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Así es crecer en... Murcia

Vírgenes, salchichas alemanas, gofres belgas, sol y cemento. La escritora María Yuste nos habla de su infancia en Murcia.

María Yuste

El Río Segura corta ydivide la ciudad a su paso. De niños le dedicábamos rimas crueles porque estaba podrido: "el Río Segura, mierda pura", repetíamos divertidos. Estábamos tan acostumbrados a aquel hedor intenso que nos obligaba a contener la respiración, que pensábamos que venía así ya del nacimiento. Otra cosa que nos gustaba contarnos entre los críos era que una mujer había intentado suicidarse saltando desde el Puente Viejo y no lo había conseguido porque se había quedado clavada en la mierda. Aquello fue nuestro propio Ricky Martin y la mermelada a nivel regional. Todos conocíamos a alguien que conocía a alguien que lo había leído en el periódico. Algunos hasta aseguraban que la mujer se había quedado paralítica. Entre los mayores, sin embargo, no colaba. Ellos se limitaban a comentar la desafortunada decisión de los vecinos que hubieran adquirido uno de los apartamentos que daban al río: "tienen que vivir apestados". Era el tema de conversación más recurrente, la muletilla rompehielos por excelencia, sobre todo cuando el sol postapocalíptico del verano mediterráneo recalentaba sus aguas estancadas y florecían las colonias de mosquitos que nos obligaban a protegernos la cara al cruzar el río.

Otro escándalo de la época que salpicó a los puentes de la ciudad tuvo lugar durante las obras de restauración del puente de los Peligros, llamado así por la presencia de una hornacina que contiene una imagen de dicha virgen. Allí la gente hace sus promesas y deja sus ofrendas y, al pasar por delante, hay que santiguarse. El caso es que, durante la obra, una señora se ofreció a llevarse la figura de la virgen a su casa para custodiarla y debió de quedarle tan bien encima del televisor que luego no quería devolverla así que, durante años, hubo en su lugar un póster descolorido por el sol y cagado por las palomas al que la gente veneraba.

En Murcia las vírgenes son muy importantes. Nos gusta sacarlas de paseo con cualquier excusa, no solo en las procesiones de Semana Santa. En septiembre, durante las fiestas patronales, la Virgen de la Fuensanta deja su santuario en la sierra para venirse de desfase a la catedral. Eso sí, no sin antes pasar a visitar a la Virgen del Carmen en la iglesia en la que, una vez al año, las amigas se dan cita para mirarse de frente y comunicarse por telepatía. Al finalizar los festejos, la gente la acompaña en romería de vuelta al monte. Allí, ancianos y una variada amalgama de creyentes de todo tipo se dan cita para rezar y pedir por los suyos, mientras que la juventud de la ciudad ya lleva tirada, borracha como una cuba, en la sierra desde la noche anterior. Una excusa excelente para ponerse ciego en un escenario diferente y sin dejar de cumplir con la tradición.

Aunque las fiestas patronales cuentan con otro punto fuerte más esperado por niños y adolescentes: la feria. Ir a montarte en las atracciones de la feria de septiembre es, sin duda, otra tradición porque son las mismas desde hace más de veinte años y lo único que ha cambiado son los precios por viaje que suben cada año. Mítica es ya la pseudo montaña rusa cuyo vagón simula ser un ratón perseguido por un gato. Una atracción a la que le pone la guinda de oro su megafonía con una voz tipo Loquendo repitiendo muy lentamente y sin dar muestra de sentimiento alguno: "Ay que te como". También el puesto de comida rápida alemana con su reclamo machacón sonando por encima del resto del ruido de la feria (que ya es decir) pasado de reverb y adjetivación:

Voz masculina: ¡Hamburguesas Uranga! ¡Hamburguesas Uranga!

