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Guía para no ser la persona que todo el mundo odia en el aeropuerto

Pase lo que pase, no seas ese tipo que se pone a tocar el piano.
28.3.18
Foto vía el usuario de Flickr mucio

En los aeropuertos hay siempre tensión: está la tensión por miedo a perder el vuelo —algo que siempre puede pasar si te encuentran animales exóticos a punto de morir en la maleta o si te bebes tres gin tonics en el bar y te olvidas de que tienes que coger un vuelo para dar una conferencia sobre jóvenes y alcohol en Ginebra, precisamente— y luego también está esa otra tensión generada por el inevitable pensamiento de que existe la posibilidad de morir dentro de un maldito avión, de morir sentado dentro de un aparato metálico lleno de personas, ropa y snacks y bebidas refrescantes.

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Pero esta tensión no es en sí el problema. El problema es que esta tensión hace que algunas personas que van a volar se comporten de una forma despreciable, cosa que, a la vez, genera nerviosismo en los demás pasajeros, esos individuos que habían logrado llegar al aeropuerto sin ningún tipo de alteración mental, generando así un bucle pesadillesco imposible de resolver.

Si os apetece, demos una vuelta por los conflictos más habituales y despreciables que acontecen en estas catedrales de la vida moderna a las que nos referimos como aeropuertos.


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TODO EMPIEZA EN EL AUTOBÚS HACIA EL AEROPUERTO

En la mayoría de estos transportes conviven personas que van a volar o que ya han volado con personas que se encuentran en medio de su rutina habitual, cosa que, de por sí, ya es conflictiva.

Básicamente porque tenemos en un mismo espacio reducido y en movimiento a personas que muy probablemente están de vacaciones —y que ocupan mucho espacio, gritan y no se enteran de nada— con personas que van a trabajar y que odian ir a trabajar; personas que viven muy lejos de sus trabajos (viven cerca del aeropuerto, en esas casas feas de color verde en las que parece que la poli haya encontrado un cadaver pudriéndose en un coche durante seis meses) que tienen que despertarse como tres horas antes para no llegar tarde al curro.

El trabajador siente un odio visceral hacia el visitante, porque quiere encontrarse en su misma situación

Esas mismas personas que no pueden pagar un piso en la ciudad en la que nacieron porque es la misma ciudad hacia la que están yendo esos turistas del autobús que están de vacaciones y que alquilarán esos pisos que les gustaría alquilar a los autóctonos pero que no pueden porque los arrendadores prefieren arrendárselo a los turistas porque pueden llegar a pagar grandes cantidades de dinero, no como esos trabajadores que ahora tienen que coger un bus de una línea periférica para ir a trabajar.

Son las dos caras opuestas de una misma realidad: el sacrifico del trabajo y el disfrute del fruto económico de este trabajo. Pero la relación y los sentimientos que sienten entre ellos estos dos actores del autobús o del metro —recordemos, los turistas y los currelas— con destino al aeropuerto no es la misma: el trabajador siente un odio visceral hacia el visitante, porque quiere encontrarse en su misma situación.

Foto vía el usuario de Flickr francesc_2000

Evidentemente esta situación, que ya es desagradable de por sí, no es la única que es odiosa, pues existen otros gestos que resultan igual de despreciables y que, sumados al odio del choque de realidades entre turista y aborigen, crean un cóctel insoportable de venas llenas de sangre a punto de estallar.

Prestamos atención a ese momento en el que una de las personas de vacaciones pregunta a un habitante natural del territorio por, por ejemplo, la localización de una tal “plaza España” (por ejemplo) utilizando un inglés perfecto. El pobre trabajador, que ya está bastante triste al ver a los turistas, ahora tiene que hacer el esfuerzo de responder al turista en inglés; es más, incluso tiene que fingir cierta empatía con el conflicto o la duda del visitante, meterse en su propia piel.

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Estoy hablando de esa rabia que genera el escaso esfuerzo del turista por comunicarse con el aborigen, como suponiendo que todo el mundo sabe hablar puto inglés. Un acto que, además, rompe con la lógica del visitante extranjero, quien debería desear, precisamente, visitar una nueva y desconocida cultura y descubrirse ajeno a ella; exigir el entendimiento mediante un comodín idiomático es lo que ha convertido el turismo actual en un buen montón de basura: visitar un territorio que se ha manipulado y se ha adaptado para el turista, un espacio que ya nunca será original o auténtico, pues el turista lo ha alterado por completo con su sola presencia.

En fin.


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También está eso de la energía cinética del autobús, eso que hace que los turistas se abalancen encima de los otros turistas y demás pasajeros, como siendo totalmente sorprendidos por las leyes físicas que se suceden en este nuevo territorio al que acaban de llegar, como si en su país esto NO PASARA, como si los autobuses o trenes no frenaran, como si ahí, en su casa, rigieran otro tipo de lógicas energéticas, totalmente distintas y mucho menos agresivas con los humanos.

