Todas las fotografías por el autor

Testimonios de personas a las que les salvó la vida la marihuana

Aunque el debate sobre la legalización de la marihuana sigue sin resolverse en muchos países, hay quien a pesar de ello utiliza el cannabis para mejorar la calidad de vida los pacientes que más lo necesitan.

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feb. 26 2016, 4:00am

Todas las fotografías por el autor

Son las 15:30. La sala de espera del consultorio de la médica cirujana Paola Pineda está repleta. Veo a una mujer sin cabello, señal inequívoca de estar recibiendo tratamiento contra algún cáncer. Más allá, hay un chico de unos 14 años, visiblemente tocado por alguna enfermedad psicomotora, sentado junto a su madre, y una pareja junto a una señora mayor que tiene a una niña en brazos. La niña no deja de moverse frenéticamente.

Todos ellos reciben tratamiento con aceite de cannabis. La consulta de la doctora tiene las reservas agotadas durante al menos un mes.

Paola Pineda se especializó en derecho médico y tiene una maestría en VIH-sida. "De hecho yo trabajo con pacientes con sida, pero me metí en esta historia por accidentes de la vida", me dice, y añade: "Un paciente con sida, que tenía unos dolores muy fuertes en las articulaciones, me preguntó si podía usar marihuana, que había leído en internet que podía mitigar su malestar. Yo empecé a investigar. Así fui recogiendo experiencias: un conocido me dijo que tomaba cannabis para la migraña, luego, otro que tenía problemas de sueño, incluso yo misma lo usé para mi insomnio. Hasta que un día conocí el caso de cuatro personas de una misma familia que estaban planeando mudarse a Colorado —donde la marihuana, medicinal y para usos recreativos, es legal— para tratar a dos niñas pequeñas que tenían convulsiones; la otra parte de la familia debía quedarse aquí. Fue entonces cuando pensé que debía hacer algo, no era justo que una familia tuviera que separarse por adquirir algo que existe en Colombia. Y aquí estoy".

La niña que antes se movía sin parar tiene cinco años. Cuando tenía tres "de repente se apagó, dejó de moverse, y sufría convulsiones persistentes", me cuenta su abuela. La doctora la examina y me dice: "Hace un mes esta niña no se movía, no hacía nada, era un palo; después de un mes de tratamiento con cannabis, mírala, se quiere comer el mundo". Es cierto, la niña gesticula, mira fijamente y quiere ponerse de pie. "Con el tiempo va a caminar, seguro, lo importante es que no le dan convulsiones, el trabajo es hacia adelante", añade la doctora.


La doctora Paola Pineda en consulta con los familiares de una niña de cinco años que sufre convulsiones

Le confieso a la doctora que la primera intención de asistir a su consulta es en calidad de un paciente más. Necesito alguna fórmula para tratarme el trastorno del sueño que tengo últimamente y he leído tanto acerca de las bondades del cannabis que quiero experimentar.

"Claro, yo te la doy", responde de inmediato, "yo la usé y me fue de maravilla", añade. También le digo que al ver a tanta gente en la sala de espera mi curiosidad aumentó y que me gustaría conocer casos específicos en los que el uso de la planta medicinal haya sido un éxito en Colombia. "En todos los casos", me responde. "La humanidad la ha consumido con fines recreativos y con fines médicos durante toda su historia. Comparado con otro tipo de medicamentos, sus efectos adversos son mínimos y cuando se da en dosis adecuadas, no superan un mareo. Yo creo que el movimiento que se está dando en el mundo nos tiene que conducir a una reflexión, sobre todo a nosotros, los profesionales de la salud: ¿por qué le estamos negando a nuestros pacientes una sustancia medicinal que nos es permitida por la ley?".

