Cultura

Sexo, heroína y taquillazos: así fue la relación entre las dos grandes estrellas del cine quinqui

José Luis Manzano, el actor estrella del cine quinqui, conoció al director Eloy de la Iglesia mientras este buscaba chicos jóvenes con los que acostarse.

por Álex Ander; ilustración de Eduard Taberner Pérez
21 Mayo 2020, 4:05am

Todo empezó en la madrileña calle Victoria. Allí, en unos billares frecuentados por jóvenes chaperos y sus clientes, el cineasta vasco Eloy de la Iglesia —que solía frecuentar la zona en busca de chicos jóvenes con los que acostarse— conoció a José Luis Manzano en noviembre de 1978. Manzano era en ese momento un chico de quince años procedente de una familia desestructurada de la UVA de Vallecas y sin apenas estudios.

De hecho, tres años antes de aquel encuentro había sufrido un grave accidente mientras trabajaba como mozo de carga en las Bodegas Santullán —un episodio por el que se lesionó la columna y tuvo que permanecer durante once meses postrado en una cama del hospital San Rafael—.



“En aquellos años todos nosotros nos criábamos en la calle”, cuenta a VICE un amigo de infancia de Manzano que prefiere mantener su nombre en el anonimato. “Nos encontrábamos todos en paro. Unos salían a pegar tirones, otros se buscaban la vida chorando y él era chapero en los futbolines, donde [sus clientes] le daban quinientas o mil pelas de la época”.

El día que Eloy conoció a aquel atractivo rubio —que entonces jugaba en el equipo de fútbol de La Unión de la UVA de Vallecas— le invitó rápidamente a ir a su casa. La cosa quedó en un affaire puntual pero, al cabo de un año, el director de cine logró dar de nuevo con Manzano y le ofreció protagonizar su película Navajeros (1980). El chico, que debió pensar que tenía poco que perder y mucho que ganar, aceptó participar en el filme, metiéndose en la piel de El Jaro —uno de los delincuentes juveniles patrios más famosos— por 300 000 pesetas.

A partir de ese momento, pasaría a protagonizar varias películas de temática social —eso que muchos llaman cine quinqui— del cineasta, convirtiéndose en su ojito derecho. “José Luis tenía una novia aquí en el barrio. Cuando empezó a trabajar con Eloy y comenzó a mover pelas, la dejó y se fue a vivir con él”, añade su amigo. No obstante, Manzano mantuvo siempre los pies en la tierra y siguió dejándose caer por su barrio natal con frecuencia.

Aunque no tenía formación actoral alguna, la naturalista forma de interpretar a aquellos rebeldes con causa —con los que se veía en cierto modo identificado— de Manzano cautivó enseguida al público español. “Se esforzaba mucho y siempre se fijaba en los actores profesionales. Era un tipo muy cariñoso en el rodaje, y tenía esa naturalidad de la calle. Eloy le convirtió en su fetiche en el cine y en la vida real”, recuerda el actor Valentín Paredes, que compartió cartel con Manzano en la película El Pico 2 (1984). “Al principio me impresionó la crudeza del guion, cómo Eloy trataba el mundo de las drogas de una manera tan brutal y a la vez tan real. Yo ya le admiraba por su valentía en esa época tan oscura de tratar en su cine aquellos temas tan prohibidos. Sin duda era un director adelantado a su tiempo”, añade el intérprete extremeño.

"Durante un tiempo, maestro y pupilo vivieron una relación particular y bastante tóxica presidida por la dependencia emocional y el consumo de drogas"

Tanto El Pico como El Pico 2 se convirtieron en taquillazos y más de un director se interesó por trabajar con Manzano, pero parece ser que a Eloy —siempre preso de celos— nunca le hizo demasiada gracia que su joven creación se pusiera a las órdenes de otros cineastas. “Tengo la impresión de que, realidad, eran los directores quienes no se atrevían a pedirle a De la Iglesia a su actor o, quizá, menospreciaban de tal manera al director vasco que pensaban que Manzano solo era un apéndice de él y, por lo tanto, no era tenido en cuenta”, comenta el historiador Eduardo Fuembuena, autor de un ensayo titulado Lejos de aquí que trata sobre José Luis Manzano y Eloy de la Iglesia, la generación perdida de los ochenta y sus conexiones con el cine.

A pesar de todo, Manzano acabó interpretando a varios personajes secundarios en películas como Barcelona Sur (1981), de Jordi Cadena —“un favor especial de Eloy al productor barcelonés y emblema de la modernez Pepón Coromina”, según apunta Fuembuena—, y en la miniserie de televisión Los pazos de Ulloa (1985), de Gonzalo Suárez.

