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La guía Vice de la salud mental

Cómo vivir tras haber querido suicidarte

A veces las personas llegan a un punto en el que la muerte parece la una opción razonable, pero en ocasiones pasar por un intento de suicidio puede ser un catalizador de la propia recuperación.

por David Whelan
29 Abril 2015, 7:32am

"Creo que es muy improbable que vuelva a sentirme tan deprimido alguna vez", dice Jaabir, sonriéndome desde el otro lado de la mesa. "La semana pasada me atracaron con bastante violencia. Me tiraron de la bici y me caí en una cuneta. Se llevaron todas mis cosas. Me acabo de recuperar físicamente, aunque mentalmente aún estoy temblando. Pero como he lidiado con las más dolorosas experiencias a lo largo de mi vida, me siento más fuerte frente a cualquier cosa que pueda surgir".

En junio de 2014, Jaabir, de 28 años de edad, se encontró un día al borde del acantilado de cabo Beachy, a punto de quitarse la vida. "Todo me había sobrepasado", dice. Un miembro de la capellanía se lo encontró y, después de hablar con él 30 minutos, le convenció para desistir. Fue un momento crucial. "Si hubiera sabido que había gente con la que podía hablar, que quería ayudarme", me cuenta Jaabir, "no habría subido allí arriba bajo ningún concepto".

Jaabir y yo estamos en la planta baja de una cafetería cerca de su trabajo en el centro de Londres. Ya hace ocho meses desde que estuvo a punto de quitarse la vida. Jaabir es divertido, carismático y habla elocuentemente sobre su experiencia. Está decidido a darle la vuelta al estigma y la vergüenza asociados a las enfermedades mentales mediante la poderosa y curativa herramienta de la comunicación.

"Al principio, no reconocía mi enfermedad porque me daba miedo", dice Jaabir. "En este país no somos muy de hablar de los sentimientos y eso nos está matando. Me sentía muy avergonzado al principio. Creía que me hacía menos hombre. Tardé mucho en darme cuenta de que tenía una red de apoyo a mi alrededor".

Si sientes que hay una tormenta invisible golpeándote la cabeza pero sientes la obligación de morderte la lengua no vaya a ser que desequilibres la delicada balanza de la sociedad, no lo hagas", dice Jaabir. A menudo, la reacción de la gente te sorprenderá. "Las reacciones de la gente preocupan mucho a la hora de abrirte. Decirle a tu madre o a tu mejor amigo 'he querido suicidarme' no es fácil. Pero el primer paso de mi recuperación fue la franqueza".

El estigma que todavía rodea a las enfermedades mentales en este país puede pegarse como una lapa a los pensamientos negativos, creando una destructiva relación simbiótica. "Apartaba de mí a todo el mundo", dice Jaabir. "No pensaba que nadie pudiera entenderlo, así que mantenía la compostura. Pero no hay nada vergonzoso en no sentirse bien. No es tu culpa. Deja que la gente se entere. Acéptate a ti mismo en tu interior".

El miedo a que la gente no te entienda puede hacer muy difícil superar el vacío y conectar con alguien. "El momento en que me di cuenta de que alg o iba mal fue cuando empecé a sentirme hecho trizas en mi camino de ida y de vuelta al trabajo", sigue Jaabir. "Me deshacía en lágrimas en el metro. No podía controlarlo, pero en vez de pedir ayuda, ahuyentaba a todo el mundo. A todos los amigos que se preocupaban por mí les decía que estaba bien".

Cuando al fin comenzó a hablar de sus dificultades, Jaabir dijo, "la gente reaccionó de una forma que realmente me conmovió. Conectar con la gente externaliza cosas que antes estaban enterradas muy profundamente. Eso me ayudó a disfrutar de la vida y detuvo el círculo de pensamientos negativos. La gente es más compasiva de lo que uno cree. Me sentí más cerca de mis amigos y mi familia de lo que me sentía antes. Desde entonces, la gente se abre conmigo sobre sus problemas emocionales, cosa que jamás habrían hecho en el pasado".

