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La vista de la bahía de San Francisco desde unas tablas de madera colocadas estratégicamente encima de las ramas de una secuoya de 30 metros es tan panorámica como, digamos, la vista desde un apartamento en lo alto de uno de los...
1.12.10

TEXTO Y FOTOS DE CLAUDINE KO

Ese de ahí arriba es David.

La vista de la bahía de San Francisco desde unas tablas de madera colocadas estratégicamente encima de las ramas de una secuoya de 30 metros es tan panorámica como, digamos, la vista desde un apartamento en lo alto de uno de los edificios del barrio pijo de Russian Hill. Lo que los diferencia es el factor viento. Cuando sopla fuerte, el edificio se mantiene firme, mientras que el árbol… no.

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Era el verano de 2007. Estaba en el área de la bahía y era el típico atardecer que tienta a los neoyorquinos como yo a abandonar de una vez nuestro sufrimiento sadomasoquista urbano. Me quedé de pie en la base del árbol, mis dedos manchados de color lila por el jugo de las zarzamoras. Lo de recoger frutas fue algo casual, un divertimento que surgió después de plantearnos nuestro objetivo principal: escalar hasta lo alto de la secuoya, donde una cabaña secreta nos estaba esperando. Mi amiga Raluca se preguntaba si no podríamos haber pasado el domingo haciendo algo más productivo como, no sé, leer el periódico. Yo me resigné pensando que, en realidad, no habíamos tenido alternativa. Cuando alguien te lleva a una conífera centenaria en medio del bosque, te lanza una cuerda, y te dice, “Nos vemos aquí arriba”, irse a casa a hacer el crucigrama de los domingos no parece una opción viable.

Unas semanas antes, el novio de Raluca, David Freitag, oyó hablar sobre la casa y le apeteció llamar al arquitecto original y pedirle permiso para escalar el árbol. Josiah Clark, un ecologista de San Francisco, respondió a la llamada. “¿Qué sabes sobre escalar árboles?” preguntó. Cuando David le dijo que era

rigger

profesional en espectáculos de teatro y circo, Josiah dijo, “Nos vemos ahí en diez minutos.”

En la copa del árbol David encontró una rudimentaria plataforma construida con distintos materiales reciclados deteriorados por el paso del tiempo y la exposición a los rayos ultravioleta. “Mi cerebro de rigger se volvió loco con lo que podría pasar. Dije: ‘Podemos construir aquí algo más grande y más resistente; tendrías mejores vistas y podrías traer amigos aquí arriba sin poner en peligro su seguridad’. Me obsesioné con ello.”

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Para no molestar a la gente y no revelar la localización de la casa, David trabajó silenciosamente, sin usar ningún tipo de herramienta eléctrica—cortando, perforando y construyendo todo con las manos. Subía discretamente a la copa del árbol por la mañana, cuando los alrededores estaban desiertos. Era como un sueño hecho realidad para aquel geógrafo-convertido-en-montador de escenarios. “No pude parar hasta que hube terminado”, dice. “Sentía que por fin había encontrado el tipo de arte que se suponía que debía hacer.”

Josiah Clark, Andrew Scavullo y David Freitag en plena faena.

“¿Quién quiere ir primero?”. David tenía una experiencia de

rigging

profesional de 7 años y de 18 de escalada. Me ofrecí voluntaria. Me puso un arnés de seguridad que parecía un pañal sadomaso—con un par de tiras y fácil acceso a la entrepierna—y empezó a instruirme. Primero lanzó una soga a una rama relativamente baja y subió haciendo escalada libre unas dos quintas partes del árbol, la mitad de la extensión total de la soga. Después descendió haciendo rápel para darme algo de empuje. Torpe como un cerdo nadando con el agua al cuello, maniobré para iniciar mi camino hasta la cima alcanzando la primera rama, a unos 6 metros del suelo. Mi mano derecha sujetaba un ascensor atado a mi arnés que frenaba automáticamente después de cada embestida que hacía para izarme.

Debí tardar unos 45 minutos en llegar a los 25 metros, donde me sorprendí al encontrar la plataforma inferior: una construcción básica hecha con lo que parecía la sección de una valla metálica, algunas cañerías de metal y unas piezas de contrachapado. Hacía ya rato que no veía el suelo, y el árbol se movía un poco hacia la izquierda, un poco hacia la derecha… Me abracé con brazos y piernas a una rama cubierta en savia como si fuera una Chica Varga, manteniendo el equilibrio de forma inestable poniendo el pie en la valla. Entonces David me desató el arnés, dijo algo como, “Estarás bien” y desapareció como un fantasma.