Quienes le conocieron aseguran que Eloy pasó varios años enchochado con Manzano, quien aunque era heterosexual se desvivía por el cineasta. Durante un tiempo, maestro y pupilo vivieron una relación particular y bastante tóxica presidida por la dependencia emocional y el consumo de drogas —empezaron fumando porros y tomando cocaína y, ya sobre todo a partir del invierno de 1983, se engancharon también a la heroína—. “Muchas realidades se entienden incluso sin necesidad de ser definidas, tal vez porque parecen incuestionables”, explica Fuembuena.

“También los vínculos establecidos entre Eloy y José y los sentimientos más o menos elevados que alguna vez pudieron tener el uno por el otro. Sobre todo, el sentido noble de la fidelidad, no desde luego la sexual, ya que la naturaleza de Manzano le llevaba a tener parejas femeninas. Eloy, por su parte, no tenía complejo en hacer alarde de su promiscuidad y llegó a definir el sexo como ‘lo más grande que hay’. Les acercaban circunstancias de peso que justificaban la unión; en particular, el cine. Al final las dependencias personales y el cine se hicieron indisolubles de su dependencia a una sustancia, la heroína, cuyo consumo conlleva la destrucción personal y de las personas que uno tiene cerca, sobre todo cuando ya no hubo películas que rodar”.

"Eloy se enganchó cada vez más a la heroína y poco a poco fue perdiendo el interés por Manzano, que se vio de nuevo solo y perdido"

La popularidad de José Luis llegó a ser tal que, tras rodar con Eloy La estanquera de Vallecas (1987), se llegó a anunciar que el actor se marcharía a Nueva York a fin de completar sus estudios de Arte Dramático en la prestigiosa academia neoyorquina Actor’s Studio —algo que nunca sucedió, eso sí—.

Pero las cosas empezaron a torcerse para él a partir de entonces. Eloy se enganchó cada vez más a la heroína y poco a poco fue perdiendo el interés por Manzano, que se vio de nuevo solo y perdido, situación que agravó su ya de por sí importante adicción al caballo.

El vallecano solo vio algo de luz al final del túnel autodestructivo en el que había entrado cuando se topó con Pedro Cid, un cura del barrio getafense de la Alhóndiga conocido por ayudar a los chavales más desfavorecidos. El sacerdote —que llegó a acogerle entre junio de 1989 y abril de 1990 en la casa de su parroquia— le dio al actor ese calor humano que tanto necesitaba y, de alguna forma, le devolvió la dignidad.

“Pedro Cid consolidó la alfabetización de Manzano y lo apoyó buscándole y pagándole unos estudios de producción audiovisual que inició en una escuela de prestigio. De hecho, [el actor] estuvo trabajando durante casi seis meses en una productora audiovisual de contenidos para TVE, como becario de producción”, matiza el escritor zaragozano.

"Manzano murió de una sobredosis de droga apenas treinta y seis horas después de abandonar el programa reinserción para presos"

Sin embargo, la alegría duraría poco y, en junio de 1991, Manzano fue detenido junto a otro joven por asalto con intimidación, razón por la cual terminó en prisión —condenado por un robo de dos mil cuatrocientas pesetas—. “Me he dado cuenta de que hay drogadictos aquí que son enfermos y que tienen que convivir con violadores, camellos, asesinos… […]. En las cárceles se alquilan jeringuillas a doscientas pesetas y la droga corre casi más que en la calle. Hay un setenta por ciento de internos infectados de sida. No creo que éste sea lugar idóneo para recuperar a nadie”, afirmó el actor en una entrevista concedida a la revista Interviú desde la antigua prisión de Yeserías —hoy día el Centro de Inserción Social Victoria Kent—, donde cumplió condena en régimen abierto.

Tras su periplo carcelario, Manzano ingresó diez días en el exclusivo Sanatorio Esquerdo, iniciando inmediatamente después un programa de reinserción para expresos con problemas de drogodependencia en una asociación religiosa de Móstoles. Pero, como otros jóvenes de su generación, Manzano no logró salvarse de su fatal destino y murió de una sobredosis de droga —apenas treinta y seis horas después de abandonar el programa—.

El 20 de febrero de 1992 el cuerpo del actor apareció sin vida en un piso de la calle Rafael del Riego ocupado por Eloy. Diez años después, sus restos serían incinerados y esparcidos en un cenicero común por impago de la renovación de la sepultura. “La familia del fallecido no consideró en ese momento renovar los gastos de sepultura ni hacer alguna gestión para garantizar la pervivencia de los restos mortales de Manzano, lo que es lícito”, apostilla Fuembuena.

“Pero recordemos que casi nadie del cine ayudó a Manzano en vida, salvo Jorge Disdier y Ramón Colom, y que ninguno de ellos, ni siquiera el director con el que solía trabajar, acudió a su funeral y a su entierro”. No le fue mucho mejor a Eloy, desde luego. Tras pasar varios años enganchado a los psicofármacos y analgésicos que le recetaban —y ser condenado al ostracismo por muchos de sus compañeros de profesión—, el vasco realizaría su última película en 2003, tres años antes de morir tras someterse a una operación de cáncer de riñón.

@ander_jou

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