Mínima vergüenza

Manual para ser Tutina de Santos

El despecho de hoy en Colombia es puro despecho por la primera dama. Por María Clemencia Rodríguez de Santos. ¿Quién lo iba a pensar?
30.8.18
Foto tomada de la cuenta de Instagram de @tutina_desantos.

Artículo publicado por VICE Colombia.


Fundar start ups, escribir poemarios, comprar una moto, aprender pole dance, hacerse un tatuaje, cortarse el pelo dramáticamente, ir a Palomino, congelar óvulos, perder peso, abrir Tinder. Lo que hacemos para “cerrar ciclos” (AKA superar la tusa) no tiene presentación. La buena noticia es que después de los 25, cerrar ciclos te hace perder dinero y dignidad, pero al menos no tiempo; ya no te pasas una semana en la cama a punta de instant noodles. La mala es que te vas a dar cuenta de que hay más tipos de despecho. La tusa de hoy es la tusa de primera dama. ¿Quién lo iba a pensar?

He leído cuánto la gente extraña a María Clemencia Rodríguez de Santos, nuestra ex primera dama, particularmente luego de la posesión presidencial del 7 de agosto. Tutina llegó a la casa de Nariño de 50 años y se fue de 58. Llegó fumando cigarrillo, y se fue libre del vicio. Como su esposo, el expresidente Juan Manuel Santos, estuvo casada antes. Ambos se conocieron gracias a una fiestica de Noemí Sanín. Fue portada de Vogue Latinoamérica y se gastó 15 millones de pesos en almendras. ¿Qué es lo que extrañamos cuando extrañamos a Tutina? En esencia, creo, que la posibilidad de habitar su experiencia.

Y para eso, un manual:

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  • Entender qué es lo que hace una primera dama: ¿salir en la revista Caras? ¿Entregar regalos? ¿Comprar cortinas? ¿Qué demonios hace una primera dama? En Colombia la primera dama no tiene tareas oficiales, ni presupuesto. En una sentencia de 1994, la Corte habla de “actividades que la primera dama estime conveniente emprender”. Wikipedia llama a su principal oficio “anfitriona de la Casa de Nariño”. Sin claridad, ni plata, ya me imagino a Tutina googleando cómo ser una primera dama + con la que sea fácil identificarse. Personalmente, creo que la primera dama en Colombia actúa un conflicto: por un lado, tiene que crear una imagen chévere, de conversa con el populo; y por otro, una imagen ideal, es decir, separada del pueblo, que connote elegancia, buenas costumbres, impecabilidad. Al fin y al cabo, es la primera dama: el molde. La primera dama debe estar con nosotros y al mismo tiempo ser mejor que nosotros.
  • Volverse un sujeto pasivo, pero sin abusar: en todas las entrevistas, María Clemencia Rodríguez habla de sí misma como compañera de Juan Manuel Santos. Ella lo ha acompañado en su carrera. Pero como estamos en el siglo veintiuno, y no el diecinueve como a veces nos hacen querer pensar, Tutina también se muestra vocal con sus deseos para contrarrestar su inercia: nunca quiso que el expresidente Santos se reeligiera, para ella “cuatro años son suficientes”; ella ahora opina que “para servirle a Colombia no hay que estar en el sector público”. En un conocido giro decimonónico, ella también vuelve pasivas—por decir lo menos—a las otras primeras damas. Tutina se refiere a los presidentes “y sus señoras”.
  • Ser la primera madre: ya conocemos la fórmula básica para describir las biografías de las mujeres: esposa, madre e *inserte aquí algo diversificador*. Sin embargo, el rol de primera dama es el rol de primera madre, por eso siempre está ligado al trabajo con la primera infancia. Ahora, esto no le resta importancia a que actualmente, y gracias a la labor de la primera dama-madre, el 90% de los niños nacidos en este país tengan acceso a la salud y el 95% de bebés de 0-1 año estén vacunados. Son datos y hay que darlos.

[Pausa para un drinking game: un shot cada que Tutina aparezca en una foto sin Juan Manuel Santos—compañera—, ni tampoco con niños—madre—. Exacto, no beberíamos porque son las 4 de la tarde. Contrólense.]

  • Elaborar un personaje: lo que vemos de María Clemencia no es exactamente a María Clemencia. Las primeras damas son una imagen moldeada, y moldeadora. Artificial. Ficticia. A veces una proyección de lo que carecen sus maridos o un personaje hecho a medida para subir encuestas, o al menos mantenerlas a flote. Y esto tal vez sea una metáfora de lo que de todos modos significa ser mujer en el mundo. El personaje de María Clemencia repite vestido, es soldado por un día, se pone botas pantaneras, se tatúa una paloma, aparece en una foto de Ruven Afanador con pintura Wayúu en su rostro. En resumen: hace todo lo que un buen personaje: tratar de hacernos olvidar que no existe; tratar de hacernos creer que lo conocimos.
  • Escamparse en la moda: la cosa con los personajes es que son de mucho trabajo, y nosotros, humanos demasiado humanos, tenemos lapsus en los que dejamos ver quiénes somos aparte. Aunque Tutina se arremangue la camisa blanca para ponerse manos a la obra en Mocoa, en su pulcritud se lee la distancia. La distancia en Tutina, y aquí viene lo más fascinante de la moda, es lo que la hace parecer tan realista: el pequeño toque que hace que se vea como ella misma. En su tiempo como primera dama se vistió de Johanna Ortiz, Pepa Pombo, Esteban Cortázar, Leal y Daccarett, Isabel Henao, Atelier Crump, Lealida Carnet, Haider Ackermann, etc. Diseñadores impagables que encarnan en su materialidad la distancia. Si por algo extrañamos a Tutina es porque nos ofreció sinceridad en su ficción. Sus jeans de Fake News son el puente entre nosotros y ella: nosotros, acá, lo vivimos, y ella, allá, nos guiña el ojo a través de sus pantalones en señal de que sí, ella también lo ve.
  • Controlar los adjetivos: en la prensa, en los comentarios y en las redes sociales, cuando María Clemencia cae mal es acartonada, distante, opaca, o postiza. Adjetivos que significan el espacio que existe entre ella y nosotros socialmente. Sin embargo, fue a través de su ropa, que a la vez es su personaje, que a la vez es un equipo, que a la vez es parte de un habitus —y me perdonan el atrevimiento de sacarme de la manga un concepto bourdieuano— como Tutina encontró un mecanismo para al menos poder contrarrestar el discurso público tanto de sí misma, como de la presidencia de su marido. Tutina también es elegante, regia, discreta, fashion icon, tiene glamour, buen gusto, estilo impecable, estilo infalible, pulcritud. Hasta Carolina Sanín escribió en un tweet: "¡Ay Tutina, extraño tus pintas, no solo eran regias sino que también eran de este siglo!".
  • Ser, en pocas palabras, bella: no hay nada más politizado que la belleza. Es politizada porque en cuanto a desviar la atención efectivamente y ocultar intenciones es una herramienta —que parece un don— sin igual. Lo dijo Tolstoi en La sonata a Kreutzer: “Es asombroso cuán completo es el espejismo de que la belleza es bondad”. También ha sido un instrumento y lastre femenino que define a las mujeres cercanas al poder. El caso es que 'cerca' es otra forma de decir que no eres parte.


* Sigue a Valentina Calvache por acá.