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Cultura

Intenté vender una moneda de oro y casi me la meten doblada

Lo de la compraventa de oro es un mercado libre y si no estás alerta te quedas sin tu 'tesoro' y sin el dinero. Los precios pueden variar hasta un 400%

por Pedro García Campos
08 Enero 2015, 12:43pm

La moneda en cuestión

Aquí estoy. Esquina de la avenida Reina Victoria de Madrid con la calle Los Vascos. En mi mano, una moneda de oro. No es muy antigua, ni incunable, ni perteneció a un pirata. Pero es de oro. Y la quiero vender. Así que me pongo en marcha no sin antes repetirme un consejo que luego, una vez de vuelta, leo en todas las guías de asesorías financieras y en la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU): que los precios pueden fluctuar hasta un 400% dependiendo del local de 'Compro Oro' que visites y que debemos tocar la puerta de varias tiendas antes de decidirnos a vender. Todo con una verdad lapidaria: el de compraventa de oro es un mercado libre. Vamos, que no hay un precio fijado y puede que si no estás alerta, literalmente, te la den con patatas como a un incauto. Bueno, pues la primera, en la frente.

En la esquina de mi casa hay un local. Es pequeño. Su dependiente parece amable, así que será mi primera opción. Una sala, un cristal antibalas y un hombre de 50 años con gafas y aspecto de friki de la numismática.

- "Buenos días, tengo una moneda mexicana de 20 pesos y 15 gramos de oro puro. Quería tasarla para ver cuánto puedo sacar por ella".

- "Muy bien. Déjame verla".

La seguridad que desprenden las palabras del dependiente es, supongo en ese momento, parte del negocio. Así que me dejo llevar y le entrego la moneda. Literalmente, me hago el tonto. Ahí van 15 gramos de oro cambiando de mano hasta ir a parar a una balanza de última generación. "Esta lo pesa todo y no se equivoca, lo que dice va a misa", me reconoce. Y la pesa. Efectivamente, 15 gramos. O mejor: "Me salen 14,8, pero voy a ser bueno contigo, porque me has caído bien, así que cuento como si fuesen 15 redondos", masculla el jefe.

Lo que no me dice es que el mercado es libre y que las fluctuaciones en el precio dependen de él. Todo lo contrario: este hombre y su aspecto de notario del oro despliega toda una actuación digna de alfombra roja en la que, sin decirlo, parece que lo que me ofrece es "lo que te puedo ofrecer, ni un euro más, porque esto va así...". Mentira. Los 190 euros que me ofrece son solo el principio del camino.

- "¿No me puedes dar más? Es que he visto en Internet que valdría un poco más, y me da pena perderla así. Era de mi abuela", le pregunto.

- "Nada, nada, es lo que hay. De verdad que me gustaría poder ofrecerte algo más, pero no puedo... mmmmm.... pero vamos a hacer una cosa, pasa aquí dentro y la pesas tú".

Este hombre se debe creer que soy el inocente de turno. ¿Me va a hacer un in your face? Eso intenta. Pero el viejo truco de que te permitan hacer tú las cosas sobre un tapete no va a colar. He visto demasiadas películas de casino y tocomochos y, además, he leído un par de reportajes antes de salir a la calle para ponerle un límite a mi fiebre del oro particular. Pero doy el paso. Abro la puerta y allí me veo, hecho un truhán en potencia. Estoy al otro lado. Peso la moneda con el mismo resultado y decido preguntar directamente: "¿Esto cómo va? ¿Es un precio justo? Y el hombre de gafas milimétricas y cristal antibalas responde -retóricamente- que sí: "¿Cómo iba yo a timarte, si encima me dices que eres vecino?". Lo dicho, un in your face en toda regla, así que me marcho.

Lo crudo llega 200 metros después, en otra tienda de compraventa de oro a la que llego siguiendo el rastro de un hombre-anuncio embutido en el clásico traje amarillo donde, ponga lo que ponga, solo lees 'COMPRO ORO'. Antes recuerdo el informe de 2013 que acabo de leer. En él, miembros de la OCU admiten que después de haber intentado vender varias piezas de oro -en este caso, pendientes, anillos y pulseras- en tiendas como la del hombre de gafas milimétricas y en montes de piedad de 15 ciudades españolas -no en una calle de Madrid, como yo- el resultado fue sorprendente: por cada quilate, las ofertas variaban entre 12 y 47 euros. A pesar de las importantes caídas que ha experimentado ese valor refugio que -cada vez menos- es el oro, resulta curioso -como poco- que el mercado de compraventa a pie de calle se tan inestable y depende, en último término, del humor del dependiente y la pericia del ciudadano-vendedor, que en muchas ocasiones carece de información previa.

Éste segundo destino es una tienda nueva en la que me ofrecen, nada más entrar, y después de un análisis más frío y sin tanta parafernalia actoral, 280 euros. Me quedo de granito... y ni siquiera les había dicho lo que me ofrecían en el otro local. En mi bolsillo se dibujan casi 100 euros más que hace cinco minutos, pero quiero seguir tirando del hilo de la OCU, así que me meto la moneda en ese bolsillo donde ya casi sonaban los 280 euros y sigo mi camino.

Siguiente parada: acera de enfrente, mismo barrio. Entro en un local de joyas antiguas que, según leo, también tasa y compra y vende oro. Nada más entrar, un peldaño más de confianza. Lienzos vetustos que conviven con lámparas doradas y objetos que parece sacados de las escenas cortadas de Mogambo. Cosas de ricos. Vendidas posiblemente en arrebatos de extrema necesidad. Un arrebato que yo, en parte, tengo la suerte de no sentir en este preciso momento.

- "Buenos días, quería vender esta moneda mexicana y la verdad, todo es un poco raro, porque hace 400 metros y cinco minutos me ofrecían 190 euros y después, aquí al lado, me daban 280. Y no lo entiendo. ¿Usted cuánto me daría?", le pregunto.

- "Pues mira, antes de pesarla te digo: te puedo dar hasta 350 euros, pero no más... y porque me cuentas esta historia".

Sigo de granito y casi me convierto en grafeno. Me dan ganas de regalarle un par de insultos, pero me los guardo junto con la moneda y me voy en busca de una nueva tienda.

Otros 200 metros a pie y llego a Cuatro Caminos, un océano de pies y tiendas entre las que abundan las dedicadas a pizzas, ropa y empeño y compraventa de oro. Me dirijo a dos y lo que sucede en esa secuencia me lleva a pensar que tengo que llamar a VICE y escribir mi experiencia, porque -aunque lo lea en los informes de la OCU- no me termino de creer que terminen ofreciéndome 430 euros en una y en la otra, la más desvencijada, descuidada y sucia de todas, hasta 450. Y todo esto sin referencia previa, porque no he utilizado una balanza electrónica en casa para tener una idea previa de los gramos que pesa mi pieza -como recomiendan los expertos- ni he sido consciente, antes de empezar este viaje, de que monedas viejas como la que tengo entre las manos solo valen para ser fundidas porque su valor numismático es prácticamente nulo.

Al despedirme llamo a un amigo abogado y me recomienda que lo cuente en esta crónica. Me dice: "El mercado del oro en la calle es así, pero no quiere decir que la gente lo sepa, tú mismo eres periodista y no lo sabías, así que imagínate la pobre abuela que va a vender un collar para pagar el alquiler de su casa... ". Y se le escapa un pareado que está a punto de convertirse en el titular de esta historia: "Yo a esas señoras les diría: hay que estar muy al loro cuando vas a vender tu oro".

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