Se veía venir

Hay un área en el océano pacífico del tamaño de Texas que está hasta los topes de basura que nunca se podrá eliminar. Lo he visto con mis propios ojos. Caso cerrado. Oh, ¿que queréis oir más? Vale, de acuerdo.

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01 febrero 2008, 12:00am
No soy de los que acorralan a la gente en las fiestas para comerles el coco acerca del combustible biológico y llaman “idiotas de mierda” a los escépticos sobre el calentamiento global, pero quiero aclarar que tampoco sostengo, como Andrew Dice Clay, que haya que matar a las ballenas.

El problema que conlleva la bravuconería en ambos lados del debate ecológico es que ninguno de los dos sabe realmente de lo que habla. Para formarse opiniones sobre el cambio climático, la sobrepoblación y la crisis energética hay que tirarse a una piscina en la que ni los científicos que estudian la materia se aclaran. Los gritos y los politiqueos complican tanto las cosas que, a veces, lo único que uno quiere es encontrar algo tan gordo y decididamente chungo que ponga a todos de acuerdo. Algo de lo que puedas mostrar una fotografía y decir, “¿lo veis? Estamos jodidos”.




Bueno, yo dispongo de tal cosa. Hay un área en el océano pacífico del tamaño de Texas que está hasta los topes de basura que nunca se podrá eliminar. Lo he visto con mis propios ojos. Caso cerrado. Oh, ¿que queréis oir más? Vale, de acuerdo.

A mediados de los 90, Charles Moore navegaba con su catamarán de regreso a California desde Hawaii cuando decidió de repente adentrarse en el remolino del Pacífico norte. Un remolino, “maelstrom” en noruego, es un enorme vórtice de corrientes y contracorrientes marinas que giran contínuamente alrededor de una zona de altas presiones. Si piensas en el resto del Pacífico como en una enorme taza de wáter, este área vendría a ser la parte en que los desechos que acabas de depositar dan vueltas mientras el agua los engulle. Los navegantes suelen evitar los remolinos porque, básicamente, son trampas enormes, fatales para las embarcaciones pequeñas. Lo que Moore y su tripulación encontraron allí fue, básicamente, un vertedero sin límites.

A lo largo de su existencia, el ojo del remolino ha sido un punto de acumulación natural de toda la basura a la deriva en el océano. Tiempo atrás, los restos flotantes daban vueltas hacia su epicentro y, puesto que hasta el siglo pasado todo lo que había era biodegradable, terminaban reducidos a un compuesto rico en nutrientes que peces y pequeños invertebrados podían masticar. Empezamos entonces a fabricarlo todo con plástico y el lugar se fue a la mierda.

El problema con el plástico es que, a menos que se aplaste con la presión suficiente como para hacer un diamante, nunca se desintegra por completo. Cierto, el plástico se degrada por efecto de la luz en polímeros individuales, pero eso requiere muchísimo tiempo. Eso significa que, salvo unos pocos productos plásticos específicamente diseñados para biodegradarse, cada molécula sintética que se ha fabricado existe todavía. Excepto un pequeño porcentaje que queda atrapado en las redes de pesca o llega a las costas, cada pedazo de plástico que se libera en el Pacífico acaba llegando al centro del remolino. Y ahí sigue, flotando.

Tras ver la basura lamer los flancos de su barco durante casi toda una semana, el capitán Moore decidió transformar su embarcación en una nave de investigación y hacer viajes semianuales al remolino para estudiar los desperdicios. Yo me apunté a su último viaje, junto a un médico cuarentón divorciado y una química mexicana madre de dos miembros de la tripulación. Como unas vacaciones en familia, pero con más ciencia. Y muchas cosas cabreantes por ver



La parcela de basura está situada en uno de los puntos más remotos de la Tierra. Requiere su buena semana de navegación llegar hasta allí. Teniendo en cuenta lo molido que deja el cuerpo un sólo día de viaje en coche, podréis imaginar lo machacado que se le queda a uno el cerebro tras navegar durante siete días en un barco de 15 metros de eslora. El primer día dejas de ver tierra y el segundo dejas de ver otros barcos, y después ya no ves nada excepto olas y algún ave marina que, tras días de agua y sólo agua, produce la misma excitación que avistar un OVNI. Justo cuando le has dedicado una canción a cada pájaro reseñado en el libro de viaje del barco y estás pensando en juntarlas todas y componer una completa ópera ornitológica, empiezas a ver la basura.

