Fotos: Sebastián Ortiz Suárez, Diego Barrera, cortesía DePasillo
Fotos: Sebastián Ortiz Suárez, Diego Barrera, cortesía DePasillo

En Colombia la música ha logrado lo que el Gobierno no ha podido

Estas son algunas reflexiones sobre el papel de la música en las protestas que, en el país, cumplen casi un mes.
19.12.19

Abrir los ojos todos los días en Colombia, no es fácil. A la indignación, que ha venido convocando a millones de colombianos a las calles desde el 21N, se le suma la frustración de que cumplido casi un mes de paro nacional no se ha avanzado en nada. El pliego de 13 peticiones presentado por el comité del paro, que aborda 104 puntos de la agenda nacional, ha recibido como respuesta del vocero del Gobierno, Diego Molano, que simplemente hay cosas que no son negociables. Cada pronunciamiento del Gobierno es peor que el anterior. Desde decir que el asesinato de Dilan Cruz, el joven estudiante al cual un agente del ESMAD le disparó un proyectil en la cabeza, fue un “accidente”; pasando por la decisión absurda de intentar calmar los ánimos de los manifestantes con el anuncio de tres días sin IVA, hasta proponer una mesa de negociación con empresarios, gremios y entes de control por encima de organizaciones sociales que representan a la población. Eso, claro, sin contar los testimonios que aparecen todos los días sobre abuso policial, represión y detenciones arbitrarias e ilegales a civiles y periodistas.

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Después de esto, es normal que la desaprobación de la gestión del Presidente Duque esté en el 70% a la fecha.

Pero más allá de la desazón nacional que se vive día a día, hay unos logros, si acaso simbólicos, que se han alcanzado por parte de la música, que han perdurado durante el tiempo que lleva el Paro Nacional y que seguramente se seguirán manifestando y creciendo hasta que el Gobierno escuche, atienda y responda de manera en que se respete la dignidad del pueblo colombiano con cada una de sus exigencias.

Empecemos por lo básico. Una marcha sin música muere, no resiste, no se siente. Y cuando hablo de música no es una comparsa, ni una cantante. No, la música como eso que suena. Una melodía cuya lírica se ha modificado para convertirse en arenga; una canción sin instrumentos entonada por un millón de personas en la calle. Una cacerola que desplaza la percepción de miedo durante la noche y se expande en el ambiente como resistiéndose a callar. Una batucada de tambores que nos aterrizan los pies en la tierra y nos hace brotar un grito de inconformidad. Una guacharaca festiva en medio de una calle cerrada que nos transforma el odio en exigencia urgente. Un pregón afro que nos invita a no rendirnos, carajo.

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Cacerolo. Sebastián Ortiz Suárez.

Ese ruido, alborotado, desafinado y generalmente a destiempo, es el sonido de nuestra resistencia y esa banda sonora del aguante ha sido el primer logro de la música, acompañar y hacerse presente en las gargantas, en los palos de madera que chocan contra el metal de las cacerolas, en las manos que se ampollan después de reventar un tambor, en las muñecas que arrastran un trinche por una guacharaca, en las bocas que soplan pitos y así sucesivamente hasta hacerlo masivo.

“Convirtieron el Paro en un Carnaval”

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Es miércoles. Son las ocho de la noche. En el parque de los hippies en Bogotá, el epicentro cultural y artístico en el nororiente de la capital. Hace unas horas 300 músicos dirigidos por el maestro ruso Guerassim Voronkov, ofrecieron un “Cacerolazo Sinfónico”, mientras tanto, en otro lugar del mismo parque, la música electrónica de un sound system ubicado en la parte trasera de una camioneta desataba un rave desenfrenado y en la carrera Séptima, bloqueando la avenida, un quinteto de músicos suena el “Kilele” tradicional del Pacífico con un improvisado arreglo de cacerolas. En otro lugar de la misma calle, se empieza a elevar un grito que poco a poco va contagiando a la gente. Un grito fundamental y necesario de escuchar cada tanto, cada que el ruido no deja distinguir lo que está pasando o intenta callarse completamente: “A parar para avanzar ¡Viva el paro Nacional!”.

