Cultura

Fui a una fiesta sexual de Eurovisión

Si hay algo que puede hacer al festival de Eurovisión aún más deprimente es tener que verlo con treinta pollas flácidas en tu visión periférica.

por Jamie Dallinger
13 Mayo 2016, 9:31am


Ilustración por Dan Evans

Ya falta menos para el Festival de la Canción de Eurovisión, ese día del año en que los países participantes desempolvan sus banderas y sus temas dance de los noventa y compiten para ver quién puede emitir más votos según criterios políticos.

Desgraciadamente, a mí este concurso no me provoca el mismo sentimiento de unión y desafío al Brexit que seguramente te causa a ti. ¿Por qué? Sencillamente, porque Eurovisión dejó de ser lo mismo para mí el día en que fui a una fiesta sexual con temática eurovisiva.

Las "fiestas nudistas" son como esos eventos de networking, solo que todo el mundo va desnudo

Se trataba, cómo no, de una fiesta sexual gay. Y repito: con temática eurovisiva. El tema era Eurovisión. Seguramente pensarás que no hace falta ninguna temática para meter la polla en un culo... Pero eso es porque no conoces a los gais en absoluto.

A la fiesta me invitó el amigo de un amigo por Grindr. Al oír las palabras "fiesta" y "sexual", no me lo pensé demasiado y dije que sí. En este momento te vendrá a la mente una discoteca oscura y decadente. Pues olvídate: se trataba de una fiesta animada, celebrada en casa de alguien, con tíos desnudos y las luces encendidas.

Las "fiestas nudistas" son como esos eventos de networking, solo que todo el mundo va desnudo. Hay algo curiosamente fascinante en la visión de una sala llena de personas estrechándose la mano y charlando animadamente de trabajo, todas en pelota picada, hasta que alguien rompe el hielo y se la empieza a chupar a uno. En ese preciso instante, todo el mundo deja a medias la conversación sobre lo disparatado del precio del suelo y se pone manos a la obra. Pero el tono no se pierde. Jovial. Laissez faire. En la cocina, un cuenco enorme lleno de condones.

No me gusta Eurovisión. Nada. Pero estaba dispuesto a sufrirlo porque sí me gusta el sexo con otros hombres

Yo me había hecho ciertas ideas de lo que sería la fiesta sexual con temática eurovisiva. Mis expectativas: del mismo modo que el festival había logrado unir todos los países que la guerra había dividido, también contribuiría a unir a 30 hombres gais dispuestos a empotrarse unos a otros hasta el último tema pop de alguna nación del segundo mundo. Sexy, incluyente, unificador. La música no me preocupaba: no me gusta Eurovisión. Nada. Pero estaba dispuesto a sufrirlo porque sí me gusta el sexo con otros hombres.

Fui el último en llegar —descubrí que no queda bien llegar tarde a una fiesta para follar— y todo el mundo ya estaba reunido en torno al televisor. Según las normas de etiqueta, tenía que subir al piso de arriba y quitarme toda la ropa a excepción de los calzoncillos. Hecho esto, bajé a unirme al grupo de hombres que supuse, por tratarse de una fiesta tributo a Eurovisión, constituirían una gloriosa sección transversal del multiculturalismo.

Error: en su lugar, encontré a 30 tíos en calzoncillos que no hacían el mínimo esfuerzo por disimular que estaban evaluando todas y cada una de mis imperfecciones corporales.

Volviendo a lo de antes, cuando llegas tarde a una fiesta de este calibre, escoger un sitio para sentarte mientras te observan todos esos tipos con los que más tarde vas a follar puede ser bastante violento. Vi a un chico al que conocía un poco —o al que se la había comido un par de veces— y decidí aposentarme junto a él.

Empezaba el festival y el anfitrión nos contó las normas. Las normas. Nada mejor para activar la segregación de fluidos que una lista rigurosa y plastificada de normas. A cada uno de los asistentes se nos asignaría un país, dictaban las normas, y cuando le tocara actuar a nuestro país, deberíamos quitarnos la ropa interior delante de todos.

