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Ilustración de Jimena Duval
Vice Labs

Represión y tristeza: la salud mental de Latinoamérica

Cuando se vive en Latinoamérica, bajo gobiernos que limitan los derechos humanos, se vive con miedo y ansiedad por el futuro.
25.8.21

Entre el 20 de abril y el 25 de mayo de 2021 se quitaron la vida 239 personas en Colombia, según datos del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses.

*¡Advertencia! Si estás atravesando una crisis con un trastorno de salud mental o algo similar quizá debas leer este artículo con precaución*

Los días de Beatriz, una líder social de la Costa atlántica colombiana, comienzan y terminan encerrada en su propia casa. 

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Ella describe su vivienda como una prisión. 

Desde hace más de diez años su residencia se convirtió en refugio y celda producto de las amenazas recibidas durante el proceso de restitución de tierras a desplazados de la guerra por grupos paramilitares. En el norte del departamento de Magdalena, en la costa atlántica de Colombia, en medio del calor en el que se puede fritar un huevo en el asfalto, esta mujer tiene que mantener puertas y ventanas cerradas, reforzadas con cercado eléctrico.

Como Beatriz, quien soportó por más de un año esclavitud, tortura, violaciones y desplazamiento a manos del Frente William Rivas del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), comandado por José Gregorio Mangones Lugo, alias ‘Carlos Tijeras’, muchos líderes enfrentan revictimización por parte del Estado. Esto ocurre no solo al exponerlos a engorrosos procesos jurídicos o al permitir que grupos armados los persigan y los amenacen, sino omitiendo su trabajo en el cuidado de personas –y comunidades– cuya salud mental se encuentra en altísimo estado de vulnerabilidad tras haber sufrido abusos físicos, emocionales y/o sexuales. 

En el estudio ‘Wellbeing, Risk and Human Right practice’, publicado por la Universidad de Nueva York en 2017, se menciona que el 86% de los defensores de derechos humanos en riesgo, consultados para la publicación, expresaron estar muy preocupados por su salud mental y bienestar emocional, de la misma forma en que les preocupa su seguridad física y digital.

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Para el caso colombiano, según el informe Sintonías Corporales: “solo el 20% de víctimas en el Programa de Atención Psicosocial del Ministerio de Salud ha recibido atención, y cerca de tres millones de personas aún no son consideradas para formar parte de dicho programa”.

No es necesario defender derechos para que la situación social repercuta en la salud mental

“La sociedad está enferma, tiene amnesia selectiva para olvidar el dolor de la muerte y la desigualdad, es una forma de sobrevivir”, le contaba un profesor de la universidad a la periodista Mónica Vargas en una clase. 

Ella agrega: “yo creo que nuestra generación nunca sanó el miedo de crecer con bombas en cada esquina y por eso nos resignamos a la vida que nos tocó sin protestar”. 

Cuando se vive en Latinoamérica, bajo gobiernos que limitan los derechos humanos, los ciudadanos están bajo presión constante. El miedo y la ansiedad por la falta de garantías para el futuro hacen parte del día a día. Sin embargo, un legado cultural de ‘ser feliz y sobreponerse a los problemas’ ha impedido la preocupación por la salud mental. 

La costumbre al miedo y la zozobra, al igual que a la muerte, casi naturalizan la precarización de la vida. 

Tan solo en el primer mes del Paro Nacional en Colombia se suicidaron 239 personas en el país, según cifras del Instituto Colombiano de Medicina Legal y Ciencias Forenses, 19 más con relación al mismo periodo del año 2020.  Esas muertes ocurrieron durante una avalancha diaria de imágenes de violencia en la calle, represión policial, persecución judicial y reclamos de igualdad.

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Aunque no se puede realizar una asociación definitiva entre la coyuntura y esas muertes, sí es claro que se necesita con urgencia prevenir el deterioro de la salud mental. Contrario a lo que se hizo con el COVID (ya que se presume que la próxima crisis de salud tendrá relación con el ámbito de la salud mental), la solución aquí tiene que ser oportuna y adecuada, con dotación suficiente para que los profesionales de la salud puedan tratar estos padecimientos y, quizá lo más importante, con respeto de los derechos humanos y las libertades, tanto individuales como colectivas.