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Yo no estaba muy convencida, por supuesto. De hecho, estaba totalmente cagada de miedo. Pero ahí estaba Yoda o, mejor dicho, una figurita pequeña de Yoda colgada de la rama que tenía al lado, emanando el campo de energía que une a todas las cosas vivientes. Así que apreté los dientes, me agarré fuerte y esperé a que volviera el Maestro Jedi.

Cuando finalmente David volvió con Raluca, insistió en que ascendiéramos sin cuerdas hasta la cabaña, todavía en fase de construcción; nos sentamos en la rudimentaria estructura, abrimos un par de cervezas y comimos unos snacks. Me bebí muy rápido mi

hefeweizen

con la esperanza de que me calmara y, de alguna manera, me ayudara a no cagarla con mi percepción de la altura. Buscando algo que me distrajera, le pregunté a David si tenía un bolígrafo. Me dió un punta fina y consigné en el tablón que tenía debajo la sensación que me producía haber sobrevivido a la escalada.

Semanas más tarde, una vez David hubo terminado la construcción, la casa tenía dos plantas y todo tipo de comodidades: sacos de dormir y almohadas, sillas, un juego de dominó, un hornillo de cámping. Dos años después la cabaña se vino abajo. “Sabía que eso pasaría antes o después”, dice David sin revelar los motivos del derrumbe. Se ríe. “Es como cualquier cosa. Nada dura eternamente.”

Mirando a David a 30 metros de altura. Desde ahí ni siquiera podía ver el suelo.

Actualmente propietario de la compañía Beanstalk Aerial Designs, David tiene un nuevo proyecto entre manos con Josiah, y así fue cómo me encontré yendo en la vieja camioneta de David a Sonoma, California, donde una pareja con hijos ha contratado a Josiah, el cual preside una consultoría medioambiental llamada Habitat Potential, y a su equipo, para construir una casa en un árbol en su bosque de dos hectáreas de extensión. Cuando ya estábamos cerca de la entrada de la casa, Josiah, su amigo de la infancia Andrew Scavullo y su

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protégé

Rob Ward empezaron a descargar el material en el exuberante bosquecillo. Junto con David, los cuatro son el Equipo A de la construcción de casas en las copas de los árboles. David me cuelga del cuello un grueso rollo de cuerda, me da una caja de herramientas y me muestra el camino hacia el bosque. Había estado lloviendo los dos días anteriores, así que fui siguiendo la pista de las pisadas en el barro hasta que nos detuvimos. Miré hacia arriba.

La casa del árbol flota a 9 metros por encima de nosotros como si fuera una nave espacial que se estuviera acercando. Colgada de 12 cables enganchados a tres secuoyas crecidas en círculo, la parte baja es una plataforma de tablones lisos soportada por gruesas vigas de madera tratada a presión de unos tres metros de longitud. Aunque necesita un techo, siendo ahora básicamente una plataforma al aire libre con tres paredes de madera reciclada e igual número de ventanas bellamente desemparejadas, su visión me deja sin respiración.

Andrew, un contratista licenciado y pasante de ingeniero de California, me explica que no existen leyes ni regulaciones sobre las casas construidas en árboles. “La normativa general de urbanismo y construcciones es escasa y poco imaginativa”, dice. “Nosotros hemos hecho todo lo posible para no incurrir en infracción alguna por miedo a que nos denieguen el permiso”, pero que en realidad todo se basa en suposiciones. Procedo a subir por la escalera.

Vista de la casa desde 25 metros de altura.

En 1995, Josiah empezó a estudiar en UC Santa Cruz. El campus estaba atravesando una escasez de viviendas, obligando a un montón de estudiantes a emprender una intensa guerra de pujas por conseguir un viejo apartamento.

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“Nos dijimos, tío, esto es ridículo”, explica Josiah. Él y Andrew, ambos licenciados en ciencias medioambientales, planearon compartir casa ese año. Hacía poco que habían conocido a unos tíos de Earth First, quienes habían construido una casa en un árbol en la zona forestal de 1.700 metros cuadrados detrás del campus. Finalmente fue descubierta y desmantelada, pero la inspiración ya había calado en Josiah y Andrew.

Estuvieron acampando mientras buscaban un sitio en el que vivir, y una noche, tumbados en el prado, Josiah se giró a Andrew y le dijo, “Podríamos gastar el mismo tiempo y el mismo dinero

construyendo

casas en árboles. Podríamos

vivir

en casas en árboles.” Hubo una larga pausa hasta que Andrew respondió, “Sí, hagámoslo.” A la mañana siguiente se deshicieron de los formularios que tenían para alquilar una casa, fueron al bosque y se dispusieron a construir. No tardaron en encontrar una secuoya de 2 metros de diámetro que se había partido en dos. La escalaron y construyeron dos terrazas en voladizo rodeadas por redes de ping-pong de 20 centímetros de altura en cada tronco, así como una hamaca gigante, todo suspendido a una altura de 30 metros. “Fue una solución creativa a la fuerte crisis de habitaje” dice Andrew.

