​Nunca te líes con tu jefe

Hablamos con gente que se ha enrollado con sus superiores para que nos cuenten si ha sido o no una buena experiencia.

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may. 26 2016, 3:00am

Todo empieza con un pequeño acercamiento después de una larga jornada de trabajo. Los dos os quedáis hasta muy tarde y una cosa lleva a la otra. De pronto sientes unas ganas locas de volver al curro al día siguiente. ¡Nunca te había gustado tanto ir a trabajar! La tensión sexual no resuelta se alimenta de miradas fuera de lugar, roces de ascensor o pequeñas excursiones en privado inventando cualquier excusa. Y delante de todo el mundo, pero sin que nadie se de cuenta, le metes mano por debajo de la mesa en medio de una reunión. Conversaciones calientes por el chat de Gmail, insinuaciones sutiles de doble filo, propuestas indecentes al entrar en los baños que se ocultan en forma de broma... Está cantado lo que va a pasar.

El refranero español tiene frases para todas las situaciones "donde tengas la olla no metas la polla". A mi personalmente me da mucha rabia oír eso, ¿acaso sirve de algo que alguien te advierta si la carne es débil? Tener un rollo con tu jefe es realmente excitante y no todas las relaciones jefe-empleado acaban mal.

Cuando no se dan los mismos intereses por parte de los dos miembros empiezan las complicaciones

Según nos explica Noelia Sancho, experta en psicología cognitivo-conductual, "cuando no se dan los mismos intereses por parte de los dos miembros empiezan las complicaciones. Entonces ya no hay sexo que valga, solo malos entendidos, broncas por temas más personales que laborales, conversaciones fuera de lugar y llenas de reproches. Los primeros síntomas ante esta situación son la labilidad emocional, la falta de concentración, tristeza, rabia... Pero enseguida pasan al área laboral. Evitar las reuniones comunes, ausentarse del puesto, tareas peor realizadas, cotilleos entre compañeros..."

Según Sancho, "cuando una pareja que trabaja junta rompe, la gravedad de las consecuencias depende también del tiempo e intensidad de la relación. En general, a pesar de que cada relación es distinta, lo mejor ante esta situación sería poner distancia o cambiar de sitio. Si esto no es posible ayudaría cambiar las rutinas para no coincidir durante un tiempo y restringir las relaciones con esa persona a lo estrictamente laboral. Después es muy importante encontrar motivaciones positivas fuera del trabajo que sirvan de distracción y de satisfacción".

Después de escuchar las palabras de la psicóloga, empecé a buscar casos de gente, hombres y mujeres, que hayan experimentado esta situación para que me expliquen su propia versión de los hechos*.

¿Es posible tener sexo con tu jefe y que esto no repercuta en tu trabajo? ¿Pueden llegar a buen puerto las relaciones sentimentales con tus superiores? ¿Qué pasa cuando uno de los dos corta?

Alberto, 29. Fisioterapeuta

El de la foto no es Alberto. Imagen vía

Tuve una relación con mi jefa hace bastante tiempo. Yo aún no había acabado la carrera y trabajaba en una cafetería para poderla pagar. Ella era la encargada del establecimiento, tenía unos cinco años más que yo, estaba separada y tenía una niña de dos años. Yo por aquél entonces estaba saliendo con una chica a la que quería mucho y con la que realmente me lo pasaba bien. Ni se me había pasado por la cabeza tener una relación esporádica con alguien, y mucho menos con ella.

Solíamos quedarnos un poco más al acabar de currar. Recuerdo que siempre quería que la acompañara a tirar la basura de todo el día al basurero que teníamos al lado del almacén. A mí me daba más bien pereza al principio, pero ella hizo que se convirtiera en un juego.

Nos empezamos a conocer y establecimos una conexión bastante especial. Había muy buen feeling entre nosotros. Un día, después de tirar la basura, me dijo si quería ir a su casa, que estaba sola. Como no tenía nada mejor que hacer le dije que sí. Fui allí en plan colegas y salí creyéndome un triunfador sexual.

Sirvió un par de copas de vino y mientras se preparaba una raya me empezó a hablar sobre sus relaciones personales. Lo habían dejado con el padre de su hija hacía tiempo y ahora (decía) le costaba encontrar a alguien que la entendiera. También me dijo que le dolía bastante la espalda. Bromeó diciendo que tendría que ir a tirar la basura solo si no le daba un buen masaje. Como soy fisioterapeuta, y aunque en ese momento solo era un estudiante, estoy muy acostumbrado a que la gente me diga lo que les duele cuando me ven, acepté la invitación y decidí untar mis manos en la primera crema hidratante que encontré por el baño. Cuando volví ella estaba completamente desnuda tumbada sobre el sofá. Fui incapaz de frenar mis instintos.

Después de aquello nuestra relación se volvió un tanto incómoda. Yo seguí con mi novia y mi jefa me apretaba cada vez más. Aquello fue insoportable. Por un lado no quería que se lo tomara mal, pero por el otro tenía ganas de mandarla a la mierda. Faltaban pocos meses para que acabara los estudios y decidí dejar el trabajo. Pronto empezaría las prácticas y aquella fue la excusa perfecta para acabar con el mal royo.

