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La pesadilla inmobiliaria

La pesadilla inmobiliaria del mes: una cocina de juguete por 500 euros al mes

Cuando un propietario quiere colarte una habitación de adolescente como si fuera un piso.

por Pol Rodellar
06 Junio 2018, 4:00am

Foto vía Idealista e Ikea.

'La pesadilla inmobiliaria del mes' es una sección en la que denunciamos los abusos más flagrantes y los pisos más sorprendentes del mercado inmobiliario en España. Si te has topado con algún palacio similar, escríbenos a esredaccion@vice.com.

¿Qué es?: Imagínate tu habitación de cuando eras niño, con las estanterías repletas de juguetes y cómics y esas primeras masturbaciones. Bien, ahora sustituye esta estantería por una cocina de mierda. Esto es lo que es este piso de 20 m2.
¿Dónde está?: No sabía ni que existiera esta zona de Barcelona llamada “El Putxet i el Farró”, situada en el distrito de Sarrià-Sant Gervasi, el distrito que menos veces habré pisado en esta ciudad salvaje. Desconozco el origen del nombre de este barrio pero me gusta imaginarme que es como si fuera un homenaje a un dúo cómico catalán del siglo XIX, un espectáculo que giraría alrededor de los juegos de palabras, los significados y los significantes, un rollo entre Brossa y Capri pero con referencias a la ganadería y a la vida de pueblo. Putxet y Farró, el alto y el gordo, con sus alpargatas y barretinas; menudas risas nos echábamos en el ateneo popular con este par de mierdas.
¿Qué se puede hacer por ahí?: Como nunca he cruzado la Ronda General Mitre, no sé qué diablos hay por ahí. Esta parte de la ciudad es como una contradicción, un espacio que lucha entre el sibaritismo progresista de la parte alta de Gracia, la humildad de la clase obrera de Vallcarca y la demencial visión burguesa de las viejas villas de la parte alta de Barcelona, un no-sitio cuyo único interés puede radicar en albergar algunas bodegas cuyas anchoas sean “de las mejores de Barcelona”, como algún blog culinario de algún cretino sin criterio seguramente espetará.
¿Cuánto cuesta?: El cuarto son 500 euros al mes. Por este precio tienes un baño con ducha, así que no tendrás que lavar todo tu cuerpo metido dentro de un barreño de plástico lleno de agua, como tenías que hacer en el cuarto del piso que anteriormente compartías, cosa que siempre está bien.

Te han hablado bien de Barcelona. En tu pueblo te mueres de aburrimiento y siempre estás podrido en Facebook mirando todos los eventos y conciertos cojonudos que se hacen en la ciudad. Aquí solo puedes mirar árboles y nubes. Algunas veces has ido a la ciudad pero luego es un infierno volver a casa con RENFE o intentar conseguir que alguien te deje dormir en su sofá. Es por esto que ahora estás subiendo tus maletas y cajas de cartón repletas de libros y discos por unas escaleras de un piso que acabas de alquilar cerca de la plaza Lesseps en Barcelona. Tu sueño se ha hecho realidad.

Ya sabías que las fotos mienten pero normalmente las fotos muestran cosas que son cojonudísimas y luego, al ver la realidad, te encuentras con mierdas descomunales. En las fotos que ese usuario te mandó por Discogs del disco de Cap’n Jazz, la carpeta parecía estar en perfectas condiciones, pero al llegar el paquete, descubriste que todas las esquinas estaban dobladísimas. Es por esto que si las fotos, desde un principio, ya son un poco mediocres —como es en el caso del piso que acabas de alquilar—, la realidad no debería ser tan decepcionante. O esta es la teoría. Las fotos de este piso ya te mostraban un espacio pequeño y miserable pero, al entrar en el “piso”, te das cuenta de que el asunto es aún más pequeño de lo que imaginabas. Este estudio es, básicamente, como tu habitación en la que estabas viviendo hasta ahora, en el pueblo, pero con una cocina metida con calzador. Imagínate tu cuarto de cuando eras adolescente y métele ahí un extractor y un fregadero, eso es este piso.

Miras a tu alrededor y no ves nada de espacio. Piensas en las cajas de la mudanza, con todos esos discos y libros. Tienes dos cajas aquí arriba y siete esperando en el portal, abajo. ¿Dónde vas a meter toda esta mierda? Bien, ahí hay una Expedit del Ikea con 16 espacios en los que tendrás que meter todos tus 30 años de existencia; tus 30 años de discos, de libros, de miniaturas de Warhammer, de cajas con entradas de conciertos y de fanzines y de lo que sea. Todo lo que creías que te definía ahora será tu enemigo y te aprisionará en un espacio de 20 m2 que, finalmente, te hará llegar a la conclusión de que los bienes materiales son el enemigo y todo por lo que has luchado en tu vida hasta ahora será lo que más odiarás cada día cuando llegues a tu casa y se te caiga el alma al suelo.

Luego está esta cocina improvisada que han montado a los pies del altillo, el propietario lo llama “cocina americana”. No puedes evitar preguntarte durante cuánto tiempo puedes alimentarte con la cantidad de comida que cabe almacenada en esta cocina. ¿Un día? ¿Doce horas? Un cálculo rápido te lleva a la conclusión de que puedes acumular una caja de cereales, otra de puré de patatas, un par de botes de lentejas, un pan bimbo y una pistola para pegarte un tiro, sobre todo para cuando intentes cocinar algo que requiera más de una neurona en esa cocina eléctrica que la gente normal utiliza para ir de camping.

Lo de las literas lo entiendes, sirven para ganar espacio pero lo que no tiene sentido es que en ese espacio que “se gana”, no haya nada útil. En este caso han metido como una mesa de oficina, una suerte de zona de “estudio” en la que todo apunta que es imposible “estudiar” debido a que A) no hay ni una silla y B) es un espacio tan estrecho que uno no puede estar relajado y concentrado, todo lo contrario, es un entorno hostil y agobiante en el que únicamente puedes generar demonios internos y renunciar a todos tus sueños.

Y aquí es donde, a partir de ahora, comerás: en una esquina. Tendrás que acostumbrarte a comer como castigado. Almorzarás y cenarás tus noodles con sabor a gamba mirando (tú decides) la luz que entra por la ventana (esa idea de esperanza, de que hay una salida y de que al final todo va a salir bien) o bien mirando hacia el interior de tu nuevo hogar (un cubículo oscuro y pequeño que cuesta 500 euros al mes).

Empiezas a ordenar tus cosas en tu nuevo piso y recuerdas, incrédulo, cómo antes de mudarte te imaginabas yendo a un concierto y luego trayendo a algún colega a tu casa y pasarte el resto de la noche bebiendo vino y poniendo unos discos de puta madre, pero ahora entiendes que ya no sabes ni dónde pondrás el tocadiscos. De hecho, ahora ves que te da vergüenza invitar a gente a tu casa, no quieres que vean esta celda en la que vives. Este piso te da vergüenza. Cuando después de ordenar el piso te sientas en el sofá a descansar, sabes perfectamente que no le dirás a nadie que estás viviendo en Barcelona; no irás a conciertos; te limitarás a quedarte en casa maldiciendo el día en el que decidiste abandonar tu precioso pueblo para ver a cuatro grupos de mierda tocar en una sala con cervezas a tres euros en una ciudad que está destruyendo tus pulmones por culpa de las emisiones de CO2 de los coches.

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