Era agosto y sabían que les quedaban aún tres meses y medio de buen tiempo. Sin embargo, en su primera noche les sacudió un vendaval. “Miré alrededor y vi que los cuervos que anidaban en las secuoyas estaban temblando”, dice Josiah. “Tal y donde nosotros estábamos instalados, era como si estuviéramos en el puesto de vigía de un viejo navío. Recuerdo haber pensado, ‘Ay, Dios mío, me he propuesto vivir a más de 30 metros de altura en un árbol que oscila y se balancea. Estoy jodido’”.

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“Me incorporé en la hamaca y pensé, ‘Sé bien cada tornillo y cada cable que hemos puesto. Si después de cientos de años el árbol decide caerse justo ahora, entonces supongo que es porque me tocaba morir’. Nunca más tuve problemas para dormir ahí arriba.”

Al verme arquear una ceja, Josiah me asegura que lo suyo no era un deseo suicida. “Cada mañana me levantaba y veía el sol salir por la bahía de Monterrey. Algunos días era naranja, algunos días era azul celeste, algunos días era gris, algunos días era dorado, algunos días era rosa. Siempre me impresionaba. Me inspiraba a levantarme cada día más temprano.”

Andrew tenía clases a las 8 de la mañana tres veces por semana aquel trimestre. Se levantaba, metía su saco de dormir en una caja hermética, descendía los 30 metros a través de la vegetación haciendo rápel, se montaba en la bici y se iba.

“Desde el momento en que me ataba para hacer rápel hasta que estaba en el aula haciendo un examen o lo que fuese, transcurrían sólo 9 minutos”, dice Andrew. Y el campus les proporcionaba la mayoría de sus necesidades diarias—taquillas, duchas en el gimnasio, comida y bibliotecas. “La gente nos preguntaba, ‘¿Qué hacéis ahí arriba?’ Nada. Nada de nada. Simplemente nos sentábamos y observábamos. Era genial. Los ruidos en la noche… ¿Sabías que hay salamandras que viven en las secuoyas, a muchísimos metros por encima del suelo? ”

Intento imaginarme a qué suenan las salamandras y me quedo en blanco.

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“Oh, no suenan a nada”, dice Andrew. “Te vas a casa después de clase, y hay salamandras en tu casa, en un árbol, a 30 metros del suelo, y un coro de pájaros y coyotes al atardecer. El viento hacía que se balancease, pero en conjunto era todo bastante hipnótico.”

Rob Ward encaramado en un lateral del árbol para teñir las paredes de la casa.

Josiah dice que básicamente se adhirieron a la cultura de la gente que vivía en el bosque. Ya conocían a cinco personas viviendo en la reserva del campus. “Cuando todo el mundo se iba a sus dormitorios, nosotros nos íbamos al bosque.” Por supuesto, daba un poco de miedo—sólo habían transcurrido 15 años desde que el asesino de Trailside matara a siete personas a lo largo de varios senderos de Marin y Santa Cruz—pero cuidábamos los unos de los otros. “Me di cuenta de que las cosas que pasaban en el bosque no daban tanto miedo como todo lo que estaba pasando en el resto de la sociedad.”

Andrew vivió en el árbol durante tres meses y nunca logró acostumbrarse al clima. “Era entre mitad y finales de octubre. Estaba en una clase de biología y empezó a lloviznar. Tuve un mal presentimiento, como que mi vida iba a complicarse.”

“El primer invierno que estuvimos allí apenas llovió”, dice Josiah, que se quedó once meses. “Nuestra actitud era, ‘Qué bien, esto es muy sencillo.’ Y recuerdo que durante el año siguiente pensé, ‘Estoy muy contento de vivir en un árbol.’ Y ese fue el año del huracán El Niño. Aquel fue el otro extremo, el de estar lloviendo siempre. El tiempo se volvió horrible. Fueron las chicas las que nos salvaron.”

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“Eso fue clave”, dice Andrew. “Cuando te emborrachas y tienes que ir en bici ocho kilómetros cuesta arriba y después escalar un árbol de 30 metros apoyándote en ramas muertas, y además de noche, es importante tener una novia, una cápsula de salvamento. Esa novia que me salvó es hoy mi esposa.”

En cuanto ellos se marcharon, otras personas ocuparon las plazas vacantes. “Era como un nido en el bosque”, dice Josiah. “Una cavidad se abre, el pájaro carpintero hace un agujero, lo usa durante un año, lo limpia, y al año siguiente está libre y otro ser va a vivir ahí.”

