Cultura

Dejé de pagar el alquiler y esto fue lo que pasó

Vivió en ese piso con su madre. Cuando ella se fue él se quedó y nunca pagó el alquiler.

por Pol Rodellar según le contó Ernesto Vinciguerra
27 Marzo 2015, 12:21pm

Todas las fotos por Ernesto Vinciguerra

Las últimas veces que le vi estaba siempre bebiendo en ese bar de Barcelona llamado La Milagrossa. Tenía pinta de estar jodido pero ya sabéis, cuando saludas a alguien y le lanzas ese "¿qué tal?" tan insípido, pocas personas te dicen la verdad. Tú nunca lo haces, así que por qué exigir a los demás que lo hagan. Siempre sentado en la barra, bebiendo cervezas y a veces comiendo una milanesa. Siempre igual, en esa posición, curvado sobre la barra y cruzando algunas palabras con Nacho o Rosa, los propietarios del local.

Por aquel entonces yo no lo sabía pero él, Ernesto, estaba pasando un auténtico infierno en vida.

Ernesto nació en Montevideo pero a los cinco años su familia se vino a vivir a Barcelona. Su madre tenía un negocio de esos de tarot telefónico —uno de esos 906 de los antiguos— pero con la crisis todo se fue a la mierda y tuvieron que mudarse a otro piso —EL PISO. Ese nuevo piso —EL PISO— era donde hasta ese momento había estado viviendo la madre del exmarido de la madre de mi colega, que era una japonesa octogenaria. ¿Se está entendiendo todo bien hasta ahora? Bien. Para Ernesto toda esta etapa de cambios y problemas económicos fue una etapa un poco jodida.

La cosa fue a peor y su madre decidió hacer la maleta y volver a Montevideo con el hermano pequeño de mi amigo. Mi colega tenía dos opciones, podía quedarse o cruzar el océano con su madre. Evidentemente quería quedarse porque aquí tenía toda su vida pero no se podía permitir pagar el alquiler del piso ya que lo acababan de echar del curro y por un mísero día se quedó sin prestación por desempleo. Todo pintaba mal pero finalmente tomó la decisión de quedarse pese a saber perfectamente que no podría pagar ni una sola mensualidad del alquiler. Esta decisión la tomó porque también sabía a ciencia cierta que el casero era un hijo de puta que no tenía el piso declarado. El tipo era un listo y también subía el alquiler cuando le apetecía y la cantidad que le salía de las pelotas. Esta inseguridad fiscal del piso le garantizaba a mi colega la posibilidad de poder vivir allí "tranquilamente" unos cuantos meses, sin tener que gastarse un pavo en alquiler. Ernesto se asesoró antes de decidir emprender esta aventura, tampoco lo empezó a lo loco, y vio que no tendría ningún tipo de problema legal. En el caso de querer desahuciarlo, llegado el momento, seguramente ya habría encontrado un curro o ya se habría fugado a otro país.

La vida allí no fue demasiado tranquila. Tenía la luz pinchada y no tenía agua. De hecho la cogía de un grifo que había en la puerta del edificio, un grifo que se utilizaba para regar las plantas. Para tener agua en casa robó un carrito de la compra y lo cargaba con garrafas de cinco litros llenas de agua. Llegó a tener 20 garrafas de cinco litros en su piso. Para comer también lo tenía jodido pero por suerte tenía a su amigo Nacho de La Milagrosa que lo ayudaba y le invitaba a cervezas y empanadas. Había otros días que se vendía algunas cosas del piso y si conseguía llegar a los 10 euros podía comer durante una semana. Los platos preparados de tres euros de la Sirena también le ayudaron mucho. El pollo al curry y los guisantes con beicon eran lo mejor.