Tenía asumido (sin basarme en ninguna investigación o el sentido común) que el capitán nos estaba dirigiendo a alguna masa concentrada de basura, pero (¿por desgracia?) ese no era el caso. Las acumulaciones de restos se desplazan con las corrientes, así que hay que dirigir el barco en una dirección y confiar en encontrarlas. De vez en cuando alcanzábamos a ver trozos de basura flotando unos cerca de otros, pero no se trataba sino de una corriente regular de basura, una pieza aislada pasando ahora y otra más tarde. No estaba a la altura de lo que yo esperaba, pero no hay que olvidar que el barco y nosotros éramos el equivalente a un grano de arroz en un gigantesco granero, apenas una cáscara de nuez en medio de una de las mayores extensiones de agua de todo el planeta. Sin embargo, el hecho de que durante buena parte del trayecto no pudiéramos mirar por la escotilla sin ver alguna pieza de basura flotando me sugería que las implicaciones que aquello tenía con relación al resto del océano eran realmente feas.

Las primeras veces que divisamos basura, deteníamos el barco para acercarnos y examinarla. Más tarde empezamos a recoger únicamente la que podíamos enganchar fácilmente desde la proa. Y después sólo aquello que pareciera interesante.
 

Algunas de las cosas que encontramos no dejaban de tener su lado divertido: cajas enteras de máscaras de hockey y zapatillas Nike que probablemente caerían al agua desde algún buque carguero. Tal vez hayáis leido algo de ese cargamento de patitos de goma que se perdió durante una tormenta en 1992 y que los oceanógrafos han utilizado para determinar con exactitud los movimientos de las corrientes de agua. Supongo que es una cuestión de sacar partido de la situación, aunque eso sea como darle las gracias al SIDA y el cólera por los avances que han permitido hacer a los epidemiólogos.



Antes de que nos cansáramos de sacar basura del agua todo el día conseguimos ver una rueda de motocicleta, un casco de obrero y varios chalecos salvavidas de tamaño infantil con marcas de mordiscos de tiburones. También nos libramos por los pelos de chocar con algo que podría ser el mástil de un barco o un poste de teléfonos. Casi todas nuestras pescas, sin embargo, eran las porquerías típicas, botellas de coca-cola y bolsas de supermercado. Mucha de la basura encontrada parecía provenir de Asia, lo que significa que se había desplazado más de ocho mil kilómetros para que nosotros la encontráramos. Lo más asombroso, y atemorizador, es pensar que sólo una quinta parte procede de los barcos. Casi todo es basura generada en tierra firme que, de algún modo, ha caído en una corriente de agua y llegado finalmente a mar abierto. Como el capitán nos dijo diez veces o más, “todo acaba por confluir en el océano”.



Una vez nos encontramos metidos en pleno vertedero marítimo, el capitán Moore instaló unas redes de arrastre y comenzó a tomar muestras del agua en pequeñas placas de Petri. Yo me figuraba que, sin un microscopio, sería un rollo intentar apreciar algo, pero lo que había en la primera que cogimos era más horrible que cualquier cosa que hubiéramos visto antes flotando.

Aquí y allá habían unas cuantas mulitas de agua y pequeñas medusas, completamente sumergidas en un denso compuesto de confeti de partículas de plástico. Tenía la apariencia de una bola de nieve hecha de gelatinosa porquería. Basándose en muestras previas, Moore estimó que el ratio de plástico por el de componentes naturales del agua marina era de 6 a 1. El ratio aumentó ostensiblemente a medida que nos acercamos al ojo del remolino, hasta que por fin empezamos a tomar muestras que tenían todo el aspecto de contener únicamente plástico.

Esta es la parte del viaje que más me cuesta alejar de mis pensamientos. Ya es bastante malo manchar el planeta con cosas que, con más menos tiempo y trabajo, y hasta cierto punto, pueden eliminarse, como vertidos de petróleo y polvo radioactivo, pero alterar la composición del agua del mar en uno de los puntos más alejados de todo lugar civilizado lleva la locura de arruinar el mundo a extremos totalmente inauditos. Le estamos dando por el culo al planeta sin lubricante.

Pero esperad, que aún falta lo más terrorífico.



Una vez que el confeti plástico alcanza un tamaño lo bastante pequeño como para encajar en la boca de una medusa, es absorbido y entra a formar parte de la cadena alimenticia, volviendo en última instancia a nosotros. Los peces pequeños se alimentan de las medusas y absorben el plástico en el proceso. Los peces grandes se comen a los pequeños, y los peces aún más grandes a aquellos. ¿Imagináis cómo acaba la historia? Con el ser humano metabolizando las partículas de plástico que previamente habían pasado a formar parte de la grasa del pescado. Es el ciclo de la vida reimaginado en clave de ciencia-ficción distópica. Básicamente nos estamos comiendo nuestros propios desperdicios.

