
Llegué a Jerusalén el Día de Nakba esperando que las cosas se salieran de control. Pero la velocidad con la que la manifestación pasó de cero a jodida me impresionó, a mí, un veterano de las protestas en Cisjordania.
El Día de Nakba es la sombra del día de independencia israelí. Mientras los israelíes celebran la fundación de su estado, el Día de Nakba (Día de la Catástrofe) conmemora el desplazamiento de 750 mil palestinos con la llegada de Israel en 1948. Sesentaicinco años más tarde, aproximadamente una tercera parte de los refugiados y sus hijos (alrededor de cinco millones hoy en día) continúan viviendo en campamentos para refugiados, y ninguno de ellos ha podido regresar a su casa. Muchos de ellos todavía guardan las llaves de las casas en las que vivían hace tantos años.
El gobierno de Israel no está muy feliz con estas personas que se han reunido para gritar que la fundación de su estado ha sido una catástrofe, y las manifestaciones por el Día de Nakba suelen venir acompañadas de violencia. La aglomeración más grande de esta año ocurrió en Jerusalén, aunque también hubo enfrentamientos en Hebrón, Belén y otros lugares en Cisjordania. Por fortuna no se compararon con las escenas de 2011, cuando la policía israelí mató a 13 manifestantes pro Palestina, pero eso no quiere decir que no hubiera una perturbadora cantidad de violencia.

Este año las cosas arrancaron muy tranquilas en la Puerta de Damasco, la entrada principal a la zona musulmana de Jerusalén. Unos cien palestinos se reunieron para cantar con sus banderas. Me senté ahí durante una hora y justo empezaba a aburrirme cuando todo mundo saltó y empezó a correr por la calle.
Una marcha mucho más grande se dirigía hacia la Puerta de Damasco y los manifestantes corrieron para unirse a ellos. La policía había estado observando las cosas con tranquilidad, hasta ese momento, pero en cuanto los dos grupos se encontraron, fue como si algo los hubiera despertado de su apatía y de pronto todos estaban encabronados y se tornaron innecesariamente violentos.

La policía montada, favoritos en Jerusalén, salió de la nada y empezó a arrollar a todo el que se les ponía enfrente; palestinos, israelíes, extranjeros, manifestantes, periodistas, transeúntes, literalmente cualquiera con dos patas. El hecho de que los grupos convergieran frente a la estación de policía no ayudó, y la policía antimotines pronto invadió la escena como un ejército de hormigas rojas listas para destruir palestinos. Y eso fue exactamente lo que sucedió: arrestos y golpes contra palestinos al azar.
Camiones de palestinos habían llegado de todo Israel, y pude platicar un rato con un tipo de Nazaret. Me dijo que su camión había llegado esa mañana para que la gente pudiera rezar en la mezquita de Al Aqsa, pero que habían sido detenidos por la policía de Israel. “Tenía una bandera palestina. Me llamaron terrorista”, me dijo.
Me quedé un rato en el lugar tomando fotos y esquivando a los diabólicos caballos de guerra, hasta que noté que la gente le gritaba a algo al fondo de la calle.

Corrí lo más rápido que pude para ver lo que estaba pasando, abriéndome paso entre los espectadores. Corrí hasta la mitad de la calle donde me encontré frente a frente con un camión zorrillo. Un "camión zorrillo” es prácticamente un camión que avanza entre los manifestantes bañándolos con un líquido que huele peor que la mierda. Imagínate un puré hecho de papas podridas, mezclado con el curry de un baño portátil el día de un festival y el líquido usado para marinar el cadáver de un caballo. Eso seguiría sin ser tan asqueroso como la madre que estos camiones rocían.
Al ver el chorro de agua, intenté detenerme, pero el piso ya estaba mojado así que caí de nalgas. Horrorizado, me tomó unos momentos darme cuenta de que habían cambiado el contenido del camión por agua normal. Al parecer sólo pueden usar el líquido especial en Palestina, pero no pueden apestar las hermosas calles de Jerusalén pues el olor dura semanas y es imposible de limpiar.
El cañón de agua dirigía toda su energía contra una mujer de mediana edad que agitaba una bandera palestina. Vi cómo el chorro la golpeaba de frente al menos diez veces, mientras ella seguía ondeando su bandera; inmutable.