La idea es que, cuando estéis en un autobús o tren o lo que sea hacia el aeropuerto, no hagáis nada. Solo sujetaos fuerte y guardad silencio. Incluso esto ya estará siendo desagradable.

LOS FUMADORES

Llegar a un aeropuerto y ver una ristra de gente fumando desesperadamente, como si fuera su último cigarro de la vida; ahí están expuestas sus caras de pena por tener que pasarse una, dos o cinco horas sin fumar, su pequeño infierno mental. Ahí fuera, en las puertas del aeropuerto o en las zonas aptas para fumadores, asistimos al conflicto más inútil de la raza humana.

LAS CINTAS

Nada, una cosa rápida. Cuando te quedas parado en la cinta esa que hay en los pasillos porque acabas de recibir un mail de tu jefe diciéndote que el lunes no hace falta que vayas a trabajar y alguien que está detrás tuyo te pide con una actitud pasiva-agresiva que por favor le dejes pasar que ese lado de la cinta no es para quedarse quieto.

EL PIANO

A veces en los aeropuertos, no sé por qué, hay pianos tirados cerca de la zona de comidas, pues el típico capullo que se pone a tocar algo esperando que alguien le grabe con el móvil y que el vídeo "se haga viral". Lamentable.

Foto vía el usuario de Flickr orijinal

LA COLA DE FACTURACIÓN

Este espacio físico ha ido desapareciendo de nuestras vidas gracias a los check-in online, pero siguen existiendo y siguen siendo fuente de incontables carruseles de lo patético. Aquí es donde los primeros miedos salen a la superficie: gente que se ha dejado el pasaporte, billetes que no aparecen o chavales resacosos que no sabían que tenían que facturar sus instrumentos musicales.

Esta situación de impotencia hace que la gente se ponga nerviosa y quiera solucionar su problema particular aunque sea algo totalmente imposible, cosa que hace que se nieguen a abandonar el mostrador de facturación y provoquen una pausa insostenible en el flujo natural de la cola. Los otros pasajeros tienen que aguantar con serenidad el espectáculo grotesco que se despliega ante ellos: gente gritando e insultando, gente tirando maletas al suelo y ese momento en el que incluso se intenta el llanto como única salida de un rompecabezas irresoluble.

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No olvidemos tampoco esa gente que intenta colarse mediante el truco de preguntar cualquier mierda a alguien de la cola. Una vez finalizado el cuestionario, se quedan ahí de pie como esperando que el resto del mundo se piense que “conocen” a la otra persona. Sin duda el peor mal del mundo son todos aquellos seres que se creen más listos que los demás cuando realmente son unos auténticos estúpidos que generan vergüenza ajena.


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Por otro lado, los grupos compuestos por mucha gente dan una rabia especial. Familias, clases de estudiantes o despedidas de soltero. En el aeropuerto, la acumulación de mucha gente con muchas maletas siempre genera una tremenda rabia, pues aumentan el tiempo de espera de las colas y son grupúsculos que tienden a alzar la voz, bromear y ser, por lo general, muy estruendosos, fruto de una mezcla de felicidad y de la asimilación del hecho de que se gastarán como 1.500 euros por pasar una semana en el extranjero, lo que viene a ser coger el dinero y tirarlo a la basura.

¿Y qué me decís de esa gente que paga para que le envuelvan la maleta con ese papel transparente? ¿Qué pretenden? ¿Llevan todos sus ahorros metidos en esa maleta o qué? Son seres extraños, creo que nadie conoce directamente a una de estas personas, siempre son "ellos", gente ajena. Nadie sabe de dónde salen. Sus casas deben ser terribles, con todo muy protegido. Si pudiéramos ver su casa seguro que veríamos como el televisor del salón aún conserva el porexpán con el que iba protegido. La seguridad ante todo. Doble preservativo.

BIENVENIDOS A LA COLA DEL CONTROL DE SEGURIDAD

Esta es mi zona favorita, donde el cretinismo llega a niveles insospechables. Soy especialmente fan de esa clase de personas que necesitan como tres metros para meter todas sus mierdas en bandejas, que además disponen en horizontal para que ocupen más espacio. Esta peña incluso aparta tus cosas para poner otra bandeja más, y te miran como diciendo: “Calma tío, que al aeropuerto hay que ir poco a poco y hacer las cosas bien”.

Esa gente que llega al aeropuerto tres horas antes del vuelo para evitar cualquier contratiempo, locos del control que no quieren dejar nada al azar, gente que luego resulta que tiene hijos con sus propios hijos y los tiene a todos encerrados en un sótano, que por cierto, lo ha decorado como si fuera un bosque y lo llama “La casa de la pradera”.