Dejando aparte que atasquen el tracto digestivo (los biólogos han encontrado en el Pacífico cadáveres de aves que murieron de hambre al tener sus estómagos atiborrados de basura), los plásticos degradados tienden a absorber cualquier agente químico extraño que se haya filtrado en el agua. Existe una clase de pesticidas y disolventes conocido como “polucionador orgánico permanente” diseñado para mezclarse con material sintético. La solución resultante de la mezcla entre polímeros y sustancias como el DDE y el DDT causa estragos en el organismo de cualquier ser viviente que se lo trague. El químico que viaja con nosotros ha estado estudiando el DDT, el mismo veneno que acaba con los polluelos del águila y, junto al DDE, uno de los agentes contaminantes que más abundan en las aguas del Pacífico. También es un probable agente cancerígeno que se asocia con la disminución del flujo de esperma y el retraso del crecimiento. Pues bien, el océano está lleno a rebosar de esta mierda.

Peor aún es que los componentes del plástico puedan dañar el cuerpo aunque estén libres de toxinas externas. El Bisfenol A es un compuesto que utilizan, por ejemplo, las botellas que fabrica la compañía Nalgene, especializada en recipientes de productos farmacéuticos y de bebidas energéticas, y también los consoladores. Es un estrógeno sintético que puede desbaratar por completo el sistema reproductivo. Durante la pasada década, el doctor Frederic Vom Saal, de la universidad de Missouri, estudió los efectos del Bisfenol A en cobayas, comprobando que había relación entre la exposición al compuesto y una serie de trastornos de salud: bajo nivel de esperma, cáncer de próstata, hiperactividad, diabetes precoz, cáncer de mama, testículo escondido y reversión de sexo. ¿No es una ironía que los humanos puedan sufrir síntomas de REVERSIÓN DE SEXO por ingerir un compuesto utilizado en la fabricación de consoladores?

La investigación de Vom Saal ha sido el detonante de unas cuantas controversias, pues implica el desarrollo de enfermedades a partir de la exposición al Bisfenol A en cantidades infinitesimales, y nadie está del todo seguro de cómo funciona el sistema endocrino. Algo hay de confuso en sus descubrimientos, pero después de hablar con él da la impresión de que incluso a Vom Saal le parece desconcertante que este agente químico, por sí solo, esté detrás de casi cualquier crisis médica surgida en los Estados Unidos en los últimos 30 años. Pero aunque estuviera en lo cierto en una sola de las dolencias mencionadas... ¡puah!

Más grave es la posibilidad de que esos mismos compuestos químicos puedan al mismo tiempo causar trastornos en el ADN. “Es suficiente con un cromosoma mal alineado para obtener cosas como el síndrome de Down”, dice Vom Saal. “Si se examina el material genético de los animales expuestos a dosis bajas de Bisfenol A, se aprecia que es como si alguien le hubiera disparado a bocajarro a los cromosomas”.

En la parte externa del remolino nos dimos de bruces con la ballena blanca del mundo de las basuras marítimas: una nasa fantasma. Las nasas fantasmas son marañas de redes de pesca que flotan libremente en el océano, enganchándolo todo a su paso. ¿Recordáis a los “langoliers”, esas criaturas imaginadas por Stephen King con forma de bola y hechas de dientes que devoraban el tiempo y el espacio? Pues las nasas fantasmas son los langoliers del mar. Se han llegado a encontrar nasas de varios kilómetros de longitud, con remos, cráneos de tiburón y esqueletos completos de tortugas atrapados entre sus nudos. La que nosotros cogimos no era ni por asomo tan grande, pero tenía dos veces mi tamaño, pesaba más de 90 kilos y tenía enganchados un cepillo de dientes y un banco de peces tropicales.

No había forma de que pudiéramos remolcar a tierra aquel enorme amasijo, así que lo llevamos a popa, le adherimos un localizador GPS para que los oceanógrafos detectaran sus movimientos y lo pusimos de nuevo en el agua. Jake, nuestro operador de cámara, saltó detrás para filmar cómo se alejaba a la deriva aquella nube de plástico y cuerdas. Cuando volvió a bordo parecía como si le hubieran embadurnado el pecho con aceite corporal. Eran diminutos fragmentos de plástico.

TEXTO DE THOMAS MORTON, FOTOS DE JAKE BURGHART
 

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