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Cacerola en concierto. Sebastián Ortiz Suárez.

Entre tanto, en pequeños grupos, se habla de la “carnavalización del paro”, algo que va congiendo fuerza y que básicamente critica ese cambio de actitud de la indignación a la fiesta. Como si no pudieran convivir juntos. “De repente esto se convirtió en salir del trabajo, coger una cacerola y echar pola y guaro. No, acá vinímos a exigirle al Gobierno que nos escuche, no de parranda”, me dice una de las personas que está ese miércoles, a esas ocho de la noche, en la calle, azotando a su cacerola como si fueran las injusticias del país, o los mismos que lo tienen en esta crisis.

Y uno lo piensa y sí, se carnavalizó el paro, pero no es algo necesariamente malo, quizás mal ejecutado, como el concierto masivo del 8D. Y no se trata de criticar la iniciativa que dejó imágenes tan emotivas, pero sí pensar que esa movilización motivada desde la música, realizada un domingo, no tiene mayor sentido, como tampoco lo tiene salir a azotar una cacerola después del trabajo, porque en ambos casos no se está presionando ni se está incomodando a nadie, como para motivar una urgencia en los acuerdos que puedan salir de esto. “¿Qué tal si en vez de hacerlo un domingo en la tarde o un miércoles en la noche se hace un lunes en la mañana? ¿Qué tal si en vez de hacerlo en una plaza o cerrando una cuadra, se hace, de manera igualmente pacífica en los portales de transportes para detener el flujo de la ciudad? ¿Qué tal si en vez de hacerlo después del trabajo se hace antes, para detener la economía? ¿Qué tal si esta carnavalización del paro, bien ejecutada, motiva que seamos escuchados más rápido?”, son preguntas que se hace la gente en la calle, en redes, en grupos de Whatsapp.

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Batucada. Sebastián Ortiz Suárez.

En todo caso hay un logro en todo esto y es que la música nos está dando un sentimiento de festividad en medio de unas agonías tan grandes por la realidad del país. Nos ha puesto a hablar entre nosotros, a no ser indiferentes, a buscar maneras de hacer las cosas. Nos ha devuelto a las calles cuando el mensaje desde el Gobierno parece ser reprimirnos y tenernos encerrados y con miedo en las casas. La carnavalización del paro, al final, nos ha dado la posibilidad de reclamar las calles de nuevo como nuestras y compartirlas con gente como nosotros, conocidos y desconocidos que están buscando un cambio.

“Una lucha que suena es una lucha que no se nos sale de la cabeza”

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Históricamente la repetición nos ha servido como un ejercicio de memoria. A veces sale bien y terminamos aprendiéndonos la tabla del siete, a veces sale mal y terminamos cantando completas canciones que odiamos. Esta vez, las luchas sonando una y otra vez en las calles y en las voces de miles de personas, han hecho que no se nos olvide nada de lo que estamos viviendo. No sabemos en qué vaya a terminar esto, pero siempre vamos a recordar, con melodía y todo, que “Dilan no murió, a Dilan lo mataron” y que su muerte desató una conversación que es más bien una exigencia para el desmonte del ESMAD y para que no queden en la impunidad las más de 34 muertes y cientos de personas heridas que ha dejado esta institución en el país.

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Dilan. Sebastián Ortiz Suárez

Y así mismo con los performance de “Un violador en tu camino”, el canto con el que la lucha feminista de Chile creado por el colectivo Las Tésis e inspirado por los trabajos de la antropóloga argentina Rita Segato, ha logrado llevar por todo el mundo las voces de cientos de miles de mujeres que han tenido que vivir el acoso, la violencia y la violación frente a un Estado opresor, ciego y falto de leyes, frente a una sociedad que ha venido normalizando el silencio de las víctimas. “El violador eres tú”, repetido y clavado como una puntilla infinita en el cráneo de todo el mundo, es también una herramienta para que no se olvide el sufrimiento acallado y por fin liberado, pero que ojalá también genere cambios en la sociedad y las legislaciones que lo mantienen impune.