El componente primordial de la marihuana es el THC (tetrahidrocannabinol). Es un compuesto psicoactivo que afecta al sistema nervioso central. En pocas palabras: el THC es el responsable de que te dé un colocón. El CBD (cannabidiol) también está en la planta y no es psicoactivo; es el descubrimiento milagroso de la marihuana. Medicinalmente sirve para prevenir enfermedades cardiovasculares y reducir los dolores de enfermos de artritis, puede curar la fibromialgia y corta de raíz las convulsiones de pacientes con epilepsias. También funciona como ansiolítico y antipsicótico.

Los dos combinados tienen efectos sorprendentes. "Hay algunos pacientes que necesitan más THC y menos CBD, o al contrario, o en dosis mitad-mitad, depende de su enfermedad. Todo esto lo he aprendido poco a poco; trabajo con un sistema orgánico. Cuando veo a un paciente de cannabis, no le estoy dando nada diferente a algo que él mismo produce; simplemente, así como hay personas que necesitan más hormona tiroidea, hay personas que necesitan más cannabis y dependiendo de su enfermedad tengo que darles más THC o más CBD", me explica Paola.

Antes de seguir hay que ser conscientes de algo: la marihuana también jode. Sobre todo si abusas de ella. Y sobre todo cuando científicamente está comprobado que si te pasas todo el día consumiendo cannabis, vas a perder algunas neuronas por el camino, tu sistema inmunológico se verá muy comprometido. Si lo haces esporádicamente, no es tan grave. A menos que lo hagas cuando eres adolescente.

El debate sobre la regulación de la marihuana en Colombia está lejos de terminar. Por un lado, ya hay quienes anuncian que su regulación trae consigo un mensaje torpe y velado de que la marihuana es inofensiva. De hecho, a mediados de noviembre, un panel sobre el tema en el Congreso Nacional de Psiquiatría, en Armenia, llamó la atención sobre los numerosos estudios científicos que han revelado el efecto que tiene el THC en el cerebro, especialmente cuando su consumo habitual empieza en la adolescencia. Según esos estudios, la marihuana genera degradación de la memoria y del coeficiente intelectual, potencia el consumo de otras sustancias y aumenta el riesgo de desarrollar episodios psicóticos.

Por el otro, algunos políticos insisten en que la regulación no debe ser dictada desde el ministerio de Salud sin antes ser aprobada por una ley del Congreso. Así que en los próximos meses seguiremos viendo al senador liberal Juan Manuel Galán intentar que se apruebe la Ley de Cannabis Medicinal en el Senado, a pesar de la resistencia que encuentra el tema en varios sectores de la sociedad.

Con todo y esto, mientras los políticos y los científicos continúan discutiendo y poniéndose de acuerdo, lo cierto es que colombianos como los pacientes de Paola Pineda llevan tiempo beneficiándose de una sustancia que, en este país, continúa siendo un tabú.

¿Quiénes son ellos? ¿Cómo les cambió la vida el cannabis?

Primera parada: Esperanza

Esperanza González en la sala de su casa

Tiene 45 años. Hace dos años le diagnosticaron un cáncer de mama que hoy está en fase de revisión. Llegó al cannabis por medio de su hijo que, cansado de verla sufrir los embates de los tratamientos invasivos de medicamentos y radiaciones, se puso a investigar sobre el tema y le llevó el primer frasquito. Esperanza recuerda: "Me hacían la quimio y me pasaba días enferma. Tenían que ayudarme a subir la escalera, a sentarme, a ponerme de pie, fue terrible... la quimioterapia no es deseable para nadie. A mi hijo alguien le habló del cannabis. Yo siempre he rechazado las drogas y le dije que no quería. Pero él me explicó todo el proceso y me convenció".
¿En qué te ayudó el cannabis?