Catherine Salamanca, Psicoterapeuta Psicoanalítica de la Universidad Leon, en Barcelona, España, comenta que, aunque sus consultas no aumentaron significativamente a raíz del Paro, sí había una constante en las sesiones con sus pacientes: “Existe un descontento, un sin sabor, una angustia… Hay mucho miedo, demasiada impotencia, mucha culpa, en términos de saber que lo que está sucediendo no tiene una respuesta clara, ni rápida, es decir que el hacer muchas veces se percibe insuficiente”.

Estas sensaciones venían desde antes de la pandemia y se acrecentaron cuando el Covid-19 forzó el cierre de las calles y con ello trajo la imposibilidad de sustento para las economías informales de los ciudadanos del sur global. 

¿Qué pasa con el suicidio?

Hay que entender que no hay que satanizar el suicidio. Se cayeron los ídolos salvadores de la iglesia, la política y la economía. Ni el american dream nos salvará de ser latinos, ni dios nos salvará del cambio climático, ni la ciencia de los virus. El panorama para quienes crecimos en los 80, 90 o 2000 es cada vez más claro, o sea, realista, desmotivador.

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En contextos de constante desilusión, con el culto a la autosuperación, a la felicidad, la productividad y el éxito como parte de las estrategias del mercado, no es anormal pensar en acabar con la vida. Sin embargo, la doctora Salamanca señala un aspecto importante: “Naturalizamos ese encuentro con la muerte, es decir, no solamente estamos teniendo 700 muertes diarias por la pandemia, sino que tenemos los muertos de una forma injustificada que se producen en todos los bandos del Paro. Hay una naturalidad de darle paso a la muerte como algo que hace parte de la misma sociedad”. 

Es obvio que la muerte sea parte del día a día porque hace parte del ciclo biológico de cualquier ser vivo, pero es la relación que la sociedad y el individuo han construido la que plantea dudas sobre si la aceptación de la muerte viene como resultado de su naturaleza, del duelo, o es la supervivencia la que impulsa ese deseo de morir y en otros casos de matar como una forma de franquear la realidad. 

Precisamente desde el otro lado de la moneda, la doctora Salamanca añade: “Esto de lo ominoso, como un goce mortífero que preocupa, debería generar bastantes preguntas sobre qué lugar le estamos dando a la vida, qué papel le estamos dando a ese encuentro con otros, a este construir en conjunto, al lugar que tenemos en la vida de los otros porque fíjate que estamos hablando de lo abominable y de la muerte desde diferentes formas: el suicidio, las muertes en la pandemia, las muertes por abuso policial. Hay algo ahí, de un no valor a la vida que es importante dejar claro”.

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Por otro lado, es difícil manejar la ideación suicida o los padecimientos que la provocan porque en Latinoamérica, históricamente, ha existido una feminización de la salud mental, una relación con genes degenerados o con debilidad de la persona, que ha llevado a un manejo inapropiado de los trastornos mentales, explica el doctor Carlos Molina. Con distintos avances y retrocesos en América Latina, destacando los progresos de Brasil, Chile, Argentina y Perú.

Para el caso colombiano se han dado avances legales que las entidades de salud han sido incapaces de aplicar por las fallas estructurales del modelo de prestación de salud. Aunque se habla más de salud mental, la realidad es que las barreras de acceso a los servicios, los estigmas, la falsa percepción de la terapia como un lujo o como un tratamiento con pastillas hacen que en el día a día las personas estén desamparadas con sus padecimientos, tratándolos como la sabiduría popular indica. Quizá ese sea uno de los motivos de la corrupción y la violencia. 

La salud mental y los problemas sociales van de la mano 

El golpe contra la realidad no es exclusivo de los colombianos. El periodista chileno y miembro de la Residencia Política organizada por la organización Artemisas, Juan Cruz Giraldo, cuenta que el estallido social en Chile empezó a generar varias cicatrices en la salud mental: “Yo vivo muy cerca de la Plaza de la Dignidad, en donde ocurrieron los enfrentamientos más fuertes entre la policía y la primera línea. En esa época hubo muchas víctimas de traumas oculares y me di cuenta que caminaba mirándome los pies porque me daba miedo que un ‘perdigón loco’ me diera en la cara. Andaba con gafas de protección y mascarilla antigás, por si acaso. Pensé que estaba loco por pensar así pero cuando lo comenté con amigos me di cuenta que era un miedo social, todos teníamos miedo de que nos volaran los ojos”. 