Igual con las arengas de los estudiantes que quieren cambiar la sociedad y con los indiferentes que se olvidan que “su hijo es estudiante y usted es trabajador”. Igual con las que rechazan la privatización de la empresa pública y exigen un sistema de salud decente. Desde afuera parece que un coro multitudinario es solo algo que así como empieza de la nada, así mismo termina, de manera efímera y sin provocar un cambio. Pero desde adentro, cuando nos hacemos conscientes tras la repetición, sabemos que lo vamos a tener clavado por siempre y que lo vamos a hacer las veces que sea necesario, porque ya lo hicimos nuestro, ya nos duele o ya empatizamos con quienes les duele y podemos lograr que esas luchas sean nuestras también.

“El paro afuera del paro, hasta que se hizo parte de nuestra vida”

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Son casi las seis de la tarde del 24 de noviembre, el primer domingo desde que empezó el paro nacional. Afuera, en una especie de plazoleta en la calle 85 con carrera 15 al norte de Bogotá, una multitud de jóvenes canta casi entre susurros las canciones de bandas como Biselad, Los Viles, Los Fumadores, Aguas Ardientes o Stallone, que con un humilde sistema de amplificadores y micrófonos trata de lograr que sus temas lleguen a la mayor cantidad de gente posible. Y aún cuando no se escucha lo suficientemente duro, la escena es hermosa. Gente sentada en el piso de un rectángulo de ladrillo contemplando a la nueva generación del indie y el rock colombiano, intentando sonar casi que en versión acústica sus temas originales, recibiendo el sonido de la cacerola percutida en vez de aplausos y todos, sin excepción, dedicando su concierto a este momento urgente de enviar mensajes sobre lo que nos aqueja y con lo que no estamos de acuerdo, a todos los que están en contra de las decisiones del Gobierno, a todos los que se cansaron y salieron a hacerse sentir.

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Toquerolazo de Queda. Sebastián Ortiz Suárez

A unos metros de ahí, un almacén de cadena que en el imaginario social está diseñado para gente de un estatus superior, se encuentra lleno. Algunas caras residentes del sector miran con incomodidad la manifestación, otros critican las motivaciones de la gente durante el paro, y para otros simplemente les es indiferente lo que está pasando. Y sin embargo, alguien, en medio de las filas de las cajas, lanza el grito: “A parar para avanzar ¡Viva el paro Nacional!”, una y otra vez y así hasta que se fuera trasladando de las calles a las fiestas, los supermercados, los medios de transporte, lugares cerrados que no se habían permeado antes.

Días después, en una fiesta de electrónica en Barranquilla, sucedió lo mismo. Luego en una de Cali, luego en un bar de Bogotá mientras sonaba reggaetón y ese mismo día a la salida de un bar de metal, a las cuatro de la mañana. mientras un grupo de amigos caminaba a coger un taxi que los llevara a la casa. Igual pasó dos semanas después en una casa/bodega luego de un concierto de rap cuando El kalvo y Mismo Perro no esperaron a que cesara el ruido de su última canción para soltar el grito visceral que nos une y nos acompaña ahora. Una y otra vez alguien gritaba: “A parar para avanzar” y todos terminábamos respondiendo al unísono “¡Viva el paro nacional!”. A parar para avanzar ¡Viva el paro nacional! A parar para avanzar ¡Viva el paro nacional! A parar para avanzar ¡Viva el paro nacional!

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Pero no solo nos llevamos a las fiestas el paro que inició en las calles. La presión en redes logró que uno de los artistas más masivos en Colombia dejara la indiferencia a un lado y alzara su voz para exigirle al Gobierno que escuchara al pueblo volcado en las calles. Más allá de la presencia masiva de artistas en el bautizado “Un canto por Colombia” que se realizó el pasado 8 de diciembre en Bogotá y Cali y que tendrá una versión el 22 de diciembre en Medellín, ha logrado que la música sea una excusa para que en las tarimas las voces de esos artistas que respaldan la movilización pacífica, sirvan de eco a las causas sociales que gracias a ellos pueden llegar a tener un impacto (al menos mediático) más contundente. Mateo Kingman, un artista ecuatoriano que visitó Bogotá hace unas semanas, me cuenta que también cuando se presentaron las movilizaciones en Ecuador durante octubre, la gente le exigió pronunciarse. “Yo me tardé unos días analizando la situación y entendiéndola para salir a decir algo coherente y me di cuenta que la gente ya no le cree a los medios, ni a los políticos y por eso buscan en los músicos o influencers una voz de aliento o un respaldo”, me cuenta.

