Por primera vez en casi 40 años, los humanos van a depositar un rover en la Luna. Asumiendo que la misión china Chang’e 3, que despegó hace unos días, tenga éxito en hacer aterrizar el Conejo de Jade, su rover de seis ruedas, el asunto va a poner de nuevo sobre la mesa una cuestión con décadas de antigüedad: ¿De quién es la Luna?
El cohete que transportaba el rover despegó exitosamente del centro de lanzamiento de satélites de Xichang, al sudoeste de China, y se espera que su viaje en dirección a la Luna dure dos semanas. Una vez allí, China intentará un aterrizaje “suave” del rover, llamado “Yutu” en chino, algo que no se hacía desde 1976, año en que la Unión Soviética depositó el rover Luna 24 para recoger muestras de suelo.
Un aterrizaje suave es exactamente lo que su nombre indica. A diferencia de misiones lunares recientes, como la GRAIL de la NASA, en la que un par de satélites se estrellaron en la Luna una vez concluido su trabajo orbital, China espera que el rover, alimentado con energía nuclear, haga un aterrizaje lo bastante suave en el cráter Sinus Iridum como para poder rodar al exterior y hacer su trabajo de sondeo, que se espera que dure tres meses.
Siguiendo el lanzamiento de un par de vehículos orbitales lunares –los Chang’e 1 y 2–, el Conejo de Jade es un gran hito, en especial para un programa espacial chino evolucionado a partir de tecnología de la era soviética. Naturalmente, el éxito del programa ha hecho que los funcionarios gubernamentales chinos saquen pecho.
“Perseguiremos nuestro sueño espacial como parte del sueño chino de rejuvenecimiento nacional”, ha dicho el director de Xichang, Zhang Zhenzhong, según la agencia de noticias Xinhua.
El tono nacionalista adoptado por Zhang no debería suponer una sorpresa, ya que los programas espaciales siguen siendo una de las mejores oportunidades que tiene un país para demostrar su valía en los campos de la ciencia y la ingeniería. Pero el hecho de que se esté gestando una nueva carrera espacial en Asia es un recordatorio de que nos abocamos a una nueva era de diplomacia espacial.
Aunque se supone que las leyes espaciales podrían abarcar, bueno, el universo entero, fijarse en la ley y la política que se aplican a la Luna tal vez sea un punto de partida más manejable. A día de hoy, la ley espacial se guía principalmente por el Tratado del Espacio Exterior de 1967, regido por la Oficina de Asuntos del Espacio Exterior, de la ONU. Sus postulados básicos hacen hincapié en la paz y prohíben la apropiación nacional de cuerpos celestes:
- La exploración y uso del espacio exterior deberá llevarse a cabo para el beneficio y los intereses de todos los países y deberán ser ámbito de toda la humanidad;
- el espacio exterior será libre para su exploración y uso por parte de todos los Estados;
- el espacio exterior no está sujeto a apropiación nacional derivada de demandas de soberanía, uso u ocupación o cualquier otro medio;
- los estados no dispondrán armas nucleares u otras armas de destrucción masiva en órbita, en cuerpos celestes o estacionados en el espacio exterior de manera alguna;
- la Luna y otros cuerpos celestes deberán usarse únicamente con propósitos pacíficos;
- se considerará a los astronautas como enviados de la Humanidad;
- los Estados serán responsables de las actividades nacionales llevadas a cabo en el espacio por organizaciones gubernamentales o no gubernamentales;
- los Estados serán responsables de los daños provocados por sus objetos espaciales; y
- los Estados deberán evitar la contaminación dañina del espacio y de los cuerpos celestes.
Estos fundamentos para la ley espacial son tremendamente importantes ya que, desde el momento en que fuimos capaces de llegar a la Luna, hemos soñado con construir bases en ella. Durante el apogeo de la primera carrera espacial, parecía algo muy lejano. Pero en la segunda, a medida que compañías privadas y una lista en rápido aumento de países, entre ellos Corea del Sur e India, desarrollan planes espaciales cada vez más ambiciosos, resolver si alguien puede construir legalmente en la Luna o no se está haciendo más apremiante que nunca. Y, por ahora, es una pregunta que sigue sin una respuesta clara.

Una maqueta del rover Conejo de Jade encima de un módulo de aterrizaje lunar, vía China.com.cn
El tercer punto de la lista anterior es el que pone el dedo en la llaga: el espacio exterior, que incluye la Luna, Marte y todo lo demás, “no está sujeto a apropiación nacional” por “uso u ocupación”. Es un enunciado bastante abierto: ¿En qué momento el uso u "ocupación" -léase: base lunar– se convierte en apropiación? Hasta que se responda, esta pregunta va a pender sobre cualquiera que trate de hacer planes ambiciosos de desarrollo en el espacio.
La cuestión de si una compañía privada puede detentar derechas de propiedad en el espacio –un detalle increíblemente importante para mineros espaciales en ciernes– es el tema de un primorosamente detallado artículo de Rand Simberg en The New Atlantis; merece la pena leerlo, ya que se trata de un asunto mucho más complejo que el de los intereses nacionales. Sin embrago, considerando que la carrera lunar de China ha provocado de todo entre países rivales, desde competición amistosa a directo recelo, parece que la cuestión de la apropiación la responderán los intereses nacionales.
Es altamente dudoso que China afirme alguna vez que el Conejo de Jade está señalando terreno soberano en la Luna, sobre todo dados los precedentes creados por anteriores exploradores de la Luna y Marte, que no han provocado ningún conflicto legal. Pero los rovers lunares difícilmente van a ser la meta definitiva, para China o para otros.
“La exploración espacial de China no se va a detener en la Luna”, ha dicho Sun Huixian, segundo ingeniero jefe responsable de la segunda fase del programa lunar chino, según Xinhua. “Nuestro objetivo es el espacio profundo".
Dadas las tensiones que permean en la geopolítica asiática y el aumento en la región de los intereses espaciales, ¿cuánto tiempo pasará antes de que un rival desafíe a otro? Naturalmente, es una pregunta especulativa que ha de tener en cuenta el equilibrio de políticas. Cierto, Japón, podría denunciar que el aterrizaje de un rover chino en la Luna constituye una declaración ilegal de soberanía por uso, pero las probabilidades de que se fallara a favor de la denuncia son escasas. Y más importante es la cuestión de qué podría ganar, en ese caso. ¿Qué se podría obtener obstaculizando que los científicos estudien la Luna?
En un plazo de dos semanas es probable que felicitemos al primer país que logra un aterrizaje suave en la Luna. En una década o dos es muy posible que felicitemos a muchos más, además de a las primeras compañías que alcancen la Luna por sus propios medios. Aunque es muy dudoso que un país establezca una base lunar sin antes determinar si eso es legal, la situación es parecida a la de la gallina y el huevo.
La falta de claridad legal podría dificultar los intentos incluso antes de que se solidificaran lo suficiente como para necesitar una resolución legal firme. ¿Quién iba a costear un hotel en la Luna sin garantías de propiedad del terreno en que se construyera? Dada la extraña historia de las demandas de propiedad en la Luna, ¿por qué iba la ONU a cercenar de raíz cualquier plan incipiente? Una cosa es cierta: a medida que el espacio se vaya poblando, la cuestión de a quién pertenece empieza a tener que afrontarse de forma seria y realista.
Lee el artículo original en Motherboard