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Juan reconoce los logros políticos de las manifestaciones chilenas, pero ve con pesimismo que esos logros no fueran LOS LOGROS que se esperaban y que, para conseguir una nueva constitución, haya víctimas por las que nadie va responder. 

Aunque de un lado romántico se puede vislumbrar esperanza en esos logros colectivos, nadie responderá por las víctimas y las poblaciones de estratos vulnerables que seguirán presionadas por la desigualdad. “No me volvería a bancar un estallido social, quizá otra pandemia sí, porque esas víctimas de trauma ocular, esas víctimas de violación, de muertes no tienen reparación. Detrás de esas personas hay familias y si revisas en detalle son muchas historias de personas fragmentadas que no van a tener reparo. El presidente que queríamos sacar sigue ahí, y no se ha hecho justicia. Al final uno dice: “¿Valió la pena?” Cuando tú ves que el sistema es tan corrupto, te da una desesperanza terrible y te cansa, te da fatiga. Prima el dolor y en ese sentido la salud mental se deteriora”, señala Juan.

Pese a lo anterior, otro detalle del estallido social es que se entienda la importancia de la salud mental en contextos de violencia y autoritarismo y así lo reconoce Juan: “Quienes tenían el privilegio de hacerlo, fueron al psicólogo. Otros no, pero se dieron cuenta que había una psiquis y que esa psiquis se alteraba”.

Empezar a hablar es un gran avance para reconocer las causas, efectos y salidas de esas alteraciones de la salud mental. “Lo que está pasando es que la emoción resulta ser parte de lo inefable, de lo innombrable, de no saber cómo abordarlo... Y esto puede llevar a una impotencia grande y – en algunos casos incluso- desear terminar con la vida” señala la doctora Salamanca. Ella siente que “esto es un llamado de atención bastante grande porque hay una imposibilidad de tramitar esas emociones que se están sintiendo, digamos que naturalmente la psicoterapia, el psicoanálisis es una forma de ponerle nombre a lo que está pasando, una forma de hacer algo con lo que se tiene, esto es clave”.

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Hay que nombrar las cosas

Uno de los mayores conflictos que repercuten directamente en la salud mental y que tienen base en estallidos sociales, como el de Colombia o el de Chile, es la ausencia de libertad de expresión plena. Una competencia entre significados y significantes, entre la elaboración de murales y el deseo –o la acción– de borrarlos.  

“He visto algo importante en la clínica que me parece fundamental nombrarlo: hay una realidad externa: el paro y la pandemia; pero, esto puede tener que ver con una realidad interna. Es ahí donde tenemos que prestar atención, porque muchas veces esta realidad interna es la que motiva la salida de cada marchante, no solamente es en pro de la masa, en pro de los cambios sociales que todos conocemos, sino también hay un tema de racismo, de clasismo, de exclusión, de no ser, no tener escucha, de sentirse incluso diferente, de no sentirse parte de. Entonces, una forma de darle frente a cada una de esas sensaciones es que el sujeto se pregunte por ellas y se pregunte de una forma que le permita entender y hacer algo con lo que se está sintiendo”, señala la doctora Salamanca.

La libertad de expresión es mucho más que la posibilidad de decir textualmente que se está de acuerdo o en contra de una posición. Entender las motivaciones de cada emoción, las reacciones que generan las noticias de corrupción e incluso cómo entendemos a los diferentes en el propio núcleo familiar facilitaría la contención de la violencia, del rechazo y abriría canales para exteriorizar el inconformismo sin necesidad de acabar con el otro.

El desconocimiento de las emociones y los trastornos mentales impide entender que hay momentos en los que la realidad se difumina y nos supera. Entender con claridad las emociones permite expresar arengas con mayor claridad. Tener la posibilidad de verbalizar, de contar con plena libertad de decir lo que se siente ayuda a liberar la carga que representa vivir bajo la zozobra de un régimen autoritario o un no futuro, como sucede en la mayoría de países latinoamericanos. Claramente, esa no es la solución de los problemas pero es una ayuda para sobrellevar la realidad de esos contextos.

