Aprovechemos la cuarentena para dejar de hacer cosas

¿Te acuerdas de la última vez que no hiciste absolutamente nada? Yo tampoco.
17.3.20
cuarentena dejar de hacer cosas
Dolce far niente de Auguste Toulmouche. Imagen vía Wikimedia Commons/CC 0

¿Qué tal llevas el confinamiento domiciliario? Espero que bien, porque todavía nos quedan unos cuantos días y ya estamos tirándonos de los pelos. Por suerte, pasamos el día recibiendo memes, vídeos sobre cómo se las arreglan los vecinos para combatir el aislamiento y unos cuantos discursos que nos invitan a cuestionarnos ciertas cosas. Pero está bien, en tiempos de crisis suelen surgir reflexiones interesantes y muy necesarias.

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Curiosamente, pese a estar encerrados en casa, no nos paran de llegar estímulos y sugerencias para llenar nuestro tiempo vacío. Y aún así, si hay una palabra que ha salido a colación estos días es el ABURRIMIENTO. Y yo me pregunto, ¿cuándo ha sido la última vez que no hacías absolutamente nada? Ahora, más que nunca, aparecen ante nosotros mil y un planes de ocio, numerosas revistas ofrecen sus números de forma gratuita, algunos servicios de streaming dan un mes gratuito y muchas APPs permiten que te registres sin pago alguno.

Paradójicamente, en un momento en el que nos vemos obligados a paralizar nuestra vida, nunca antes tuvimos tantas cosas por hacer. "¡Mira esta serie!", "¡lee este libro!", "¡prueba esta receta!", "¡aprende a calcetar!", "¡tira todos los calcetines sin pareja de tu cajón!".

Hoy más que nunca el culto a estar ocupado está a la orden del día. Pero párate a pensar: ¿Desde cuándo te interesa el yoga? ¡No te acabarás Cien años de soledad ni aunque estés cien años en cuarentena! ¿A quién pretendes engañar? Llevamos años quejándonos de que no tenemos tiempo para desconectar pero somos nosotros los que nos empeñamos en estar permanentemente conectados.

"¡No te acabarás Cien años de soledad ni aunque estés cien años en cuarentena! ¿A quién pretendes engañar?"

Estamos acostumbrados a pasarnos la vigilia entera ocupados, estresados, acudiendo a todos los eventos sociales por miedo a perdernos algo. Lo hacemos para sentirnos bien, por supuesto, para dormir tranquilos porque hemos exprimido el jugo de la vida al máximo, pero en realidad estamos exhaustos y deseamos con todas nuestras fuerzas tirarnos en el sofá para ver RuPaul. Sin embargo, hemos llevado la máxima de tener que exprimir la vida a tope hasta tal extremo que el mismo acto de vivir ha perdido todo el sentido. ¿Cómo iba a ser ahora diferente?

No importa que estemos recluidos en casa por un virus altamente contagioso que ha provocado que la economía y el ritmo de vida mundial se paralicen, nosotros tenemos que seguir siendo tan productivos como siempre. Siempre al tanto de todos los memes, contemplando las historias de Instagram para saber qué está ocurriendo en las casas y azoteas de nuestros amigos y revisando el mail en todo momento. Seguimos teniendo FOMO pese a que no podemos salir de casa, pese a que media Europa no puede salir de casa. Siempre con la intención de no dejar de ser productivos, de no dejar de “vivir”, de aprovechar hasta la última gota de nuestro intelecto para aprovechar nuestra corta existencia.

Pero yo quiero animarte a hacer todo lo contrario. ¿Por qué diablos no aprovechamos el momento para no hacer absolutamente NADA? El tedio es una herramienta poderosa e inspiradora y, sobre todo, necesaria. Muchas de las grandes ideas de la historia han llegado después de una buena dosis de hastío. ¿El tipo que hizo una hoguera por primera vez? Estaba aburrido. La pereza, el acto de contemplar a la nada durante un buen rato es un buen recurso para que nazca la creatividad. Esta crisis mundial ha paralizado el piloto automático de nuestra sociedad, hemos salido de la rutina, de ese ritmo de vida donde habíamos normalizado el estrés y la sobreproducción.

Definitivamente tenemos fobia a los tiempos muertos, puede que sea porque tenemos miedo de escuchar lo que sea que tengamos ahí dentro. Sea como fuere, es curioso que nos sintamos culpables por no hacer nada pero, ¿tiene sentido que el tiempo, nuestro valor más preciado (porque no, no es el dinero) lo perdamos precisamente por querer aprovecharlo al máximo? Suena un poco absurdo, la verdad.

"Sentimos culpa cuando somos improductivos y nos vemos sumidos en una vorágine de actividad sin sentido que nos lleva a la apatía, a la tristeza y a la frustración"

Sé que en el fondo muy fondo, aunque no quieras admitirlo, estás disfrutando un poco de esta reclusión forzosa. Como si de repente fuese un alivio no tener que ir al gimnasio después de trabajar, ni ir a todos esos conciertos cada fin de semana, ni gastar más dinero en gilipolleces, ni salir de marcha y tener dos días de resaca y uno de bajón anímico. Lo estás disfrutando un poquito, admítelo.

Creyéndonos individuos multitasking, pensamos que podemos disfrutar de una puesta de sol mientras revisamos nuestro móvil, pero la realidad es que perdemos la posibilidad de experimentar placer en sí mismo. Somos como robots, mecanizados, aletargados, este cambio drástico obligado nos ha despertado de nuestro letargo. El aburrimiento es fértil, el aburrimiento puede devolvernos nuestra humanidad. Perder el tiempo es una necesidad humana que hemos desechado en la actualidad.

Sentimos culpa cuando somos improductivos y nos vemos sumidos en una vorágine de actividad sin sentido que nos lleva a la apatía, a la tristeza y a la frustración. ¿Te crees muy afortunado por tener pagar todas las plataformas de streaming, por tener la música disponible donde quieras y cuando quieras en Spotify? Pues dentro de un tiempo, eso será tan emocionante como lavarte la cara al levantarte cada mañana.

Así que ¡esconde el móvil, apaga la televisión, deja a un lado Netflix y simplemente mira a la ventana, tírate en el sofá divagando, saborea de verdad una buena comida, sueña despierto, abúrrete, vuélvete inactivo! El tiempo ya no es una excusa.

El destino, para bien o para mal, nos ha dado esta oportunidad. Así que aprovéchala para disfrutar de la maravillosa práctica de no hacer nada y no te sientas culpable por ello. Igual estar un poco en soledad, quietos, mirando a la humedad que tenemos en el techo de nuestra habitación ayude a que reflexionemos sobre nosotros mismos. Cuando todo acabe, serás mejor en el trabajo y contigo mismo. Quizás tenía que venir un virus letal para que nos diéramos cuenta de ello. Ya verás cuánto arte va a surgir de estas semanas (o tal vez meses) de aislamiento.

Sigue a Raquel en @raquel.zas