad nos incita a pensar así cuando atisbamos el final de las cosas. Pero destruir puede ser preciso y bonito si se trata de destruir el fuego o un documento que no debería haber salido de tu ordenador. El hecho de "destruir" es como darle la mano al bien y al mal a la vez, son dos caras de una misma moneda.

Hace poco un conocido se encontró en la curiosa situación de tener que exterminar urgentemente el contenido de un disco duro y contactó con una empresa que se dedica a aniquilar soportes y cualquier rastro de información que estos puedan albergar.

Ya conocía este tipo de empresas pero después de darle un par de vueltas al asunto llegué a la conclusión de que dedicarse profesionalmente a la destrucción es algo realmente destacable en la biografía de un ser humano. Una cosa es repartir paquetes, servir copas o escribir artículos, pero destruir, aniquilar y fulminar artefactos e información es otro maldito nivel.

Son acciones más propias de los dioses o los demonios que de los seres humanos, más digno de un destructor supremo que de un oficinista. Hacer que algo, de repente, ya no esté —ya no exista— es tan fascinante como sobrecogedor. Abrumado por la revelación, decidí ponerme en contacto con uno de estos individuos con licencia para borrar cosas de la faz de la Tierra.

—Con vuestros métodos de destrucción, ¿podríais destruir personas?

—Sí

Ramón Ferrer forma parte del equipo de Deletedoc.com, una empresa que dedica todos sus esfuerzos a destruir tus cosas. Pongamos que te encuentras en medio de tu previsible divorcio y en el ordenador de tu casa tienes ciertos documentos que muestran un flirteo obsesivo con las armas de fuego y las espadas del siglo XIII que podrían traerte ciertos problemas a la hora de decidir la custodia de cierto retoño creado con tu semen o útero.

La subcarpeta llamada "Fotos de fallecidos por ráfaga de MAT-49" dentro de la carpeta "MAT-49" incluida en el directorio "Subfusiles franceses" es especialmente delicada. Tienes tanto miedo de que este "asuntillo" pueda afectar a tu divorcio —y, eventualmente, que pueda alterar tu economía doméstica— que necesitas destruir todo el contenido de ese maldito disco duro. No tienes suficiente con formatearlo cuatro veces ni con reventarlo a golpes con un martillo; quieres que un grupo de profesionales se encargue de hacerlo DESAPARECER por completo; por fuera y, sobre todo, por dentro. Hacer que sea irrecuperable, un viaje sin retorno.

Ferrer me comentó que en su empresa pueden destruir por completo todos los materiales que contengan información, como soportes informáticos (los conocidos como RAEES, los Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos), documentos, ropa, matrículas de coche, radiografías, diapositivas, identificadores, planos y dibujos. Aunque a veces se han encontrado con cosas raras como tener que destruir el contenido de la barra de bar del Festival Sónar (botellas, latas y todo eso). Según Ferrer, la empresa donde trabaja logra alcanzar la destrucción total a base de un proceso de trituración, tras el cual los materiales cambian su estado. Al final de la cadena se reciclan y se reutilizan para otros fines.

Había un pequeño detalle que no me dejaba dormir bien del todo, así que finalmente le lancé a Ferrer la pregunta definitiva.

—Con vuestros métodos de destrucción, ¿podríais destruir personas?

La respuesta fue rotunda.

—Sí.

Pese a la maravillosa sinceridad de Ramón, terminé un poco, digamos, decepcionado. Tuve que abrazar tristemente la realidad de que destruir artefactos por completo es algo imposible, siempre quedará alguna partícula o una célula o átomo o lo que sea, ni que sea un recuerdo fugaz. Realmente "hacer desaparecer algo" es una fantasía. En este planeta existe materia finita que se va regenerando y reutilizando constantemente.

Pero hay ciertas personas que sí que hacen desaparecer cosas, o al menos juegan con la fantasía de que lo hacen. Una fantasía de la que, a veces, somos partícipes y en la que nuestros cerebros toleran la idea de la desaparición absoluta. Estoy hablando de los magos, los ilusionistas.

Roberto Checa forma parte de la Asociación Madrileña de Ilusionismo y lo primero que me dice es que cualquier efecto mágico tiene una vida externa, que es la que se percibe desde fuera y otra vida interna, que es la que nosotros vemos, la que realmente sucede.

Sucede una cosa curiosa: cuando algo desaparece y no vuelve a aparecer, hay personas que se quedan con una sensación de vacío, en su cabeza necesitan la reaparición — Roberto Checa

Cuando hablamos de desapariciones podría tratarse de varios casos. Checa afirma que "normalmente, por parte del mago, se hace el enfoque de que se hace desaparecer un objeto porque este se ha vuelto invisible, lo muestras en la mano pero este no está. También puede tratarse de un juego de teletransportación, que el objeto se haya trasladado a un mundo externo o que un objeto se haya movido de un punto a otro de esta realidad pero entre medio haya desaparecido, porque se ha desmaterializado. Finalmente, puede ser un truco de pickpocket, o sea, el robar objetos al espectador. Esto resulta menos mágico porque es una cuestión de habilidad pura".

Checa prosigue, "sucede una cosa curiosa: cuando algo desaparece y no vuelve a aparecer, hay personas que se quedan con una sensación de vacío, en su cabeza necesitan la reaparición y sin esta se quedan incómodas, hay algo que les falta. Creo que es porque, al final, a pesar de que haya una parte misteriosa que no llegan a entender, el final del círculo debe cerrarse. No saben cómo se fue pero al final necesitan que todo vuelva a la normalidad. Si algo termina desapareciendo del todo, no responde a nuestra lógica".

