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Cultură

Pasé una semana usando Facebook como si tuviera 50 años

Sin explicarle nada a mis contactos decidí empezar a publicar desenfrenadamente contenido ridículo y extraño a la vez.

Todas las capturas de pantalla por la autora.

Padres enviando solicitudes de amistad a sus hijos, madres felicitando a sus ciberamigos gracias a ese gran invento que es el calendario de Facebook y chismeando las fotos de todos sus contactos. Todo esto y mucho más está pasando en el gran universo desconocido que es la cara de Facebook que sólo ven aquellos que superan la barrera de los cuarenta y que han perdido ya —si es que alguna vez la han tenido— la necesidad de dar una cierta imagen moderna y estéticamente agradable.

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Es imposible que este fenómeno les haya pasado desapercibido: Las ridículas fotos pixeladas compartidas de forma compulsiva con mensajes plagados de positividad y psicología, los collages chafas y los videos graciosos y, cómo no, las correspondientes páginas que se han convertido en los proveedores no-oficiales de esta droga dura.

Para entender y observar desde dentro el fenómeno, decidí convertirme en una versión madurita de mí misma y utilizar durante una semana mi Facebook como si tuviera cincuenta años.

Sin explicar nada a mis contactos decidí empezar a publicar desenfrenadamente contenido ridículo y extraño a la vez.

Lo primero que hice fue cambiar mi foto de perfil.

Día 1: martes

Tenía Facebook bastante abandonado, mi foto de perfil era del 2009, mínimo, y la foto de portada era un pequeño altar para mi vieja amiga, la radio. La nostalgia hizo que no la sacará de allí, pero sí que cambiará mi vieja foto de perfil.

La reemplacé por una imagen típica de alguien ya entrado en años: una fiesta de tarde en un barco con música jazz en directo —eso no se percibía en la foto, pero yo se los digo— en la que se me ve sosteniendo una copa de vino blanco mientras observo el mar Mediterráneo. Una foto muy de cincuentona.

Cabe decir que en mi Facebook tengo un poco de todo: amigos míos de toda la vida, conocidos y gente que no he visto en mi vida pero un día decidieron enviarme una solicitud de amistad. Entre los del último perfil hay básicamente algunos locos, acosadores y personas que darían para uno o dos artículos.

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Animada por el éxito que tuvo mi nueva imagen en las redes, decidí subir mi primer meme chafa hecho con la foto del gato de una amiga. Todo muy adorable.

Para rematar puse una de aquellas típicas frases que mi madre diría un martes.

Se me fue un poco la cabeza con esto de estar metida en el papel de cincuentona y decidí actualizar mi estado civil y cambiarlo a "divorciada" como si fuera una de esas mujeres adictas a las canciones de ABBA, a los musicales de Sister Act y al tinte castaño del súper para repasar las patillas cada quince días, ya saben de que tipo de mujer les hablo.

Estuve a punto de llevar mi práctica al extremo y comprarme un calzón-faja y unas compresas Tena lady para complementar el pack, pero no lo hice. Por suerte todavía me quedan veinte años para poder retener mi orín cada vez que estornudo.

Día 2: miércoles

¿Saben ese tipo de frases que producen urticaria? Pues manché mi muro con una de ellas. La conseguí de mi dealer de frases motivacionales, un tipo de sesenta años seguidor de un grupo llamado "Vivir mejor en harmonía" que se dedica a compartir este tipo de contenido (si se puede llamar así) y a comentar la actualidad con LAS MAYÚSCULAS DE SU COMPUTADORA ACTIVADAS. ASÍ. Como si estuviera gritando.

Husmeando por las redes de los padres de mis amistades encontré algo demencial y no me pude contener. Tenía que compartirlo.

Amén, pues. El milagro no tardó en llegar: una persona compartió mi post, aquello parecía increíble. Uno de mis amigos reaccionó ante mi descabellado post tal y como ven en la captura de pantalla.

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Y después de aquella iluminación divina que había agudizado mi creatividad, rematé la jugada con un chiste muy malo típico de tu maestro de matemáticas.

Mis amigos empezaban a hartarse: "Un poco malo… ¿no te parece?" o "acabas de joderme la tarde".

Día 3: jueves

Mi suegra empezó a ser la fuente de mi inspiración a base de enseñarme los mensajes de WhatssApp "graciosos" que le enviaban sus amigas. Eran memes que le llegaban en masa, esperando su "jajaja" como respuesta, o un "buenísimo".

Le pedí que me enviara todo su arsenal. Me los fue reenviando uno por uno y luego me llamó por WhatsApp sin ser consciente de lo que esto significa. Me quedé sin datos.

Puedo asegurar que el primer mensaje que publiqué con su material funcionó: treinta me gustas, dos "jajaja" y emojis y tres compartidos. Eso me hizo reflexionar: ¿Qué tipo de amigos tengo?

Minutos después subí uno de esos carteles que se rematan siempre con un "Cuánta Razón".

Un par de amigos, sin saber lo que se cocinaba, entraron en el trapo poniendo comentarios como "Muy cierto" o "pues sí". Me encantaba. Mi Facebook se estaba convirtiendo en un grupo recreativo de adiestramiento para futuros jugadores de petanca.

Ya para acabar el día y aprovechando que ese mismo jueves empezaba el Primavera Sound, hice un comentario típico de madre a mi compañero Pol Rodellar, que se estaba estrenando en el Facebook live de VICE.

Día 4: viernes

La publicación de un nuevo post provoca más reacciones por parte de mis amigos. "Estás un poco rara con tus publicaciones", me dice una amiga por WhatsApp, "Acabo de ver tu facebook y últimamente estás como extraña", dijo mi pareja, "¿por qué se supone que estamos divorciados?". "Nada, cariño, un experimento".

Me encantó el detallito que hay en la parte inferior derecha, un cartelito que dice "me meo toa entera". Pues muy bien. Lo del orín y las señoras funciona, por lo que me pregunto si debería empezar ya con ejercicios de Kegel para reforzar mi musculatura interna.

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Día 5: sábado

Me dediqué a continuar con mi terrorismo cibernético. Comentarios como "Ay el colesterol" ante un plato de comida abundante o "Qué manía con eso de mancharte el cuerpo con dibujitos", a una amiga que se acababa de hacer un tatuaje, fueron algunos de los mensajes que destaco de aquel día.

Día 6: domingo

Una simple reflexión de Quino, el creador de Mafalda, se compartió 32 veces desde mi Facebook. Podría haber hecho más, pero ese logro me parecía bastante.

Día 7: lunes

Mi muro parecía el de otra persona. No me sentía identificada con ninguna de las publicaciones, pero había resultado divertido. Mis amigos de Facebook empezaban a estar un poco hartos de mis publicaciones y eso se reflejaba en los comentarios que me regalaban, algunos hechos con mala saña al ver que había robado aquellos memes del muro de sus propias madres. Al acabar mi experimento tendría que dar explicaciones.

Final: Martes

Un mensaje de despedida como es debido: una foto antigua de mi infancia.

Después de todo esto, lo único que tengo claro es que tengo pocos amigos de verdad en Facebook, amigos de esos que cuando se percatan de que algo raro está pasando se preocupan por ti, de los que cuando empiezas a poner memes motivacionales, comentar estupideces y demás te dicen "no, así no". Me podrían haber robado la cuenta, suplantado la identidad y la mayoría de ellos hubieran preferido a la Alba premenopaúsica que a la Alba real. En fin, de todo se aprende algo.