Los problemas de salud mental no son una epidemia sino algo que se engendra; una parte inherente del ser humano. Son tan comunes como una moradura. "Creo que tenemos que entender que el hecho de que algo sea invisible no lo hace menos real", dice Matt Haig, autor de numerosos libros incluyendo Reasons to Stay Alive ("Motivos para seguir vivo"), que trata en detalle su propia lucha contra la enfermedad mental, desde su primera crisis a los 24 años cuando estaba en Ibiza con su novia.

"No se parecía a nada que hubiera sentido antes. Suena muy melodramático pero no creía que nadie se hubiera sentido así nuca. Era un pánico intenso mezclado con una sensación de desesperación sobrecogedora y agotadora las 24 horas del día, siete días a la semana. No veía la salida. Habría sido un suicidio pero yo lo sentía como la única vía de escape —como saltar desde un edificio en llamas. Pero lo único que puede más que la depresión es el tiempo", dice. "La depresión me decía que no cumpliría los 25. Ahora tengo 39".

El 50 por ciento de las enfermedades registradas en pacientes menores de 65 años son problemas de enfermedades mentales, pero solo una cuarta parte de los afectados recibe ayuda de algún tipo. El 90 por ciento de los que intentan quitarse la vida sufren alguna afección de salud mental, diagnosticada o no.

En el Reino Unido, 4.400 personas se suicidan cada año, pero diez veces esa cantidad de gente intenta hacerlo. Como promedio, esto significa que cada 12 minutos aproximadamente, alguien intenta quitarse la vida en el Reino Unido. En este país, mueren más personas menores de 35 años a causa del suicidio que a causa de, por ejemplo, accidentes de tráfico. Entre los hombres de entre 20 y 34, el suicidio es casi una cuarta parte de los fallecimientos. En 2012, 600.000 personas han acudido a los Samaritanos (institución benéfica que atiende a los afectados de estrés emocional) expresando instintos suicidas. En 2014, las cifras de la Oficina Nacional de Estadística del Reino Unido, indicaban que el 9 por ciento de las personas de entre 16 y 25 años que buscaban empleo estaban de acuerdo con la afirmación "no tengo nada por lo que vivir". El 32 por ciento había contemplado la idea del suicidio.

A pesar de la prevalencia de querer hablar sobre las enfermedades mentales, aún persiste cierto temor, como si reconocer que todos tenemos un órgano sensitivo que flota en liquido cerebroespinal dentro del cráneo pudiera abrir algún tipo de portal hacia un abismo y volvernos locos a todos. Esto es una auténtica gilipollez. Una gilipollez de libro.

"El cerebro es parte del cuerpo y así deberíamos verlo,", dice Haig. La depresión y la ansiedad provocan muchos síntomas por debajo del cuello, tantos como efectos mentales hay en las enfermedades físicas. Tenemos que ser capaces de hablar sobre salud mental exactamente igual que hablamos sobre salud física. Nadie está cien por cien sano física o mentalmente".

Públicamente, la depresión se trata a menudo con la sensibilidad de una maza. Cuando, por ejemplo, el futbolista Clarke Carlisle se intentó suicidar el pasado diciembre, algunas personas que no lo conocían lo llamaron egoísta. Pero lo único egoísta del suicidio es la gente que no se ha visto afectada y lo califica de egoísta. Lo único que eso consigue es crear un círculo vicioso de culpa que se añade a la aversión a uno mismo que experimentan algunas personas con enfermedades mentales. Puede fortalecer su tendencia a guardar silencio.

"Las personas deprimidas no tienen menos miedo a la muerte que cualquier otro, ni son más egoístas. Es solo que el dolor con el que viven es más de lo que pueden soportar", me explica Haig. "Dicho esto, el suicidio es siempre prevenible con la ayuda adecuada". El pasado febrero, Carlisle concedió una valiente y conmovedora entrevista a la emisora Absolute Radio en la que describió su propia "aversión a sí mismo" pero también su recién descubierta "esperanza" en su recuperación.

"Cuando decidí quitarme la vida, apenas sabía lo que estaba haciendo; estaba en piloto automático", dice Jaabir, hablando sobre los días previos a intentar quitarse la vida. "Me sentía como si fuera otra persona, como si, por mucho que lo intentara, no pudiera encontrarme a mí mismo. Tenía un montón de ideas y pensamientos negativos dándome vueltas en la cabeza todo el tiempo: lo inútil que era en mi trabajo y que iba a estar solo toda la vida. Todas estas cosas se fueron retroalimentando".

