
Sentado en el tatami de una humilde casa medieval japonesa. Rodeado por veinte personas de siete países distintos. A punto de rodar mi primer plano como operador de cámara y director de foto: una pelea de samurais en un plano secuencia de cinco minutos. Como Bill Murray pero sin batín y en pantuflas me pregunto: ¿Qué coño hago yo aquí?
Me habían hablado de un taller de samurai en Kyoto. La cosa duraba una semana y cineastas de todo el mundo rodaban allí cortos (de samurais, claro). En Japón a ese género lo llaman jidaigek y al parecer lo cocinan en los estudios donde Kurosawa hizo varias pelis. La solicitud advertía que no sólo se podía optar a dirigir. Había que poner una segunda opción. La mía fue hacer la fotografía y llevar la cámara. No lo había hecho nunca. ¿Por qué no vivir peligrosamente del todo?
Cuando me seleccionaron como director de fotografía (se confirmó que a ellos también les gusta el peligro) llamé a varios amigos directores de foto de verdad. Les pedí consejos -nada complicado- para que la cosa quedara decente. La idea era aprender sin el riesgo de un trabajo donde alguien se está jugando los cuartos. Y a Japón que me fui.

Había otros directores de cine desempeñando tareas por primera vez. Mi ayudante de dirección fue Asger, un rubio director danés que hablaba español aprendido de pequeño en Valencia (aunque no decía nano ni tete). Y la directora de foto del otro equipo era una argentina también realizadora que -pese a llamarse Luz- nunca había montado un trípode. Los miedos ante una posible exigencia inalcanzable quedaron disipados mientras pulíamos el guión y nos atiborrábamos de sushi. Y sake.
El guión lo había escrito Yuya, un japo adorador del cine de autor europeo. “Victor Erice is GOD!” exclamó una noche. Pero lejos de Sures y Membrillos, el cuento que nos había escrito era una historia de venganza. Un “mi nombre es Iñigo Montoya tu mataste a mi padre, prepárate a morir” pero cambiando familiares muertos, nombres propios y tipo de espadas. Un poco de dialogo y al turrón del katanazo limpio. Todo bien.
Como a los cineastas nos gusta complicarnos la vida, Ridesh, el director indio de nuestro corto, propuso rodar todo en un plano secuencia cámara en mano. Qué demonios, habíamos venido a la aventura y teníamos dos días de rodaje para tirar el plano. Además, antes de empezar, nos dieron una clase de lucha de katanas. Eso nos hizo sentirnos seguros, no ya para el rodaje, sino para hacer rodar cabezas en Kill Bill 3. Pero, ojo, yo no contaba con las pantuflas.
Ya sabemos que en Japón la relación entre los pies y el suelo es cómo mínimo curiosa. No se concibe que pises el tatami del hogar con calzado. Ni tampoco fuera de él descalzo. Y no hablo de que te miren mal por hacerlo. La cosa es seria. Cuando llegamos al set de grabación, el decorado de un poblado medieval japonés con sus calles, casas y un lago cruzado por un puente (Disneylandia samurai), entré con paso firme y botas manchadas de barro en una casa. Joder, era un decorado, no podía contar como un tatami “de verdad”.
Sí que podía. Los gritos que me regalaron fueron como si me hubiera puesto a orinar sobre el altar de un templo y me hubiera tirado un pedo por el camino. Me disculpé, me descalcé y expliqué que el plano tenía que empezar dentro de la casa y salir a la calle. Tampoco puedes pisar fuera descalzo. Bien. ¿Qué hago? Las pantuflas, el gran comodín. Con ellas está permitido pisar el tatami y también la sucia calle. ¿Por qué pantuflas sí y otro calzado no? Ni idea. Japón es un país misterioso. Misterioso y con pies pequeños. Yo calzo un 45.
Mi primer plano como operador, siguiendo una lucha de katanas, fue calzando una pantuflas tres números más pequeñas que mi pie. La cámara temblaba más que en Bailar en la oscuridad, pero Yuya, el guionista que en rodaje llevaba la pértiga de sonido, encontró la solución: un onigiri. En realidad un onigiri es una bola de algas y arroz rellena de pescado que toman allí para desayunar pero el fan de Erice llamó así a la pelota de trapo y cinta de cámara que pegamos a la base de la cámara para amortiguar la vibración de mi pulso. Del Spaghetti Western al onigiri jidaigek.

Y salió bien. O por lo menos todo el mundo celebró el resultado. Un señor director de muchas pelis de samurais vino a felicitarme. Me dijo que él había empezado de cámara haciendo planos secuencia, así que yo podía llegar a dirigir algún día. Los actores me parecieron convincentes. No sé si decían lo que ponía en el guión pero lucharon como jabatos. Los japoneses del equipo nos explicaron que los actores habían puesto muy bien la voz de samurai. Un registro concreto muy difícil porque es muy grave y hay que hacerla con el bajo vientre.
No solo las voces tenían un sonido específico. Las katanas también. Tenían que sonar con unos determinados efectos a los que solo tenían acceso en los mejores bancos de sonido. Tráfico clandestino de sonidos de katanas, imaginé yo. Y quedamos en que ellos conseguirían los efectos y darían el oquei a la posproducción que quedaba pendiente de llevarnos a nuestros países. Nos fuimos de allí y acabamos de nuevo como Bill Murray, en un karaoke con habitación privada y barra libre, pero en vez de Roxy Music cantando las sintonías de los dibujos animados de nuestra infancia. En español.