No soy menos feminista por operarme las tetas
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Cultură

No soy menos feminista por operarme las tetas

Tener dos trozos de plástico en las tetas no me ha convertido en una muñeca a la que puedas silbar o decirle que te la quieres follar cuando pasa por tu lado y para eso es necesario el feminismo.
1.4.16

Me llamo Suzie, tengo 24 años y me considero feminista. Desde que tenía 13 años sabía que no me iba a quedar con los pechos que la pubertad me había dado. No es que alguien —hombre o mujer— haya criticado alguna vez mi delantera, pero durante mucho tiempo me costaba estar delante de la gente en sujetador, y sin él ya ni hablar del tema. La naturaleza no ha sido muy generosa con mis pechos, que son demasiado pequeños y puntiagudos para mi gusto. Siempre he pensado que no se correspondían con el resto de mi cuerpo. Como no es posible ejercitar los senos, fue cuestión de tiempo que acabara en manos de un extraño para que me pusiera dos implantes de silicona previo pago. Puede sonar extremo… Y lo es.

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Probablemente nunca se me habría ocurrido optimizar mi cuerpo con cirugía plástica si no hubiera crecido en los noventa con Pamela Anderson dominando los cánones de belleza femenina. Seguramente no me habría molestado la forma de mis pechos si no hubiera sido porque las portadas de revistas, los anuncios de moda y los vídeos musicales de MTV grabaron a fuego la imagen de unos pechos perfectamente redondeados en mis sinapsis. O quizá sí. No tendría más de 15 años la primera vez que una compañera de clase se burló de mi delantera en los vestuarios, después de la clase de educación física. Cuando pienso en ello ahora, me doy cuenta de que la chica era una gilipollas y de que tampoco era del todo culpa suya: ambas crecimos con la idea de que tener tetas pequeñas era malo. Nuestra sociedad incita a las chicas a analizar su cuerpo con ojo muy crítico, a creer que siempre puede mejorarse algo y a competir unas con otras por ver quién tiene mejor aspecto. La cultura del complejo físico no es más que una consecuencia lógica del germen de inseguridad que ha ido creciendo en nuestro interior durante generaciones.

Según un estudio, empezamos a manifestar nuestras preferencias sobre el físico desde una edad muy temprana, basándonos en las connotaciones positivas y negativas que recibimos de nuestro entorno inmediato. En mi caso, desde muy joven ya tenía una idea muy formada de las modificaciones que quería en mi cuerpo y del físico al que aspiraba. El resultado hoy en día: voy tatuada del cuello a las espinillas, tengo los lóbulos dilatados, varios piercings, uñas postizas y siento más debilidad por el maquillaje que una drag queen. Está claro que, si mi vanidad fuera un videojuego, estaría a punto de enfrentarme al monstruo final. Mi concepto de optimización me ha llevado a perseguir un físico que en nuestra sociedad se consideraría "follable". Sin embargo, por el hecho de tener dos trozos de plástico en las tetas no me he convertido en una muñeca a la que puedas silbar o decirle que te la quieres follar cuando pasa por tu lado. Si el feminismo sigue siendo necesario hoy en día es precisamente para dejar claro que las mujeres son personas y no meros objetos.

Aunque mi percepción de la estética se ha visto muy influida por los cánones que se fomentaban durante mi adolescencia, a la hora de vestirme y maquillarme, lo hago para gustarme a mí misma. Me da igual que le guste a la gente o no. Tampoco me importa demasiado la opinión de los demás a la hora de soltar 5.000 euros para someterme a una operación de cirugía estética que podría poner en riesgo mi vida. Para mí, la esencia del culto al cuerpo es la realización personal. A veces incluso me maquillo para estar por casa, sola. No lo hago porque me vea fea sin maquillaje, sino porque me parece divertido expresarme de forma creativa. La euforia que siento cuando tengo los ojos perfectamente perfilados es comparable a la que me embarga cuando me hago un tatuaje nuevo, solo que en el primer caso, es más barato y se puede retirar.