La majestuosa casa del árbol, suspendida dentro de un círculo de tres secuoyas aún más majestuosas.

Rob salta desde la escalera y aterriza en la plataforma. “Nada de saltar”, dice Andrew sin dejar de serrar unas tablas para el nuevo techo, translúcido y ondulado. “Esto será la condición de carga dinámica”.

Aquí están, explicadas brevemente, las matemáticas del asunto: un tornillo de unos 15 centímetros introducido perpendicularmente en madera seca puede resistir sin problemas más de 650 kilos. Combinado con cables de 0,6 centímetros, los cuales pueden resistir 550 kilos cada uno, no es descabellado calcular que cada conexión de cable y tornillo puede aguantar unos 450 kilos. Por tanto, con los 12 cables y remaches, Andrew estima que el andamiaje será lo bastante seguro como para soportar una tonelada de madera y 650 kilos de gente. De todas formas, todavía nadie ha hecho estos calculos jugándose el físico, ni el propio ni el ajeno. “Evidentemente no recomendamos usar la estructura si hay viento fuerte. Ni para montar una fiesta”, dice. También podrían paliar el problema del riesgo reduciendo la altitud de la estructura.

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“Si no está muy alto, no nos interesa”, dice Josiah, quien cree que, de hecho, este proyecto es bastante bajo, ya que probablemente quieres vayan a hacer uso de la casa sean niños. “Cuanto más alta es la escalada, mejores son las vistas; cuanto más aislado, más extremo. A la gente que gusta de adentrarse en un páramo también le gusta adentrarse en el campo. Y si estás en una arboleda, tienes que ir lo más alto posible…” Ahora bien: “Si actúas con cabeza, esto es más seguro que conducir en la autopista o cruzar una calle con mucho tráfico.”

Josiah pone énfasis en que construir casas en las copas de los árboles no es algo que se haga con el objetivo de ganar dinero, y que si no se hace bien, puedes arruinar el árbol. Es necesario informarse y observar mucho; no hay una fórmula exacta para encontrar el árbol apropiado. “Es como escoger el sitio para reinsertar un animal exótico o en el que buscar la novia adecuada”, dice.

“Muchos árboles parecen bonitos por fuera, pero por dentro están podridos. A veces porque han estado expuestos a tormentas, otras simplemente porque están enfermos. Por el contrario, otros han sido talados y no les llega la luz y aún así se han robustecido.”

Señala unos agujeros hechos por pájaros carpinteros, los cuales ha tapado explicándonos que a veces forman nudos. Un tornillo y una rosca no van a matar el árbol, alega. Esto sólo se consigue haciéndole un corte profundo o talándolo, o infectándolo con alguna enfermedad.

David aparece desde abajo. Inspecciona la casa y dice, “Parece el clásico fuerte en un árbol de los Boy Scouts.”

“Querrás decir uno de los clásicos fuertes que los Boy Scouts siempre quisieron pero nunca tuvieron”, dice Andrew.

En realidad esta casa se aleja bastante de lo convencional. En un principio, Josiah había sugerido diseñarla sobre columnas, entre los árboles, como muchas de las que había visto en libros sobre el tema, pero a esas David no las considera auténticas casas en árboles: “¿Para qué necesitas los árboles, entonces? Esas casas están diseñadas para parecerse a una casa normal, con cortinas y cañerías y todo eso.”

David puntualiza que ellos no son los primeros en colgar una casa de un árbol como si fuera una hamaca, pero que los demás normalmente utilizan más acero y tornillos más grandes. “Probablemente estén mejor diseñadas, de eso estoy seguro”, dice, “pero no parecen tan delicadas y flotantes como ésta.”

“Estas casas deberían formar con el árbol una sola cosa. Las secuoyas albergan todo tipo de vida en sus troncos. Suspender la casa como si fuese una cuna le da más energía cinética. Hace que parezca más viva.”

Aquí, entre la frondosa vegetación y los arroyos de agua clara, nuestros móviles no tienen cobertura, el mundo exterior se desvanece y el tiempo se detiene. En medio de un alto para comer recuerdo que a las 3 de la madrugada recibí un mensaje de un vecino mío en Nueva York cuyo piso está justo delante de la ventana de mi cocina. Cuando le llamo para averiguar qué quería, lamenta informarme de que mi apartamento se incendió durante la noche. Poco después me informan de que los desperfectos son tan grandes que el lugar ha quedado inhabitable. Por una serie de pequeños milagros nadie resultó herido. Y yo, tumbada, mirando fijamente el bosque desde la casa del árbol de nuestros sueños, oyendo la llamada del pájaro carpintero, me siento bien. Me siento mejor que bien.