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'Daredevil' y los hombres inaccesibles

¿Cuántas veces no hemos visto al héroe que se aleja de su familia y amigos para protegerlos? ¿Cuántas veces más tendremos que hacerlo?
2.11.18
Daredevil Archie y Kenshin
Capturas de pantalla vía YouTube

Artículo publicado por VICE Colombia.


El fin de semana pasado, en medio de una incapacidad médica, pasé 48 horas pegado al televisor. Cuarenta y ocho horas en las cuales decidí ver por fin series que no había visto, adelantarme en las que no había terminado, y recordar las que hace mucho tiempo no veía. Y como mis gustos —al igual que mi estatura— no han crecido mucho, todo lo que vi estuvo relacionado de alguna u otra manera con la cultura geek. Empecé la segunda temporada de Riverdale (basado en las historietas de Archie Comics), la tercera de Daredevil (basado en el comic del mismo nombre), repetí la segunda e increíble temporada de Samurái X (basado en el manga Ruruoni Kenshin), y comencé a ver la nueva versión de The Chilling Adventures of Sabrina (también del universo de Archie Comics).

Las cuatro series las disfruté. Con las cuatro me emocioné. Pero no pude evitar notar que en tres de las cuatro (coincidencialmente, las tres en las que el héroe es un hombre) se repetía un tropos que, a estas alturas, se ha vuelto insoportable para mí. Me refiero a la trama repetitiva del héroe aislándose de sus amigos y familia para protegerlos. Del alma torturada que sufre en silencio. Del hombre que no llora. Del protagonista estoico y en duelo que se aleja de sus seres queridos y los cuida… al… nunca… ¿hablarles?

En mi infancia y adolescencia, esa imagen era sumamente atractiva, daba un aire de misterio a los personajes y los diferenciaba del resto, además de investirlos en una capa de heroísmo trágico y masculino. Estaba en sintonía con mi personalidad introvertida y me daba la excusa perfecta para aislarme del mundo (otra prueba de que la representación en medios sí importa, amigos). Años después estaba en terapia psicológica por mi inaccesibilidad emocional.

Ese fin de semana lo vi nuevamente después de que Matt Murdock sobreviviera al edificio que se le cae encima; después de que Archie quedara traumatizado por el ataque a su padre; después de que Kenshin decidiera ir a Kioto para eliminar a Shishio. Todo tiene sentido, todo está en personaje, pero, incluso si dejo de lado el tema de la representación, me queda la pregunta: ¿es esa la única vía narrativa?

En esa tercera temporada de Daredevil, Matt Murdock, el protagonista, pasa los primeros cinco episodios hecho mierda, sin lograr nada realmente significativo pero con la superioridad moral de creer que está salvando a sus amigos al alejarlos y hacerlos sufrir con su ausencia. El demonio de Hell’s Kitchen no cuenta con nada a su favor más allá de saber —o creer que sabe— que está en lo correcto. En ese afán por proteger a los seres queridos lo que realmente hay es una arrogancia subyacente y, sobre todo, una trama que no despega; un arco que toma mucho tiempo en completarse.

Algo similar pasa con Kenshin en Samurái X. Después de que Soujiro asesina a uno de los líderes del Gobierno Meiji, el espadachín vagabundo decide viajar a Kioto para detener a Shishio y su revolución. En el proceso, Kenshin corta lazos con sus amigos pues sabe que si viajan con él serán asesinados por las fuerzas de Shishio y el Juppongatana (algo así como unas Fuerzas Especiales Ginyu, para los que no han visto la serie). Después de darle una paliza a Sanosuke, Saito —otro exsamurái del mismo nivel de habilidad de Kenshin— cuenta que Kenshin cree que sus compañeros en realidad serían una carga; por eso los abandona. Sin embargo, es precisamente cuando está solo que Kenshin empieza a perder el rumbo: su espada de filo invertido se rompe, y le cuesta dominar la técnica secreta de su maestro. Nunca vemos a Kenshin tan vulnerable como se le ve en los capítulos de Kioto. Es solo cuando se reúne con Saito y Sanosuke en los últimos episodios de la temporada que Kenshin recupera completamente su fortaleza.

En el caso de Archie… es simplemente insoportable. El protagonista se vuelve intolerable al espectador y pasa a ser una especie de justiciero adolescente que solo fastidia al televidente y a los otros personajes. No contenta con esto, después de completar el arco de Archie donde se da cuenta de sus errores, la serie vuelve a someternos a ese mismo tropos con Betty, quien insulta a Verónica y termina con Jugghead (en español "Torombolo"… jaja) para alejarlos y protegerlos. ¿En serio?

Y sí, tanto en Daredevil como en Samurái X y en Riverdale la lección es precisamente esa: en la unión, en la compañía, en la amistad, está la fuerza. Pero el guion hace que el recorrido por ese purgatorio emocional sea tan atractivo que al final el medio supera al fin. Es como en Breaking Bad, donde uno apoya la gran mayoría del tiempo a Walter y odia a Skyler. Como en casi todas las historias de Batman, donde uno sabe que su talón de Aquiles es su inaccesibilidad emocional, pero es precisamente por eso que es uno de los héroes más populares de la historia.

Tal vez la invitación es a buscar otra forma de ser héroes, a darle la vuelta al tropos de alguna u otra forma.

Uno de mis cómics favoritos en la historia reciente de Batman es Death of the Family. En él, el tropos está presente, pero hay un giro en cómo se desarrolla. Quién plantea la separación de los seres queridos no es Bruce Wayne, en un afán de proteger a su familia, sino el mismo Joker. El villano sataniza a los compañeros de Batman y en medio de un delirio en el que él cree ser el bufón del rey —que sería Batman—, el payaso destruye los lazos y la confianza del caballero de la noche con sus aliados. El peligro del aislamiento se hace evidente en el arco y Bruce sufre las consecuencias tras los sucesos de la historia. Es uno de los relatos más relacionables del personaje y dice mucho de la salud mental y la accesibilidad emocional.

Pero esto también se puede lograr sin ser siempre oscuro y crudo, como en How to Train your Dragon, donde Hiccup es literalmente el personaje opuesto a su padre, el arquetipo del héroe clásico que, apropiadamente, se llama Stoic. Hiccup no sabe pelear, no se guarda sus sentimientos y no aborda los problemas como lo haría su padre; pero en la alternativa, en otras formas de masculinidad, encuentra la solución y cambia el curso de todo un pueblo.

Sin embargo, hoy en día mi representación favorita —y la que considero más realista— de este tropos es esta. Aprendamos de Steven: