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En los últimos meses hemos visto a varios gobernadores con tanta seguridad respecto a su apariencia, que parecen considerar necesario exponerla lo más posible, dentro y fuera de su estado. Están los que esperan contener así las críticas por su ineptitud (como Javier Duarte, el mismo que ha visto caer muertos a diez periodistas desde que sentó su gorda humanidad en la silla del gobierno veracruzano) y los que asumen que la propaganda es el camino más seguro para llegar a la presidencia (como Rafael Moreno Valle, el de Puebla), después del edificante ejemplo de nuestro querido Enrique. El caso más patético es el de Manuel Velasco, en Chiapas, quien no parece tener noción de su absoluta inmamabilidad, y ha gastado en publicitar su imagen (sus "acciones de gobierno", si quieren que nos hagamos mensos) más de lo que ha ejercido su secretaría para atender pueblos indígenas (repito: Secretaría de Pueblos y Culturas Indígenas. EN CHIAPAS. No. Mamen).Pero me permito caminar en espiral para volver a los comerciales de las "reformas" (así les llaman; el entrecomillado es mío). El caso de la energética es como para pensar en él cuando necesitemos hablar al trabajo fingiendo una depresión por la muerte de un pariente: en poco más de un mes se gastaron 353 millones de pesos para persuadirnos de subastar Pemex. (La Comisión Federal de Competencia tendrá un presupuesto de 270 millones durante todo 2014, para darnos una idea). En otras palabras, el Estado gastó eso para permitir que firmas particulares se embolsen lo que prometen ser cantidades asquerosas de billetes con las reservas que hasta ahora ha explotado, con exclusividad, el mismo Estado.
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