De todas las imágenes del Mundial Rusia 2018, me quedo con esta
Una integrante de las Pussy Riot es arrastrada fuera del partido final de la Copa Mundo 2018 por dos funcionarios rusos. | Pantallazo tomado de la cuenta de Pussy Riot en Twitter. | Foto original: Christian Hartmann. 
Mundial 2018

De todas las imágenes del Mundial Rusia 2018, me quedo con esta

COMENTARIO | Lo mejor del Mundial no fueron los goles ni la fiesta, sino las cuatro personas de Pussy Riot que atravesaron la cancha en la final del torneo.

Artículo publicado por VICE Colombia.


Observen lo más evidente de la foto: aunque la sacan a rastras, ella va sonriendo. Los dos hombres que la llevan, en cambio, están doblados por el esfuerzo de arrastrar un cuerpo ajeno y la sostienen cada uno de un brazo. En el pecho, bajo sus cabezas gachas, hay un número serial que los identifica y marca: dos funcionarios intercambiables.

Ella en la mitad, con la cabeza en alto, sale sonriendo.

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Era el minuto 51:00 de la final del Mundial, Francia—Croacia, cuando cuatro personas entraron corriendo a la cancha, vestidas de policías rusos. Otros tantos detrás, oficiales reales vestidos con chalecos verdes, los perseguían. Bastaron unos segundos para que las tres mujeres y el hombre fueran arrastrados fuera de la cancha. Poco se vio de lo que ocurrió: las cámaras quitaron la mirada y el episodio fue calificado como la simple intrusión de un fanático a la cancha. “Absolutamente innecesario”, profirió un comentarista argentino.

Minutos después, Pussy Riot, el colectivo político y artístico ruso, tomó responsabilidad del acto en su cuenta de Twitter. “Policía entra al juego”, fue el título del performance, bautizado en homenaje al poeta ruso Dmitri Prigov, según contaba su propio comunicado, y a su imagen del policía: una figura que representa “una nacionalidad celestial en la cultura rusa”.

“El policía celestial es el organizador del hermoso carnaval de este Mundial, el policía terrenal le teme a la celebración. El policía celestial está atento de obedecer las reglas del juego, el policía terrenal entra al juego sin importarle las reglas”, dice el comunicado que, entre otras cosas, pide la liberación de todos los presos políticos, la promoción de una competencia política en el país y, por supuesto, la conversión del policía terrenal en policía celestial.

Pussy Riot tiene una larga historia de enfrentamientos con el gobierno ruso o, dicho más precisamente, con el largo y omnipresente gobierno de Vladimir Putin. La batalla simbólica, feminista, atrevida y aguerrida de Pussy Riot llegó masivamente a oídos del resto del mundo cuando en 2012 cinco integrantes del grupo hicieron un performance en la Catedral de Cristo Salvador, en Moscú. Con sus ya icónicos pasamontañas neón le dedicaban una plegaria punk a la virgen: "deshazte de Putin y vuélvete feminista". Entonces, como lo harían seis años después, los oficiales rusos actuaron con eficacia: pasaron minutos para que las activistas fueran escoltadas saliendo de la iglesia.

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Entonces, la iglesia. Ahora, la cancha.

Tres de las que le cantaron a la virgen en 2012 fueron llevadas a un juicio que resultó en el encarcelamiento de dos de ellas por 21 meses. “Vandalismo”, fue el crimen del que las acusaron.

Hoy las otras, las que corrieron por la cancha, esperan su propio resultado en su propio juicio. En el fondo, su crimen seguramente será, como en el caso de las primeras, haber invadido un espacio controlado por la masculinidad venerada: el Dios hombre que se manifiesta en cuerpos masculinos y los unge de su autoridad divina; el dios hombre que se manifiesta en atléticos cuerpos masculinos para dotarlos de habilidades divinas. Los cuerpos femeninos al margen: espectadoras, elementos pasivos sobre los que la mirada reposa, receptáculos de belleza.

Y en el trasfondo de todo, el orden autoritario de un hombre que le ha hecho la guerra a las libertades sexuales y políticas. Es decir, Vladimir Putin, con sus catorce años de mandato encima, sigue siendo la cara de una Rusia opresora en la que la disidencia política es encarcelada sin más, y en donde las reglas son las suyas, las del hombre que se impone y borra con violencia lo que disiente, lo que se atreve a estar en desacuerdo.

Bajo la mirada de Putin, del gran Él, elevado en uno de los palcos del Estadio Luzhnikí en Moscú, se pavonearon los insolentes cuerpos femeninos de tres mujeres que con sus formas físicas se mofaron de los uniformes que vestían y de su investidura. Allí, corriendo, se atrevieron a desacralizar los órdenes masculinos: el Estado y sus oficiales, el Estado y su violencia, el orden y el fútbol.

El resultado es esta foto. Dos hombres intentan restituir el juego interrumpido con el afán y el patetismo de un orden que se ha visto vulnerado. Sus músculos tensionados y sus caras enrojecidas contrastan con la levedad del cuerpo que arrastran. Ella, en la mitad, sonríe con la facilidad de quien ha abandonado las cargas. Parece incluso levitar, despojada del peso que le impone un sistema que la oprime y que ha decidido retar portando en la cara aquello mismo que, por su cuerpo, le han prohibido: el goce.

Sus brazos extendidos a los lados recuerdan a un Cristo crucificado, un Cristo que acaba de ser bajado de su cruz pero que, siendo mujer, entendió que la victoria no está en el sacrificio y en el dolor del martirio, sino en el sacrificio con goce. Sonríe porque entiende que ser arrastrada con violencia para ser desaparecida del recuadro no es su derrota, sino la prueba de la vulnerabilidad de un orden que muy fácilmente es capaz de sentirse amenazado.

Se sacrifica a sí misma sabiendo que la víctima no es ella, sino un sistema que cada vez resiste menos los golpes y que se acerca vertiginosamente a su propio fracaso. Entiende que su cuerpo de mujer, de mujer que corre sin uniforme y sin otro propósito que el de correr, es una afrenta para ese orden de 22 hombres que corren bajo la mirada de otros hombres: técnicos, policías, presidentes.

Es un chiste que ella entiende y del que se ríe: cuán fácil es ponerte en evidencia, Putin; cuán fácil es sacudir tu sistema frágil y crear caos; cuán fácil es darte una sonrisa y poner tu violencia, el esfuerzo de tus músculos tensionados y de tus caras rojas, en ridículo.