Por otro lado el Aniversario del Sello In-Correcto que se convirtió en un festival de dos semanas, prefierió no suspenderse o reprogramarse, sino que decidió que aquellos que llevaran cacerola a su evento, tendrían 50% de descuento en la boletería, no solo dándole continuidad al evento, sino dotándolo de un espíritu que tuviera el simbolismo de la realidad nacional. Otro grupo de gente organizó un evento con bandas de punk cuyo cover fueran donaciones para la Guardia Indígena.

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Y entonces la música y el paro han transgredido los espacios, se han vuelto uno con nosotros. Cualquier lugar donde uno grite: “A parar para avanzar”, sabe que un coro se va a levantar para contestar “¡Viva el paro nacional!”, porque esa unión posible entre desconocidos, es algo que nos ha dejado el paro hasta ahora y ser conscientes de ello es entender que nuestra cotidianidad no será la misma porque la motivación de fondo siempre va a tener algo que ver con el paro.

“Del dolor y la frustración a la creatividad pura”

Hace algunas semanas hablando con Willy Rodríguez, vocalista de Cultura Profética, sobre el impacto de la música en las movilizaciones de Puerto Rico en julio de este año, me decía que “las canciones más sentidas y más elaboradas han nacido del dolor”. El ejemplo más claro de esto ha sido el blues y el soul en Estados Unidos, pero también lo han sido las canciones que han nacido en tiempos de dictaduras. Un caso es el rock argentino con temas como “Los Dinosaurios” de Charly García, o la música protesta en Chile con Víctor Jara y el que recientemente se convirtió en himno generacional “El baile de los que sobran” de Los Prisioneros, cuya semilla fue la situación social, la inconformidad, el desasosiego y ante eso, la catarsis fue la música.

Desde hace años la realidad colombiana no ha sido la excepción, pero sobre todo en el contexto de movilización actual, la respuesta ante esos sentimientos contenidos ha sido convertir en música esa rabia, esa incertidumbre, esa pena, ese dolor. Y que el motor de estas creaciones sea la injusticia, también abona un terreno para la memoria, para que en 20 años sepamos de dónde venimos, qué ha cambiado y qué nos queda por lograr.

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Estas son algunas de las canciones que han nacido con este paro nacional, exploraciones electrónicas sampleando las cacerolas de las calles, rap de todas las cadencias y estilos, uniones entre varios productores de electrónica, uniones entre varios músicos alternativos, combinaciones disímiles de gentes en esquinas creativas diferentes, versiones del absurdo por mentes geniales, versiones sarcásticas de mentes adelantadas en el tiempo, canciones inéditas estrenadas durante el 8D, en fin relatos que guardan este afán de cambio, esta necesidad de hacer algo al respecto, porque en Colombia la música ha logrado lo que el Gobierno no ha podido: unirnos.

Varios Artistas - “De esto te hablamos viejo”

El Paro Suena (Varios Artistas) - “Todo el poder para la gente”

Varios Artistas - Música Urgente

Ali A.K.A Mind - “Emancipación”

Edson Velandia y Adriana Lizcano - “Ivan y sus Bang Bang”

Juancho Valencia- “Salserolazo”

Biomigrant - “Son De La cacerola”

Bomba Estéreo - Canción Inédita

Gato’e Monte - “Paro!”

Mañas Rufino & Deejohend - “Turista”

El Segah - “Que viva el paro”

Suena la cuarta - “La Lucha no para”

Ninio Sacro - “Yo marché”

Juan Andrés Ospina - “Oda a la cacerola”

La Tromba Bacalao - “Versión libre”