Unas cuantas veces, los manifestantes lograron abrirse paso entre los policías y regresar a la Puerta de Damasco, donde la violencia se intensificó aún más. La gente se organizó en grupos para ondear banderas y cantar, hasta que decenas de policías llegaron a la plaza para golpear y/o arrestar a quien pudieran agarrar. Los manifestantes corrían, los policías los perseguían, y después todos regresaban para otra ronda de gritos, hasta que la policía salía a perseguirlos una vez más.
También vi cómo un güey golpeaba a un policía con una bandera (la tela en sí, no el palo del que colgaba, así que básicamente frotó al policía con un pedazo de tela). Pero este acto hizo que la policía enloqueciera y una decena de uniformados armados con metralletas lo persiguiera, hasta arrinconarlo, tirarlo al piso y arrastrarlo mientras gritaba.
Me imagino que la manifestación es cuando los policías hacen su agosto, sólo que en lugar de recibir rasuradoras, tienen permiso para partirle la madre a civiles inocentes y desarmados. ¿Qué más podría pedir un policía israelí? La mayoría llevaba una sonrisa como si alguien hubiera dejado una televisión plana de 52 pulgadas en su sala, los cual es todavía más perturbador si tomamos en cuenta que su alegría provenía de empujar ancianas y amenazar niños. Si no puedes abusar de ancianos y menores al menos una vez al año, ¿qué sentido tiene unirse a la policía?

En un punto, una periodista palestina con su hiyab tomaba fotos de un policía cuando, sin previo aviso, éste la agarró y la tiró al piso, con una cara de orgullo mientras lo hacía. La mujer no medía más de metro y medio y pesaba una tercera parte del policía. Dada la alegría con la que los otros policías recibieron este acto de violencia, me imagino que todos le compraron una cerveza por haber lidiado con esa amenaza terrorista de 40 kilos en un hiyab.
Los manifestantes comenzaron a lanzar piedras y botellas de vidrio contra la policía. El “lanzapiedras palestino” es considerado por lo medios israelíes como el arquetipo del terrorista, y justifica todo tipo de brutalidad contra manifestantes en Cisjordania. Pero la policía golpeó gente durante una hora antes de que volara la primera piedra, lo que me pareció un acto de autodefensa (aunque poco efectivo), más que un acto de terrorismo.

Después de un par de horas de golpes, arrestos, bombas sónicas y cañones de agua, parecía que las cosas empezaban a tranquilizarse. Me encontré a una amiga en la Puerta de Damasco, una organizadora comunitaria del Jerusalén palestino.
—¿Qué opinas? —le pregunté.
—Estoy contenta —me dijo.
—¿Incluso con toda esta violencia?
—Estoy feliz porla violencia. Esto nunca pasa en Jerusalén.
Tenía razón. El hecho de que la policía recurriera a medidas tan extremas significaba que la manifestación había tenido un impacto. Si no hubiera habido una presencia tan grande, no habría habido enfrentamientos. La policía podría haber lanzado una o dos bombas sónicas y regresado a casa. Pero el número de manifestantes provocó una fuerte respuesta policiaca, lo cual podría ser considerado una victoria desde el punto de vista de una resistencia no violenta.
Salí en busca de algo de comer cuando todo mundo enloqueció una vez más. Los policías empezaron a disparar un sinnúmero de bombas sónicas, lastimando a al menos una persona. Llegó un segundo cañón de agua, y terminé con otros colegas agachado detrás de un puesto de fruta mientras el camión nos disparaba; tres periodistas extranjeros que no le hacían daño a nadie. Terminé empapado pero logré proteger mi cámara, así que diré que fue una victoria.

Camino a casa, pensé en la celebración del Día de Jerusalén que cubrí la semana previa. Para el Día de Jerusalén, la policía cerró todo el sector musulmán de la antigua ciudad, encerrando a la gente para dar paso a una marcha de israelíes que ondeaban sus banderas junto al Muro de los Lamentos. Pero cuando cambias las banderas israelíes por palestinas, la respuesta es muy diferente: los manifestantes nunca llegaron a la antigua ciudad, en lugar de eso fueron golpeados, rociados con cañones, atacados con bombas sónicas y arrestados.
Así es la vida en Jerusalén. Sesenta y cinco años después, las manifestaciones palestinas siguen siendo una catástrofe.
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