madre trans e hija
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Identidad

Cuando papá se convirtió en Rosa

“Yo sigo siendo su padre, madre ya tiene, me siento muy orgullosa de que me llame papá”.
21.2.19

“Yo sigo siendo su padre, madre ya tiene, me siento muy orgullosa de que me llame papá”, me dijo Rosa una tarde de hace un par de meses. Rosa inició su transición definitiva a los 58 años y tras dos divorcios.

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Al llegar a su piso me encuentro a Annia en el pasillo que une las habitaciones con la cocina. Tiene 15 años y hace dos navidades que su padre dejó de ser Ramón para convertirse en Rosa. Lleva pantuflas y una sudadera negra con la palabra "Love" estampada. Rosa alquiló el piso en un municipio del Baix Lobregat —la comarca cercana a Barcelona donde se concentran muchas de las ciudades colindantes con la capital catalana— poco tiempo después de divorciarse de la madre de Annia.

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"Al principio, cuando me lo contaron, yo estaba en plan 'este ya no es mi padre, ha cambiado mucho'", me dice Annia mientras nos sentamos en la mesa. El salón está cubierto de cuadros de diferentes estilos. Sobre los muebles, algunas fotos de antaño atraen la mirada. Me detengo en una. Reconozco a Annia, enseguida. Era muy pequeña y tenía el pelo más rubio que ahora. Está sentada sobre sus hombros y sus pequeñas manos agarran la cara de Rosa, que entonces aún era Ramón. Son felices y, por supuesto, muy diferentes.

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Annia sigue hablando "al cabo de un tiempo me fui acostumbrando. Ahora estamos más unidas, hablo mucho más con ella y de cosas que antes no hablábamos". "El otro día en la playa tuvimos una bonita conversación de chicas", dice Rosa desde la cocina. "¿Annia, puedes venir a probar la paella?". La casa entera huele a la paella. Annia se levanta con entusiasmo. Se nota que es un ritual entre ambas. "Le falta sal", le escucho decir.

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Según el informe Ser trans en la UE de la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, una de cada cinco personas consultadas no muestra abiertamente que es trans incluso en su propia casa. Los datos de la encuesta muestran que las personas trans crecen y viven en un entorno social que, por lo general, no es consciente de la existencia y las necesidades de las personas trans. Cuando al miedo, provocado por la constante discriminación a la que son sometidas las personas trans, se le añade la ignorancia de los demás, incluida la de la propia familia, no es de extrañar que estas personas se sientan y sean excluidas de su propia familia.

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"Lo frecuente es perder vínculos por lo tanto es un éxito que Annia lo haya asumido, porque por encima de todo soy su padre y yo con esto ya tengo el corazón lleno. ¿Qué quieres que te diga? Es mi hija", me dice Rosa, mientras sirve la comida.

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Le pregunto a Annia qué es lo que le recomendarías a otra persona que descubre que su padre o madre son trans. "Pues que dejen pasar algunos meses para que lo vayan asimilando, que se vayan acostumbrando. Y que piensen que la relación puede seguir igual y que no se preocupen porque la vida es normal", asegura riendo con frescura. Dos veces por semana, Annia duerme en casa de Rosa. Hacer los deberes del colegio, mirar series y deleitarse con los platos que ella le cocina, son su rutina de los fines de semana juntas.

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Pasado un rato, Annia rasca el plato con la cuchara y Rosa sonríe orgullosa. Sabe que cocina bien. Ya no hay espacio para el postre. Rosa va a su habitación a abrigarse, mientras Annia se encierra en el baño para salir a los pocos minutos maquillada. Dos enormes aros le cuelgan de las orejas. "El otro día me encontré el colorete todo roto en mil pedazos", me dice Rosa, sentada en su cama. "¡Se cayó!", contesta Annia, mientras sostiene un rímel en su mano. "Y ese rímel se lo tuve que regalar, porque me lo usaba siempre", me dice Rosa mientras le hace cosquillas a su hija.

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Annia tiene una cita con un amigo y se marcha hacia la estación. Rosa le recuerda que a las nueve debe estar de regreso. No hay negociación. Rosa y yo bajamos con ella. Caminamos por la acera del sol. Las miro andar, abrazadas.

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"Puede ser que al principio la relación cambie un poco, pero después la vuelves a recuperar lo que tenías o es aún mejor", me asegura Annia mientras se despide de mi. Su figura adolescente se va empequeñeciendo mientras se aleja. Rosa la mira desdibujarse en el paisaje. Empieza ahora su cuenta regresiva, hasta que Annia abra puntual a las 9 la puerta del piso, que ya olerá a comida casera, y retomen su ritual.

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Sigue a Gabo Caruso en @gabocarusofotografa.

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