A mí me tocó Irlanda, lo que me puso bastante nervioso pensando en lo que el anfitrión podía tener preparado para el ganador, pero me tranquilicé pensando que para cuando se conociera el país ganador, todos los presentes estaríamos en una nube poscoital. ¿Verdad?

A medida que cada representante se despojaba de sus calzoncillos cuando actuaba su país, cada diez minutos, se me ocurrió que aquel jueguecito solo podía funcionar si veíamos todas las actuaciones. Pero no íbamos a ver todas las actuaciones, ¿no? ¿No?

En ese momento el terror se apoderó de mi ser: estaba en una estancia con treinta tíos deseosos de practicar sexo en grupo, no sin antes haber saboreado hasta la última actuación del Festival de la Canción de Eurovisión.

Así, mientras el televisor libraba su guerra de desgaste, iban cayendo más y más calzoncillos. Todos sopesamos el material de todos; hubo guiños y miradas de complicidad... durante tres horas. De Eurovisión. Me habría salido más a cuenta irme a cualquier local del Soho.

No era una fiesta sexual de Eurovisión, aquello era Eurovisión, seguido de una fiesta sexual

Finalmente, las actuaciones terminaron y todos estábamos como nuestras madres nos trajeron al mundo. Y ahora, a foll... Ah, no. Empezaron los votos y alguien nos mandó callar. Imagina la escena: alguien se gira y mira hacia atrás por encima de un grupo de hombres desnudos, preparados para mojar el churro, todos concentrados en una misma sala... Y les manda callar.

Entonces se me reveló la verdad: aquello no era una fiesta sexual de Eurovisión. Aquello era Eurovisión, seguido de una fiesta sexual, que es muy distinto.

Pasar demasiado tiempo viendo cuerpos desnudos es un error —los abdominales se vuelven abstractos, esos primeros impulsos primitivos desaparecen y te sorprendes pensando, "¿Qué me apetece hacer con ese cuerpo? ¿Lamerlo? ¿Dibujarlo? ¿Hacerlo trozos para el caldo?". Es raro. Es como decir una palabra tantas veces seguidas que acaba perdiendo su significado, su forma: pene. Pene. Pene. Pene. Pene. Pene. Nepe.

No soy quién para cuestionar las decisiones logísticas del organizador de una fiesta sexual, pero este en concreto había determinado que lo mejor que podía hacer un grupo de hombres que habían pasado cuatro castas horas desnudos en compañía mutua era apagar la tele y participar en unos cuantos juegos para romper el hielo.

Era hora de organizarse en equipos para jugar a algo que consistía en pasarnos un globo por entre las piernas mientras seguíamos angustiosamente desnudos y cargados. Esa prueba implicaba presenciar uno de los momentos más perturbadores que he presenciado: el tópico humillante de escoger al tío menos atlético del grupo en último lugar para hacer los equipos, con el agravante de que —no lo olvidemos— estaba desnudo, lo que lo hacía todavía más frágil y vulnerable. Cada vez que recuerdo su expresión me entran ganas de cortarme la polla.

Con al cabeza en otra parte, dejé que un tipo me comiera el culo en el sofá, me vestí y me fui a casa

El juego era como un antídoto para la Viagra. No es que tenga un perfil de tío que me guste, pero te aseguro que no es uno que se ríe por no llorar, avergonzado, mientras se agacha para intentar pasarme un globo por entre las piernas.

Una vez terminados los juegos, se suponía que los aturdidos participantes —por fin— follarnos unos a otros, pero a esas alturas yo ya tenía la libido en casa. Con al cabeza en otra parte, dejé que un tipo me comiera el culo en el sofá, me vestí y me fui a casa.

La moraleja de la historia: el sexo en grupo es divertido, si te gusta. El festival de Eurovisión no es divertido. Si hay algo que no le hace falta es tener que verlo con treinta pollas flácidas en tu visión periférica. Y tampoco es necesaria una balada sobre unidad para hacer una orgía. Si este fin de semana te invitan a una fiesta de Eurovisión, asegúrate bien de que sea eso, una fiesta de Eurovisión. Y si te invitan a una fiesta sexual este fin de semana, asegúrate de que no hay nada de Eurovisión. No vayas a mezclar las dos.

Traducción por Mario Abad.