—Puedo certificar que lo utilicé mientras me administraban la quimioterapia y las radiaciones. No bajé de peso; es más, subí, pero no a todos nos ocurre lo mismo. Las gotas me quitaron las náuseas y los dolores de cabeza, pude dormir y me podía levantar sin ayuda de nadie. No digo que el cannabis me quitara la enfermedad, pero me ayuda muchísimo. Estoy donde estoy con la cara que estoy porque tengo mi gota diaria.
—¿Todavía lo tomas?
—Sí, me ayuda a dormir, me balancea. Me tomo dos gotas, una por la mañana y otra por la noche, me relaja bastante. Además, me dijeron que la podía tomar siempre, que mi vida iba a estar igual de bien. Hay por ahí estudios que dicen que adormece las células malignas del cáncer, y si me hace bien, ¿por qué no la voy a seguir tomando?
—¿Tiene más THC o CBD?
—70 por ciento de THC y 30 por ciento de CBD.
—¿Estás de acuerdo con que se use de forma recreativa?
—Todo el mundo tiene derecho a...
—¿Fumar un porro?
—Pues sí, al que le gusta, le apetece. A mí no me gustó. Me gustaría que la juventud tuviera los pies en la tierra. Las decisiones se deben tomar bien. Pero si existe el licor... pues yo respeto a quien le guste fumarse un porro. Ahora, yo quisiera que la marihuana medicinal saliera con todas las de la ley. Debemos dejar de pensar que el cannabis es el diablo. Yo tenía ese prejuicio, para mí "marihuana" significaba vicio. Hoy pienso que tenemos que apoyar esto, es lo mejor.

Segunda parada: don Siervo


Don Siervo Guzmán

"Yo voy a tomar esto hasta que Dios disponga", me dice don Siervo, anestesiólogo jubilado de 90 años. Su problema es cervical. "Estuve seis meses asistiendo a consultorios de ortopedia y traumatología sin ningún resultado, los analgésicos no me ofrecían ningún alivio. Un día leí en el periódico acerca de los beneficios del cannabis y di con la doctora Paola, quien me recetó una gota por la noche durante una semana y luego una por la noche y una por la mañana, y así, poco a poco, comencé a sentir mejoría un mes después. Ahora estoy prácticamente bien".

La doctora Paola me explica: "El paciente llega aquí desesperado, porque nada le ha funcionado, y dice 'A mí no me importa lo que tenga, intente conmigo'. La mayoría ya ha probado de todo: dolores intratables, epilepsia, cáncer, fibromialgia. Uno ve que han pasado de médico en médico, se conocen todas las pastillas que son para una cosa y para otra, entonces a mí me llega alguien que perdió la fe y que encuentra en la marihuana una nueva esperanza. Si yo de entrada le digo, 'Mire, con esto se va a curar', soy una irresponsable, porque no se va a curar. Es una nueva herramienta terapéutica muy efectiva a muy bajo precio y con un bajo costo físico, porque hay otros medicamentos que pueden destrozar el riñón o el hígado. Yo no tengo nada en contra de los medicamentos tradicionales de venta en farmacias, pero creo que al paciente hay que darle lo que necesita para garantizar y ayudarle en su calidad de vida".

Al lado de don Siervo está su esposa Francisca, atenta a todo lo que hablamos. Le pregunto qué piensa de la marihuana medicinal. "Es muy buena. Yo lo vi muy enfermo y lo único que le bajó el dolor fue el cannabis. Incluso uno de nuestros hijos lo está tomando, estaba con mucho malestar, mucho dolor y lo mandamos con la doctora, y después de tomarlas se ha sentido mucho mejor, dice que está durmiendo bien".

Vuelvo a don Siervo:

—Como médico, usted sabe que el cannabis no es una medicina, es algo alternativo.

—A mí me está sirviendo, eso es lo importante.
—¿Se lo dijo a su traumatólogo?
—Sí, y él me dijo que no tenía conocimiento de esas cosas.
—¿Le dijo que le estaba funcionando?
—Yo le dije que me estaba funcionando.
—¿Y él que le dijo?
—Me dijo que si estaba bien, y no sentía ninguna molestia, siguiera.
—Usted, como médico, ¿qué podría decir de eso?
—Como médico no puedo decir nada respecto al cannabis.

