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Cultură

Roleando en el mundo libre

Solía ser que el rol en vivo no era nada más que unos adultos vírgenes con colecciones de figuras de acción distrayéndose de sus pensamientos suicidas
4.11.11

Después de esta pelea, resultó evidente que las tácticas de batalla élficas eran sentarse a matar soldados solitarios, confirmando así la sospecha de que los elfos son unos maricones.  Solía ser que el rol en vivo no era nada más que unos adultos vírgenes con colecciones de figuras de acción distrayéndose de sus pensamientos suicidas al herirse entre sí con lanzas de espuma en el parque. Hoy es una creciente subcultura con su propia industria de armamento falso valuada en millones de dólares y una serie de torneos masivos con fines de lucro en todo el mundo. El hogar natural del rol en vivo es Quebec, donde los adultos francocanadienses de alguna manera piensan que es perfectamente aceptable fingir que viven en el remake de un estudiante de cine de Red Sonja. Incluso construyeron más de 100 estructuras de apariencia medieval en una, digamos, aldea de 142 hectáreas al norte de Quebec, nombrada apropiadamente Grand Duchy of Bicolline. Cada agosto, miles de estos ejemplares de humanidad moderna descienden a este asentamiento completamente falso para un festival medieval de una semana que termina en la Gran Batalla, que es básicamente el Super Bowl del rol en vivo. El primero se llevó a cabo en 1996 como una competencia para algunos jugadores de rol de Quebec. Hoy en día llegan personas de tan lejos como Luxemburgo. Como es un evento abierto a todo público, renté un viejo disfraz de Peter Pan por 30 dólares e hice el viaje de dos horas en carro desde Montreal. Cuando llegué a la entrada, una pequeña choza de bienvenida apareció entre los pinos. Un organizador vestido como la Guardia Suiza me informó sobre el lugar, me habló sobre la moneda que habían acuñado —llamada Solares— y me dio un tarjetón de batalla con mi nombre, el cual eventualmente cambié por tres cervezas. Después de que me recitara las reglas, incluyendo no fuegos y no violencia, me guio a un enclave en el bosque a orillas del lugar, donde iba a acampar. En el camino pasé varios edificios con orcos tirando dados frente a una fogata, un grupo de vikingos asando un cerdo y un bebé disfrazado de elfo. Resultaba obvio que esta gente no se andaba con mamadas. Cuando llegué al sitio, mi vecino, un escita con falda de cuero, se estaba quejando de que casi lo echaba del lugar la policía de la moda de Bico porque traía agujetas anaranjadas que no estaban acorde a los estándares medievales. Aunque mi disfraz parecía el de alguien que hace patinaje artístico y acaba de ser atropellado por un camión de SIDA, no me importó, abrí unas cervezas y pasé un buen rato. Después de tres latas grandes, pasé por los caminos de tierra iluminados por antorchas mientras clanes de caballeros pasaban derramando su licor desde cuernos huecos. Repentinamente, un fraile más loco que la chingada se lanzó contra mí babeando por todos lados y con ojos de meth. En estas situaciones, la mayoría de la gente se cagaría, pero yo me quedé ido con su corte de pelo de bacín de la edad media. Antes de reaccionar, le lanzó un golpe a mi lata de cerveza, derramándola por todos lados. “¿Por qué carajos no traes tu cerveza en un cuerno o recipiente adecuado? ¿Qué chingados, güey?”. Sorprendido, sólo dije que sí y decidí que no valía la pena que me sacaran de ese lugar unos guardias de seguridad vestidos como niños de siete años en Halloween por culpa de ese lunático. Aparte, sería estúpido perderse la batalla épica de la que todos habían estado hablando. Este tipo describió su clasificación de rol como hostigador. También es agente de bienes raíces. Más adelante en mi viaje, conocí a un guerrero de nombre Thorkol, un orgulloso miembro del clan Raven. Su larga cabellera rubia y barba roja incompleta lo hacían verse como un vikingo a la mitad de su pubertad, pero en realidad era un obrero de veintitantos de Abitibi que vivía en el sótano de la casa de sus padres. Aceptó darme un tour por el lugar y presentarme a sus hermanos. Mientras caminaba por el puente levadizo hacia el Gran Salón, le conté a Thorkol sobre el pendejo que había derramado mi cerveza. “Debes entender que la gente viene aquí a ser alguien más. No les gusta que la gente se burle de ellos o que no se los tomen en serio”, dijo. “A mí tampoco. A la verga con esa gente. A la otra, cubre tu cerveza con la capa. Es como con las chicas. Algunos tipos que vienen aquí no pueden conseguir una chica en la vida real, pero llegan aquí y actúan como un valiente caballero y les funciona”. Después, Thorkol me llevó al pueblo, donde su clan estaba de fiesta. Cuando los conocí, todos se rehusaron a darme su nombre verdadero, y utilizaban aliases como Tchakalouy, Morcius, Ulf o Khylandra la princesa de las hadas. Un tipo muy grande con sombrero de plumas y armadura de metal, ladrándole órdenes a todo el mundo, me dijo básicamente que me fuera a la verga, pero en inglés antigüo. Después descubrí que era policía en la vida real. Fue interesante notar que incluso en este mundo de fantasía los policías siguen siendo unos pendejazos de tiempo completo. Para el final de la noche, me harté de todas las pendejadas de juegos de rol. Había de todo en ese bizarro purgatorio social moderado por nombres falsos e historias sin chiste. Pero todavía tenía la Gran Batalla por delante, así que me dormí. Me despertaron unos cantos de guerra. Al abrir mi casa de campaña, vi a un grupo de bárbaros rodeando a un Arnold-en-Conan francocanadiense. Levantando sus espadas en un grito ceremonial glorioso, comenzaron a correr al campo de batalla navegando en su camino a través de cervezas y sillas. Era toda una cogida mental y seguía muy dormido como para entenderlo. Siguiendo la procesión de partidas de guerra en una sola fila hacia una sección del bosque que fue despejada para la guerra, pude ver a regimientos enteros de caballeros en equipo completo con espadas brillantes, mientras aterrorizantes criaturas del inframundo chillaban. Se podía oler el deseo de sangre en el aire. Entonces sonó un cuerno, más de 2,000 jugadores de rol corrieron entre ellos para lo que sería un choque de proporciones bíblicas de espadas y lanzas. En lugar de eso, todo fue una mancha de armas de espuma golpeando y picando hasta que los supuestamente muertos convulsionaran. Como se utiliza un sistema de honor para llevar registro de muertes, pude escuchar muchos gritos de hombres mayores en ciclos sin fin de: “Te maté” y “Claro que no”. Incluso tomaban pausas para siestas y cigarros esperando que sucediera algo más; tuve tiempo para robarle un cigarro a un elfo muerto. No estoy seguro de cómo enrollaban sus cigarros en la edad media, pero como sea. Confundido y muy aburrido, traté de llamar la atención de un rey que pasaba con su séquito, pero dos de sus guardias aparecieron y me golpearon con sus espadas, acusándome de ser un asesino. Esa fue la gota que derramó el vaso. Después de dos días de que me estuviera jodiendo un grupo de nerds, terminé asqueado por llegar a pensar que esto podría ser algo remotamente divertido, así que empaqué mis cosas y me regresé al mundo real. Los grandes placeres del Grand Duchy of Bicoline. Y por placeres me refiero a puros “no mames”. ¿Quién necesita una infancia cuando puedes fingir ser un fragmento de tu imaginación junto con otros cientos de tristes canadienses?