Elena, 28. Periodista

Era la becaria de un programa de radio que hacía muchos años que ya escuchaba. Conocía aquella voz a la perfección y la encontraba realmente muy sensual. Cuando le vi en persona por primera vez aún me gustó más. Mi trabajo consistía básicamente en buscar noticias para el día siguiente, hacer un repaso diario de las redes sociales, publicar en Facebook, Twitter... lo típico vamos.

Un día, en uno de los programas que hacíamos fuera del estudio, nos empezamos a conocer a nivel personal. Me encantaba el buen rollo que había entre nosotros. Para cenar fuimos a una pizzería y los dos estábamos dudosos sobre qué pizza elegir. Mientras los otros del equipo comieron cada uno su pizza, nosotros decidimos partirla y comernos un trozo cada uno.

Con el tiempo yo me fui a trabajar a una agencia de comunicación y desde hace tiempo que no sé nada de él

Aquel día me acompañó a casa con su coche, pero no pasó nada. La semana siguiente empezamos a tontear con el desayuno que traíamos. Él siempre me cogía mis galletas de chocolate y yo probaba del bocadillo que le hacía su madre. Estaba riquísimo. Le confesé a la productora del programa que realmente creía que sentía algo por él. Me enamoré muy fuerte. A él parecía gustarle, pero tenía novia y estaba tremendamente buena.

Un día le dije que me gustaría aprender a locutar y él, muy amablemente, me ofreció ir a su casa, donde tenía un pequeño estudio. Nos estiramos en una cheslong y de allí no nos movimos. Surgió la pasión y acabé sin bragas. Después de aquello todo fue maravilloso.

Yo llegaba antes que nadie para liarnos a solas delante de la máquina de café, aprovechábamos las pausas de publicidad para ir al baño y solíamos quedarnos hasta tarde pensando nuevos temas para la sección que a partir de ahora llevaría. La historia no duró mucho. Estoy segura que su novia se dio cuenta y empezó a venir más por la oficina. Le traía ella el desayuno, le venía a esperar a la puerta de la radio... Todo se fue enfriando.

Con el tiempo yo me fui a trabajar a una agencia de comunicación y desde hace tiempo que no sé nada de él.

Gerardo, 32. Contable

Una mesa en la que claramente trabaja un contable. Imagen vía Pixabay

Trabajo en una empresa familiar que mueve una cantidad de dinero bastante considerable. El director general se jubiló hace dos años y es desde entonces que su hija mayor está al mando de la empresa.

Estuve con ella casi un año, primero en secreto y luego, inevitablemente nuestra relación fue de dominio público. Al principio fuimos bastante cuidadosos. Aunque hubiéramos pasado la noche juntos ella llegaba más tarde con su propio coche. Nunca quieres que estas cosas se sepan, pero cuando decidimos sacar a la luz nuestra relación los otros empleados se alegraron. Muchos de ellos ya lo sospechaban.

La cosa no nos fue bien. Decidí instalarme en su piso y tuvimos bastantes problemas de convivencia. Notaba que algo no iba como tenía que ir, y al vernos todo el día hacía que ya luego tampoco tuviéramos tantas ganas de hacer nada. Además ella quería correr mucho. Me decía que quería un hijo, y yo no lo veía nada claro. Un día decidimos cortar nuestra relación personal. Los dos sabíamos que no iba a funcionar. Éramos demasiado distintos y teníamos intenciones y aficiones completamente contrarias.

Al poco de dejarlo ella empezó a salir con otro chico y pocos meses después nos dijo que estaba embarazada. Ahora mantenemos una buena relación. Le tengo mucho aprecio aunque no siempre esté de acuerdo con sus decisiones como jefa. Como he vivido sus problemas laborales de cerca sé que tomar decisiones a veces resulta muy complicado. Tengo la suerte de poder decirle a mi jefa lo que verdaderamente pienso.

María, 30 años. Administrativa

Conocí a mi pareja en un call center. Él era mi encargado desde hacía tres años y la verdad es que siempre había habido mucha química entre nosotros. Había intentado acercarme a él otras veces pero no había tenido mucho éxito (supongo que él vio que esas cosas pueden salir muy mal). Fue en un concierto de Mujeres donde nos pudimos conocer más a fondo.

Al principio fue muy divertido. Suponía bastante riesgo ya que los dos habíamos firmado unas normas de la empresa donde ponía que una relación de este tipo podría suponer una causa de despido. Lo recuerdo como una etapa muy emocionante.

Fue en un concierto de Mujeres donde nos pudimos conocer más a fondo

De repente me di cuenta que estábamos viviendo juntos, trabajando juntos, saliendo con los mismos amigos... Eramos una pareja "real". En vez de agobiarme decidí ser feliz: por fin había encontrado la persona con la que quería compartir mi vida.

Llegó el momento de hacerlo público: la noticia fue muy bien recibida por parte de todo el mundo. Nuestra relación no afectaba la calidad de nuestro trabajo. Hoy hace siete años de todo esto. Hace dos que nos casamos y acaba de nacer nuestro primer hijo. No puedo estar más contenta de haberme arriesgado a haber empezado una relación con mi jefe.

*Los nombres de las personas participantes se han cambiado para proteger su privacidad.

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