Tercera parada: Lele


Lele, de casi cuatro años, mira la televisión en la habitación que comparte con su madre, Paola

"La neuróloga a mí me dijo: mire, ya no tenemos nada más que hacer por su hija", me cuenta Paola, la madre de Valeria, a la que cariñosamente todo el mundo llama Lele.

Lele es una niña de casi cuatro años. Es uno de los casos en los que la marihuana medicinal ha sido un éxito total o un milagro.

A los seis meses de nacida se dieron cuenta de que la nena tenía una especie de retraso: no sonreía, no se sentaba, no mantenía la mirada ni nada. Paola recuerda: "Los médicos no nos prestaban atención porque decían que había nacido muy grande y que por eso se demoraba en el desarrollo. Cuando cumplió un año le hicieron un electroencefalograma y salió que tenía una epilepsia refractaria, un retraso en el neurodesarrollo y un síndrome hipotónico, quizá debido a que en el parto —que fue largo, de casi 12 horas— usaron los fórceps con demasiada presión sobre su cabecita".

La niña, que no está acostumbrada a ver extraños en su casa, inmediatamente se enamora de mi móvil. Hace gestos de que lo quiere a costa de lo que sea. Se lo doy con la cámara encendida para que se vea en la pantalla. Su madre le dice "Selfiiiie, Lele, selfiiie". La pequeña pone el móvil en posición y aunque no llega a darle al botón de disparo, hace el gesto de hacerse un selfie.

No habla, solo emite sonidos. Está atenta a todo. Aquella vez que fueron por primera vez a la consulta de la doctora Paola, hace un año, la niña no se podía mantener en pie. Empezó con el tratamiento y sus convulsiones empezaron a espaciarse y se sucedían cada dos meses y medio, cuando lo regular eran dos o tres todos los días. "En febrero del año pasado estaba siendo tratada con cuatro medicamentos diferentes que no le hacían nada. Le dio una convulsión tan fuerte que hasta dejó de hablar, dejó de caminar, lo perdió todo. Hoy solamente toma uno de esos, la carbamazepina, pero se la quiero quitar, aunque la neuróloga, muy reticente al tema del cannabis, me haya dicho que lo haga bajo mi responsabilidad", me dice Paola.

Desde hace seis meses no tiene una sola convulsión y Paola está segura de que es gracias al cannabis: "Antes yo tenía la maleta lista al pie de la cama porque a cada rato estábamos corriendo a Urgencias. A Valeria le duraban 15 o 20 minutos las convulsiones. Yo le daba unas gotas de clonazepam, pero esa medicina es una cosa psiquiátrica terrible".

En la habitación está el abuelo de Lele, el señor Guillermo, quien por un artículo leído en la prensa comenzó a investigar. "Ya sabíamos que la doctora Paola estaba tratando a pacientes con cannabis aquí, en Bogotá, así que dije: 'Juguémonosla, ya no hay nada más que hacer. La marihuana no tiene por qué hacerle daño a la niña'. Y aquí estamos, mire usted. Es que si la hubiera visto antes, no tiene nada que ver, pasó de no poder mantenerse sentada a comer sola, a bailar, correr, saltar; es un terremoto".

Hoy Paola puede descansar por las noches sin la angustia de las convulsiones: "Puedo salir, tengo vida social; antes no había forma ni de pensarlo. El cannabis nos ha cambiado la vida a toda mi familia, para bien". Lele se despide de mí con un beso lanzado al aire y una sonrisa que promete.

Cuarta parada: Tadeus


Tadeus, de 12 años, posa de espaldas en la cocina de la casa de sus padres

No es su nombre real. No importa. Lo que sí es real es que desde que su padre, Fernando, trata sus convulsiones con aceite de cannabis, la vida de Tadeus, de 12 años, ha dado un giro de 180 grados.

