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Cultură

La mentira de la memoria histórica

Defender la memoria histórica no es solo sacar a los muertos republicanos de las cunetas.
10.7.15

Imagen vía Flickr

Después de las elecciones del 24 de mayo está claro que en las dos grandes ciudades españolas y en otras importantes capitales de provincia se ha impuesto el cambio. Y no solo el cambio descafeinado, el de las formas, el de "cambiarlo todo para que todo siga igual" que propone Ciudadanos (la UCD/CDS de esta década), sino del cambio en la esencia, desde la izquierda. Un cambio que la gente ha elegido porque recupera un modelo de ciudad – donde los habitantes pueden decir la suya, no se trata a unos barrios mejor que a otros y esas cosas que asustan tanto a las señoras con pendientes de perlas – que fue aniquilado por los planes de desarrollo urbanístico que impusieron "papá y mamá" a partir de mediados de los 80.

Pero una cosa es devolverle la ciudad a sus habitantes y otra querer cambiar la historia. Hace unos días el Ayuntamiento de Madrid anunció que la Plaza Vázquez Mella podría cambiar su nombre por el de Pedro Zerolo.

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Está muy bien quererle dedicarle un espacio público a una persona que dedicó su vida a luchar por la igualdad jurídica de los homosexuales y Vázquez Mella ya tiene una calle – además de que era un jodido tradicionalista, integrista católico y monárquico hasta la médula- pero no hace falta borrar el pasado para reivindicar nada, y más cuando, como en el caso de Zerolo, su obra se aguanta por su propio peso.

Tampoco estoy hablando de un caso único: desde la Transición se están eliminando de la vía pública (con más o menos velocidad) los símbolos que huelan a conservadurismo; tengan o no realmente que ver con la dictadura. El problema no está realmente en "quién quita qué", se ha hecho toda la vida y se hará así hasta el final de los tiempos porque los humanos tenemos una obsesión malsana con darle excesiva importancia a las palabras y a los símbolos.

Está claro que la lucha por el espacio público tiene que echar de las calles los elementos que sirven para hacer apología directa del régimen: las estatuas del tío Paco, las calles dedicadas a su cuadrilla de golpistas, etc., pero dejarse llevar por el revanchismo y quitarlo absolutamente todo no deja de ser una forma de autoengaño, es como si la izquierda de este país creyese que por quitar el monumento a los caídos de la Avenida Diagonal la II República hubiese ganado la Guerra. No hace falta ser Nietzsche para pensar que eso es más propio de la moral de los resentidos que de alguien que realmente quiera centrarse en cambiar las cosas. Hasta el historiador catalán Josep Fontana –exmilitante del Partido Socialista Unificado de Cataluña y actualmente miembro de Barcelona en Comú – ha criticado esta especie de neura de borrar todo lo que nos recuerde que sí, efectivamente, perdimos.

Fosa común de Estépar, Burgos. Imagen vía Wikimedia Commons.

Perdimos y eso no se puede cambiar. No pasa nada; bueno, ya no. No va a cambiar negarle una placa a los fusilados por los revolucionarios durante los primeros meses de la guerra, ni arrancar la chapita que recuerda que esos engendros urbanísticos que pueblan los barrios periféricos los construyó el Instituto Nacional de la Vivienda y más cuando se estira ese chicle hasta gente, como Vázquez Mella, que poco tenía que ver con nada de eso, más que nada porqué murió 8 años antes del golpe de estado.

Hay que aceptar que siempre habrá gente que odiará que siga X nombre en Y calle: cuando se echó del callejero de Badalona todos las referencias a Falange, Franco y la dictadura, los anarquistas de los años 30 que aún vivían se quejaron de que no se habían cambiado los nombres de los militares de las guerras carlistas que llevaban puestos 100 años.

Parece que esta sociedad en la que un grupo de indie puede llamarse Mishima –en honor al filósofo y escritor ultratradicionalista japonés que fundó un grupo paramilitar de estética fascista con el que intentó dar un golpe de estado– no tienen espacio una memoria histórica que sea verdaderamente eso, histórica. Porque la historia, y más si realmente nos creemos esto de la democracia, no es solo la que a unos u otros les parece bien. Para defender la memoria histórica hay que asumir que no todo va de sacar a los muertos republicanos de las cunetas –que también– sino de asumir el peso del pasado y convertirlo en algo de lo que aprender.

España, signifique lo que signifique eso, es Vázquez Mella y Zerolo. Si no estamos preparados para eso, mejor no reivindicar nada.