Voz femenina: ¡Y sándwich! Sándwich con las auténticas salchichas alemanas, únicas y sin competencia. Y junto a la salchicha alemana disponemos, para que usted pueda degustarla, de la hamburguesa, la legítima hamburguesa alemana de las montañas del Tirol de los bosques de Múnich. Por primera vez probará usted la salchicha alemana y los riquísimos sándwich.

Voz masculina: ¡Hamburguesas Uranga! ¡Hamburguesas Uranga!

(repetir hasta morir).

Esos días la ciudad se divide en dos tipos de ciudadano: el que va a la feria a comerse una mazorca de maíz asada y el que se compra un gofre en el puesto de Manneken Pis. Todos en el levante sabemos que los gofres de Manneken Pis son los mejores gofres pero para comprarlos correctamente hay que andarse con mil ojos porque, en todo el recinto ferial, solo hay un puesto auténtico entre decenas de Gofres Donald con logos falsos del famoso niño meando chocolate. Y todos hemos caído alguna vez en la trampa.

Las fiestas de septiembre coinciden con el final de las vacaciones y suponen el regreso masivo a la ciudad de la gran mayoría de los vecinos. Durante el verano, Murcia capital se convierte en una auténtica ciudad fantasma. Por un lado, las altas temperaturas y el sol intenso hacen que no se pueda salir a la calle hasta que el sol se pone, algo que durante unas semanas no sucede hasta pasadas las ocho de la tarde. Pero, sobre todo, se debe a que aquí, por la cercanía de la costa, la gente veranea como si no hubiera un mañana. El adosado en el Mar Menor (ya sea alquilado o propio) es, junto con tener, al menos, dos aparatos de aire acondicionado en casa, un símbolo de estatus. Menos es de pobres. Y eso que el baño en el Mar Menor, a pesar de sus aguas cálidas, es uno de los peores baños del mundo. Cuando te adentras en él puedes andar metros y metros sin conseguir que el agua te pase de los tobillos pero ¡cuidado! Porque, aun así, en el Mar Menor siempre estás a un pequeño paso de pasar directamente del agua por los tobillos al agua al cuello y, dando dos más, volver al agua por los tobillos otra vez. Así que, al final, toda la playa acaba bañándose muy junta en el mismo socavón con el resto del mar vacío.

Sin embargo, para los niños, el auténtico símbolo de estatus no es el hecho de estar en la playa en sí sino de hacer allí amigos madrileños. Al menos, en mi época, era lo que todos querían para su pandilla y, además, el resto del año, se fardaba de ello con los amigos del colegio.

Aunque pasar el verano a remojo no es la única opción. También están los que se van al pueblo, muchos de ellos con nombres tan en armonía con un río contaminado como Alcantarilla, Caravaca o Javalí Viejo.

De veraneo en el pueblo es donde las niñas de pechos incipientes, prematuramente madurados al sol como los limones locales, se echan sus primeros novios con moto e inminente fracaso escolar. Novios que durante el invierno son sustituidos por militares jóvenes de la academia militar de San Javier que, durante los fines de semana, se desplazan hasta la ciudad para divertirse y ligar con las adolescentes.

Los veraneantes más jóvenes también acaban importando de los pueblos los acentos más cerrados y las palabras más peculiares. Los años dos mil, la época en la que a mí me tocó ser adolescente, fue especialmente oscura para la lengua castellana en la huerta española. Los Estopa habían puesto de moda el barrio y, en mi instituto de extrarradio, me había ganado a pulso el mote de "la Pija" por no llamar "Breska" a la tienda de ropa, Bershka y hablar sin respetar la falta de eses finales del murciano hablado.

Y es que al murciano medio le gusta vivir en su comunidad autónoma regido por esa máxima universal en la que lo de uno siempre es lo mejor. Menos mal que, al menos, tenemos a las auténticas salchichas alemanas de Santa Pola y a los auténticos gofres belgas de Benidorm para sacarnos una vez al año de las provincias. ¡Bendita globalización!

María Yuste acaba de publicar "Vida de provincias" en Honolulu Books. Puedes comprarlo aquí.