Teniendo estas necesidades básicas cubiertas, todo lo demás tampoco tenía que complicarse demasiado. Pero todo resultó ser una pesadilla: una acumulación infinita de sufrimiento, estrés y agonía. Ernesto sabía que estaba haciendo algo jodido, que estaba empezando a pisar terrenos ajenos a lo legal pero la situación era tan extrema que le daba igual el casero, ese tipo le importaba una mierda. El sufrimiento no venía por las posibles consecuencias negativas de todo esto si no por la repetición e insistencia constante de las visitas del casero exigiendo el alquiler y tener que darle millones de excusas. Se inventaba cosas como que no sabía nada, que en teoría el alquiler lo pagaba la expareja de su madre y cosas de este estilo. Le daba largas todo el rato y le decía que lo solucionaría la semana siguiente. Demorar cosas que sabes que no puedes cumplir genera una acumulación de sufrimiento aplastante, algo que te hace sentir como un deshecho humano. También le llegaban SMS constantes del casero, llamadas del administrador de fincas y le llegaban al buzón cartas de tipo legal con amenazas de desalojo. Ese aviso permanente de estar haciendo algo mal era lo que le comía por dentro. Cuando venía el casero y no le abría la puerta porque tenía que fingir que no estaba dentro era terrible, desesperanzador, TRISTE. Joder, ese momento en el que llaman a la puerta y decides ni abrir te produce un malestar muy grande, gigante, pero ¿qué vas hacer? Era una sensación de ansiedad extrema, de tocar fondo y no saber qué mierdas hacer para poder solucionar todo este lío en el que te has visto metido. Esto duró un año entero. Aun así, mi colega nunca tuvo ningún problema real, ni una sola denuncia, supongo que por la condición ilegal del piso. De hecho si Ernesto hubiera estado en Barcelona cuando finalmente el señor casero cambió la cerradura sin ninguna orden, hubiese sido él quien hubiera tenido razón ante un juez.

Aparecen muchas noticias de desahucios exprés pero lo que vivió Ernesto no fue comparable a esto, tenía miedo de que le echaran pero nunca le llegó ningún aviso. Durante ese año solo una vez pasó miedo de ser desahuciado. Fue cuando vendió su cámara y su ordenador para poder pagar un mes de alquiler. Viéndolo con la distancia, Ernesto cree que pagar esa mensualidad fue una gilipollez, realmente no hubiera pasado nada. Esta situación de miedo constante hace que se te vaya la cabeza, que te colapses y en vez de pensar te vayas hundiendo cada vez más. Sus amigos le decían que no pasaría nada pero se asustó tanto que tuvo que vender esos aparatos, que eran las herramientas con las que podía aspirar a encontrar un trabajo. Hay ocasiones donde el miedo vence a la razón.

Al día siguiente de que Ernesto se fuese a Montevideo el propietario entró en la casa y se llevó todas sus cosas: todas esas cajas con ropa, fotos, libros, DVDs y toda esa parafernalia que seacumula con el paso del tiempo. Días después una amiga de la familia fue al piso para ver si todo estaba bien pero al intentar entrar vio que el propietario había cambiado la llave. Eso fue el fin. Meses y meses de "ahora te pagamos, ahora no" se habían acabado.

Antes de irse quiso plasmar toda la mierda con la que había estado viviendo ese año. Empezó a no tirar la basura y, como tenía unos sprays, se puso a pintar las paredes y dejarlo todo fatal. Fue una forma de enseñar que se sentía como una gran bola de mierda. ¿Qué podía pasarle? Total, se iba del país.

No es algo de lo que Ernesto se sienta orgulloso, en absoluto. ¿Quién quiere vivir con inseguridad y miedo? ¿No es mejor pagar un alquiler o comprarte una casa? Sí, es obvio que es mejor vivir en tu propio hogar, pero también en momentos extremos uno debe de pensar en su bienestar y anteponerse a todo lo que existe, por lo menos durante un tiempo. Sabe que hay cosas que no hizo bien pero no siempre actuamos de forma correcta. Él tiene claro que no lo repetiría, ni en broma volvería a pasar por todo esto.

Cuando vio que necesitaba cambiar de aires habló con su familia y se largó a Montevideo. Al principio fue muy jodido dejar atrás toda una vida para empezar otra nueva. Ernesto dice que Sudamérica es otro mundo. Todo es nuevo y ahora mismo, después de un año, parece que todo se encamina y que las cosas van a ir un poco mejor.

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