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Ah, ¿y esa gente que cruza por debajo de las cintas que configuran el pasillo? Gente que es incapaz de soportar el recorrido serpenteante y necesitan trazar una línea recta, evitarse esos fatídicos tres metros de distancia, cortar de cuajo con ese esfuerzo monumental de ir girando 180 grados. Entonces las cintas se sueltan y caen al suelo y la gente se indigna pero luego todo el mundo decide ser igual de cretino y seguir el penoso ejemplo hasta que viene un miembro de la seguridad del aeropuerto y todo el mundo se hace el confundido. Patético.


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EL CONTROL SEGURIDAD EN SÍ

Aquí aparece esa clase de individuo muy nervioso que está completamente rojo y que debe tener algo raro dentro de la maleta y te pone nervioso a ti por si el cabrón de repente estalla en mil pedazos y cuando los seguratas detectan algo raro y le hacen abrir la maleta y el tío obedece y sus manos tiemblan mientras abre la cremallera, al final resulta que el cabrón solo tenía como cinco kilos de quesos variados; era un puto loco de los quesos que se dedica a ir a países y comprar quesos en supermercados y traerlos a su hogar y nunca sabe si en ese país que acaba de visitar es legal subir quesos a la cabina del avión como equipaje de mano. Son solo quesos y uno ya estaba pensando que el cabrón tenía una bomba o un bebé ahí dentro.

¿Y esa gente a la que le dicen que avance por debajo del arco de seguridad Y SE QUEDAN QUIETAS? O sea, es una señal universal, hecha con un movimiento sutil de la mano, algo que entienden incluso los perros. Pero siempre hay un señor o una señora que no atisban el significado de este movimiento y se limitan a quedarse eternamente quietos como columnas dóricas a lo largo de la historia de la humanidad, afectando el flujo natural de la cola.

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Esta gente es esa que tampoco ha entendido (pese a que viajan tres veces al año) que tienen que quitarse el cinturón y las llaves de casa para pasar el arco. Gente que no para de pitar y que llevan más cosas en los bolsillos que en la maleta. Gente que no entiende que no puede entrar una botella de agua en la zona de las puertas de embarque y se indigna y te mira como buscando tu apoyo en su lucha contra esta injusticia.

Foto vía el usuario de Flickr dlytle

LA ESPERA EN LA PUERTA DE EMBARQUE

¿No os dan rabia esas personas que se gastan como 20 euros en un desayuno de mierda supuestamente saludable? Por culpa de esta gente los precios en los aeropuertos seguirán siendo, durante siglos, tremendamente excesivos.

O ese cretino que, mientras come, habla por teléfono muy fuerte para que todo el mundo se entere de que la empresa le ha pillado un billete de avión de primera clase y que le ha reservado un hotel de cinco estrellas. El mismo tipo que NO PUEDE PARAR DE FINGIR QUE TRABAJA y está con el portátil en la mesa haciendo una presentación con Keynote en la que se lee algo parecido a "POSICIONAMIENTO DE TRANSPORTES CORREA E HIJOS EN EL SECTOR DE LA LOGÍSTICA (PROVISIONAL)".

A veces aparece el individuo que viaja tanto que, para él, estar en el aeropuerto es como estar en su propia casa. Se estira, se corta las uñas y hace ejercicios. Está de relax. Pretende "controlar" el asunto de los aeropuertos pero lo único que logra es evidenciar que tiene una vida de mierda y no hay ningún sitio al que puede llamar "hogar".

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Hacerse fotos con un pefume de Yves Saint Laurent y no comprarlo. Touché.

Luego está esa gente que se toma unas cuantas cervezas antes de embarcar, sin duda lo peor que se puede hacer porque si tienen algún problema en la puerta de embarque el alcohol convertirá una situación normal en una pesadilla en la que tendrán que intervenir los seguratas.


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BIENVENIDOS A LA PUERTA DE EMBARQUE

Bueno, esa peña que hace cola. Ese primer individuo que decide hacer cola y que fuerza a otros pasajeros a hacer cola hasta generar una enorme e inútil cola para embarcar. ¿Qué pretenden? ¿Hacen cola para tener espacio para meter su bolsa de mano en esos compartimentos? Tranquilos, joder, que hay espacio para todos.

Me gustan especialmente esas familias que pretenden pasar muchos bultos en un vuelo de Ryanair, algo que es de una extrema insensatez. Me gusta la escalada de violencia, ese paso de la diplomacia al grito y a la violencia. Padres sudorosos comportándose de forma despreciable delante de sus hijos, generando un ejemplo de dudosa moral.

Ese momento en el que, mientras se alejan de la puerta de embarque porque no les han dejado volar, el padre espeta ese “menuda hija de puta, esa tía” y los hijos descubren una nueva e increíble faceta de su padre, el Doctor Figuerolas, muy respetado por todos. “Menuda hija de puta, esa tía”. La madre se queda en silencio. Ese momento.

Luego está el avión en sí, ese espacio en el que, evidentemente, existen incontables formas de comportarse como un cretino, pero eso ya lo trataremos en otro artículo, si os parece bien.