Aun así, hay excepciones. Por ejemplo, en la magia de bar a veces se hace desaparecer el tabaco de una persona y en este caso sí que se juega con la idea de la desaparición absoluta, porque es algo que está ligado con un vicio que todo el mundo, o casi todo el mundo, quiere olvidar.

Todos entendemos que los ilusionistas no hacen desaparecer nada, solamente crean esa ilusión. "Creas la sensación de que tu magia es real y que tienes un poder. Todo el mundo acepta que no sucede absolutamente nada, esa parte racional siempre está en el espectador. Nuestro trabajo es conseguir que el espectador apague esa parte racional y se deje llevar, que la gente no sepa lo que está pasando y que disfruten. Durante los primeros minutos de un espectáculo de magia todo el mundo estará intentando descubrir el truco y, aunque no lo quieran, el cerebro verá una incongruencia lógica y se pondrá a trabajar. En el fondo el mago sacrifica su propia ilusión para poder llevársela a todo el mundo. Porque nosotros conocemos toda la parte interna, toda la arquitectura y construcción del truco".

Lo interesante del caso de los ilusionistas es esta aceptación selectiva de la desaparición, el no comprender con nuestras mentes humanas que algo pueda llegar a esfumarse del todo y exigir su retorno pero gozar del truco cuando lo que desaparece es una parte, digamos, oscura de nosotros mismos. En el fondo todo lo que nos rodea juega con esta idea. Queremos ver desaparecer nuestros discos duros llenos de cosas raras pero no entendemos cómo nuestra pareja puede haberse largado a Noruega con un escultor mediocre de gafas extremadamente pequeñas para no volver nunca jamás.

Imagen vía Anka

En las ciudades somos espectadores constantes de cambios y remodelaciones, vemos como un edificio mítico desaparece y es reemplazado por hoteles o centros comerciales. La arquitectura urbana es un constante devenir entra la destrucción y la construcción y estos cambios son los que generan el paso del tiempo y la historia. Decidí contactar con una empresa de demolición, puesto que ellos seguramente sabrían entender perfectamente este proceso eterno de destrucción.

Daniel Anka es el presidente del Grupo ANKA —al cual pertenece ANKA Demoliciones— y vicepresidente de la Asociación Española de Empresarios de Demolición.

En resumen, la demolición es la profesión más bonita que existe ya que nunca sabes qué te va a deparar tu trabajo el golpe después. Como decía un gran sabio de la demolición: "somos creadores de espacios" — Daniel Anka

"Antes de nada lo que debemos saber es qué significa demoler. Según la Real Academia Española se trata de deshacer, derribar, arruinar. Por lo tanto lo que a nosotros nos afecta es derribar o deshacer. Y derribar es tirar contra la tierra, hacer dar en el suelo a alguien o algo" empieza Anka. Según él, los profesionales de la demolición pueden demoler todo lo que esté en pie —edificios, chimeneas, puentes, árboles— y que "empleando la maquinaria adecuada se puede demoler cualquier cosa; existen hasta siete métodos de demolición diferentes que nos permiten deshacernos de cualquier cosa por muy dura o escondida que esté".

Como en el caso de la destrucción de documentos, los materiales de los que están hechos los edificios no desaparecen sino que estos se fragmentan, se deconstruyen pero lo que podríamos considerar como la construcción —o edificación— en sí, sí que desaparece. "Esa es nuestra misión, por lo tanto, no debe quedar nada. Lo que intentamos es que el mayor número de elementos puedan volver a utilizarse pero nunca volverá a ser lo que era todo junto" aclara Anka.

Hoy en día la demolición está en un proceso de transformación hacia un modelo ecológico y se intenta que cada residuo tenga un gestor que le dé una segunda vida mediante su transformación: áridos, drenajes, bases de carreteras, aglomerados de madera, nuevas estructuras metálicas, plásticos y gomas recicladas. La idea es que cada residuo entre de nuevo en la cadena productiva. "Siempre se busca una segunda vida, o tercera. Cada vez más se busca la triple R en el sector: Recuperación, Reutilización y Reciclaje a través de gestores autorizados y especializados".

Lo que intentamos es que el mayor número de elementos puedan volver a utilizarse pero nunca volverá a ser lo que era todo junto — Daniel Anka

Pese a que nada pueda ser destruido del todo, había algo que necesitaba saber. ¿Qué se siente al tener el poder o la capacidad de destruir grandes construcciones majestuosas, al ser más poderoso que un rascacielos? "Pues, contrariamente a lo que todo el mundo diría —una liberación de estrés— los profesionales tenemos la gran responsabilidad de estar deshaciendo un trozo de la historia de alguien y que, normalmente, la eliminación de un elemento provoca el debilitamiento de otro. Por lo tanto, debemos trabajar con el mimo necesario para no provocar derrumbes no controlados por un exceso de ímpetu. Lo más espectacular puede ser hacer volar por los aires un elemento con solo apretar un botón, sin embargo, los cálculos y el tiempo que lleva saber cuánta carga y dónde debe colocarse es muchísimo, así como la responsabilidad del manejo de los explosivos. En resumen, la demolición es la profesión más bonita que existe ya que nunca sabes qué te va a deparar tu trabajo el golpe después. Como decía un gran sabio de la demolición: "somos creadores de espacios'".

Todo el imaginario destructivo e infernal que me había imaginado en el hecho de poder otorgar a las personas y a las cosas la calidad de deshecho se esfumó con estas bellas declaraciones. Al final, destruir ha resultado ser sinónimo de reutilizar o construir de nuevo. Ese poder infinito de aniquilación total convive con la potestad divina de la creación; destruir algo no es nada más que crear otra cosa nueva.

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