Y para añadir un aliciente más a la fe que Fernando tiene en la hoja de siete puntas, desde hace un mes está cultivando su propia marihuana y ya está investigando cómo procesarla para dársela a su hijo. "Estoy buscando abaratar el costo que tiene el aceite, y si puedo controlar el proceso, mejor. De momento estoy investigando, hay varias maneras, con alcoholes, hasta con gasolina, pero esa no la voy a hacer", me dice, mostrándome sus cuatro plantas a punto de florecer. (Ver la foto de inicio de este artículo). "Falta que salgan los cogollos; ya la semana entrante aparecen", sonríe orgulloso.

Son cuatro en la familia. Viven en las montañas del norte de Bogotá. Mientras almorzamos, Fernando me cuenta el origen de las convulsiones de Tadeus. "No hay una explicación, quizá sea el paso a la pubertad, el caso es que Tadeus se nos desconectaba cada dos por tres. Decíamos que estaba elevado, en la Luna. La primera vez, lo regañé. Después de notar que le atacaba con frecuencia, le dije a mi esposa: 'Yo creo que aquí hay algo raro'", recuerda.

Lo llevaron al médico y le diagnosticaron epilepsia refractaria, que condena a quienes la padecen a vivir con limitaciones en sus deseos y capacidades.

Pasaron por todas las medicinas y, una vez que Fernando descubrió el cannabis, no lo dudó un instante: "Las medicinas convencionales destruyen el cuerpo y, la verdad, no le estaban haciendo nada; hoy le dejamos el ácido valproico porque le funciona combinado con la marihuana. Ya no tiene convulsiones".

Fernando no quiere quitarle ninguna de las dos medicinas. No vaya a ser que vuelvan. Es el miedo más común en los padres que tienen hijos que sufren convulsiones. Cada vez que eso le ocurre a una persona, su cerebro se contrae y las capacidades van disminuyendo.

Su madre, Inés, admite que en ciertos momentos "Tadeus tenía una hiperactividad que no era normal, pero no puedo decir que no le haya beneficiado".

Tadeus es consciente de que toma una droga que está estigmatizada por la sociedad, pero sus reflexiones son de una simpleza inteligente y abrumadora:

—Hola, Tadeus, ¿te puedo hacer unas preguntas?
—Claro, dime.
—Cuando te dan convulsiones, ¿sabes qué te está pasando?
—Sí sé, pero es como si no tuviera sentimientos.
—¿No tienes ni dolor ni nada?
—Nada. No siento nada.
—Te dan una droga que es natural pero que es ilegal en muchos lugares y después te dan otra que está catalogada como una droga legal. ¿Qué piensas tú de eso?
—Que están malinterpretando el uso del cannabis o, más bien, como digo yo: nada es malo, sólo el uso que le da uno al objeto.
—Cuando lo usas ¿hay algún efecto que te moleste?
—Dolor de garganta, pero con un poco de agua se me quita.
—¿Te sientes tranquilo y bien tomándolo?
—Sí.
—Y si alguien viniera a decirte que es malo lo que haces, ¿qué les dirías tú?
—Que el conocimiento es poder.

Es hora de partir y nos vamos todos en coche a la ciudad. Detrás voy con los chicos. Delante, Inés conduce y Fernando es el copiloto. Mientras bajamos, les pregunto a los muchachos si les gusta La guerra de las galaxias. Los dos responden al unísono "Claaaaaaaaarooooooo". Intercambiamos experiencias con la saga, desde el Episodio I hasta el VI, nos preguntamos cuáles son nuestros personajes favoritos y las escenas que nos han gustado más.

Les digo que cuando yo era un chaval vi la primera, allá por 1977 del siglo pasado. Se burlan un poco de mi "vejez" y hablamos sobre Luke Skywalker y su conflicto moral con la Fuerza.

Llueve a mares, me dejan en una parada de taxis, me despido afectuosamente de Inés y Fernando, hago puñitos con Mario. Tadeus me da la mano, me la aprieta y me dice: "Un gusto conocerte, Luis, que la fuerza del cannabis te acompañe".

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