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No pares, sigue, sigue.

A comienzos del 2011, mientras los tumultos sacudían el mundo, Suiza, como era previsible, permanecía estable.
28.12.11

Un fiestero reconvertido en manifestante prepara un cóctel bastante fuerte (Foto: Evan Ruetsch) A comienzos del 2011, mientras los tumultos sacudían el mundo, Suiza, como era previsible, permanecía estable. Esto se debía en gran medida a una combinación de su famosa neutralidad, seguro de vida garantizado, bajo índice de desempleo (un 2,9 %, ¡ja!) y a que los sindicatos trabajan de forma simbiótica con la patronal. De hecho, Zurich, la ciudad más grande de Suiza, suele citarse como uno de los lugares más agradables donde vivir, aunque se perciba también como bastante aburrido.
Así pues, cuando eres un pequeño cretino rebelde, es posible que te frustre la falta de cosas contra las que cabrearte. Puede también que canalices tu rabia inexplicablemente suprimida contra El Mundo engullendo MDMA como Pixy Six y bailando dubstep 48 horas seguidas hasta perder el sentido.
Esta clase de comportamiento fue bueno y positivo para todos hasta que llegó el verano, cuando policías aguafiestas se pusieron a clausurar raves. Entre 10 y 15 fiestorros fueron clausurados hasta que el 3 de septiembre, día en que los polis tuvieron a bien dar al traste con otro masiva reunión nocturna, la chavalería decidió que ya había tragado bastante.
A lo largo de la semana siguiente se organizó una impía amalgama de fiesta y protesta mediante mensajes de texto y actividad en las redes sociales que condujo a la toma de las calles que circundan la famosa plaza Bellevue de Zurich. Aquello no tardó en convertirse en una rebelión con todas las de la ley.
Armados con pertrechos fiesteros—equipos de amplificación y cajas de bebidas alcohólicas—más de mil chavales se congregaron en la plaza, una importante confluencia de tráfico y punto de llegada y salida de varios sistemas de transporte. A las 11 en punto de la noche, tal y como los fiesteros protestones habían quedado (en Suiza, hasta las fiestas empiezan a su hora), sobrecargados amplificadores comenzaron a enviar distorsionados beats a través de los altavoces, poniendo repentino y brutal alto a la actividad normal de la plaza.

Minutos más tarde llegaban los chicos de azul, con equipo antidisturbios completo, y la juventud suiza no tardó en darse cuenta de que la vida no es un vídeo de Chumbawamba y que no se puede montar, literalmente, una fiesta en las calles sin que unos cuantos acaben con la cabeza abierta. Varios de los fiesteros se subieron a un tejado, y la policía, evidentemente, les ordenó que bajaran. La bofia sacó el material antidisturbios y sus oponentes el suyo propio: máscaras, líquido inflamable y aproximadamente dos mil botellas de cerveza. Se arrojaron palos y piedras, se reventaron escaparates, se prendió fuego a contenedores de basuras y la fiesta, oficialmente, “se salió de madre”.
Cuando se disipó el humo, los disturbios habían causado casi 90.000 euros en daños, dos personas habían resultado heridas y la poli había arrestado a 91 personas (de las que sólo seis eran mayores de 25 años). Naturalmente, a alguien había que echarle las culpas, y el jefe de policía de Zurich, Philipp Hotzenkö, se las echó a los “turistas de los disturbios”, un término increíble sobre el que alguien, antes o después, trazará un plan de negocios. Roger Tognella, líder del partido liberal FDP, de forma ominosa apuntó en una reciente entrevista radiofónica que, si ocurren más disturbios, el ejército tomaría cartas en el asunto. ¿Tanques por las calles de Zurich tomando medidas drásticas contra club kids? Eso sí que daría a la juventud algo por lo que protestar.