Que me guste ir depilada y pintada como una puerta no significa que aplique el mismo rasero en los demás. He conocido (y tenido la increíble suerte de acostarme con) "mujeres naturales", de esas que están increíbles sin maquillaje o que no se depilan. No hay una definición estricta de la belleza, sino que la hay de mil tipos. Yo, por ejemplo, me siento atraída sexualmente por lo opuesto a lo que soy, es decir, mujeres de aspecto andrógino que no se pasan horas frente al espejo. Cuando eres una mujer a la que le gustan las mujeres, ayuda mucho tener una imagen realista del físico. Al fin y al cabo, muy pocas mujeres tienen el cuerpo de uno de los ángeles de Victoria's Secret desnudas. Mi lado lésbico me ha ayudado a aceptar mis pechos naturales como parte de mi cuerpo.

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Ese proceso emocional no ha repercutido en mi gusto por el físico de la gente ni en la imagen que quiero dar de mí misma. Por estúpido que suene, en el momento en que dejé de odiar mi cuerpo, una operación de aumento de pecho no era algo necesario para mi felicidad, sino que se había convertido en otra modificación corporal más, otro lujo. Por supuesto, mi novia intentó convencerme de que no me operara, y le hice el mismo caso que cuando intentó evitar que me hiciera el tatuaje del alambre de espinos. No obstante, la única referencia a Pamela Anderson en mi cuerpo es el tatuaje que tengo en la parte de arriba del brazo. Mis pechos no son ni por asomo tan grandes como los suyos. Aunque no creo que debamos ensalzar la cirugía estética —no olvidemos que la madre de Kanye West murió un día después de haberse hecho una liposucción—, mi experiencia ha sido positiva. Mentiría si dijera lo contrario.

En Berlín encontré un médico especializado en el aumento de pecho. En todos los foros decían que era el mejor. Salí de la primera cita con él con muy buena impresión, por lo que inmediatamente concerté otra para hablar de la fecha de la operación. Me pusieron la primera en la lista, así que no tuve ni tiempo de cagarme de miedo. Algunas amigas ya me habían advertido que iba a tener dolores horribles, pero cuando me desperté de la anestesia, no noté nada.

No fue hasta un día después, cuando me dieron el alta de la clínica, que creí que iba a morir. El dolor era tan intenso que casi no podía moverme y la presión de los implantes incluso me impedía respirar con normalidad. Toda la zona se te hincha hasta el punto de que notas cada una de las pequeñas venas que recorren la piel. Durante una semana te duelen los músculos incluso de partes más allá de la zona del pecho. La primera vez que me vi los pechos sin vendas, estaban duros como los de un robot. De repente me invadió la incertidumbre de si siempre iban a estar así a partir de entonces.

Pero ahora, cada vez que me veo desnuda en el espejo, pienso: "¡Vaya tetazas tienes!". Nunca antes había pensado eso. Finalmente he logrado tener las proporciones físicas que siempre he querido. Las cicatrices de debajo de los pechos hace juego con las estrías que tengo en el culo. Por fin siento que mis tetas me pertenecen. Me siento libre. Pero no todas las feministas son como yo, y me parece absolutamente perfecto. Ser mujer, ser hermosa, implica ser auténtica, al margen de la talla que uses, de si tienes pelo en las axilas o implantes en el pecho. No pienso quemar mis sujetadores ni dejar de intentar mejorar mi cuerpo por unos cuantos capullos sexistas.

Si nuestra sociedad se basa en la idea de que todo el mundo puede forjar su identidad libremente, si teñirse el pelo o hacerse un tatuaje se aceptan igual que una reducción de pecho o la transición de Caitlyn Jenner, si coincidimos en que la naturaleza no determina nuestro destino, que las mujeres pueden ser lo que quieran ser y que son responsables de sus propias decisiones, entonces tengo derecho a que me guste el maquillaje y el color rosa tanto como mis tetas postizas. Decir que no defiendo la igualdad de géneros y que no me afecta el sexismo que sufrimos a diario porque mi concepto de la belleza se solapa con el del resto de la sociedad dice más del tipo de feminista que eres que de mí. O, en palabras de Kim Kardashian: "Soy madre. Soy esposa, hermana, luchadora y emprendedora, y tengo derecho a ser sexy". Sigue a Suzie en Instagram.

Traducción por Mario Abad.