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Vice Blog

Tipos de cabrones que pueblan las oficinas

Las oficinas son como un pequeño ecosistema en el que hay varios estereotipos que siempre se repiten.
26.1.15

Ilustración de Dan Evans

Es lunes y hay que volver al trabajo o a las clases. Muchos de vosotros vuelve a la oficina. Puede que os guste vuestra faena, pero la gran mayoría vais a un lugar feo, lejano e incomodo en el que hacéis algo que no os llena con gente que no soportáis a cambio de un dinero que no podéis gastar porque estáis en un lugar que no os llena con gente que no soportáis. Desde los 20 a los 26 años trabajé en una oficina. En la del departamento de prensa de un equipo que va de blanco, gana muchas cosas y tiene al que algunos califican como el único portugués guapo del planeta. Una redacción en la que estaba rodeado de comadrejas.

Tengo suerte de haber escapado. Como periodista, guionista y cómico, trabajo desde casa y en los bares. Los dos sitios donde más tiempo he pasado y donde más cómodo estoy. De hecho, escribir en casa me permite ganarme el sueldo desnudo. Una pena no poder conocer en persona la redacción de Vice para poder despellejarlos. Que otra cosa no, pero esta revista nos deja libertad total de expresión y conviene recordarlo en tiempos en los que eso es una utopía.

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Es cierto que las oficinas son un pequeño hábitat. No se puede estereotipar. Tomando unas cervezas con una amiga de sonrisa infinita le conté que iba a escribir esto y me dijo que los estereotipos no molan. Yo, como buen pagafantas, lo he tenido en cuenta y antes de darle a la tecla he llamado a varios colegas que se pudren en sus trabajos para que me cuenten su experiencia. Hay algunos tipos que se repiten. Yo los he tenido muy cerca.

El trepa

Un profesional. El gen trepa se lleva en el ADN. Personas sin carisma pero estrategas profesionales. Se dejan pisar por los de arriba y no dudan un momento en destruirte. Aunque el curro sea una basura, tienen vidas tan tristes que triunfar en el trabajo lo es todo. Chivatos profesionales. Es importante detectarlos a tiempo ya que usarán todo lo que digas o hagas en tu contra. Sin que tú te enteres. Son ninjas acomplejados que se mueven con mucho sigilo. En la Universidad se sentaban delante, tenían un muelle en la mano para levantar el brazo más veces que tú en un concierto de rap.

Es muy complicado luchar contra estos seres ya que en cuanto bajes la guardia lanzan su zarpazo pelota. Cuidado con si lanzan su gran onda vital: el chismorreo. Si te descuidas pasarás a ser el borracho o la putón de la empresa. Cómo si beber o follar fuese malo (de lo primero soy nivel leyenda). Tuve un compañero así. En la redacción éramos nueve. Entraron jefes nuevos. De esos que lo primero que hacen es echar a todo el mundo y meter a su rebaño. Algunos nos fuimos, a otros los despidieron. Solo queda uno. Adivinad quien…

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El profesional del escaqueo

Su virtud es su simpatía. Tienen historias y chistes como para engatusarte en dos cañas. Caen bien a todo el mundo y lo saben. Son perfectos cuñados que saben de todos los temas, desde líquidos de piscinas hasta microeconomía. Por supuesto, expertos en fútbol. Los días después de un partido importante no les pidas nada. Están en un intenso debate con todo el edificio sobre los vómitos de Messi. Llevan años en la empresa… ¿Por cierto, alguien sabe a que se dedican? No. Eso sí, su media horita en el baño leyendo el periódico no se la quita nadie.

Siempre les he admirado. Si hay comida de empresa o algún cóctel, saben donde colocarse en todo momento para comer como en una boda. Es fácil encontrarles en la máquina de café o la fotocopiadora. Auténticos arquitectos de los festivos. Manejan los días libres y las bajas por cualquier cosa para hacer puentes de diez días. Por supuesto, nunca se quedan ni un minuto más de su hora. Nunca le pidáis un favor. Estáis perdidos. No les miréis a los ojos. Son como la medusa, si les miras a los ojos harás lo que te pidan. Pero si lo que quieres es irte a tomar unas copas, son tu mejor opción.

El gris

El preferido por los jefes. Por los pocos que saben que existe. Hace bien su trabajo. Llega antes y se va más tarde. Incluso se lleva trabajo a casa. No sale de copas, no habla, no tiene más inquietudes y aspiraciones que rellenar correctamente sus hojas de Excel y respirar para vivir. No es divertido, no tiene carisma, no hace ruido y soluciona un montón de marrones. Se come todos sin rechistar porque no tiene el valor de decir una palabra más alta que otra. Poco agraciados físicamente, sin ninguna virtud más allá de hacer eficientemente su trabajo. Méritos que muchas veces se atribuye el trepa. No aspires a tener una conversación larga con él más allá del 'se va a quedar buena tarde'. Eso si sabes como se llama. Cuando tocan los despidos, son los primeros en caer. A nadie le importa su vida ni nadie le va a echar de menos. Seguramente nunca más volverás a saber de ellos. Ni falta que hace.

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La tía buena

No seamos machistas. También pasa con tíos buenos. Guapazas y guapazos que saben que lo son y saben usarlo. Son genéticamente perfectos, huelen como debe olerle el pelo recién lavado al mismísimo Dios. Diplomáticos y agradables, no molestan mucho. Pero tienen un plan oculto. Ascender sin parar.

Su belleza y facilidad a la hora de relacionarse hacen que todo el mundo les ame. En un mundo como el que me desenvuelvo, el de la televisión, su físico agradable abre miles de puertas. El tipo gris está enamorado de la tía buena en secreto y cuando pasa se esconde y aparta la mirada no vaya a ser que le salude. Muy peligrosos.

El pijo

O la pija. Insoportables. Si han estado en Nueva York, en todas las frases soltarán un 'pues esto en Nueva York es mejor'. Que sepas que han viajado más que tú. Llevan ropa de marca –probablemente falsa–, quedan con sus amigas para hacer un brunch, desayunar fuerte para el resto de los mortales. Después del trabajo se van de afterwork, que es como llaman estos seres abofeteables a tomar unas cañas después de currar. Siempre serás un ser inferior. Tuve una compañera así. Ojo, que vivía en Villaverde, un barrio muy chulo pero obrero y nada chic. Un servidor iba a currar con camisetas y zapatillas y sentía como se me clavaba su mirada de condescendencia. Creo que para ella era una especie de mendigo. Eso que aún no se llevaban las barbas de indigente.

El hijo del jefe

Estás acabado. Hoy es tu becario, mañana tu compañero y en dos semanas tu jefe. No todos son así pero por lo general son inútiles funcionales con más dinero que el que nunca podrás ahorrar, flequillos pequeñonicolasianos y muy pocas ganas de trabajar. ¿Para qué? ¿Quién haría un curro aburrido sin necesidad? La tía buena es su mejor amiga y muchas veces su futura novia. Han nacido para estar juntos. Como dijo una vez uno de mis poetas de cabecera, Diego Serrano (sí, Resines en una serie que a mí me gustaba): No se le pueden poner diques al mar.