Eso no quiere decir que no conocer qué emociones motivan una manifestación le quite la legitimidad a los reclamos, se trata de diferenciar, de reconocerse como sujeto que sufre y siente miedo, tal como lo cuenta la doctora Salamanca: “En la masa el yo se pierde, esto lo decía Freud hace mucho en 'psicología de las masas y el análisis del yo'. Cuando estamos en pro de la causa, el yo, el mí mismo, no está ahí, yo estoy  gritando lo que otros gritan, una voz que termina siendo un poco externa a mí, hay una identificación con la masa, un lugar en el grupo, entonces, poder darle lugar a la voz interna, escuchar esa voz particular, que la voz colectiva no borre la voz particular. Es completamente clave para hacerle frente a las emociones, saber qué tiene que ver con mi historia personal, por qué realmente existe un malestar, por qué existe una molestia”.

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Es solo a partir de esa libertad, de reconocer la particularidad que se puede entender que se está afectando y que se necesita parar, que el cuerpo exige un descanso y que esa sensación de ahogo, más que el gas lacrimógeno, puede ser un ataque de ansiedad. 

Así le pasó a Juan: “Había una revolución interna. Hay una parte de nosotros que está viviendo su propio estallido. Me acuerdo que en un momento me sentía culpable. Había una mujer que fue asesinada en Santiago producto de una bala perdida y yo tenía que ir a investigar, y cuando salí de mi casa no pude cruzar la puerta. Yo vivo cerca del Palacio de la Moneda y en la esquina había militares. Y salí a la calle y verlo era como: “¿Qué estoy viendo?” Me congelé y no pude salir porque mi cuerpo no me dejaba. Pasa mucho que no nos hacemos cargo de los padecimientos, en medio de la adrenalina por estar en el estallido y es el cuerpo el que nos avisa “¡Ey, para!” No es normal que haya toques de queda, no es normal ver militares en la calle con armas, nada de esto es normal. Era como ver postales de un Santiago en dictadura, como si nos hubieran puesto un filtro sepia. Por fortuna tuve una editora en ese momento que entendió lo que sentía porque ni siquiera podía verbalizar lo que pasaba”. 

Nombrar las emociones, entender qué está pasando al interior de cada une es la primera forma de comprender qué está pasando en el exterior. No es posible expresarse sin comprender qué se quiere decir, qué motiva lo que se quiere decir. Cuando las emociones se contienen y no se tiene claridad para exteriorizar lo que se siente los pensamientos se expresan con lo que se tenga a la mano, aunque eso de lo que se dispone sea la violencia.

Crear lazos, salir del encierro

En algunos momentos, escuchar a los otros permite ayudar a verbalizar eso que se siente, permite que existan avances para entender la sensación de agotamiento. Hablar con alguien más es lo más cercano a una terapia cuando las emociones nos desbordan. 

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Juan, en Chile, lo vivió así: “Se valorizó la comunidad, saber que uno tiene vecinos. Por un momento se sintió que pertenecíamos a algo”. 

En Colombia, la ayuda para Laura Rodríguez, una manifestante a la que su familia le dio la espalda por participar del Paro y que su tío policía estigmatizó, vino de las personas del Paro: “Al principio del Paro yo salía sola, mi punto de encuentro cercano era el monumento a los Héroes, ahí conocí a una batucada y uno de los chicos de los tambores me invitó a bailar con ellos y ahí fue donde yo saqué toda la rabia, todo el dolor y todo el resentimiento. No solo es mi caso, también tengo compañeras de la universidad a las cuales les tocaba buscar un refugio por apoyar las marchas. Cuando la familia te da la espalda llega el punto en que la familia se vuelve quien está contigo acompañándote en una manifestación”.  

Y es que, según la doctora Salamanca, las marchas no son exclusivamente un fenómeno de expresión política, sino que se convirtieron en una forma de hacer lazos sociales, de sentirse parte del grupo, después de atravesar un momento tan restrictivo como el de la pandemia. 