"En mi cabeza, quería que se acabara el dolor y no quería que me impidieran conseguirlo. Creía que estaba haciendo lo correcto. Lo tenía planeado y conduje un largo camino pero era casi como si no fuera consciente de lo que estaba haciendo. Hasta que el Equipo de Capellanía habló conmigo, no salí de aquel trance. Hasta ese momento no pensé "¿qué estoy haciendo aquí?"

Los problemas de salud mental pueden surgir en cualquier momento y no manifestarse completamente hasta muchos años después. "Cuando tenía 12 años, mi padre falleció y yo sufría acoso escolar", dice Jaabir. "Me sentía tremendamente alienado. Era muy duro conmigo mismo y sentía que, en cierto modo, había fracasado. Me culpaba a mí mismo por el acoso que sufría en el colegio y cargué con esa aversión a mí mismo toda mi vida. Pensaba que era normal, que todo el mundo se sentía así. Todo el mundo se odia a sí mismo, ¿no?"

Pero la depresión no tiene por qué ser por algo. "No más de lo que lo tiene que ser el cáncer", dice Haig. Las razones son incontables, variadas, específicas, estructuradas, alineadas, históricas, reaccionarias, opacas, oblicuas y, sobre todas las cosas, personales.

El Instituto Nacional de Investigación Confidencial para el Suicidio y las Personas con Enfermedad Mental del Reino Unido reveló en 2014 que el 18 por ciento de los suicidios entre 2010 y 2012 ocurrieron en pacientes externos que habían recibido el alta en las dos semanas anteriores. El diagnóstico y el tratamiento llegan hasta donde llegan —particularmente si el tratamiento se realiza en mitad de una espantosa crisis a escala nacional como la del Reino Unido. Pero un tratamiento y apoyo adecuado y comprometido es imperativo.

Tras regresar a casa desde cabo Beachy, Jaabir se sometió a varios tratamientos, tanto del NHS (servicio nacional público de asistencia sanitaria del Reino Unido), como del ámbito privado. Dos meses después, estaba de vuelta en su trabajo. "Los dos primeros meses fueron especialmente duros", dice. "Me costaba mucho disfrutar de ninguna de las cosas de las que solía disfrutar. Las series de televisión que me gustaban me aburrían. Era borde con mis amigos y con mi familia bastante a menudo. Pero ellos no me abandonaron y yo no los abandoné a ellos y las cosas empezaron a mejorar, lentas pero seguras".

Jaabir comenzó a pedir orientación psicopedagógica a la organización británica a favor de la salud mental Mind, lo que le permitía "descargarse" de sus pensamientos negativos y "reconocer los patrones" que le llevaban a lugares oscuros. "Mi forma de orientación psicopedagógica era una mezcla de TCC, psicoterapia y asesoramiento", explica. "Fue enormemente efectivo. Había muchas técnicas de visualización —sacaba al exterior imágenes de experiencias vitales muy dolorosas. Fue realmente revelador".

Al final de nuestra charla, Jaabir hace una pequeña pausa para pensar. Es un momento interesante: ambos en silencio reflexionando sobre nuestra relación personal con nuestra salud mental. "Cuando echo la vista atrás", dice finalmente, "pienso en lo mucho antes que podría haberlo pillado. Pienso: cíñete a los hechos. No eres inútil. No hay pruebas de ello. El 99,9 por ciento de las veces, esos pensamientos no están justificados. Es solo que ojalá me hubiera dado cuenta antes de que había gente como yo por ahí que podría haberme ayudado".

"Creo que lo importante es reconocer que, sean cuales sean los pensamientos negativos que se te ocurran —por fuertes y reales que parezcan—, no reflejan quién eres realmente", me cuenta Haig. "La depresión es la nube que no deja pasar el sol durante un tiempo, pero tú eres el cielo. Puedes caminar bajo la lluvia pero no ser la lluvia, y el sistema meteorológico de la mente cambiará. No vas a quedarte en este punto. El huracán se convertirá en brisa. Aguanta. Se lo debes a todas esas futuras versiones de ti".

@MrDavidWhelan

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