“Esto es llamativo porque es una combinación interesante. Justo las personas que están saliendo también son las que han sentido un mayor efecto del aislamiento. Es en la edad de la juventud cuando en realidad se debe estar con el otro, se deben crear lazos, se debe interactuar con el otro. El paro también es una respuesta a ello, a hacer lazos poniendo el cuerpo ahí, insisto, de una forma diferente”, señala la doctora Salamanca. Para ella esa forma de relacionamiento diferente también debe ser observada desde la óptica de otras formas de expresión que ayudan a equilibrar y exteriorizar las emociones que cuando están contenidas desencadenan reacciones violentas.

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“Siempre, aunque no sea consciente, estamos en una búsqueda de adentro hacia afuera, terminamos de alguna manera dialogando con lo que somos, con nosotres mismes y con lo que somos con el otro. Es algo que va y viene. Yo hice dos años terapia convencional y me dio herramientas y perspectivas, pero creo que el estar con otras personas también es un espacio de terapia, aunque no sea llamado así, o en su defecto hacer algo que a uno lo reconforta, eso ayuda a encontrar en cierta medida un bienestar que es una constante del ser humano”, cuenta Solange Villalba, activista medio ambiental argentina.

Resistir no es morir

Pensar en acabar con la propia vida como una respuesta a la falta de oportunidades y un futuro sin posibilidades de existir y de ser, no solo es común, sino que debería generar preguntas sobre qué tipo de sociedad somos. Definitivamente hay una relación entre el desconocimiento de los problemas y la tranquilidad de ignorarlos. Es normal sentir miedo, desesperanza, tristeza, ira y un largo etcétera, como cuenta Valeria Cuellar, activista de los derechos de la comunidad LGBTIQ+: “Nosotres hemos crecido en la adversidad, para nosotras no es nuevo esto, para nosotros no es nueva la represión policial, no es nueva la escasez de alimentos, no es nuevo protestar… Nada de esto es nuevo. Para mucha gente sí es una novedad, pero nosotros llevamos una lucha histórica en las calles, en los barrios, en los territorios, buscando acceso a salud, educación y al trabajo. Lo que buscamos es canalizar la energía para hacer la revolución”.

Quizá no haya respuesta a si vale la pena o no luchar, a si vale la pena o no seguir viviendo. Pero mientras se decida hacerlo la primera gran lucha es interna. No hay forma de resistir sin entender que una depresión mal manejada puede ser casi tan perjudicial como una lesión en los ojos. Se necesita entender que hay momentos para parar, para asumir lo que estás pasando, para ‘hacer el duelo’.

Un estudio reciente publicado por la revista Emociones y sociedad de la Universidad de Bristol, muestra cómo en Bielorrusia, un Estado con tradición autoritaria inestable por los innumerables cambios de su historia política, “los individuos deben basar su acciones sobre un impulso interno. Por lo tanto la depresión es la patología de la sociedad cuya norma se basa en la disciplina y el miedo al castigo, por un lado, y por iniciativa y responsabilidad, por otro. La soga de la democracia autoritaria bielorrusa ha sido frustrante y con efectos depresivos en última instancia, ya que el individuo siente que en estas condiciones la tarea de la autorrealización se sustituye sutilmente por la de la "supervivencia sostenible", de modo que, además de estar perpetuamente privado de la subjetividad sociopolítica, el individuo también siente que está siendo privado del futuro”.

No hay forma de hacer revolución en el mundo mientras no se haga conciencia sobre los pensamientos, las emociones y las conductas que guían las acciones individuales en cada marcha. No hay forma de encontrar soluciones a los problemas si las soluciones están puestas en ídolos (los políticos, los jóvenes, los artistas), las soluciones las brindan los individuos que se unen en torno a una causa. Conocerse permite entender a los demás y ver las diferencias desde otro ángulo, cuando algo nos molesta probablemente nos estamos viendo reflejados en el otro. Conocerse permite entender esas diferencias para asimilar eso que nos negamos a ver, eso que nos aterra, eso que no queremos ver.

David Alejandro Guarín es periodista, podcaster y productor de contenido colombiano desde hace más de 10 años. Ha trabajado en medios de comunicación como EL TIEMPO y EL ESPECTADOR. Debido a su interés en la defensa activa de los derechos humanos participa de las Residencias políticas y Vice Labs, en donde, a través de contexto, incidencia, arte y activismo se busca presentar maneras de hacerle frente a la crisis de derechos humanos y libertad de expresión que se vive hoy en día en América.